Vampiros

Vampiros


Carmilla - JOSEPH SHERIDAN LE FANU

Página 16 de 30

Joseph Sheridan le Fanu

CARMILLA(1872)

EL príncipe invisible, como le llamaban sus amigos, o Joseph Sheridan le Fanu nació en Dublín en 1814. Por parte de su padre, reverendo protestante, procedía de una familia hugonote, asentada en Irlanda en el siglo XVIII. Por la de su madre, era sobrino nieto del dramaturgo R. B. Sheridan. Educado en el Trinity College de Dublín, inició más tarde la carrera de Derecho, que pronto podría abandonar gracias a su prestigio literario. En 1816, el éxito de sus baladas Phanding Croohoose y Shamus O’Brien le deciden a dedicarse completamente a la literatura. A pesar de ello será un afortunado hombre de negocios, editando periódicos y semanarios, el más importante de ellos el Dublin University Magazine que lograría bajo su dirección una reputación internacional. Su vida exterior discurrió aparentemente apacible y rutinaria, aunque inmersa en las profundidades de un alma alterada que nunca dejó de atormentarse. Le Fanu siempre fue un tímido enfermizo que acabaría enfermando de verdad. Cuando enviudó a los cuarenta y cuatro años se volvió tan solitario y huidizo, que se negaba incluso a recibir a sus amigos, por lo que se ganó la merecida fama de huraño invisible.

La lectura y la escritura ocuparon la mayor parte de su tiempo de reclusión voluntaria. En un principio le interesó la novela histórica de Walter Scott; más tarde, y sobre todo, la obra del místico sueco Swedenborg y las teorías psicológicas (o prepsicoanalíticas) del doctor Cari Gustav Carus. Le Fanu murió repentinamente en 1873, a los cincuenta y nueve años. En sus últimos días soñaba a menudo una pesadilla sobre su casa de Dublín que se derrumbaba sobre él. La novela que acababa de publicar se llamaba, premonitoriamente, Willing to Die (Dispuesto a morir).

La obra de Le Fanu es extensa y ha ejercido una enorme influencia en las letras anglosajonas. Sus novelas más conocidas son The House by the Churchland (1861-62), Unele Sitas (1864), considerada por Benson «una obra maestra de la inquietud», Wylder’s Hand (1864) y Guy Deverell (1865). Pero lo mejor de su producción se encuentra en su obra breve. No en vano es considerado el verdadero creador de la gbost story contemporánea, el primer escritor que desnuda el cuento de las exageraciones románticas y lo inscribe en una realidad descrita con suma precisión.

Carmilla aparecería por primera vez en la revista inglesa The Dark Blue, en 1871, y reaparecerá un año después en un volumen titulado A Glass Darkly. Se ha dicho muchas veces que es el mejor relato de vampiros; en cualquier caso es uno de los más elaborados. Le Fanu que conocía a fondo el tema, centró su historia en una mórbida pasión lesbiana que insinúa mucho más de lo expresado y logra describir con hondura lo venenoso que puede resultar una pasión establecida sobre las intensidades más suaves de la languidez.

CARMILLA[10]

EN un documento adjunto al relato que sigue, el doctor Hesselius ha escrito una nota bastante elaborada, en la que hace referencia a su ensayo acerca del extraño asunto que este manuscrito aclara.

En dicho ensayo trata este asunto tan misterioso con su habitual erudición y perspicacia, así como con notable franqueza y condensación. Ocupará todo un volumen de los escritos completos de este hombre tan extraordinario.

Como yo publico el caso, en este volumen, solamente para interesar a los «profanos», no voy a anticiparme en nada a la inteligente dama que lo relata. Y, después de un detenido examen de la cuestión, he decidido, por tanto, abstenerme de presentar cualquier précis del razonamiento del sabio doctor, o extracto alguno de su exposición sobre un tema que, según él describe, «es probable que tenga que ver con algunos de los más profundos arcanos de nuestra existencia dual, o de sus intermediarios».

Al descubrir este documento, me sentí ansioso por volver a abrir la correspondencia iniciada por el doctor Hesselius, hace ya tantos años, con una persona tan inteligente y cautelosa como parece haber sido su informante. Con gran pesar, sin embargo, descubrí que entre tanto la dama había muerto.

Probablemente poco hubiera podido ella añadir al relato que expone en las páginas siguientes con, hasta donde yo puedo juzgar, tan concienzuda minuciosidad.

CAPÍTULO IUN PRIMER SUSTO

AUNQUE de ninguna manera somos nobles, vivimos en un castillo, o schloss, en Estiria. En esta parte del mundo una pequeña renta da para mucho. Ochocientas o novecientas libras al año hacen maravillas. En nuestro país escasamente nos habrían permitido contarnos entre los ricos. Mi padre es inglés, y yo llevo un apellido inglés, aunque no he visitado nunca Inglaterra. Mas aquí, en este lugar solitario y primitivo, donde todo es tan asombrosamente barato, no veo en qué modo una suma de dinero mucho mayor podría aumentar nuestras comodidades, o incluso nuestros lujos.

Mi padre sirvió en el ejército austríaco y, cuando se retiró, con la pensión y su patrimonio adquirió esta residencia feudal y la pequeña propiedad en donde se alza: una ganga.

No creo que exista nada más pintoresco y solitario. Está situada sobre una pequeña colina, dominando un bosque. El camino, muy antiguo y angosto, pasa por delante de un puente levadizo, que jamás he visto alzar, en cuyo foso, provisto de percas, nadan los cisnes y flotan blancas escuadras de nenúfares.

Dominando todo aquel panorama, se alza el schloss, con su fachada provista de numerosas ventanas, sus torres y su capilla gótica.

Frente a su puerta, el bosque se abre en un claro irregular y muy pintoresco, y a la derecha un empinado puente gótico permite que el camino cruce un riachuelo que serpentea, entre la espesa sombra, a través de la floresta.

He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgue usted mismo si no es cierto. Mirando desde la puerta de entrada hacia el camino, el bosque en el que se yergue el castillo se extiende quince millas a la derecha y doce hacia la izquierda. El pueblo habitado más próximo se encuentra a unas siete de sus millas inglesas hacia la izquierda. El schloss habitado más próximo, de cierta relevancia histórica, es el del viejo general Spielsdorf, a unas veinte millas a la derecha.

He dicho «el pueblo habitado más próximo», porque, a tan sólo tres millas al oeste, es decir, en dirección al schloss del general Spielsdorf, existe un pueblo en ruinas, con su original iglesia, ahora sin techo, en cuya nave lateral yacen las tumbas desmoronadas de la orgullosa familia de los Karnstein, ahora extinguida, que en otros tiempos poseyó el igualmente desolado castillo que, en pleno bosque, domina las silenciosas ruinas de la población.

Respecto a la causa que motivó el abandono de este sorprendente y melancólico lugar, existe una leyenda que le referiré en otra ocasión.

Ahora debo decirle cuán exiguo es el número de habitantes de nuestro castillo. Sin incluir a la servidumbre, ni a los subalternos que ocupan habitaciones en los edificios anexos al schloss, sólo quedamos, ¡preste atención y asómbrese!, mi padre, que es el hombre más bondadoso del mundo, pero que está envejeciendo, y yo, que en la época de mi relato tenía sólo diecinueve años. Ocho años han pasado desde entonces. Mi padre y yo constituíamos toda la familia del schloss. Mi madre, una dama estiria, falleció siendo yo niña. Mas tuve una bondadosa aya, que había estado junto a mí, casi diría que desde mi primera infancia. No puedo recordar ninguna época en que su rostro grueso y benigno no constituyera una imagen familiar en mi memoria. Era Madame Perrodon, natural de Berna, cuyos cuidados y buen carácter suplieron en parte la pérdida de mi madre, a la que ni siquiera recuerdo. En nuestras modestas cenas, ella era el tercer comensal. Había un cuarto, Mademoiselle De Lafontaine, una de esas damas a las que usted llama, según creo, «institutrices de segunda enseñanza». Hablaba francés y alemán. Madame Perrodon, por su parte, hablaba francés y chapurreaba el inglés. Mi padre y yo añadíamos el inglés que, en parte para impedir que se convirtiera en una lengua perdida para nosotros, y en parte por motivos patrióticos, hablábamos a diario. El resultado era una Babel, que solía causar risa a los forasteros, y que no intentaré reproducir en esta narración. Había además dos o tres damas amigas, más o menos de mi misma edad, que ocasionalmente nos visitaban, durante periodos más o menos largos, visitas que yo a veces devolvía.

Ésas eran nuestras habituales relaciones sociales. Aunque, por supuesto, recibíamos visitas fortuitas de «vecinos», es decir gente que vivía a sólo cinco o seis leguas de distancia. Mi vida era, a pesar de todo, más bien solitaria, se lo aseguro.

Mis gouvernantes ejercían sobre mí tanto control como es posible imaginar que personas tan sensatas podían ejercer sobre una muchacha más bien consentida, a la que su único progenitor permitía actuar a su entera voluntad prácticamente en todo.

El primer acontecimiento de mi existencia que produjo en mi mente una impresión atroz, que de hecho jamás se ha borrado, fue uno de los primeros incidentes de mi vida que consigo recordar. Algunos lo considerarán tan trivial, que no debería ser consignado aquí. Pronto verá, sin embargo, por qué lo menciono. La habitación de los niños, así la llamaban, si bien yo disponía de toda ella para mí sola, era un vasto aposento en el último piso del castillo, con el techo de roble abuhardillado.

No debía tener yo más de seis años cuando, cierta noche, me desperté y, mirando en torno a la habitación desde mi lecho, no vi a la doncella encargada del cuarto. Tampoco estaba mi aya. Creí encontrarme sola. No me asusté, porque era una de esas niñas afortunadas a las que deliberadamente se había mantenido en la ignorancia con respecto a los cuentos de fantasmas y de hadas, y todas esas consejas que nos hacen esconder la cabeza cuando la puerta cruje súbitamente, o el parpadeo de una vela a punto de extinguirse hace bailar sobre la pared, cerca de nuestros rostros, la sombra de uno de los pilares de la cama. Me sentía molesta y ofendida al imaginarme abandonada y empecé a gimotear, antes de que me asaltara un enérgico estallido de bramidos. Entonces, con gran sorpresa por mi parte, vi un rostro solemne, pero muy hermoso, que me miraba desde uno de los costados de la cama. Era el rostro de una joven dama que estaba de rodillas, con las manos bajo mi colcha. La miré con una especie de asombro complacido, y dejé de gimotear. Ella me acarició con sus manos, se tendió a mi lado en la cama, y me atrajo hacia sí, sonriendo. De inmediato me sentí deliciosamente apaciguada y me quedé dormida otra vez. Me desperté con una sensación como si me clavaran profundamente en el pecho dos alfileres al mismo tiempo, y lancé un grito. La dama retrocedió, sin dejar de mirarme, luego se dejó caer al suelo y me pareció que se escondía debajo de la cama.

En aquel momento me asusté por vez primera, y grité con todas mis fuerzas. El aya, la doncella, el ama de llaves, todas acudieron corriendo, y, al oír mi historia, hicieron poco caso de ella, tranquilizándome entre tanto cuanto les fue posible. Mas, aun siendo yo sólo una niña, pude advertir que sus rostros habían palidecido y mostraban una insólita expresión de inquietud. Las vi mirar debajo de la cama y por toda la habitación, y buscar debajo de las mesillas y abrir de golpe los armarios. Y el ama de llaves susurró a la niñera:

—Ponga la mano en este hueco de la cama; alguien ha estado acostado aquí, tan cierto es como que usted no ha sido el sitio está todavía caliente.

Recuerdo que la doncella me acarició, y que las tres me examinaron el pecho, en donde les dije que había sentido el pinchazo, y manifestaron que no había ninguna señal visible de que tal cosa me hubiera sucedido.

El ama de llaves y las otras dos sirvientas que tenían a su cargo la habitación de los niños no se acostaron en toda la noche. Y desde entonces hasta que tuve unos catorce años siempre se quedó levantada alguna criada en la habitación de los niños.

Después de aquello estuve muy nerviosa durante mucho tiempo. Llamaron a un médico, pálido y de avanzada edad. ¡Qué bien me acuerdo de su saturnal rostro alargado, ligeramente picado de viruelas, y de su peluca marrón! Durante bastante tiempo, cada dos días, venía a administrarme una medicina, que, por supuesto, yo odiaba.

La mañana siguiente a haber visto aquella aparición, estaba yo aterrorizada y no podía soportar que me dejaran sola, ni siquiera un momento, aunque fuera a plena luz.

Recuerdo a mi padre, de pie junto a mi cama, hablando animadamente, haciendo preguntas al aya y riéndose de buena gana de cada una de sus respuestas. Y también dándome palmaditas en la espalda, y besándome, y diciéndome que no me asustara, que no era más que un sueño, totalmente inofensivo.

Mas no me tranquilicé, pues sabía que la visita de aquella extraña mujer no había sido un sueño, y estaba terriblemente asustada.

Me consoló un poco la doncella encargada del cuarto de los niños, asegurándome que había sido ella la que había venido junto a mí, me había mirado, y se había tendido en la cama a mi lado. Y que yo debía estar medio soñando para no haber reconocido su rostro. Mas eso, aunque lo confirmara el aya, no me satisfizo plenamente.

Durante el transcurso de aquel día, recuerdo que un venerable anciano, con sotana negra, entró en mi habitación con el aya y el ama de llaves, charló un poco con ellas, y luego se dirigió a mí afectuosamente. Su expresión era dulce y afable, y me dijo que iban a rezar. Y juntándome las manos, me pidió que repitiera en voz baja, mientras ellos rezaban: «Señor, escuchad estas plegarias en nuestro nombre, por el amor de Cristo». Creo que esas fueron las palabras exactas, pues a menudo las repetí para mí, y mi niñera, durante años, me las hizo decir en mis rezos.

Recuerdo perfectamente el rostro dulce y pensativo de aquel anciano de cabellos blancos, sotana negra, de pie en aquella tosca habitación marrón, en el piso alto, rodeado de pesados muebles de más de tres siglos de antigüedad. Y la escasa luz que se filtraba en aquel ambiente sombrío a través de la pequeña celosía. Puesto de rodillas, y con él las tres mujeres, rezó en alto, con voz sincera y temblorosa, durante lo que me pareció un buen rato. He olvidado toda mi vida anterior a aquel suceso, y alguna etapa posterior también me resulta oscura. Mas las escenas que acabo de describir permanecen vivas como las imágenes aisladas de una fantasmagoría surgida de la oscuridad.

CAPÍTULO IIUNA HUÉSPED

VOY a contarle ahora algo tan extraño que será precisa toda su fe en mi veracidad para que pueda creer mi historia. Sin embargo, no solamente es cierta, sino que se trata de una verdad de la que yo misma he sido testigo.

Un fresco atardecer veraniego, mi padre me pidió, como a veces solía hacer, que diésemos un corto paseo por aquel hermoso bosque que, como ya he mencionado, se extendía frente al schloss.

—El general Spielsdorf no podrá venir a visitarnos tan pronto como yo esperaba —dijo mi padre, mientras proseguíamos nuestro paseo.

Iba a hacernos una visita de algunas semanas de duración, y esperábamos que llegara al día siguiente. Iba a traer consigo a su joven sobrina y pupila, Mademoiselle Rheinfeldt, a la cual yo no había visto nunca, pero de la que había oído decir que se trataba de una muchacha realmente encantadora, en cuya compañía me prometía yo muchos días felices. Me sentí mucho más decepcionada de lo que pueda imaginarse cualquier joven dama que viva en la ciudad, o en un vecindario animado. Aquella visita, y la nueva amistad que prometía, había alimentado mis sueños durante muchas semanas.

—¿Y cuándo vendrá? —pregunté.

—No será antes del otoño. Ni antes de dos meses, diría yo —respondió él—. Y ahora me alegra, querida mía, que no hayas conocido a Mademoiselle Rheinfeldt.

—¿Por qué? —pregunté, mortificada y curiosa al mismo tiempo.

—Porque la infeliz damita ha muerto —replicó él—. Me había olvidado por completo de que no te lo había contado, pues no estabas en la habitación esta tarde cuando recibí la carta del general.

Aquello me impresionó mucho. El general Spielsdorf había mencionado en su primera carta, seis o siete semanas antes, que su sobrina no estaba tan bien como él hubiera deseado. Mas nada hacía suponer ni la más remota sospecha de peligro serio.

—Aquí está la carta del general —dijo, alargándomela—. Me temo que estará muy apenado. Esta carta ha sido escrita en un estado muy próximo al desvarío.

Nos sentamos en un tosco banco, a la sombra de unos magníficos tilos. El sol se estaba poniendo, con todo su melancólico esplendor, detrás del horizonte boscoso, y el torrente que discurre junto a nuestra casa, y pasa bajo el viejo puente empinado que ya he mencionado, serpenteaba entre un grupo de árboles grandiosos, casi a nuestros pies, reflejando en su corriente el escarlata descolorido del cielo. La carta del general Spielsdorf era tan extraordinaria, tan vehemente, y en algunos aspectos tan contradictoria, que la leí dos veces, la segunda de ellas en voz alta a mi padre. Y con todo, era incapaz de comprenderla, como no fuera suponiendo que el dolor le había trastornado la mente.

Decía así:

«He perdido a mi querida hija, porque como tal la quería. Durante los últimos días de la enfermedad de mi querida Bertha no pude escribirle. Hasta entonces no tenía idea del peligro que corría. La he perdido, y sólo ahora lo comprendo todo, demasiado tarde. Murió en la paz de la inocencia, y con la radiante esperanza de una bendita vida futura. El demonio que traicionó nuestra insensata hospitalidad ha sido la causa de todo. Creí que acogía en mi casa a la inocencia, a la alegría, a una encantadora compañera para mi perdida Bertha. ¡Cielo santo! ¡Qué estúpido he sido! Doy gracias a Dios de que mi niña muriera sin la menor sospecha de la causa de sus sufrimientos. Se ha ido sin conjeturar siquiera la naturaleza de su mal, ni la maldita cólera del agente de toda esta desgracia. Dedicaré los días que me restan de vida a perseguir y destruir a ese monstruo. Me dicen que puedo llevar a cabo mi legítimo y piadoso propósito. Por ahora, apenas dispongo de un resquicio de luz que me sirva de guía. Maldigo mi vanidosa incredulidad, mi despreciable pretensión de superioridad, mi ceguera, mi obstinación… todo. Demasiado tarde. Ahora no puedo hablar ni escribir con calma. Estoy confundido. En cuanto me recupere un poco, pienso dedicarme durante algún tiempo a realizar unas pesquisas, que posiblemente me conducirán hasta Viena. En el próximo otoño, de aquí a dos meses o antes, si todavía continúo con vida, iré a verle… Es decir, si usted me lo permite. Entonces le contaré lo que ahora no tengo el valor de ponerle por escrito. Adiós. Rece por mí, querido amigo.»

En esos términos finalizaba la enigmática carta. Aun cuando jamás había visto yo a Bertha Rheinfeldt, los ojos se me llenaron de lágrimas ante aquella repentina noticia. Me sentía asustada, y también profundamente decepcionada.

El sol se había puesto ya y estábamos en pleno ocaso cuando le devolví a mi padre la carta del general.

La noche era templada y clara, y nos entretuvimos, especulando sobre los posibles significados de las afirmaciones apasionadas e incoherentes que acababa yo de leer. Tuvimos que caminar todavía cerca de una milla hasta alcanzar el camino que pasa frente al schloss, y para entonces lucía una espléndida luna. En el puente levadizo nos encontramos con Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine, que habían salido, sin sus tocas, a disfrutar del exquisito claro de luna.

Al acercarnos, escuchamos sus voces parloteando en animado diálogo. Las alcanzamos en el puente levadizo, y nos volvimos para admirar con ellas la hermosa vista.

El claro por el que acabábamos de pasear se extendía ante nosotros. A nuestra izquierda, el angosto camino serpenteaba bajo los señoriales árboles, y se perdía de vista en la espesura del bosque. A la derecha, el mismo camino cruza el empinado y pintoresco puente, cerca del cual se levanta una torre en ruinas, que, en otro tiempo, guardaba el paso. Al otro lado del puente, se alza una escarpada cima cubierta de árboles, entre cuyas sombras pueden verse algunas rocas tapizadas con matas de hiedra gris.

Sobre los prados y las tierras bajas, una fina traza de niebla se escabullía como humo, marcando las distancias con un velo transparente. Y aquí y allí podíamos ver el río, brillando débilmente a la luz de la luna.

No es posible imaginar una escena más dulce ni más delicada. Las noticias que acababa de recibir la hacían más melancólica. Mas nada podía turbar su profunda serenidad, ni la encantadora belleza e imprecisión del panorama.

Mi padre, que apreciaba lo pintoresco, se detuvo conmigo a contemplar en silencio la llanura que se extendía ante nosotros. Las dos buenas institutrices, un poco detrás de nosotros, conversaban acerca del paisaje, y eran elocuentes con respecto a la luna.

Madame Perrodon era gruesa, de mediana edad y romántica, y hablaba y suspiraba poéticamente. Mademoiselle De Lafontaine —como digna hija de su padre, que era alemán y, como tal, supuestamente psicólogo, metafísico y un poco místico— afirmó entonces que cuando la luna brillaba con una luz tan intensa era bien sabido que ello indicaba una especial actividad espiritual. Los efectos de una luna llena tan brillante eran múltiples. Actuaba sobre los sueños, sobre la locura, sobre la gente nerviosa. Ejercía maravillosas influencias físicas relacionadas con la vida. Mademoiselle contó que su primo, que era piloto de un buque mercante, tras descabezar un sueño en cubierta, tendido boca arriba, dándole de lleno en la cara la luz de la luna, había despertado con las facciones horriblemente estiradas hacia un lado, después de soñar con una anciana que le arañaba la mejilla. Y su semblante jamás recobró del todo el equilibrio.

—Esta noche, la luna —dijo— está cargada de influjos ódicos[11] y magnéticos. Observen, si se vuelven a mirar la fachada del schloss, cómo brillan y centellean todas sus ventanas con ese resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubiesen iluminado las habitaciones para recibir a unos huéspedes espectrales.

Existen estados de ánimo indolentes en los que, estando nosotros mismos poco dispuestos a hablar, la conversación de otros resulta sumamente agradable a nuestros apáticos oídos. Yo seguía mirando, complacida por el tintineo de la conversación de aquellas damas.

—Esta noche he entrado en uno de esos estados míos de malhumor y abatimiento —dijo mi padre, tras un silencio. Y, citando a Shakespeare, a quien, a fin de conservar nuestro inglés, solía leer en voz alta, dijo:

—No sé, en verdad, por qué estoy tan triste:

Es algo que me enoja, y también a vos, según decís;

Mas cómo me vino esta tristeza, […], cómo la obtuve… [12]

»Olvidé el resto. Mas presiento que pende sobre nosotros alguna grave desgracia.

Supongo que la afligida carta del general tiene algo que ver con esto.

En aquel momento atrajo nuestra atención el insólito ruido de ruedas de un carruaje y de muchos cascos de caballo por el camino.

Parecía aproximarse a nosotros por la elevación de terreno que domina el puente, y muy pronto, en efecto, surgió un tropel en aquel mismo lugar. Primero cruzaron el puente dos jinetes, luego vino un carruaje tirado por cuatro caballos, detrás del cual cabalgaban dos hombres.

Parecía tratarse de un carruaje en el que viajaba una persona de rango. E inmediatamente quedamos todos absortos en la contemplación de aquel espectáculo tan poco frecuente. Poco después, cobró mayor interés todavía, ya que, cuando el carruaje llegó al punto más elevado del empinado puente, uno de los caballos delanteros se desbocó, contagió su pánico a los restantes, y después de una o dos embestidas, todo el tiro se lanzó a un galope desenfrenado, e irrumpiendo entre los dos jinetes que cabalgaban al frente, se precipitó con gran estruendo por el camino, hacia nosotros, a la velocidad del huracán.

Los gritos nítidos y prolongados de una voz femenina a través de la ventanilla del carruaje hacían todavía más penosa la emoción de la escena.

Todos nosotros nos adelantamos, curiosos y horrorizados; mi padre en silencio, nosotras profiriendo exclamaciones de terror.

Nuestra ansiedad no duró mucho. Justo antes de alcanzar el puente levadizo del castillo, se alza un magnífico tilo al borde del camino. Y al lado opuesto una vieja cruz de piedra, a cuya vista los caballos, que ahora iban a un paso realmente aterrador, se desviaron, arrastrando las ruedas hacia las raíces salientes del árbol.

Imaginaba lo que iba a ocurrir. Incapaz de seguir mirando, me tapé los ojos y volví la cabeza. En ese mismo momento oí gritar a mis acompañantes, que habían avanzado un poco más que yo.

La curiosidad me hizo reabrir los ojos, y así pude contemplar una escena sumamente confusa. Dos de los caballos habían caído al suelo y el carruaje estaba volcado sobre uno de sus costados con dos ruedas al aire. Los hombres se ocupaban de quitar los arreos, y una dama de expresión y aspecto dominante había salido del coche y permanecía inmóvil, con las manos enclavijadas, llevándose de vez en cuando a los ojos el pañuelo que en ellas sostenía. Por la puerta del carruaje izaban en aquel momento a una joven que parecía exánime. Mi querido y anciano padre se encontraba ya junto a la dama de más edad, sombrero en mano, manifiestamente ofreciendo su ayuda y los recursos de su schloss. La dama parecía no oírle ni tener ojos más que para la esbelta muchacha que los hombres estaban recostando sobre el talud del terraplén.

Me aproximé. La joven estaba aparentemente aturdida, mas desde luego todavía viva. Mi padre, que se preciaba de entender algo de medicina, le había tomado la muñeca y aseguró a la dama que declaraba ser su madre, que su pulso, aunque débil e irregular, sin duda todavía podía percibirse. La dama juntó las manos y miró hacia arriba, como transportada por un momentáneo sentimiento de gratitud. Mas en seguida recayó de nuevo en esa actitud teatral que, según creo, es innata en algunas personas.

Era lo que se dice una mujer de muy buen aspecto para su edad, y debía de haber sido bella. Esbelta mas no delgada, iba vestida de terciopelo negro, y parecía un poco pálida, aunque de semblante orgulloso y autoritario, no obstante la agitación del momento.

—¿Existió alguna vez un ser nacido de este modo para la desgracia? —le oí decir, con las manos enclavijadas, mientras me acercaba a ella—. Estoy realizando un viaje que es cuestión de vida o muerte, en el que una hora de demora puede echarlo todo a perder. Mi niña no se habrá recuperado lo suficiente para reemprender la marcha en quién sabe cuánto tiempo. Debo dejarla. No puedo entretenerme, no me atrevo. ¿Puede decirme, señor, a qué distancia se encuentra el pueblo más próximo? Tengo que dejarla allí. Y no podré verla, ni siquiera tener noticias suyas, hasta mi regreso dentro de tres meses.

Tiré del abrigo a mi padre, y le susurré al oído con vehemencia:

—¡Oh, papá!, te lo ruego, pídele que la deje con nosotros… Sería tan agradable. Por favor, hazlo.

—Si Madame confía su niña al cuidado de mi hija y de su buena gouvernante, Madame Perrodon, y le permite quedarse como huésped nuestra, bajo mi responsabilidad, hasta su vuelta, nos estaría otorgando con ello una distinción y una obligación, y la trataríamos con toda la atención y la devoción que merece tan sagrada confianza.

—No puedo hacer eso, señor. Sería abusar demasiado cruelmente de su gentileza e hidalguía —dijo la dama, un poco confusa.

—Sería, al contrario, concedernos un gran favor, justamente en el momento en que más lo necesitamos. Mi hija acaba de sentirse contrariada al enterarse del cruel infortunio padecido por una persona, de cuya visita esperaba, desde hacía mucho tiempo, obtener una gran felicidad. Si confía esta joven a nuestro cuidado, será éste su mejor consuelo. El pueblo más cercano en su ruta queda lejos, y no posee la clase de posada en la que se le ocurriría dejar a su hija. No puede permitir que continúe su viaje durante un trayecto considerable sin ponerla en peligro. Si, como dice, le es imposible suspender su viaje, debería separarse de ella esta noche, y en ninguna parte podrá hacerlo con mayores y más razonables garantías de cuidados y cariño que aquí.

Dejando de lado la magnificencia de su séquito, había algo tan distinguido, e incluso tan imponente, en el semblante y en el porte de aquella dama, y algo tan llamativo en sus modales, como para convencer a cualquiera de que se trataba de una persona de alto rango.

Mientras tanto, el coche había sido devuelto a su posición vertical, y los caballos, completamente dóciles, estaban enganchados de nuevo.

La dama lanzó a su hija una mirada que no me pareció tan afectuosa como podía esperarse dado el comienzo de la escena. Luego hizo señas a mi padre y se apartó con él dos o tres pasos, donde no pudieran ser oídos, hablándole con expresión rígida y severa, completamente distinta a aquella con la que hasta ahora se había manifestado.

Me maravillaba que mi padre no pareciera percibir el cambio, y sentía también una curiosidad indecible por averiguar qué podía estar diciéndole, casi al oído, con tanta vehemencia y precipitación.

Permaneció en aquella ocupación unos dos o tres minutos a lo sumo, creo. Luego se volvió, y en unos cuantos pasos llegó hasta donde yacía su hija, en brazos de Madame Perrodon. Se arrodilló a su lado un instante y le susurró al oído, según supuso Madame, una breve bendición. Después, tras besarla apresuradamente, subió al carruaje; la puerta se cerró; los lacayos, con impresionantes libreas, saltaron al pescante; los escoltas picaron espuelas; los postillones chasquearon sus látigos; los caballos corcovearon y súbitamente iniciaron un frenético trote que amenazaba con no tardar en convertirse de nuevo en un galope; y finalmente el carruaje desapareció como un torbellino, seguido al mismo ritmo rápido por los dos jinetes de retaguardia.

CAPÍTULO IIICAMBIO DE IMPRESIONES

SEGUIMOS el cortège con la mirada hasta que se perdió rápidamente de vista en la bruma del bosque. Y hasta el mismo ruido de los cascos y las ruedas se desvaneció en el silencio de la noche.

Nada quedaba que nos garantizara que la aventura no había sido una ilusión momentánea, salvo la joven dama, que precisamente en aquel mismo instante abría los ojos. Yo no podía verla, porque su rostro estaba de espaldas a mí, mas levantó la cabeza, mirando evidentemente a su alrededor, y oí una voz muy dulce que preguntaba en tono quejumbroso:

—¿Dónde está mamá?

Nuestra buena Madame Perrodon le respondió cariñosamente, consolándola con algunas garantías pertinentes.

Luego le oí preguntar:

—¿En dónde estoy? ¿Qué lugar es éste? —y añadió a continuación—: No veo el carruaje. Y Matska, ¿dónde está?

Madame contestó a todas sus preguntas en la medida en que las comprendía. Y poco a poco la joven recordó cómo ocurrió el accidente, y le agradó saber que nadie, ni dentro del coche, ni entre el servicio, estaba herido. Mas al enterarse de que su madre la había dejado con nosotros hasta su regreso, al cabo de unos tres meses, rompió a llorar.

Iba yo a añadir mis consuelos a los de Madame Perrodon cuando Mademoiselle De Lafontaine puso su mano sobre mi brazo, diciendo:

—No se acerque a ella. En el estado en que se encuentra, no podría conversar con más de una persona a la vez. La más mínima excitación podría ahora abrumarla.

En cuanto esté cómodamente instalada en la cama, pensé yo, correré a su habitación a verla.

Mi padre, entre tanto, había enviado un criado a caballo a buscar al médico, que vivía a unas dos leguas. Y había ordenado que prepararan una alcoba para acoger a la joven.

La forastera se levantó y, apoyándose en el brazo de Madame, atravesó lentamente el puente levadizo y entró en el castillo.

En la sala la esperaba la servidumbre, que en seguida la condujo a su habitación.

El aposento que solemos utilizar como salón es largo y tiene cuatro ventanas, las cuales miran, por encima del foso y el puente levadizo, hacia el paisaje forestal que ya he descrito.

Posee un viejo mobiliario de roble, con enormes bargueños tallados, y sillas tapizadas de terciopelo de Utrecht de color carmesí. Las paredes están cubiertas de tapices, y rodeadas de grandes cuadros de marcos dorados, con figuras de tamaño natural, que llevan atuendos antiguos y muy curiosos, y representan escenas de caza, cetrería, y por lo general festivas. Para ser un aposento tan sumamente cómodo no es demasiado majestuoso. Allí tomábamos el té, pues, con su habitual inclinación patriótica, mi padre insistía en que la bebida nacional apareciera con regularidad junto al café y al chocolate.

Aquella noche nos sentamos allí, y, a la luz de las velas, hablamos de la aventura vespertina.

Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine participaban en nuestra reunión. Nada más acostarse, la joven forastera se sumió en un sueño profundo, y aquellas damas la dejaron al cuidado de una sirvienta.

—¿Qué le parece nuestra huésped? —pregunté, en cuanto entró Madame Perrodon—. Cuéntemelo todo acerca de ella.

—Me agrada sumamente —contestó Madame—. Pienso que tal vez es la criatura más bonita que jamás haya visto. Tiene aproximadamente su misma edad, y es tan amable y simpática.

—Es verdaderamente hermosa —intervino Mademoiselle De Lafontaine, que había atisbado un momento en la habitación de la forastera.

—¡Y qué voz tan dulce tiene! —añadió Madame Perrodon.

—¿No observaron que cuando volvieron a enderezar el carruaje había otra mujer —preguntó Mademoiselle De Lafontaine—, que no salió y únicamente miró por la ventana?

No, no la habíamos visto.

Entonces nos describió a una espantosa mujer vestida de negro, con una especie de turbante de color en la cabeza, que estuvo todo el tiempo mirando por la ventanilla del coche, haciendo muecas y riéndose burlonamente de las damas. Sus ojos, muy brillantes, parecían salírsele de las órbitas, y enseñaba los dientes como si estuviera hecha una furia.

—¿No advirtieron el desagradable aspecto de los criados? —preguntó Madame Perrodon.

—Sí —afirmó mi padre, que acababa de entrar—. Unos tipos malcarados y con aspecto de picaros despreciables, como jamás había visto en mi vida. Espero que no acaben robando a la pobre dama en el bosque. Desde luego, esos granujas deben de ser astutos; en un momento lo pusieron todo en orden.

—Tal vez estuvieran agotados por el largo viaje —replicó Madame Perrodon—, pues además de aquel infame aspecto, sus rostros parecían extrañamente enjutos, sombríos y hoscos. Soy muy curiosa, lo confieso. Mas pienso que la joven nos lo contará todo mañana, si se ha recobrado lo suficiente.

—No creo que lo haga —dijo mi padre, sonriendo misteriosamente y asintiendo con la cabeza, como si supiese más de lo que quería decirnos.

Eso me hizo sentir todavía más curiosidad por enterarme de lo que había ocurrido entre él y la dama vestida de terciopelo negro, en la breve pero intensa conversación que había precedido inmediatamente a la marcha de esta última.

Apenas nos quedamos solos, le supliqué que me contara todo. No se hizo rogar demasiado.

—No existe ninguna razón especial para que te lo oculte. Me expresó su vacilación ante las posibles molestias que nos acarrearía el cuidado de su hija, alegando que estaba delicada de salud, y nerviosa, aunque no sujeta a ningún tipo de achaque (dijo esto espontáneamente) ni alucinación, ya que, de hecho, está perfectamente cuerda.

—¡Qué extraño que dijera todo eso! —le interrumpí yo—. No veo la necesidad.

—En todo caso, lo dijo —dijo él riendo—, y ya que deseas saber todo lo que pasó, que realmente fue muy poco, te lo contaré. Me dijo exactamente: «Estoy efectuando un largo viaje de importancia vital (recalcó la palabra), rápido y secreto. Volveré a recoger a mi hija dentro de tres meses. Mientras tanto, ella deberá guardar silencio acerca de quiénes somos, de dónde venimos, y adónde nos dirigimos». Eso fue todo cuanto dijo. Hablaba un francés muy puro. Cuando mencionó la palabra «secreto», vaciló unos segundos y me miró con severidad, clavando sus ojos en los míos. Supongo que le da mucha importancia a eso. Ya viste lo aprisa que se fue. Espero no haber cometido una tontería haciéndome cargo de la joven.

En cuanto a mí, estaba encantada. Tenía muchas ganas de verla y de hablar con ella. Tan sólo esperaba que el médico me lo permitiera. Los que viven en las ciudades no pueden hacerse una idea del gran acontecimiento que supone, en una soledad como la que nos rodeaba, el comienzo de una nueva amistad.

El médico no llegó hasta cerca de la una. Pero me habría sido tan imposible irme a la cama y dormir como alcanzar a pie el carruaje en el que se había marchado la princesa vestida de terciopelo negro.

Cuando el físico bajó al salón, fue para dar un dictamen muy favorable de su paciente. La joven se había incorporado, su pulso era completamente normal, y parecía encontrarse perfectamente. No había sufrido ningún daño, y el leve trastorno nervioso había desaparecido casi sin dejar huella. Desde luego, no podía haber ningún mal en que yo la viera, si ambas lo deseábamos. Con esta autorización, le mandé de inmediato un recado para averiguar si me permitiría visitarla en su aposento durante unos pocos minutos.

La criada regresó en seguida para comunicarme que la joven no deseaba otra cosa.

Puede estar seguro de que no tardé mucho en valerme de este permiso.

Nuestra visitante había sido instalada en una de las habitaciones más grandes del schloss. Tal vez demasiado impresionante. Frente al pie de la cama había un tapiz sombrío, que representaba a Cleopatra con el áspid en el pecho. Y en las restantes paredes se exhibían otras escenas clásicas de gran solemnidad, algo descoloridas. Pero en el resto de la decoración de la sala había varias tallas doradas, y una variedad y riqueza de colorido más que suficientes para compensar la lobreguez del viejo tapiz.

Junto a la cama había algunas velas. La joven estaba incorporada. Su figura esbelta y bonita estaba envuelta en una suave bata de seda, con bordados de flores, y forrada con un grueso acolchado de seda, que su madre había arrojado a sus pies mientras yacía en el suelo.

Mas apenas llegué junto a su lecho e inicié los cumplidos de rigor, ¿qué creería que fue lo que me enmudeció de repente, haciéndome retroceder uno o dos pasos? Se lo contaré.

Vi el mismo rostro que se me había aparecido en mi infancia aquella noche, que tan grabado permanecía en mi memoria, y sobre el cual durante tantos años tan a menudo había cavilado con horror, cuando nadie sospechaba en qué estaba pensando.

Era un rostro agraciado, incluso hermoso, y con la misma expresión melancólica que tenía la primera vez que lo vi.

Mas en aquel momento esa expresión se iluminó de pronto con una extraña sonrisa, como si ella también me reconociera.

Hubo un minuto de silencio por lo menos, y finalmente habló ella; yo no podía.

—¡Qué maravilla! —exclamó—. Hace doce años vi tu rostro en sueños, y desde entonces su recuerdo me ha perseguido.

—¡Realmente maravilloso! —repetí yo, esforzándome en superar el horror que por un momento me había cortado el habla—. Por supuesto yo también te vi, en realidad o como visión, hace doce años. No puedo olvidar tu rostro. No se ha borrado de mi imaginación desde entonces.

Su sonrisa se había dulcificado. Fuera lo que fuese lo que yo había visto de extraño en ella, había desaparecido, y sus mejillas con hoyuelos eran ahora deliciosamente lindas e inteligentes.

Me sentí tranquilizada, y proseguí en el tono que la hospitalidad exigía, dándole la bienvenida, y diciéndole cuánto placer nos había proporcionado a todos, y en particular a mí, su inesperada llegada.

Mientras hablaba le cogí la mano. Yo era algo tímida, como suelen serlo las personas que viven aisladas, mas la situación me volvió elocuente, e incluso audaz. Ella me apretó la mano, la retuvo entre las suyas, y, mientras sus ojos brillantes se clavaban apresuradamente en los míos, sonrió de nuevo y se ruborizó.

Respondió muy gentilmente a mi bienvenida. Me senté a su lado, todavía asombrada, y ella habló así:

—Debo contarte la visión que tuve de tí. Es muy extraño que hayamos soñado tan intensamente la una con la otra, que ambas nos hayamos visto, tú a mí y yo a tí, con el aspecto que ahora tenemos, cuando, por supuesto, éramos sólo unas niñas. Yo tenía unos seis años y, al despertarme de un sueño confuso y agitado, me pareció encontrarme en una habitación distinta al cuarto de los niños, con las paredes toscamente revestidas de cierta madera oscura, y llena de alacenas, cujas, sillas y bancos. Los lechos, creo recordar, estaban vacíos, y en toda la habitación no había nadie más que yo. De tal suerte que, tras haber mirado a mi alrededor durante un buen rato, y haber admirado especialmente un candelabro de hierro de dos brazos, que indudablemente reconocería si lo volviera a ver, me deslicé por debajo de una de las camas con intención de llegar hasta la ventana. Mas cuando salí de debajo de la cama, oí gritar a alguien. Y al mirar hacia arriba, cuando todavía estaba de rodillas, te vi… sin duda eras tú… tal como te veo ahora: una joven muy bonita, con los cabellos dorados y grandes ojos azules, y labios… tus labios… eras tú, tal como eres ahora. Tu belleza me conquistó. Me encaramé a la cama y te abracé, y creo que ambas nos quedamos dormidas. Me despertó un grito. Te habías incorporado y gritabas. Me asusté y me deslicé al suelo. Creo que perdí el conocimiento durante un rato. Cuando me recobré, estaba de nuevo en casa, en el cuarto de los niños. Desde entonces no he podido olvidar tu rostro. Un simple parecido no podría haberme engañado. Tú eres la joven que yo vi.

Ahora me tocaba a mí contar mi visión correspondiente, cosa que hice, ante la sorpresa no simulada de mi nueva amiga.

—No sé cuál de las dos debería asustarse —dijo, sonriendo de nuevo—. Si no fueras tan bonita, pienso que me habrías asustado mucho. Mas, siendo como eres tan hermosa, y ambas tan jóvenes, únicamente tengo la impresión de que te he conocido hace doce años, y que ya tengo derecho a tu intimidad. En todo caso, parece como si, desde nuestra más tierna infancia, estuviéramos destinadas a ser amigas. Me pregunto si te sientes tan extrañamente atraída hacia mí como yo hacia tí. Nunca tuve una amiga. ¿Encontraré una ahora?

Suspiró y sus hermosos ojos negros me miraron apasionadamente.

Lo cierto es que yo sentía algo inexplicable por aquella hermosa forastera. Me sentía, como ella decía, «atraída hacia ella», pero experimentaba también algo de repulsión. No obstante, en este sentimiento ambiguo prevalecía enormemente la atracción. Era tan hermosa y tan indescriptiblemente atractiva que me intrigaba y me subyugaba.

Entonces noté que se apoderaba de ella una especie de languidez y agotamiento, y me apresuré a darle las buenas noches.

—El doctor cree —añadí— que sería mejor que una doncella te hiciera compañía esta noche. Afuera espera una de las nuestras, ya verás que es una criatura muy servicial y discreta.

—Muy amable por tu parte, pero no podría dormir. Nunca puedo si hay alguien en la habitación. No necesitaré ninguna ayuda… Aunque debo confesarte una debilidad mía: me obsesiona el pavor a los ladrones. Una vez robaron en mi casa, y dos sirvientes murieron. Desde entonces siempre cierro con llave la puerta de mi habitación. Se ha convertido en un hábito… y tú pareces tan comprensiva que estoy segura de que me disculparás. Veo que hay una llave en la cerradura.

Me estrechó entre sus lindos brazos durante un rato y me susurró al oído:

—Buenas noches, querida, me cuesta mucho separarme de tí, pero tenemos que despedirnos. Mañana volveré a verte, aunque no muy temprano.

Se dejó caer de nuevo en la almohada dando un suspiro, y sus hermosos ojos me siguieron con una mirada cariñosa y melancólica, mientras murmuraba de nuevo:

—Buenas noches, querida amiga.

Los jóvenes se encariñan, e incluso aman, impulsivamente. Yo me sentía halagada por el afecto evidente, aunque todavía inmerecido, que ella me demostraba. Me complacía la confianza con que de inmediato me había acogido. Había decidido que nos convirtiéramos en buenas amigas.

Llegó el día siguiente y nos volvimos a ver. Sentíame feliz en su compañía. Es decir, en muchos aspectos.

Su belleza no desmerecía nada a la luz del día. Desde luego, era la criatura más bella que yo había visto, y el desagradable recuerdo del rostro que se me apareció en mi sueño infantil había perdido el efecto de mi primer e inesperado reconocimiento.

Me confesó que también ella había experimentado una impresión similar al verme, y exactamente la misma ligera antipatía que en mí se había mezclado con mi admiración por ella. Nos reímos juntas de nuestros momentáneos sustos.

CAPÍTULO IVSUS COSTUMBRES. UN PASEO

YA he dicho que estaba encantada con ella en la mayoría de detalles.

Había algunos otros que no me gustaban tanto.

Ir a la siguiente página

Report Page