Vampiros

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Carmilla - JOSEPH SHERIDAN LE FANU

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Ciertas sensaciones difusas y extrañas me visitaban durante el sueño. La más frecuente era ese peculiar y súbito estremecimiento de placer que sentimos cuando nos bañamos en un río contra corriente. Ese escalofrío pronto venía acompañado de una sucesión de sueños, que parecían interminables, mas tan confusos que nunca pude recordar sus paisajes ni sus personajes, ni ninguna porción coherente de su intriga. Sin embargo, me causaban una impresión tremenda, dejándome con una sensación de agotamiento, como si hubiese estado expuesta a grandes esfuerzos mentales y peligros durante un largo período de tiempo.

De todos aquellos sueños me quedaba, al despertar, el recuerdo de haber estado en un lugar muy oscuro, de haber hablado con gente a la que no podía ver, y, sobre todo, de una voz femenina, clara, grave, que parecía hablarme desde muy lejos, despacio, produciéndome siempre la misma sensación de solemnidad y miedo indescriptibles. A veces tenía la sensación de que una mano se deslizaba delicadamente por mis mejillas y mi cuello. Otras veces, era como si me besaran unos labios apasionados, cada vez con mayor insistencia y más cariñosos a medida que iban descendiendo hasta mi garganta, en donde la caricia se detenía. El corazón me latía con más fuerza, mi respiración subía y bajaba rápidamente hasta el jadeo. Después seguía un sollozo, que crecía hasta provocarme una sensación de ahogo, y se transformaba finalmente en una convulsión terrible, que me hacía perder los sentidos y la conciencia.

Habían pasado tres semanas desde que comenzara aquella inexplicable situación. Durante la última semana, mis sufrimientos se habían reflejado en mi aspecto. Estaba más pálida, tenía las pupilas dilatadas, y lucía grandes ojeras. Y la languidez que había experimentado durante todo aquel tiempo empezaba a evidenciarse en mi semblante.

Mi padre solía preguntarme a menudo si estaba enferma. Mas yo, con una obstinación que ahora me parece inexplicable, me empeñaba en asegurarle que me encontraba perfectamente bien.

En cierto sentido, eso era cierto. No sentía ningún dolor, no podía quejarme de ningún malestar físico. Las molestias parecían fantasías mías, o producto de los nervios. Y, por horribles que fuesen mis sufrimientos, los guardaba en secreto para mí, con una reserva malsana.

No podía tratarse de aquel terrible mal que los campesinos llamaban upiro, pues hacía ya tres semanas que lo padecía, y ellos raramente estuvieron enfermos más de tres días, hasta que la muerte puso fin a sus desgracias.

Carmilla se quejaba de padecer pesadillas y sensaciones febriles, aunque de ningún modo tan alarmantes como las mías. Digo que las mías eran extremadamente alarmantes. Si hubiera sido capaz de comprender mi situación, hubiera suplicado de rodillas ayuda y consejo. Mas aquella influencia tan insospechada actuaba sobre mí como un narcótico, ofuscando mis sentidos.

Voy a contarle ahora un sueño que me llevó en seguida a un extraño descubrimiento.

Una noche, en lugar de la voz que acostumbraba a oír a oscuras, escuché otra, dulce y delicada, y al mismo tiempo terrible, que me dijo:

—Tu madre te aconseja que tengas cuidado con la asesina.

Al mismo tiempo brotó inesperadamente una luz, y vi a Carmilla, de pie, junto a mi cama, con su camisón blanco, y bañada en sangre de la cabeza a los pies.

Me desperté dando un alarido, obsesionada con la idea de que Carmilla hubiese sido asesinada. Me acuerdo que salté de la cama, y mi siguiente recuerdo es que me encontraba en la antecámara, pidiendo auxilio a gritos.

Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine salieron corriendo de sus habitaciones, alarmadas. Siempre había una luz encendida en la antecámara, y al verme, no tardaron en conocer la causa de mi terror.

Insistí en que llamáramos a la puerta de la habitación de Carmilla. No obtuvimos respuesta alguna. Aquello pronto se convirtió en un aporreo y un tumulto. Gritamos su nombre, mas en vano.

Nos asustamos, ya que la puerta estaba cerrada con llave. Regresamos a mi habitación, presas del pánico. Allí hicimos sonar la campana prolongada y frenéticamente. Si la habitación de mi padre hubiese estado en aquella misma ala del castillo, le hubiéramos llamado de inmediato en nuestra ayuda. Mas, por desgracia, se encontraba fuera del alcance de nuestras voces, y llegar hasta él suponía una excursión que ninguna de nosotras se veía con ánimos de llevar a cabo.

Sin embargo, los criados no tardaron en subir corriendo las escaleras. Mientras tanto, yo me había puesto la bata y las zapatillas, y mis compañeras se habían equipado ya del mismo modo. Al reconocer las voces de los criados en la antecámara, salimos juntas. Y, tras renovar infructuosamente nuestras llamadas a la puerta de Carmilla, ordené a los hombres que forzaran la cerradura. Así hicieron, mientras nosotras quedamos esperando en el umbral, sosteniendo en alto las velas. Y de ese modo, escudriñamos la habitación.

La llamamos por su nombre. Mas seguimos sin obtener respuesta. Registramos la habitación. Todo estaba en orden. Exactamente en el mismo estado en que yo lo había dejado al darle las buenas noches. Mas Carmilla había desaparecido.

CAPÍTULO VIIIREGISTRO

AL comprobar que la única señal de desorden en la habitación la habíamos producido nosotras con nuestra violenta entrada, empezamos a calmarnos un poco, y pronto recobramos el sentido lo suficiente para despedir a los hombres. A Mademoiselle De Lafontaine se le ocurrió que posiblemente Carmilla se habría despertado a causa del tumulto en su puerta, y en un primer momento de pánico había saltado de la cama y se había escondido en un ropero, o detrás de una cortina, de donde, por supuesto, no podía salir hasta que el mayordomo y sus secuaces se hubieran retirado. Recomenzamos de nuevo nuestro registro, y empezamos otra vez a llamarla por su nombre.

Todo fue en vano. Nuestro desconcierto y nuestra inquietud fueron en aumento. Examinamos las ventanas, mas estaban todas cerradas. Imploré a Carmilla que, si se había ocultado, no prolongara más aquella broma cruel, que pusiera fin a nuestras preocupaciones, saliendo de su escondite. Todo fue inútil. Para entonces yo ya estaba convencida de que no se encontraba en la habitación, ni en la recámara, cuya puerta estaba también cerrada con llave por nuestro lado. Por allí no podía haber pasado. Mi desconcierto era total. Tal vez Carmilla había descubierto uno de esos pasadizos secretos que, según la anciana ama de llaves, se sabía que existían en el schloss, aunque nadie recordara ya su situación exacta. Sin duda alguna todo se aclararía dentro de poco, por muy desconcertados que estuviésemos de momento.

Como eran ya más de las cuatro, preferí pasar las restantes horas de oscuridad en la habitación de Madame Perrodon. La luz del día, sin embargo, tampoco aportó solución alguna al problema.

A la mañana siguiente toda la casa, con mi padre a la cabeza, se encontraba presa del nerviosismo. Se registraron todos los rincones del castillo. Se exploró el terreno palmo a palmo. Mas no pudo descubrirse ni el menor rastro de la desaparecida dama. Se pensaba ya en dragar el riachuelo. Mi padre estaba fuera de sí: ¿qué historia le contaría a la madre de la infeliz muchacha cuando regresase a recogerla? También yo había perdido la cabeza, aunque mi congoja era de una especie totalmente diferente.

La mañana transcurrió entre la alarma y la agitación. Era ya la una, y todavía no había noticias de Carmilla. Subí corriendo a su habitación, y la encontré de pie frente a su tocador. Me quedé perpleja. No podía dar crédito a mis ojos. Me hizo señas en silencio con sus lindos dedos. En su rostro se leía el miedo en grado sumo.

Corrí hacia ella en un arrebato de júbilo. La besé y abracé una y otra vez. Me abalancé sobre la campanilla y la hice sonar con vehemencia, para que vinieran los demás, aliviando así de inmediato la preocupación de mi padre.

—Querida Carmilla, ¿qué ha sido de tí todo este tiempo? Estábamos angustiados y preocupados por tí —exclamé—. ¿Dónde has estado? ¿Cómo has vuelto?

—La pasada noche ha sido una noche de prodigios —dijo.

—¡Por el amor de Dios!, explícate todo lo que puedas.

—Eran más de las dos de la madrugada —dijo— cuando, como de costumbre, me fui a la cama, después de haber cerrado las puertas con llave, tanto la del vestidor como la que da al corredor. Dormí sin interrupción y, que yo sepa, sin pesadillas. Mas acabo de despertarme aquí en la recámara, echada en el sofá, y he encontrado abierta la puerta que comunica ambos aposentos, y la otra forzada. ¿Cómo ha podido ocurrir todo eso sin que me haya despertado? Deben de haber hecho mucho ruido, y yo me despierto muy fácilmente. ¿Cómo es posible que me hayan sacado de la cama sin que mi sueño se haya visto interrumpido, si me despierto sobresaltada al menor murmullo?

Para entonces estaban ya en la habitación Madame Perrodon, Mademoiselle De Lafontaine, mi padre y numerosos criados. Desde luego, Carmilla fue abrumada a preguntas, felicitaciones y bienvenidas. No tenía ninguna otra historia que contar, y parecía la menos capacitada de todo el grupo para proponer alguna explicación lógica a lo ocurrido.

Mi padre daba vueltas por la habitación, reflexionando. Vi cómo Carmilla le observaba con una mirada sigilosa y enigmática.

Una vez que mi padre hubo despedido a los criados, y habiéndose ido Mademoiselle De Lafontaine a buscar un frasquito de valeriana y sal volátil, no quedaba nadie en la habitación salvo mi padre, Madame Perrodon y yo misma. Entonces, mi padre se acercó a Carmilla, pensativo, y tomándole la mano con delicadeza, la condujo hasta el sofá y se sentó a su lado.

—¿Me perdonarás, querida niña, si aventuro una hipótesis y te formulo una pregunta?

—¿Quién podría tener más derecho que usted? —dijo ella—. Pregunte lo que guste, y se lo contaré todo. Aunque mi historia no contiene más que perplejidades y misterio. No sé absolutamente nada. Hágame la pregunta que quiera. Mas no se olvide, por supuesto, de las limitaciones que mi madre me impuso.

—Desde luego, mi querida niña. No debo abordar los asuntos que ella desea silenciar. Veamos: el maravilloso suceso ocurrido la pasada noche consiste en que has sido desplazada de tu cama y de tu habitación sin despertarte, y ese traslado aparentemente ha tenido lugar con las ventanas y las dos puertas cerradas desde el interior. Voy a exponerte mi teoría, mas antes te haré una pregunta.

Carmilla se apoyaba en su mano, abatida. Madame Perrodon y yo escuchábamos conteniendo la respiración.

—Bien, mi pregunta es la siguiente: ¿nunca has tenido la sospecha de que pudieras caminar en sueños?

—Jamás, desde que era niña.

—¿Lo hacías, entonces, cuando eras muy pequeña?

—Sí, sé que lo hacía. Mi vieja aya me lo ha contado a menudo.

Mi padre sonrió, asintiendo con la cabeza.

—Bueno, eso explica lo ocurrido, que fue lo siguiente: te levantaste dormida, y abriste la puerta, sin dejar la llave en la cerradura, como de costumbre, sino extrayéndola y cerrando aquella por fuera. Luego volviste a extraer la llave y te la llevaste a cualquiera de los veinticinco aposentos de esta planta, o tal vez escaleras arriba o abajo. Hay tantos aposentos y gabinetes, tal profusión de muebles pesados, y tanta acumulación de trastos viejos, que se necesitaría una semana para registrar a fondo esta vieja mansión. ¿Comprendes ahora lo que quiero decir?

—Claro que sí. Mas no del todo —respondió ella.

—¿Y cómo te explicas, papá, que la hayamos encontrado después en el sofá de la recámara, que con tanto cuidado habíamos registrado?

Regresaría allí, todavía en sueños, cuando ya os habíais marchado. Y por último se despertaría espontáneamente, sintiéndose tan sorprendida de encontrarse donde estaba como cualquiera de nosotros. Ya me gustaría a mí que todos los misterios se pudieran explicar tan fácil e inocentemente como los tuyos, Carmilla —añadió mi padre, sonriendo—. De modo que debemos felicitarnos por tener la certeza de que la explicación más sencilla del suceso no implica drogas, ni cerraduras forzadas, ni ladrones, ni envenenadores, ni brujas… Nada que deba alarmar a Carmilla, ni a cualquier otra persona, respecto a nuestra propia seguridad.

Carmilla ofrecía ahora un aspecto encantador. Tenía un tono de color más hermoso que nunca. Su belleza, pienso, se veía realzada por la elegante languidez que le era tan peculiar. Sospecho que mi padre debió de comparar su aspecto con el mío, para sus adentros, porque observó:

—Desearía que mi pobre Laura tuviera mejor semblante.

Y suspiró.

De esta manera, se acabaron felizmente nuestras alarmas, y Carmilla fue restituida a sus amigos.

CAPÍTULO IXEL DOCTOR

COMO quiera que Carmilla no estaba dispuesta a que ninguna sirvienta pasara la noche en su habitación, mi padre dispuso que un criado durmiera delante de su puerta, de manera que no pudiera realizar otra salida nocturna sin ser detenida en su mismo umbral.

Aquella noche transcurrió en calma. A primeras horas de la mañana siguiente, vino a verme el doctor, al que mi padre había hecho llamar sin decirme una palabra.

Madame Perrodon me acompañó a la biblioteca, en donde me estaba esperando el severo y diminuto médico, de cabello blanco y con gafas, que antes he mencionado.

Le conté mi historia, y a medida que lo hacía él iba poniéndose cada vez más serio.

Estábamos, él y yo, en el hueco de una de las ventanas, el uno frente al otro. Cuando terminé mi exposición, se apoyó en la pared, y me miró fijamente con un interés en el que se transparentaba un cierto horror.

Tras un minuto de reflexión, preguntó a Madame Perrodon si podía ver a mi padre.

Por consiguiente se le mandó buscar, y cuando entró, sonriente, dijo:

—Estoy por pensar, doctor, que va a decirme que soy un viejo estúpido por haberle hecho venir hasta aquí. Espero que así sea.

Pero su sonrisa se ensombreció cuando el doctor le llamó aparte, con el rostro muy preocupado.

Mi padre y el médico hablaron un rato en el mismo hueco donde yo acababa de conferenciar con este último. Parecía una conversación sincera y argumentativa. La habitación es muy grande, y Madame Perrodon y yo permanecimos juntas, al otro extremo, ardiendo de curiosidad. Sin embargo, no pudimos oír ni una sola palabra, ya que hablaban en voz baja y el profundo hueco de la ventana ocultaba por completo al doctor de nuestra vista, y casi enteramente a mi padre, del que tan sólo podíamos ver un pie, un brazo y un hombro. Supongo que las voces eran todavía menos audibles a causa de la especie de reservado que formaban el grueso muro y la ventana.

Al cabo de un rato, asomó en la habitación el rostro de mi padre. Estaba pálido, pensativo, y, me pareció, nervioso.

—Laura, querida, ven aquí un momento. Madame, de momento no la molestaremos más, dice el doctor.

En consecuencia, me acerqué, por primera vez un poco asustada. Pues, a pesar de sentirme débil, no creía estar enferma, y la fortaleza, se imagina una siempre, es algo que podemos recobrar cuando nos plazca.

Según me acercaba, mi padre me tendió la mano, aunque seguía mirando al médico. Luego me dijo:

—Desde luego es muy curioso; no acabo de entenderlo. Laura, querida, acércate. Presta atención al doctor Spielsberg, y serénate.

—La noche en la que experimentaste por vez primera tu horrible sueño, mencionaste haber sentido como si dos agujas te hubieran perforado la piel en alguna parte del cuello. ¿Te sigue doliendo todavía?

—No, en absoluto —contesté.

—¿Puedes señalarme con el dedo el lugar aproximado en el que te imaginas que te ocurrió eso?

—Más o menos debajo de la garganta… aquí —contesté.

Llevaba yo puesta una bata, que ocultaba el lugar que estaba señalando con el dedo.

—Ahora se convencerá usted misma —dijo el doctor—. No le importará que su papá le abra un poco el escote, ¿verdad? Es necesario para descubrir algún síntoma de la enfermedad que padece.

Asentí. El lugar indicado estaba tan sólo a una o dos pulgadas por debajo del escote.

—¡Dios mío!… Ahí está —exclamó mi padre, poniéndose pálido.

—Ahora puede verlo con sus propios ojos —dijo el doctor, con aire triunfal aunque pesimista.

—¿Qué es eso? —exclamé yo, empezando a asustarme.

—Nada, mi querida damita, sólo una diminuta marca azulada, aproximadamente del tamaño de la yema de su dedo meñique. Ahora bien —prosiguió, volviéndose hacia papá—, la cuestión es ¿qué es lo mejor que puede hacerse?

—¿Existe algún peligro? —insistí, sumamente turbada.

—Espero que no, querida —contestó el doctor—. No veo por qué no habría de reponerse. No veo por qué no habría de comenzar a mejorar inmediatamente. ¿Es ahí donde empieza la sensación de estrangulamiento?

—Sí —contesté yo.

—Acuérdese lo mejor que pueda: ¿actuaba como una especie de centro, alrededor del cual se producía la irradiación de ese estremecimiento que acaba de describir, como la corriente de un río helado chocando contra usted?

—Es posible; creo que sí.

—¡Ah! ¿Lo ve? —añadió, volviéndose hacia mi padre—. ¿Puedo decirle unas palabras a Madame Perrodon?

—Desde luego —dijo mi padre.

El doctor Spielsberg llamó a Madame Perrodon y le dijo:

—He encontrado a mi joven amiga bastante desmejorada. Espero que no sea nada de importancia. Mas será preciso tomar algunas medidas, que ya tendré ocasión de explicarle. Mientras tanto, Madame, tendrá la amabilidad de no dejar sola a la señorita Laura ni un solo momento. Esa es, por el momento, la única instrucción que puedo darle. Es indispensable.

—Ya sé, Madame, que podemos contar con su amabilidad —añadió mi padre.

Madame Perrodon se lo aseguró vehementemente.

—Y tú, mi querida Laura, sé que cumplirás las instrucciones del doctor.

—Debo pedirle su opinión —prosiguió mi padre, dirigiéndose otra vez al médico— sobre otra paciente, cuyos síntomas se parecen un poco a los de mi hija, que ella misma acaba de detallarle… Mucho más benignos en cuanto a intensidad, mas pienso que prácticamente de la misma especie. Se trata de una joven dama… y huésped nuestra. Mas ya que dice usted que volverá a visitarnos al anochecer, lo mejor será que cene aquí con nosotros, y entonces podrá verla. Ella no baja nunca antes del atardecer.

—Se lo agradezco —dijo el doctor—. Estaré con ustedes, pues, esta tarde, hacia las siete.

Y a continuación nos repitieron sus instrucciones a Madame Perrodon y a mí. Y con este último encargo mi padre nos dejó, y salió con el doctor. Les vi ir y venir del camino al foso y viceversa, por el prado que está enfrente del castillo, manifiestamente ensimismados en una animada conversación.

El doctor no regresó. Le vi montar a caballo, despedirse, y cabalgar hacia el este atravesando el bosque. Casi al mismo tiempo vi llegar de Dranfeld al correo, el cual, tras desmontar, le entregó a mi padre la saca de la correspondencia.

Mientras tanto, Madame Perrodon y yo estuvimos muy ocupadas, perdiéndonos en conjeturas acerca de los motivos de la singular y severa orden que el doctor y mi padre habían convenido en imponernos. Madame Perrodon, según me contó más tarde, tenía miedo de que el doctor se recelara un ataque repentino, y que como consecuencia de no contar con ayuda inmediata, pudiera yo perder la vida en un acceso, o al menos quedar seriamente dañada.

Esta interpretación no me sorprendió. Me imaginé, quizás por suerte para mis nervios, que aquella orden me había sido impuesta solamente para garantizarme una compañera, la cual me impidiera hacer demasiado ejercicio, o comer fruta sin madurar, o cometer cualquiera de las mil insensateces a las que los jóvenes supuestamente son tan propensos.

Media hora más tarde entró mi padre con una carta en la mano, y dijo:

—Esta carta ha llegado con retraso. Es del general Spielsdorf. Podía haber estado aquí ayer, puede que no venga hasta mañana, o tal vez llegue hoy.

Me entregó la carta abierta. Mas no parecía complacido, como tenía por costumbre cada vez que llegaba un huésped, en especial alguien tan apreciado como el general. Por el contrario, daba la impresión de que desearía más bien que aquél se encontrara en el fondo del Mar Rojo. Evidentemente había algo en su mente que prefería no divulgar.

—Querido papá, ¿quieres contarme qué pasa? —dije yo, cogiéndole de repente por el brazo y, por supuesto, mirándole a los ojos en actitud suplicante.

—Tal vez —respondió, alisándome el cabello acariciadoramente por encima de la frente.

—¿Piensa el doctor que estoy muy enferma?

—No, querida. Cree que si se toman las medidas oportunas, volverás a ponerte bien, o al menos en uno o dos días estarás en perfecta disposición para recuperarte por completo —contestó, un poco secamente—. Hubiera sido preferible que nuestro buen amigo el general hubiese elegido otro momento cualquiera; es decir, me habría gustado que estuvieras perfectamente bien para recibirle.

—Mas dime, papá —insistí—, ¿qué piensa el doctor que me pasa?

—Nada. No debes atormentarme con preguntas —respondió, más irritado de lo que recuerdo haberle visto nunca. Y viendo, me imagino, que yo parecía dolida, me besó y agregó—: Lo sabrás todo dentro de uno o dos días; es decir, todo lo que yo sé. Entre tanto, no lo pienses más.

Dio media vuelta y abandonó la habitación, mas regresó antes de que yo pudiera sentirme asombrada y perpleja por la singularidad de todo aquello. Volvió sólo para decirme que se iba a Karnstein y que había ordenado que dispusieran el carruaje para las doce. Y que teníamos que acompañarle Madame Perrodon y yo. Iba a ver al sacerdote que vivía próximo a aquellos lugares pintorescos, por una cuestión de negocios. Y como Carmilla jamás los había visto, podría seguirnos, cuando bajara de sus habitaciones, acompañada por Mademoiselle De Lafontaine, que llevaría lo necesario para lo que ustedes llaman un picnic, que podríamos organizar en las ruinas del castillo.

En consecuencia, a las doce en punto estaba ya preparada, y poco después mi padre, Madame Perrodon y yo nos pusimos en camino para nuestra proyectada excursión. Una vez cruzado el puente levadizo torcimos a la derecha, y seguimos el camino que atravesaba el empinado puente gótico en dirección oeste, hasta llegar al pueblo desierto y el castillo en ruinas de los Karnstein.

No es posible imaginar una excursión campestre más agradable. El terreno se quiebra en suaves colinas y hondonadas, cubiertas todas ellas de hermoso bosque, totalmente desprovisto de la relativa formalidad que le confieren las plantaciones artificiales, el cultivo tempranero y la poda.

Las irregularidades del terreno desvían a menudo el camino de su curso, y le hacen serpentear, bordeando las quebradas y las laderas más abruptas de las colinas, en medio de una diversidad casi inagotable de suelos.

Al torcer uno de esos recodos, súbitamente nos topamos con nuestro viejo amigo el general, que cabalgaba hacia nosotros, acompañado por un criado también a caballo. Su equipaje le seguía en un carromato de alquiler, que es como llamamos nosotros a los carros.

Al acercarnos el general desmontó y, tras los saludos de rigor, le convencimos fácilmente para que aceptara un asiento libre en nuestro carruaje, y enviamos su caballo al schloss con su criado.

CAPÍTULO XDESCONSOLADO

HABÍAN transcurrido alrededor de diez meses desde que le habíamos visto por última vez. Mas ese corto espacio de tiempo había bastado para que su aspecto hubiera experimentado una transformación propia del paso de los años. Había adelgazado. Un no sé qué de melancolía e inquietud en sus rasgos había reemplazado a aquella serenidad cordial que solía caracterizarle. Sus ojos azul oscuro, siempre penetrantes, brillaban ahora con mayor severidad bajo sus enmarañadas cejas grises. No se trataba de una de esas transformaciones que normalmente provoca una gran congoja, sino que una especie de apasionado furor parecía haberle conducido a aquel estado.

Apenas reanudamos la marcha, el general empezó a hablar, con su habitual franqueza de militar, de la pérdida, así la llamó, que había sufrido por la muerte de su querida sobrina y pupila.

Y luego estalló, en un tono de intensa amargura y furor, lanzando invectivas contra las «artes diabólicas» de las que había sido víctima la infeliz muchacha, y expresando, con más exasperación que piedad, su asombro ante el hecho de que el Cielo permitiera con tan monstruosa indulgencia la lascivia y maldad del infierno.

Mi padre, que inmediatamente se dio cuenta de que le había acontecido algo realmente extraordinario, le pidió que detallara, si no le resultaba demasiado penoso, las circunstancias que en su opinión justificaban los duros términos en que se expresaba.

—Se lo contaría todo con sumo placer —dijo el general—, mas no me creería.

—¿Por qué no? —preguntó mi padre.

—Porque, querido amigo —contestó él, con malhumor—, usted no cree en nada que no esté de acuerdo con sus prejuicios y sus gustos. Recuerdo que yo era como usted, mas ahora me he aprendido la lección.

—Póngame a prueba —dijo mi padre—; no soy tan dogmático como usted supone. Además, me consta que, en general, usted exige pruebas para creerse algo, y, por consiguiente, estoy firmemente predispuesto a respetar sus conclusiones.

—Tiene razón al suponer que no he sido inducido a la ligera a creer en la existencia de prodigios (pues lo que experimenté fueron prodigios). Me he visto obligado, ante una evidencia extraordinaria, a dar crédito a algo que va diametralmente en contra de todas mis teorías. He sido víctima inocente de una conspiración preternatural.

A pesar de sus profesiones de confianza en la perspicacia del general, vi que, al llegar a ese punto, mi padre le miró con lo que me pareció una acusada expresión de duda acerca de su cordura.

El general, afortunadamente, no lo advirtió. Miraba con melancolía y curiosidad los claros y perspectivas de los bosques que se extendían ante nosotros.

—¿Se dirige a las ruinas de los Karnstein? —dijo—. Sí, es una feliz coincidencia. Precisamente iba a pedirle que me llevara allí para inspeccionarlas. Hay algo en especial que me gustaría explorar. ¿No existe allí una capilla en ruinas con numerosas tumbas de esa familia extinta?

—Así es… y por añadidura muy interesante —dijo mi padre—. ¿Acaso pretende reclamar el título nobiliario o las propiedades?

Mi padre dijo esto alegremente, mas el general no respondió con la obligada risa, ni siquiera la sonrisa, que la cortesía exige a las bromas de un amigo. Al contrario, parecía serio e incluso furioso, como si estuviera cavilando sobre algo que provocara su ira y su horror.

—Se trata de algo bien distinto —dijo, bruscamente—. Tengo la intención de desenterrar a algún miembro de esa familia tan admirable. Espero, ¡voto a Dios!, llevar a cabo un piadoso sacrilegio, que liberará a nuestra tierra de ciertos monstruos, y permitirá que la gente honrada duerma en sus camas sin verse atacada por asesinos. Tengo extrañas cosas que contarle, mi querido amigo; cosas que hace unos pocos meses yo mismo hubiera rechazado como increíbles.

Mi padre volvió a mirarle, mas en esta ocasión no había desconfianza en su mirada, sino más bien una especie de comprensión profunda y una cierta alarma.

—La familia de los Karnstein —dijo— se extinguió hace ya mucho tiempo; cien años por lo menos. Mi querida esposa descendía por línea materna de los Karnstein. Mas el apellido y el título han dejado de existir hace mucho. El castillo está en ruinas; el mismo pueblo está abandonado; han pasado más de cincuenta años desde la última vez que se vio salir humo por alguna de sus chimeneas; no queda ni un techo intacto.

—Totalmente cierto. He oído muchos comentarios sobre eso desde que le vi por última vez; tantos que se asombraría. Mas es mejor que se lo cuente todo en el orden en que sucedió —dijo el general—. Usted conoció a mi querida pupila… mi hija, podría llamarla. No había nadie tan hermosa como ella, y hace tan sólo tres meses ninguna otra de salud tan radiante.

—En efecto, ¡pobrecita! Cuando la vi por última vez estaba realmente preciosa —dijo mi padre—. Le aseguro que me apenó y conmocionó más de lo que podría contarle, mi querido amigo; sabía cuán duro golpe fue para usted.

Mi padre tomó la mano del general, y se la estrechó con afecto. Los ojos del viejo soldado se llenaron de lágrimas, que no trató de ocultar. Luego dijo:

—Somos amigos desde hace mucho tiempo. Sabía que me compadecería, ya que no tengo hijos. Ella se había convertido para mí en objeto del más caro interés, y correspondía a mis atenciones con un afecto que alegraba mi hogar y aportaba felicidad a mi vida. Ahora todo ha terminado. No pueden ser muchos los años que me quedan de vida. Mas, con la ayuda de Dios, antes de morir espero poder prestar un servicio a la humanidad, y contribuir a la venganza del Cielo contra los desalmados que han asesinado a mi pobre niña en la primavera de sus esperanzas y su belleza.

—Decía, hace un momento, que pretendía relatar todo lo ocurrido —dijo mi padre—. Hágalo, se lo ruego; le aseguro que no es sólo curiosidad lo que me incita.

Para entonces habíamos llegado al lugar en que el camino de Drunstall, por el que había venido el general, se bifurca del otro camino por el que nos dirigíamos a Karnstein.

—¿A qué distancia quedan las ruinas? —preguntó el general, mirando al frente con inquietud.

—Alrededor de media legua —contestó mi padre—. Por favor, cuéntenos la historia que ha tenido la amabilidad de prometernos.

CAPÍTULO XILA HISTORIA

—DE todo corazón —dijo el general, haciendo un esfuerzo. Y tras una breve pausa para poner en orden sus ideas, comenzó uno de los relatos más extraños que jamás haya oído.

»Mi querida niña estaba esperando con gran placer e ilusión la visita que usted mismo tuvo la bondad de disponer que hiciera a su encantadora hija —en ese momento me hizo una reverencia galante, aunque melancólica—. Entre tanto recibimos una invitación de mi viejo amigo el conde Carlsfeld, cuyo schloss se encuentra a unas seis leguas al otro lado del de los Karnstein. Era para asistir a una serie de fétes que, como recordará, el conde ofrecía en honor de su ilustre visitante, el Gran Duque Charles.

—Sí, lo recuerdo. Y bien espléndidas que fueron, ya lo creo —dijo mi padre.

—¡Principescas! Por aquel entonces su hospitalidad era totalmente regia. En verdad estaba en posesión de la lámpara de Aladino. La noche en que comenzó mi pesar estuvo dedicada a un fastuoso baile de máscaras. Se abrieron al público los jardines, y de los árboles pendían lámparas de colores. Hubo tal despliegue de fuegos artificiales como ni siquiera París ha presenciado jamás. ¡Y qué música!… La música, usted lo sabe, es mi debilidad… ¡Qué música más arrebatadora! La mejor orquesta del mundo, tal vez; y los mejores cantantes que pudieron reunirse, procedentes de los más célebres teatros europeos de ópera. Mientras se paseaba uno por aquellos jardines tan fantásticamente iluminados, con el castillo bajo el claro de luna proyectando a través de sus largas hileras de ventanas una luz rosada, podía escuchar de repente esas voces arrebatadoras saliendo furtivamente del silencio de alguna arboleda, o elevándose desde las barcas que surcaban el lago. Mientras contemplaba y escuchaba todo aquello, yo mismo me sentía devuelto a los amoríos y la poesía de mi primera juventud.

»Cuando se acabaron los fuegos artificiales, y comenzó el baile, regresamos al grandioso conjunto de salas que se habían abierto para los bailarines. Un baile de máscaras, ya lo sabe usted, es algo digno de ver; mas un espectáculo tan brillante como aquél yo no lo había visto antes.

»Era una reunión muy aristocrática. Yo era prácticamente el único “don nadie” que había presente.

»Mi querida niña estaba radiante de hermosura. No llevaba máscara. Su excitación y su deleite añadían un encanto indecible a sus facciones, siempre hermosas. Me fijé en una dama joven, espléndidamente vestida, pero enmascarada, que parecía observar a mi pupila con extraordinario interés. La había visto antes, por la tarde, en la gran sala, y de nuevo, durante unos pocos minutos, paseando cerca de nosotros, en actitud similar, por la terraza que había bajo los ventanales del castillo. Otra dama, igualmente enmascarada, vestida con gran riqueza y solemnidad, y con el aire majestuoso de una persona de rango, la acompañaba como dueña. Si la dama joven no hubiera llevado máscara, yo podría haber tenido, por supuesto, una mayor certidumbre acerca de si realmente estaba vigilando a mi infeliz y querida sobrina. Ahora estoy completamente seguro de que lo hacía.

»Poco después nos encontrábamos en uno de los salones. Mi pobre y querida niña había estado bailando, y descansaba un rato sentada en una de las sillas cerca de la puerta. Yo estaba a su lado. Las dos damas que he mencionado se aproximaron, y la más joven tomó asiento junto a mi pupila, mientras su acompañante permaneció a mi lado y durante un rato estuvo hablando en voz baja con la joven que tenía bajo su tutela.

»Valiéndose del privilegio de su máscara se volvió hacia mí, y empleando un tono amistoso y llamándome por mi nombre, inició conmigo una conversación, que despertó bastante mi curiosidad. Mencionó las diversas ocasiones en que se había topado conmigo… en la Corte y en ciertas mansiones distinguidas. Y aludió a pequeños incidentes que yo había olvidado hacía tiempo, pero que, según comprobé, permanecían latentes en mi memoria, ya que inmediatamente cobraron vida nada más abordarlos ella.

»A cada momento aumentaba mi curiosidad por averiguar quién era. Ella eludía mis intentos de descubrir su identidad de una manera muy hábil y simpática. El conocimiento que mostraba de diversos episodios de mi vida me parecía más bien inexplicable. Mas ella parecía obtener un placer nada anormal frustrando mi curiosidad y viéndome forcejear, en mi vehemente perplejidad, con unas y otras conjeturas.

»Entre tanto, la dama joven, a quien su madre llamó con el extraño nombre de Millarca, cuando se dirigió a ella en un par de ocasiones, inició una conversación con mi pupila, con idéntica facilidad y gracia.

»Se presentó ella misma afirmando que su madre era una vieja amiga de la mía. Hablaba con la fácil audacia que proporciona el hecho de llevar puesta una máscara. Conversó con ella como si fuera amiga suya. Alabó su vestido, y le insinuó muy lindamente su admiración por la belleza de su rostro. La divirtió con sus críticas risueñas de la gente que atestaba la sala de baile, y se rió con las bromas de mi pobre niña. Podía ser muy ingeniosa y aguda, cuando quería, y al cabo de un rato ambas se habían hecho muy buenas amigas. Entonces la joven forastera se quitó la máscara, mostrando un rostro extraordinariamente hermoso, que yo jamás había visto antes, ni tampoco mi querida niña. Mas, aun siendo desconocidas para nosotros, sus facciones nos parecieron tan agraciadas, y tan encantadoras, que era del todo imposible no sentirse poderosamente atraído por ellas. Eso le ocurrió a mi pobre chica. Nunca he visto a nadie encapricharse tanto de otra persona a primera vista, como, a decir verdad, lo hizo aquella forastera, que parecía haber perdido completamente la cabeza por mi sobrina.

»Aprovechando, mientras tanto, la familiaridad a que se presta un baile de máscaras, le hice no pocas preguntas a la dama de más edad.

»—Ha conseguido desconcertarme por completo —le dije, riendo—. ¿No le basta? ¿No consentirá, ahora, en ponerse en igualdad de términos conmigo, y tendrá la amabilidad de quitarse la máscara?

»—¡Qué pretensión más desmedida! —replicó ella—. ¡Pedirle a una dama que renuncie a un privilegio! Además, ¿cómo sabe que me reconocería? Los años cambian a las personas.

»—Como usted misma podrá comprobar —dije yo, haciéndole una reverencia, con una risita, supongo, más bien melancólica.

»—Tal como nos dicen los filósofos —dijo ella—. ¿Cómo sabe que el ver mi rostro le ayudaría a reconocerme?

»—Me arriesgaré —respondí yo—. Es inútil que trate de hacerse pasar por una mujer vieja; su figura la traiciona.

»—Han pasado varios años, sin embargo, desde la última vez que le vi, o más bien desde que usted me vio a mí, pensándolo bien. Millarca, que está aquí, es mi hija; por tanto yo no puedo ser joven, ni siquiera a juicio de aquellas personas a las que el tiempo ha enseñado a ser indulgentes. Y no me gustaría verme comparada con el recuerdo que usted conserve de mí. Usted no tiene máscara que quitarse. No puede ofrecerme nada a cambio.

»—Apelo a su compasión para que se la quite.

»—Y yo a la suya, para que la permitáis quedarse en donde está —replicó ella.

»—Bien, entonces, al menos me dirá si es usted francesa o alemana; habla ambas lenguas perfectamente.

»—No creo que vaya a decirle eso, general. Usted intenta sorprenderme, y está planeando por dónde iniciar el ataque.

»—En todo caso, no me negará —dije— que, puesto que me ha honrado autorizándome a conversar con usted, debería al menos saber qué tratamiento tengo que darle. ¿Debo llamarla Madame la Comtesse?

»Ella sonrió y, sin duda, me habría replicado con otra evasiva… si, realmente, puedo considerar que cualquier ocurrencia de una conversación, cada una de cuyas circunstancias estaba preparada de antemano, como ahora creo, con la astucia más profunda, es susceptible de verse modificada accidentalmente.

»—En cuanto a eso… —comenzó ella. Mas fue interrumpida, casi al despegar los labios, por un caballero, vestido de negro, y de aspecto particularmente elegante y distinguido, aunque con un inconveniente: su rostro presentaba una palidez cadavérica como yo jamás había visto, salvo en los muertos. No iba disfrazado… llevaba una sencilla vestimenta de caballero. Y, sin apenas sonreír, pero con una reverencia cortés e inusualmente profunda, dijo:

»—¿Me permitirá Madame la Comtesse decirle unas cuantas palabras que tal vez le interesen?

»La dama se volvió en seguida hacia él, llevándose un dedo a los labios como solicitando su silencio. Luego me dijo:

»—Guárdeme el sitio, general; volveré tan pronto como hayamos intercambiado unas cuantas palabras.

»Y tras dar esa orden medio en broma, se fue andando con el caballero enlutado, y durante algunos minutos hablaron ambos, aparentemente con mucha vehemencia. Luego se alejaron lentamente entre la multitud, y los perdí de vista durante algunos minutos.

»Aproveché la pausa para devanarme los sesos, haciendo conjeturas acerca de la identidad de la dama, que tan amablemente parecía acordarse de mí. Y pensé en dar media vuelta y unirme a la conversación entre mi bella pupila y la hija de la condesa, procurando que, cuando ésta última regresara, pudiera tenerle preparada la sorpresa de saberme al dedillo su nombre, su título, su castillo, y sus posesiones. Mas en aquel momento regresó, acompañada por el hombre pálido vestido de negro, el cual dijo:

»—Volveré a avisarla, Madame la Comtesse, cuando su carruaje esté en la puerta.

»Y se retiró con una reverencia.

CAPÍTULO XIIUNA PETICIÓN

»—DE modo que vamos a vernos privados de la presencia de Madame la Comtesse. Espero que solamente por unas horas —dije yo, haciendo una profunda reverencia.

»—Tal vez sea así. O puede que sea por algunas semanas. Ha sido una lástima que ese hombre me haya hablado en este momento, tal como lo ha hecho. ¿Me reconoce ahora?

»Le aseguré que no.

»—Ya me reconocerá —dijo ella—, aunque no por ahora. Somos más antiguos y más íntimos amigos de lo que, tal vez, usted mismo sospeche. Por desgracia, todavía no puedo pronunciarme. Dentro de unas tres semanas volveré a pasar por su hermoso schloss, sobre el cual he estado haciendo averiguaciones. Entonces le haré una visita rápida, de una o dos horas de duración, y reanudaremos una amistad en la que nunca pienso sin que se agolpen en mi mente un millar de recuerdos agradables. En este momento me ha llegado una noticia fulminante como un rayo. Ahora tengo que marcharme, y recorrer cerca de cien millas por un camino tortuoso, con la mayor diligencia que me sea posible. Mis preocupaciones van en aumento. Sólo la obligada reserva en que le mantengo con respecto a mi apellido me impide hacerle una petición bastante singular. Mi pobre niña no ha recobrado del todo sus fuerzas. Su caballo la derribó, durante una cacería a la que asistía como simple espectadora, y sus nervios no se han recobrado todavía del susto; nuestro físico dice que durante algún tiempo no debe fatigarse bajo ningún concepto. Por consiguiente, vinimos aquí, en etapas muy cortas… apenas seis leguas diarias. Ahora debo viajar día y noche, en una misión de vida o muerte…, una misión cuya índole trascendental y exigente podré explicarle, sin necesidad ya de ocultarle nada, cuando nos veamos, como espero que hagamos, dentro de unas cuantas semanas.

»Continuó hablando, haciéndome una petición, en el tono de alguien para quien semejante solicitud equivalía más a otorgar un favor que a pedirlo. Aunque sólo fuera un formalismo, al parecer totalmente inconsciente. En cuanto a los términos en los que fue expresada tal petición, no podían ser más deprecatorios. Se trataba, sencillamente, de que yo consintiera en hacerme cargo de su hija durante su ausencia.

»Bien mirado, fue aquella una petición extraña, por no decir audaz. De alguna manera, la dama me desarmó, expresando y aceptando todo lo que podía argüirse en contra de aquella petición, y apelando únicamente a mi caballerosidad. En aquel mismo momento, por una fatalidad que parece haber determinado de antemano todo lo que luego sucedió, mi pobre niña vino junto a mí y, en voz baja, me suplicó que invitara a su nueva amiga, Millarca, a visitarnos. La había estado sondeando, y pensaba que, si su mamá se lo permitía, a ella le gustaría mucho.

»En cualquier otra ocasión le hubiera dicho que esperara un poco, por lo menos hasta que supiéramos quiénes eran. Mas no tuve tiempo para reflexionar. Las dos damas me atacaron a la vez, y debo confesar que fue el rostro bello y refinado de la dama joven, en el que había un algo extremadamente atractivo, junto con la elegancia y el ardor propios de las más nobles cunas, lo que me decidió. Y totalmente vencido, me rendí, comprometiéndome, con demasiada facilidad, a hacerme cargo de la dama joven, a quien su madre llamaba Millarca.

»La condesa hizo señas a su hija, que la escuchó atentamente mientras le contaba, a grandes rasgos, que había sido llamada súbita y perentoriamente, y también el acuerdo que habíamos convenido para que se quedara a mi cargo, añadiendo que yo era uno de sus más antiguos y apreciados amigos.

»Por supuesto, pronuncié los discursos de rigor que la ocasión parecía exigir. Pensándolo bien, me encontraba en una posición que ni mucho menos me gustaba.

»Entonces regresó el caballero vestido de negro y, muy ceremoniosamente, condujo a la dama fuera de la habitación.

»El porte de aquel caballero era tal, que me convenció de que la condesa era una dama mucho más importante de lo que su modesto título podía haberme inducido a suponer.

»El último ruego que me hizo la condesa fue que no intentara, hasta su regreso, averiguar más cosas sobre ella de las que ya había adivinado. Nuestro distinguido anfitrión, del que ella era huésped, conocía sus motivos.

»—Aquí —dijo ella—, ni mi hija ni yo podríamos permanecer a salvo más de un día. Hace cosa de una hora, me quité imprudentemente la máscara durante un momento, y tuve la impresión, demasiado tarde, de que usted me había visto. De modo que busqué una oportunidad para hablar un rato con usted. Si hubiera comprobado que me había visto, habría apelado a su elevado sentido del honor para que me guardara el secreto durante algunas semanas. Tal y como están las cosas, estoy convencida de que no me vio. Mas si ahora sospecha, o, tras reflexionar, puede llegar a sospechar quién soy, de la misma manera me encomiendo enteramente a su honor. Mi hija mantendrá el mismo secreto, y sé muy bien que usted se lo recordará, de vez en cuando, no sea que, por descuido, lo revele.

»La condesa susurró algunas palabras a su hija, la besó dos veces con precipitación, y se marchó, acompañada por el caballero pálido vestido de negro, desapareciendo entre la multitud.

»—En el aposento contiguo —dijo Millarca— hay un ventanal desde el que se domina la puerta de la sala. Me gustaría ver a mamá por última vez, y despedirme de ella con la mano.

»Consentimos, naturalmente, y la acompañamos al ventanal. Miramos afuera y vimos un carruaje elegante y anticuado, con muchos guías y lacayos. Contemplamos la silueta esbelta del caballero pálido vestido de negro, que sostenía una gruesa capa de terciopelo, y se la ponía a la dama sobre los hombros, colocándole la capucha en la cabeza. Ella le saludó, y de repente le tocó la mano con las suyas. Él se inclinó profundamente varias veces mientras la puerta se cerraba, y a continuación el carruaje empezó a circular.

»—Se ha ido —dijo Millarca, dando un suspiro.

»—Se ha ido —me repetí a mí mismo, reflexionando, por primera vez en los apresurados minutos que habían transcurrido desde mi consentimiento, sobre lo desatinada que había sido mi actuación.

»—No ha levantado los ojos —dijo la dama joven, quejumbrosamente.

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