Vampiros
Carmilla - JOSEPH SHERIDAN LE FANU
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Era de estatura algo superior a la media de mujeres. Empezaré por describirla. Era esbelta y asombrosamente elegante. Salvo que sus movimientos eran lánguidos… muy lánguidos, en verdad… nada había en su aspecto que delatara su enfermedad. Su tez era brillante y oscura; sus facciones, pequeñas y muy bien formadas; sus ojos, grandes, negros y brillantes. Su cabello era absolutamente maravilloso: jamás he visto otro tan espeso y tan largo como el suyo, cuando lo dejaba suelto sobre los hombros. A menudo hundía en él mis manos, y su sorprendente peso me hacía reír.
Era exquisitamente fino y suave, de color castaño muy oscuro, con algún reflejo dorado. Me gustaba soltárselo, que cayera por su propio peso. Cuando estaba en su habitación, recostada en su silla hablándome en voz baja con dulzura, solía yo recogérselo y trenzárselo, y extenderlo y jugar con él. ¡Dios mío! ¡Ojalá lo hubiera sabido todo!
He dicho que había detalles que no me gustaban. Ya he contado que sus confidencias me conquistaron la primera noche que la vi. Mas descubrí que mantenía una reserva siempre alerta con respecto a sí misma, a su madre, a su historia, en realidad a todo lo relacionado con su vida, sus proyectos y su familia. Acaso fuera yo poco razonable, tal vez estuviera equivocada. Acaso debería haber respetado el solemne requerimiento hecho a mi padre por la majestuosa dama vestida de terciopelo negro. Mas la curiosidad es un sentimiento sin escrúpulos ni sosiego, y no hay muchacha capaz de soportar pacientemente que otra persona frustre la suya. ¿Qué daño podía hacerle a nadie que ella me contara lo que yo tan ardientemente deseaba saber? ¿Es que no tenía confianza en mi sensatez o en mi honor? ¿Por qué no habría de creerme cuando yo le aseguraba solemnemente que no divulgaría ante ningún mortal ni una sola palabra de todo lo que me contara?
Me parecía que existía una frialdad impropia de su edad en aquella forma risueña y melancólica de persistir en su negativa a proporcionarme el más mínimo rayo de luz.
No puedo decir que discutiéramos por ese motivo, pues ella no discutía por nada. Desde luego, resultaba muy poco digno por mi parte, e incluso de mala educación, el apremiarla. Mas lo cierto es que no pude evitarlo; y más me habría valido dejar el asunto en paz.
Lo que me contó no tenía, según mi poco escrupulosa estimación, ningún valor.
Todo se resumía en tres revelaciones muy vagas.
La primera: se llamaba Carmilla.
La segunda: su familia era muy antigua y noble.
La tercera: su casa estaba situada al oeste de la nuestra.
No quiso decirme ni el apellido de su familia, ni sus blasones, ni el nombre de su propiedad, ni siquiera el del país en que vivían.
No vaya a pensar que yo la molestaba constantemente con esos asuntos. Esperaba una oportunidad, y más bien procuraba insinuar mis preguntas en lugar de insistir en ellas. Una o dos veces, sin embargo, la ataqué más directamente. Mas fuera cual fuese mi táctica, el resultado era siempre un completo fracaso.
Reproches o caricias, de nada servían con ella. Mas debo añadir que sus evasivas iban acompañadas de una melancolía y una desaprobación tan considerables; de tantas, e incluso tan apasionadas, declaraciones de afecto hacia mí, de plena confianza en mi honor; y de tantas promesas de que yo acabaría por saberlo todo, que no podía continuar enfadada con ella por más tiempo.
Solía rodearme el cuello con sus hermosos brazos, atraerme hacia ella, y, apoyando su mejilla en la mía, susurrarme al oído:
—Querida mía, tu corazoncito está herido. No me juzgues cruel por acatar la ley irresistible de mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está sinceramente herido, el mío sufre espantosamente con el tuyo. En el éxtasis de mi enorme humillación, vivo en tu cálida vida, y tú morirás… morirás, dulcemente morirás… en la mía. No puedo evitarlo. Así como yo me acerco a tí, a su vez, tú te acercarás a otros, y conocerás el éxtasis de esa crueldad, que, sin embargo, es una forma de amor. De modo que, por ahora, no trates de saber nada más de mí y de lo mío, sino que tienes que confiar fielmente en mí con toda tu alma.
Y después de haber hablado con tanto entusiasmo, me apretó más estrechamente en un abrazo tembloroso, y sus labios inflamaron poco a poco mis mejillas con dulces besos.
Su nerviosismo y su lenguaje me resultaban incomprensibles. Debo admitir que solía desear liberarme de aquellos insensatos abrazos, los cuales no se producían con demasiada frecuencia. Mas parecían faltarme energías para ello. Sus palabras susurrantes sonaban en mis oídos como una canción de cuna, y apaciguaban mi resistencia en una especie de trance, del cual parecía recobrarme solamente cuando ella retiraba sus brazos.
No me gustaba cuando estaba presa de esos misteriosos estados de mal humor. Experimentaba una excitación extraña y tumultuosa, que de vez en cuando era placentera, mezclada con una vaga sensación de miedo y asco. Mientras duraban aquellas escenas no tenía ideas claras sobre ella, pero tenía conciencia de un amor que se convertía en adoración, y también en aborrecimiento. Ya sé que parece una paradoja, pero no sabría explicar de otro modo aquella sensación.
Escribo ahora, tras un intervalo de más de diez años, con un recuerdo confuso y terrible de ciertos sucesos y situaciones, a través de cuya prueba estaba yo pasando inconscientemente, aunque rememorase viva e intensamente el curso general de mi historia. Mas sospecho que en las vidas de todas las personas se dan ciertas situaciones emotivas, en las que nuestras pasiones se despiertan más frenética y atrozmente, las cuales son, entre todas las demás, las que luego recordamos más vaga y difusamente.
A veces, tras un período de indiferencia, mi extraña y bella compañera me cogía la mano y la retenía apretándomela cariñosamente una y otra vez, y finalmente se ruborizaba levemente, mirándome al rostro con ojos lánguidos y ardientes, y tan jadeante que su vestido subía y bajaba a causa de la tumultuosa respiración. Era como el ardor de un enamorado; me turbaba; era algo odioso y, no obstante, irresistible. Luego me atraía hacia ella, recreándose en la mirada, y sus cálidos labios me recorrían las mejillas a besos, mientras me susurraba, casi sollozando:
—Eres mía, serás mía; tú y yo tenemos que ser una sola persona, y para siempre.
Después se echaba hacia atrás en la silla, cubriéndose los ojos con sus manecitas, y me dejaba temblando.
—¿Estamos emparentadas? —solía yo preguntarle—. ¿Qué quieres decir con todo eso? Tal vez te recuerde a alguien a quien amas. Mas no debes comportarte así, lo detesto. No te conozco… ni me conozco a mí misma cuando me miras y me hablas de ese modo.
Ante mi vehemencia ella solía suspirar, volvía el rostro y me soltaba la mano.
En vano me esforzaba yo por elaborar alguna teoría satisfactoria que explicase aquellas manifestaciones tan extraordinarias. No podía achacarlas a simulación o burla. Sin lugar a dudas se trataba del estallido momentáneo del instinto y la emoción contenidos. ¿No estaría ella sujeta, pese a la espontánea negativa de su madre, a breves accesos de demencia? ¿No se trataría acaso de un novelesco disfraz? En antiguos libros de fábulas había leído yo episodios de tal género. ¿Y si un joven enamorado hubiera logrado introducirse en la casa, y tratara de proseguir con su mascarada, con la ayuda de una hábil intrigante? Pero había demasiadas cosas en contra de semejante hipótesis, aun cuando halagase sumamente mi vanidad.
Yo podía vanagloriarme de no pocas de las atenciones que la galantería masculina se complace en ofrecer. Entre aquellos momentáneos arrebatos de pasión había largos intervalos de normalidad, de alegría, de cavilosa melancolía, durante los cuales quizás yo no representara nada para ella, aunque notase sus ardientes ojos clavados en mí. Salvo en aquellos breves períodos de misteriosa exaltación, sus modales eran infantiles. Y siempre había en ella una languidez totalmente incompatible con una constitución masculina dotada de buena salud.
En ciertos aspectos, tenía extrañas costumbres. Tal vez no tan singulares en opinión de una dama de ciudad como usted, pero sí para nosotros que somos gente rústica. Solía bajar muy tarde, por lo general antes de la una. A esa hora se tomaba una taza de chocolate, pero no comía nada, Después íbamos juntas a dar un paseo, aunque durante poco tiempo, ya que casi inmediatamente se sentía agotada, y, o bien regresaba al schloss, o se sentaba en alguno de los bancos repartidos estratégicamente entre la arboleda. Era la suya una languidez corporal que no afectaba a su mente. Su conversación era siempre muy lúcida y animada.
De vez en cuando aludía brevemente a su casa, o mencionaba algún incidente o situación, o algún recuerdo infantil, que indicaban un extraño comportamiento; y describía costumbres que nosotros ignorábamos por completo. De aquellas alusiones fortuitas, deduje que su país debía de estar mucho más lejos de lo que en un principio me había imaginado.
Una tarde, mientras estábamos sentadas bajo los árboles, pasó un entierro por delante de nosotras. Correspondía a una linda muchachita, a la que había tenido ocasión de ver muy a menudo, pues era hija de uno de los guardas forestales. El infeliz caminaba detrás del féretro de su niña. Parecía tener el corazón destrozado, ya que era su única hija. Le seguían algunas parejas de campesinos entonando un himno fúnebre.
A su paso me levanté respetuosamente, y me uní a ellos en su dulce cántico.
Mi acompañante me zarandeó con cierta rudeza, y yo me volví sorprendida.
Me dijo, bruscamente:
—¿No te das cuenta de cómo desafinan?
—Al contrario, me parece un canto muy melodioso —contesté, molesta por la interrupción, y muy incómoda, por miedo a que la gente que formaba la comitiva nos estuviera observando y se ofendiera al oírnos.
Por consiguiente, reanudé inmediatamente el cántico, y de nuevo fui interrumpida.
—Me destrozas los tímpanos —dijo Carmilla, enfadada, mientras se tapaba los oídos con sus minúsculos dedos—. Además, ¿cómo sabes que tu religión y la mía son la misma? Tus manifestaciones me hieren, y detesto los funerales. ¡Menudo alboroto! ¡Vaya!, tú tienes que morir como todo el mundo. Y todos son más felices cuando se mueren. Regresemos a casa.
—Mi padre se ha ido al cementerio con el sacerdote. Yo creí que sabías que hoy iban a enterrarla.
—¿A ella? Los campesinos no me preocupan. Ni siquiera la conozco —replicó, mientras sus hermosos ojos relampaguearon fugazmente.
—Es la infeliz muchacha que imaginó ver un fantasma hace quince días, y que ha estado agonizando desde entonces, hasta que expiró ayer.
—No me hables de fantasmas. No dormiré esta noche si lo haces.
—Espero que no se trate de ninguna plaga o enfermedad. Aunque presenta todos los síntomas —proseguí—. La joven esposa del porquerizo murió hace apenas una semana, y también imaginó que algo le agarró por el cuello mientras yacía en la cama, y casi la entrangula. Papá dice que tales fantasías tan espantosas suelen acompañar a cierto tipo de fiebres. Se encontraba perfectamente bien el día anterior. Luego se vino abajo, y murió en menos de una semana.
—Bueno, espero que su funeral haya terminado, y que se haya cantado ya su oficio fúnebre. Y que nuestros oídos no serán ya torturados con esa disonancia y esa jerigonza. Me han puesto nerviosa. Siéntate aquí, a mi lado, más cerca. Cógeme la mano. Aprétala fuerte… fuerte… más fuerte.
Habíamos retrocedido unos pasos, hasta llegar a otro banco.
Carmilla se sentó. Su rostro había experimentado tal cambio que me alarmé, e incluso por unos momentos quedé aterrorizada. Su expresión se ensombreció y se puso terriblemente lívida. Sus manos y sus dientes estaban apretados, tenía el ceño y los labios fruncidos, mientras miraba fijamente al suelo y temblaba de pies a cabeza con un incesante estremecimiento tan incontenible como el producido por la malaria. Todas sus fuerzas parecieron tensarse para reprimir un ataque, contra el que libraba una lucha sin descanso. Por fin, brotó de su boca un grito de dolor, débil y convulso, y poco a poco su histeria fue apaciguándose.
—He aquí lo que ocurre cuando se acalla a la gente con himnos —dijo, finalmente—. Sujétame, tenme todavía sujeta. Ya se me pasa.
Eso fue lo que, poco a poco, ocurrió. Y tal vez para disipar la siniestra impresión que aquel espectáculo me había producido, se puso inusualmente animada y parlanchina, regresando así a casa.
Era la primera vez que yo la veía mostrar síntomas precisos de esa fragilidad de salud de la que había hablado su madre. Era también la primera vez que la veía dar muestras de algo parecido a la ira.
Ambas cosas se desvanecieron cual nube de verano. Y excepto una vez, después ya no tuve ocasión de presenciar ninguna otra de sus pasajeras explosiones de cólera. Le contaré cómo sucedió.
Carmilla y yo estábamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes ventanales del salón, cuando cruzó el puente levadizo y penetró en el patio la figura de un vagabundo, al que yo conocía bastante bien. Solía visitar el schloss unas dos veces por año.
Se trataba de un jorobado, con esos rasgos angulosos y enjutos que suelen acompañar a las deformidades. Llevaba una puntiaguda barba negra, y sonreía de oreja a oreja, mostrando sus blancos colmillos. Iba vestido de amarillo, negro y escarlata, y provisto de más correas y cintos de los que yo podía contar, de los cuales colgaban toda clase de objetos. Detrás llevaba una linterna mágica y dos cajas cuyo contenido conocía yo muy bien: en una había una salamandra y en la otra una mandrágora. Dichos monstruos solían hacer reír a mi padre. Estaban formados con miembros de monos, loros, ardillas, peces y erizos, puestos a secar y suturados con gran habilidad y efectos sorprendentes. Llevaba también un violín, una caja con instrumentos mágicos para conjurar los malos espíritus, un par de floretes y caretas que pendían del cinto, y varios otros estuches misteriosos que se balanceaban a su alrededor. En la mano sostenía un bastón negro con conteras de cobre. Le acompañaba un perro flaco y peludo, que le seguía muy de cerca, el cual se detuvo en seco, receloso, ante el puente levadizo, y al poco rato comenzó a aullar lúgubremente.
Mientras tanto, el charlatán, deteniéndose en medio del patio, se quitó su grotesco sombrero, y nos hizo una reverencia muy ceremoniosa, saludándonos con mucha soltura en un francés execrable y un alemán no mucho mejor. Después, alzando su violín, empezó a rasgar una alegre tonada, que cantó con divertida disonancia, mientras bailaba con gestos grotescos y vivaces, que me hicieron reír a pesar de los aullidos del perro.
Luego avanzó en dirección a la ventana, sonriendo y saludando ostensiblemente, y, con el sombrero en la mano izquierda, el violín debajo del brazo, y una fluidez no interrumpida ni siquiera para tomar aire, farfulló una interminable proclama de todos sus talentos, así como de los recursos de las distintas artes que ponía a nuestro servicio, y de las curiosidades y diversiones de que disponía, hasta que le permitiéramos mostrárnoslos.
—¿No querrían sus señorías comprarme un amuleto contra el upiro, que, según he oído, vaga por estos bosques como un lobo? —dijo, dejando caer su sombrero al suelo—. Mucha gente está muriendo por su causa a diestro y siniestro, mas aquí tengo un amuleto que nunca falla. Basta con prenderlo de la almohada mediante alfileres, y podrán reírse de él en sus propias barbas.
Tales amuletos consistían en tiras oblongas de vitela, cubiertas de signos cabalísticos y diagramas.
Carmilla compró uno inmediatamente, y lo mismo hice yo.
El hombre levantó los ojos, y nosotras le sonreímos divertidas; al menos, puedo responder de mí misma. Mientras observaba nuestros rostros, sus penetrantes ojos negros parecieron descubrir algo que momentáneamente atraía su atención.
Inmediatamente abrió un estuche de cuero, lleno de toda clase de extraños instrumentos de acero.
—Mire esto, mi señora —dijo, mostrándomelos y dirigiéndose a mí—. Aparte de otras profesiones menos útiles, ejerzo el arte de la odontología. ¡Maldito sea este condenado perro! —intercaló—. ¡Quieres callarte, bestia inmunda! Aúlla tanto que sus señorías no deben oír ni una sola palabra de lo que digo. Su noble amiga, la joven dama que tiene a su derecha, tiene dientes muy afilados… largos, finos, puntiagudos, como una lezna, como una aguja. ¡Ja, ja! Cuando he alzado la mirada, los he visto claramente, con mi vista aguda y de largo alcance. Si por casualidad le molestan, como creo, aquí estoy yo con mi lima, mi punzón, y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y romos, si su señoría lo desea. En vez de dientes de pez, tendrá los que corresponden a la hermosa joven que realmente es. ¿No le parece? ¿Se ha molestado la joven dama por lo que he dicho? ¿Acaso he sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?
La joven, en efecto, parecía muy irritada cuando se apartó de la ventana.
—¿Cómo se atreve a insultarnos este charlatán? ¿Dónde está tu padre? Le exigiré una reparación. ¡Mi padre le habría atado a la bomba de agua, le habría azotado con un látigo, y sin vacilar le habría marcado a fuego con el hierro del castillo!
Carmilla se alejó de la ventana uno o dos pasos, y se sentó. Pero apenas hubo perdido de vista al ofensor, su ira desapareció tan repentinamente como había surgido, y poco a poco recobró su tono habitual, pareciendo olvidarse del jorobadito y de sus desatinos.
Mi padre estaba muy abatido aquella noche. Al llegar nos contó que se había producido otro caso muy similar a los dos fatales que habían ocurrido recientemente. La hermana de un joven campesino a sus órdenes, que vivía a sólo una milla del castillo, estaba muy enferma. Según su propia descripción, había sido atacada poco más o menos del mismo modo que las otras, y ahora se estaba consumiendo lenta pero inflexiblemente.
—Todo esto —dijo mi padre— hay que atribuirlo estrictamente a causas naturales. Esos infelices se contagian unos a otros sus supersticiones, y de ese modo refunden en su imaginación las terroríficas imágenes de que han sido víctimas sus vecinos.
—Mas aunque así fuese, resulta espantoso —dijo Carmilla.
—¿Qué quieres decir? —inquirió mi padre.
—Tengo mucho miedo de imaginar siquiera la posibilidad de tener semejantes visiones. Creo que sería tan horrible imaginarlas como que fueran ciertas.
—Estamos en manos del Señor. Nada puede ocurrir sin Su consentimiento, y todo acabará felizmente para los que Le aman. Es nuestro fiel creador. Él nos ha hecho a todos, y cuidará de nosotros.
—¡Creador! ¡Naturaleza! —dijo la joven dama, en respuesta a mi padre—. Esa enfermedad que invade la comarca es un fenómeno natural. Propio de la naturaleza. Todas las cosas proceden de la naturaleza… ¿no es cierto? Todo, en el cielo y en la tierra, y bajo tierra, vive y actúa según el imperativo de la naturaleza. Por lo menos, eso es lo que yo creo.
—El doctor dijo que vendría hoy —anunció mi padre, después de un silencio—. Quiero saber qué piensa de todo esto y qué cree que es mejor que hagamos.
—Los médicos nunca me han hecho ningún bien —dijo Carmilla.
—¿Has estado enferma alguna vez? —pregunté.
—Más enferma de lo que tú hayas podido estarlo nunca —contestó ella.
—¿Hace mucho tiempo?
—Sí, mucho. Padecí esta misma enfermedad. Mas lo he olvidado todo, excepto la debilidad y el sufrimiento. Y no eran tan malos como los que se padecen con otras enfermedades.
—¿Eras muy joven entonces?
—Supongo. Mas no hablemos más de eso. No querrás herir a una amiga, ¿verdad?
Me miró lánguidamente a los ojos, y me rodeó la cintura con su brazo cariñosamente, llevándome fuera de la habitación. Mi padre estaba ocupado, consultando unos documentos cerca de la ventana.
—¿Por qué a tu padre le gusta asustarnos? —dijo la joven, suspirando y estremeciéndose un poco.
—No le gusta, querida Carmilla. Nada más lejos de su intención.
—Querida, no estarás asustada, ¿verdad?
—Lo estaría, y mucho, si creyera que existe algún peligro real de ser atacada como esas infelices.
—¿Te asusta morir?
—Sí, como a todo el mundo.
—Pero morir como mueren los amantes… Morir juntos para luego poder vivir en compañía. Las muchachas son como orugas mientras viven en este mundo, y finalmente se convierten en mariposas cuando llega el verano. Pero mientras tanto son gusanos y larvas, ¿no crees?, cada cual con sus peculiares inclinaciones, necesidades y constitución. Eso dice Monsieur Buffon en su voluminoso libro[13], que está en la habitación contigua.
Aquel mismo día, un poco después, vino el doctor y se encerró con papá durante un buen rato. Era un hombre hábil, de poco más de sesenta años. Llevaba el cabello empolvado, y su pálido rostro estaba tan afeitado que parecía tan terso como una calabaza. Papá y él salieron juntos de la habitación y oí decir a mi padre, riendo:
—Bueno, me asombra en un hombre tan sensato como usted. ¿Me está hablando de hipogrifos y dragones?
El médico sonrió y respondió, meneando la cabeza.
—En cualquier caso, la vida y la muerte siempre han sido un misterio, y poco sabemos de los recursos de una y otra.
Y prosiguieron su camino, y no oí nada más. En aquel momento no supe lo que había estado exponiendo el doctor, mas ahora creo poder adivinarlo.
CAPÍTULO VUN PARECIDO ASOMBROSO
AQUELLA noche llegó, procedente de Graz, el hijo del restaurador de cuadros, un joven serio y de rostro sombrío, que conducía una carreta arrastrada por un caballo y cargada con dos grandes cajones, cada uno de los cuales contenía varias pinturas. Cada vez que llegaba al schloss un mensajero de nuestra pequeña capital de Graz, que quedaba a unas diez leguas, solíamos reunirnos a su alrededor, en la sala, para escuchar las noticias.
Su llegada causó auténtica sensación en nuestra aislada residencia. Los cajones permanecieron en la sala, y del mensajero se ocupó la servidumbre hasta que hubo terminado de cenar. Después, seguido de algunos ayudantes, y armado con un martillo, un escoplo y un destornillador, se reunió con nosotros en la sala, donde nos habíamos reunido para presenciar el desembalaje de los cajones.
Carmilla se sentó, contemplando con indiferencia cómo sacaban una tras otra las viejas pinturas, casi todas ellas retratos, que habían sido objeto de una restauración. Mi madre perteneció a una antigua familia húngara, y casi todas aquellas pinturas, que ahora iban a retornar a sus respectivos lugares, nos habían llegado a través de ella.
Mi padre tenía una lista en la mano y leía los títulos de los cuadros, a medida que el artista sacaba los números correspondientes. Ignoro si los cuadros tenían mucho valor, pero, indudablemente, eran muy antiguos, y algunos de ellos muy curiosos. Debo decir que, en su mayor parte, tenían para mí el mérito de ser la primera vez que los veía, ya que con el paso de los años el humo y el polvo los había ocultado casi por completo.
—Hay un cuadro que todavía no he visto —dijo mi padre—. En una esquina, en la parte superior, me parece leer el nombre de «Marcia Karnstein» y la fecha de «1698». Tengo curiosidad por ver cómo ha quedado.
Yo lo recordaba. Se trataba de una pequeña tela sin marco, como de pie y medio de altura y casi cuadrada. Mas estaba tan ennegrecida por el paso del tiempo que nunca había podido vislumbrar nada en ella.
El artista mostró la pintura con evidente orgullo. Era realmente hermosa, y sorprendente. Parecía tener vida.
¡Era la efigie de Carmilla!
—Querida Carmilla, esto es un milagro. Eres tú, en verdad, viva y sonriente. A esa pintura sólo le falta hablar. ¿No es extraordinario, papá? Mira, ¡incluso tiene el pequeño lunar en el cuello!
Mi padre sonrió y dijo:
—Realmente, el parecido es asombroso.
Pero apartó la mirada y, ante mi extrañeza, no pareció sorprenderse demasiado, y siguió hablando con el restaurador, que tenía también algo de artista y disertaba inteligentemente acerca de los retratos, u otras obras, a los que su arte acababa de devolver la luz y el color. Mientras, mi asombro iba en aumento cuanto más miraba el cuadro.
—Papá, ¿me permites colgar este cuadro en mi habitación? —pregunté.
—Por supuesto, querida —dijo él, sonriendo—. Me complace que lo encuentres tan parecido. Siendo así, debe de ser más bonito incluso de lo que yo pensaba.
La joven dama no agradeció el cumplido, ni tan siquiera pareció oírlo. Estaba reclinada en su asiento, observándome fijamente con sus hermosos ojos de largas pestañas, mientras sonreía en una especie de éxtasis.
—Ahora se puede leer con claridad —dije— el nombre que está escrito en la esquina. No es Marcia. Parece escrito con letras doradas. El nombre es Mircalla, condesa Karnstein. Encima de él puede verse una pequeña corona heráldica, y debajo la fecha Anno Domini 1698. Yo desciendo de los Karnstein. Es decir, mamá descendía de ellos.
—¡Ah! —exclamó Carmilla, lánguidamente—. Yo también creo ser una lejana descendiente suya, muy antigua. ¿Vive ahora algún Karnstein?
—Ninguno que lleve el apellido, según creo —añadí yo—. La familia fue destruida, me parece, en ciertas guerras civiles, hace mucho tiempo. Pero las ruinas del castillo se encuentran a tan sólo unas tres millas de aquí.
—¡Qué interesante! —dijo ella, lánguidamente—. Pero ¡fíjate qué hermoso claro de luna!
La joven miró en dirección a la puerta de la sala, que permanecía entreabierta.
—¿Damos una vuelta por el patio y echamos una ojeada al camino y al río?
—Se parece tanto a la noche en que llegaste —dije yo.
Carmilla suspiró, sonriente.
Luego se levantó, y, rodeándonos recíprocamente los talles con nuestros brazos, salimos al patio.
Caminamos lentamente y en silencio hasta llegar al puente levadizo. Ante nosotras se extendía el espléndido paisaje.
—Así que te acordabas de la noche en que llegué —me susurró—. ¿Te alegra que viniera?
—Estoy encantada, querida Carmilla —respondí.
—Y has pedido el cuadro en el que ves un parecido conmigo, para colgarlo en tu habitación —susurró, con un suspiro, ciñendo con más fuerza mi cintura con su brazo, y apoyando su linda cabeza sobre mi hombro.
—¡Qué romántica eres, Carmilla! —exclamé—. Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy convencida de que será como escuchar una novela.
Me besó en silencio.
—Estoy segura, Carmilla, de que has estado enamorada. Que en este mismo momento debes estar enredada en algún asunto del corazón.
—Jamás he estado enamorada de nadie, y nunca lo estaré —susurró—. Salvo que lo esté de tí.
¡Qué hermosa estaba Carmilla aquella noche a la luz de la luna!
Con un extraño arrebato de timidez, ocultó apresuradamente su rostro en mi cuello, entre mis cabellos, suspirando tan agitadamente que parecía a punto de sollozar. Y temblando, apretó con fuerza mi mano.
Su suave mejilla ardía contra la mía.
—Querida, querida mía —murmuró—. Yo vivo en tí, y tú morirás por mí. Te amo tanto…
Me separé de ella.
Ahora me miraba con unos ojos de los que había desaparecido cualquier vestigio de pasión o de intencionalidad, y su inexpresivo rostro había perdido el color.
—¿No está demasiado frío el ambiente, querida? —dijo, con apatía—. Casi estoy temblando. ¿He estado soñando? Regresemos. Vamos, vamos, entremos en casa.
—Pareces enferma, Carmilla. Estás algo pálida. Deberías tomar un poco de vino —le dije.
—Sí, lo haré. Ahora me encuentro mejor. Dentro de algunos minutos estaré completamente bien. Sí, dame un poco de vino —contestó Carmilla, mientras nos acercábamos a la puerta—. Quedémonos a mirar un rato todavía. Tal vez sea ésta la última vez que contemplemos juntas el claro de luna.
—¿Cómo te encuentras ahora, querida Carmilla? ¿De veras estás mejor? —pregunté.
Estaba empezando a alarmarme, temiendo que también ella hubiese sido atacada por la misteriosa epidemia que, según se decía, había invadido la región.
—Papá, lo lamentaría terriblemente —añadí—, si supiese que has estado enferma, aunque fuera mínimamente, sin que se lo hubiéramos dicho. Aquí cerca tenemos un médico muy competente: el físico que estaba hoy con papá.
—Estoy segura de su competencia. Y sé lo bondadosos que sois todos. Pero, mi querida niña, ahora vuelvo a encontrarme perfectamente bien. No me pasa nada; únicamente me siento un poco débil. La gente dice que soy lánguida. Estoy incapacitada para hacer cualquier tipo de ejercicio; apenas puedo caminar más que un niño de tres años. Y, de vez en cuando, las escasas energías que tengo me abandonan, y me pongo como me acabas de ver. Mas, a fin de cuentas, me recupero con mucha facilidad, en seguida me pongo bien. Mira cómo me he recobrado.
Así era, en verdad. Continuamos conversando todavía durante bastante tiempo, y ella estuvo muy animada. El resto de aquella velada transcurrió sin ninguna otra recaída en lo que yo llamaba sus «apasionamientos». Me refiero a su vesánica forma de hablarme y de mirarme, que me desconcertaba e incluso me asustaba.
Mas aquella noche sucedió algo que produjo un vuelco completo en mi forma de pensar, y que incluso pareció sorprender a la lánguida naturaleza de Carmilla en un estado momentáneo de gran vigor.
CAPÍTULO VIUNA CONGOJA INESPERADA
ENTRAMOS en el salón y nos sentamos a tomar café y chocolate. Y aunque Carmilla no probó nada, parecía estar totalmente repuesta. Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine se reunieron con nosotras y jugamos una partidita de cartas, en el transcurso de la cual vino papá a por lo que él llamaba su «tacita de té».
Cuando acabó la partida, se sentó en el sofá al lado de Carmilla, y le preguntó, algo inquieto, si desde su llegada había tenido noticias de su madre.
—No —respondió ella.
A continuación le preguntó si sabía adónde podría enviarle él una carta en aquel momento.
—No sabría decírselo —respondió ella, ambiguamente—. Mas he estado pensando en dejarles; ya han sido demasiado hospitalarios y amables conmigo. Les he causado innumerables molestias. Me gustaría coger mañana su carruaje, y correr la posta en su búsqueda. Sé dónde encontrarla finalmente, aunque no me atrevo a decírselo.
—Ni se le ocurra hacer semejante cosa —exclamó mi padre, con gran alivio por mi parte—. No podemos permitirnos perderla de ese modo. No consentiré que nos abandone, como no sea por iniciativa de su madre, que tuvo la bondad de consentir que se quedara con nosotros hasta que ella regresara. Me alegraría mucho enterarme de que ha tenido noticias suyas. Mas esta noche los informes acerca de los progresos de la misteriosa enfermedad que ha invadido nuestro vecindario son todavía más alarmantes. Y, a falta de noticias de su madre, me siento yo responsable, mi linda huésped. Haré todo lo posible. Y una cosa es segura: no debe pensar en dejamos sin una clara indicación de su madre en ese sentido. Sufriríamos demasiado separándonos de usted como para que lo consintamos tan fácilmente.
—Mil gracias, señor, por su hospitalidad —contestó ella, sonriendo tímidamente—. Han sido todos demasiado amables conmigo. Pocas veces en mi vida he sido tan feliz como en su hermoso castillo, bajo sus cuidados, y en compañía de su hija.
De modo que mi padre le besó la mano a Carmilla, galantemente, a su viejo estilo, sonriendo complacido por el breve discurso de la joven.
Como de costumbre, acompañé a Carmilla a su habitación, y me senté a charlar con ella mientras se preparaba para acostarse.
—¿Crees —le dije, finalmente— que llegará el día en que confiarás plenamente en mí?
Ella se volvió sonriente, pero no respondió. Tan sólo siguió sonriéndome.
—¿No vas a contestarme? —dije—. Seguramente no puedes darme una respuesta satisfactoria. No debiera habértelo preguntado.
—Haces bien en preguntarme esto, o cualquier otra cosa. No sabes lo mucho que te quiero, ni puedes imaginar una confianza mayor que la que yo te profeso. Mas estoy atada por unos votos. Ni siquiera una monja los ha hecho la mitad de terribles. Y todavía no me atrevo a contar mi historia, ni siquiera a tí. Está ya cercano el día en que lo sabrás todo. Me juzgarás cruel y muy egoísta, mas el amor es siempre egoísta; cuanto más apasionado, más egoísta. No puedes imaginar lo celosa que estoy. Tienes que venir conmigo, y amarme hasta la muerte. O bien ódiame, pero ven conmigo, odiándome hasta la muerte y aun después. No existe la palabra indiferencia en mi naturaleza apática.
—Ahora, Carmilla, de nuevo vuelves a hablar sin sentido —dije, apresuradamente.
—No lo haré más, aun siendo tan tonta como soy, y tan llena de caprichos y fantasías. Por amor a tí, hablaré con más sensatez. ¿Has estado alguna vez en un baile?
—No. Continúa. ¿Cómo es? Deben de ser muy agradables.
—Casi lo he olvidado. ¡Hace tantos años!
Me reí.
—No eres tan vieja. No es posible que hayas olvidado tu primer baile.
—Sólo haciendo un gran esfuerzo puedo recordarlo. Lo veo todo, como los buzos ven lo que pasa encima de ellos, a través de un medio denso y ondulante, pero transparente. Algo ocurrió aquella noche que oscurece la imagen, y difumina los detalles. Casi me asesinaron estando yo en cama, me hirieron aquí —se tocó el pecho—. Desde entonces nunca he vuelto a ser la misma.
—¿Estuviste a punto de morir?
—Sí. Me invadió un amor cruel, extraño, capaz de arrebatarme la vida. El amor exige sacrificios. Y no hay sacrificios sin sangre. Ahora debemos irnos a dormir. Me siento tan indolente. ¿Cómo conseguiré ahora levantarme para cerrar la puerta con llave?
Estaba acostada, con sus minúsculas manos ocultas bajo su espléndida cabellera ondulada, y su cabecita reposando sobre la almohada. Y sus ojos brillantes me seguían allá donde yo fuera, con una especie de sonrisa tímida que no podía descifrar.
Le di las buenas noches y salí sigilosamente de la habitación con una sensación incómoda.
A menudo me preguntaba si nuestra linda huésped rezaría sus oraciones alguna vez. Desde luego, yo no la había visto nunca de rodillas. Por la mañana, nunca bajaba hasta mucho después de que hubieran terminado nuestros rezos en familia. Y por la noche, jamás abandonaba el salón para asistir a nuestras breves plegarias vespertinas en la sala.
De no haber salido casualmente, en una de nuestras despreocupadas conversaciones, que había sido bautizada, habría dudado de que fuera cristiana. La religión era un tema sobre el cual jamás le había oído decir una sola palabra. Si hubiera conocido mejor el mundo, esa particular negligencia u hostilidad no me habría sorprendido tanto.
Las precauciones de la gente nerviosa son contagiosas, y las personas de temperamento parecido, al cabo de cierto tiempo, indudablemente acaban por imitarlas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave la puerta de la alcoba, sugestionada por sus caprichosos temores a los intrusos nocturnos y a los merodeadores asesinos. Así mismo había adoptado su precaución de llevar a cabo un breve registro por todos los rincones de la habitación, para convencerme de que ningún asesino al acecho se hallaba «escondido».
Una vez tomadas tan prudentes medidas, me metí en la cama y en seguida me dormí. Una luz había quedado encendida en mi habitación. Era esta una vieja costumbre, de fecha muy remota, y de la que nada podría haberme inducido a prescindir.
Así protegida, podía descansar tranquila. Mas los sueños atraviesan muros de piedra, iluminan habitaciones oscuras, u oscurecen las luminosas. Y los personajes que en ellos toman parte entran y salen a placer, riéndose de los cerrojos.
Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una congoja inesperada.
No puedo llamarlo pesadilla, porque tenía plena conciencia de estar dormida. Mas igualmente tenía conciencia de encontrarme en mi habitación, acostada en mi cama, exactamente como en realidad estaba. Vi, o me pareció ver, la habitación y los muebles tal y como los había visto por última vez, sólo que había mucha más oscuridad. Y vi algo moverse a los pies de la cama, que al principio no pude distinguir claramente. Mas pronto descubrí que se trataba de un animal negro como el hollín, parecido a un gato monstruoso. Me pareció que tendría alrededor de cuatro o cinco pies de largo, ya que cuando cruzó la alfombrilla del hogar vi que medía por lo menos tanto como ella. Iba y venía con la impaciencia ágil y siniestra de una bestia enjaulada. No pude gritar, aunque, como puede suponer, estaba aterrada. Su paso era cada vez más rápido, y la habitación cada vez más oscura, hasta que, finalmente, ya no pude distinguir más que sus ojos. Advertí que saltaba suavemente sobre mi cama.
Sus grandes ojos se aproximaron a mi rostro, y de repente sentí un dolor punzante, como si me clavaran profundamente en el pecho dos largas agujas, con una separación entre ellas de una o dos pulgadas.
Me desperté dando un grito. La habitación estaba iluminada por la vela que dejaba permanentemente encendida durante toda la noche, y vi una figura femenina a los pies de mi cama, un poco hacia la derecha. Llevaba un holgado vestido negro, y su cabello suelto caía sobre sus hombros, cubriéndolos. Un bloque de piedra no hubiera podido estar más inmóvil. No se advertía en ella el más leve indicio de respiración. Mientras yo la miraba fijamente, la figura parecía haberse movido, y estaba ahora más cerca de la puerta. Luego llegó junto a ella, la puerta se abrió, y aquella salió.
Me sentí entonces aliviada, y capaz de respirar y de moverme. Lo primero que pensé fue que Carmilla me había gastado una broma, y yo me había olvidado de cerrar la puerta. Me precipité hacia ella, y la encontré, como de costumbre, cerrada por dentro. Me asustaba abrirla… estaba aterrorizada. Me metí en la cama de un salto, me tapé la cabeza con las sábanas, y así permanecí, más muerta que viva, hasta que amaneció.
CAPÍTULO VIIEMPEORAMIENTO
SERÍA inútil que tratara de contarle el horror con que, incluso ahora, recuerdo lo sucedido aquella noche. No fue como el pánico transitorio que deja tras de sí un sueño. Parecía intensificarse con el paso del tiempo, y contagiar a la habitación y a los mismos muebles que habían estado en contacto con la aparición.
Durante todo el día siguiente no pude soportar que me dejaran sola ni por un momento. Se lo habría contado a mi padre, a no ser por dos motivos opuestos. Pensé, por una parte, que se reiría de mi historia, y que yo no podría soportar que aquello fuera tomado a broma. Y por otra parte, me pareció que tal vez creyese que me había atacado la misteriosa enfermedad que asolaba nuestra vecindad. Yo no abrigaba recelo alguno en ese sentido. Mas mi padre estaba enfermo del corazón desde hacía tiempo, y tenía miedo de sobresaltarle.
Me tranquilizaba bastante la bondadosa compañía de Madame Perrodon y de la vivaracha Mademoiselle De Lafontaine. Ambas advirtieron que yo estaba desanimada y nerviosa, y finalmente les conté lo que tanto me pesaba en el corazón.
Mademoiselle se rió, mas tuve la impresión de que Madame Perrodon pareció inquietarse.
—A propósito —dijo Mademoiselle, riendo—, en el viejo paseo de los tilos ¡hay fantasmas!
—¡Tonterías! —exclamó Madame, que probablemente consideró el asunto bastante inoportuno—. ¿Quién te ha contado esa historia, querida?
—Martin dice que fue allí un par de veces antes del alba, para reparar la vieja puerta del patio, y que en ambas ocasiones vio a la misma figura femenina paseándose por la avenida de los tilos.
—Y con razón, en tanto haya vacas que ordeñar en los prados del río —dijo Madame.
—Quizás. Pero Martin prefiere asustarse, y jamás vi a un tonto más asustado.
—No debéis contarle a Carmilla ni una palabra de esto, porque desde su ventana puede ver aquel paseo —intervine yo—, y ella es, si cabe, todavía más impresionable que yo.
Aquel día Carmilla bajó todavía más tarde que de costumbre.
—¡Qué miedo he pasado esta noche! —dijo, en cuanto estuvimos juntas—. Estoy segura de haber visto algo espantoso. Menos mal que le compré aquel amuleto al pobre jorobadito al que tanto insulté. Soñé que una forma negra rondaba mi cama, y me desperté completamente aterrorizada. Y durante unos instantes, realmente creí ver una figura oscura junto a la chimenea. Mas palpé debajo de la almohada, en busca del amuleto, y en cuanto mis dedos lo tocaron, la figura desapareció. Estoy convencida de que, de no haberlo llevado conmigo, algo horrendo se me habría aparecido, y tal vez, me hubiese estrangulado, como hizo con esos infelices de los que hemos tenido noticias.
—Bien. Ahora escúchame —empecé yo. Y le volví a contar mi aventura, ante cuya relación pareció horrorizarse.
—¿Tenías el amuleto cerca? —me preguntó, anhelante.
—No, lo había metido en un jarrón de porcelana del salón. Mas si tienes tanta fe en él, esta noche lo llevaré conmigo.
Después de tanto tiempo no sabría decirle, ni hacerle comprender, cómo logré vencer mi pavor aquella noche y me quedé sola en la habitación. Recuerdo claramente que prendí el amuleto en la almohada con un alfiler, y que me quedé dormida casi inmediatamente, durmiendo todavía más profundamente que las otras noches.
La noche siguiente también la pasé bien. Dormí profundamente y no tuve pesadillas. Pero me desperté con una sensación de lasitud y de melancolía que, sin embargo, no rebasaba el nivel en que casi resultaba voluptuosa.
—Bien, ya te lo dije —replicó Carmilla, cuando le describí mi tranquilo sueño—. Yo también tuve un sueño muy agradable la noche pasada. Prendí el amuleto en la pechera del camisón. La noche anterior lo tenía demasiado lejos. Estoy convencida de que todo fue pura imaginación, a excepción de los sueños. Yo creía que eran los espíritus del mal los que originaban los sueños, mas nuestro médico afirma que eso no es cierto. Dice que es sólo un ataque pasajero de fiebre, o de alguna otra enfermedad, que, como sucede a menudo, llama a nuestra puerta y, al no poder entrar, sigue su camino, dejando a su paso esa señal de alarma.
—¿Por qué piensas que es útil el amuleto?
—Porque ha sido fumigado con alguna droga o sumergido en ella, de suerte que actúa de antídoto contra la malaria —respondió Carmilla.
—Entonces, ¿actúa únicamente sobre el cuerpo?
—Por supuesto. ¿Crees acaso que los espíritus maléficos se asustan de unos pedacitos de cinta, o de los perfumes de una botica? No. Esos males que vagan por el aire comienzan por poner a prueba los nervios, y de ese modo infectan el cerebro. Mas antes de que se apoderen de una, el antídoto los rechaza. Estoy segura de que ese es el efecto que tuvo sobre nosotras el amuleto. No hay en él magia alguna. Simplemente es un remedio natural.
Me habría sentido más feliz si hubiera podido estar completamente de acuerdo con Carmilla. Mas hice cuanto pude, y la impresión inicial estaba perdiendo parte de su fuerza.
Durante algunas noches dormí profundamente. Mas por la mañana sentía la misma lasitud, y durante todo el día ese estado de languidez me consumía. Tenía la impresión de ser otra persona. Una misteriosa melancolía se apoderaba de mí. Una melancolía que no hubiera querido interrumpir. Sombríos pensamientos de muerte comenzaron a abrirse camino en mi mente. Y la idea de que me estaba debilitando lentamente tomó posesión de mí de un modo suave y, por alguna razón, no desagradable. Aunque estuviera triste, el estado de ánimo que provocaba tal sensación era también agradable. Fuera lo que fuese, mi alma lo aceptaba resignadamente.
No quería admitir que me encontraba enferma. Y no consentí en hablar de ello con papá, ni en llamar al médico.
Carmilla me quería más que nunca, y sus extraños paroxismos de lánguida adoración eran cada vez más frecuentes. Se regodeaba conmigo con creciente ardor cuanto más decaían mis ánimos y mi fortaleza. Eso me producía siempre una especie de sobresalto, como un destello momentáneo de locura.
Sin advertirlo apenas, me encontraba ya en un estado bastante avanzado de aquella enfermedad, la más extraña que jamás haya sufrido mortal alguno. Había en sus primeros síntomas una inexplicable fascinación que me reconciliaba todavía más con la incapacitación producida por esa fase de la enfermedad. Aquella fascinación aumentó durante un tiempo, hasta alcanzar cierto punto, a partir del cual se mezcló poco a poco con una sensación de horror, que fue intensificándose, como ya le contaré, hasta echar a perder y desvirtuar toda mi vida.
El primer cambio que experimenté fue más bien agradable. Se produjo muy cerca del punto de inflexión a partir del cual comenzó el descenso al Averno.