Vampiros
Las metamorfosis del vampiro - CHARLES BAUDELAIRE
Página 15 de 30
Charles Baudelaire
LAS METAMORFOSIS DEL VAMPIRO(1857)
HACIA 1820, en París se pone de moda el romanticismo frenético. Lo mismo que en Londres, el vampiro flota en el aire y ese mismo año se publica la primera novela de vampiros, Lord Ruthwen ou les vampires; su autor, Bérard, aprovechando el frenesí despertado por la historia de Polidori, dedica su obra a Byron y estira el argumento todo lo humanamente posible. El éxito es contagioso y unos meses después se llegan a representar tres versiones diferentes en los teatros parisinos. La fiebre vampírica contagia a Merimée (La Guzla, 1827) y luego le tocará el turno a Dumas, que después de haber visto la adaptación teatral de Nodier sobre el cuento de Polidori, estrenará su propia versión.
Pero la huella de Francia en la literatura de vampiros sólo llegará cuando el vampiro cambia de sexo; con la aparición, en 1836, de La Morte amoureuse de Gautier. Baudelaire, que había mostrado su admiración hacia esta obra, no podía ser ajeno a un motivo que tanto cuadraba con su mundo estético. Así, dos de sus célebres flores del mal, Le Vampire y Les Métamorphoses des vampires, aluden a un tema que representa mejor que nada la encarnación de la femme fatale. Ambos poemas aparecen en 1857, fecha crucial en la vida del poeta. Tiene treinta y seis años y el 25 de julio de ese año publica, por fin, Les Fleurs du Mal en una edición de mil trescientos ejemplares.
Un mes después estalla el escándalo: Le Figuro pide a los gendarmes que retiren la edición; afortunadamente sólo encuentran doscientos setenta volúmenes porque el resto ya se ha vendido al triple de su precio. El juicio más famoso de la literatura moderna se celebra el 20 de agosto, tan sólo un mes después de la aparición del libro. La sentencia impone una desproporcionada multa al autor y al editor por el delito de «ofensa a la moral y las buenas costumbres». Más tarde, Baudelaire recibiría una carta de Victor Hugo en la que le consuela con estas palabras: «acaba usted de recibir una de las pocas condecoraciones que pueda otorgar el régimen actual».
Los guardianes del orden del Tribunal de París habían condenado y prohibido seis poemas hoy famosos. Éntre ellos se encontraba Las metamorfosis del vampiro.
LES MÉTAMORPHOSES DU VAMPIRE
La femme cependant, de sa bouche de fraise,
En se tordant ainsi qu’un serpent sur la braise,
Et pétrissant ses seins sur le fer de son busc,
Laissait couler ces mots tout imprégnés de musC:
—«Moi, j’ai la lèvre humide, et je sais la science
De perdre au fond d’un lit l’antique conscience.
Je sèche tous les pleurs sur mes seins triomphants,
Et fais rire les vieux du rire des enfants.
Ja remplace, pour qui me voit nue et sans voiles,
La lune, le soled, le ciel et les étoiles!
Je suis, mon cher savant, si docte aux voluptés,
Lorsque j’étouffe un homme en mes bras redoutés,
Ou lorsque j’abandonne aux morsures mon buste,
Timide et libertine, et fragile et robuste,
Que sur ces matelas qui se pâment d’émoi,
Les anges impuissants se damneraient pour moi!»
Quand elle eut de mes os sucé toute la moelle,
Et que languissamment je me tournai vers elle
Pour lui rendre un baiser d’amour, je ne vis plus
Qu’une outre aux flanes gluants, toute pleine de pus
Je fermai les deux yeux, dans ma froide épouvante,
Et quand je les rouvris à la clarté vivante,
A mes côtés, au lieu du mannequin puissant
Qui semblait avoir fait provisión de sang,
Tremblaient confusément des débris de squelette,
Qui d’eux-mêmes rendaient le cri d’une girouette
Ou d’une enseigne, au bout d’une tringle de fer,
Que balance le vent pendant les nuits d’hiver.
LAS METAMORFOSIS DEL VAMPIRO[9]
LA mujer, entretanto, con su boca de fresa,
retorciéndose como serpiente entre las brasas,
colmando con sus senos los hierros del corsé,
recita estas palabras impregnadas de almizcle:
«Yo tengo el labio húmedo y conozco la ciencia
de olvidar en el fondo de un lecho la conciencia.
Seco todos los llantos con mis senos triunfantes,
reír hago a los viejos con risas infantiles.
¡Y para quien me vea desnuda y sin mis velos
soy la luna y el sol, las estrellas y el cielo!
Soy, mi querido sabio, tan erudita en goces,
cuando sofoco a un hombre en mis temibles brazos,
o cuando ofrezco el pecho a crueles mordiscos,
tímida y libertina, y frágil y robusta,
que sobre esos colchones que de emoción se pasman
¡los impotentes ángeles por mí se perderían!».
Cuando ella hubo chupado de mis huesos la médula
y yo, lánguidamente, me hube vuelto hacia ella
a besarle los labios con amor, hallé sólo
¡un pringoso pellejo, chorreante de pus!
Cerré al punto los ojos, en mi gélido espanto,
y cuando volví a abrirlos a la claridad viva,
a mi lado, en lugar del maniquí potente
que al parecer tenía gran provisión de sangre,
restos de un esqueleto se agitaban confusos;
de ellos brotaba el grito que lanza una veleta
o un rótulo que pende de una barra de hierro
y hace girar el viento en las noches de invierno.