Vampiros
Carmilla - JOSEPH SHERIDAN LE FANU
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»—Tal vez la condesa se haya quitado la máscara, y no quiera mostrar su rostro —dije yo—. Además, quizá no supiera que usted estaba en la ventana.
»La joven suspiró y me miró a la cara. Era tan bella que me ablandé. Sentía haberme arrepentido momentáneamente de mi hospitalidad, y decidí compensarla por la inconfesada rudeza de mi acogida.
»La dama joven, volviéndose a poner la máscara, se unió a mi pupila para convencerme de que volviéramos a los jardines, en donde pronto iba a reanudarse el concierto. Eso hicimos, y nos paseamos de un lado a otro por la terraza que hay bajo los ventanales del castillo. Millarca intimó bastante con todos nosotros, y nos divirtió con vivas descripciones y anécdotas de la mayor parte de la gente importante que veíamos en la terraza. Cada minuto que pasaba la encontraba más agradable. Sus chismes, aun no siendo malévolos, me divertían en grado sumo, después de haber estado tanto tiempo sin frecuentar el gran mundo. Pensé en la animación que aportaría a nuestras veladas en casa, a menudo tan solitarias.
»Aquel baile no terminó hasta que el sol matutino casi hubo alcanzado el horizonte. El Gran Duque quiso bailar hasta entonces, de modo que las personas leales no pudieron marcharse, ni pensar en irse al lecho.
»Acabábamos de atravesar el salón atestado de gente, cuando mi pupila me preguntó qué había sido de Millarca. Yo creía que había estado todo el tiempo a su lado, y ella suponía que junto a mí. El hecho era que la habíamos perdido.
»Todos mis esfuerzos por encontrarla fueron inútiles. Temía que, en la confusión producida al separarse momentáneamente de nosotros, hubiera tomado a otras personas por sus nuevos amigos, y tal vez los hubiera seguido para luego perderlos en los extensos jardines abiertos a los invitados.
»Entonces me di cuenta, plenamente, de mi desatino al haberme comprometido a ocuparme de una dama joven sin conocer siquiera su apellido. Y dado que estaba sujeto a unas promesas, que me había impuesto sin saber las razones para ello, ni siquiera podía orientar mis pesquisas diciéndome que la joven dama extraviada era hija de la condesa que había partido unas pocas horas antes.
»Pasó la mañana. El sol estaba ya alto cuando abandoné mi búsqueda. Hasta cerca de las dos del día siguiente no tuvimos noticias de la desaparecida joven que yo me había comprometido a cuidar.
»Poco más o menos a esa hora, un criado llamó a la puerta del aposento de mi sobrina, y le dijo que una dama joven, que parecía estar en apuros, le había pedido con gran vehemencia que le comunicara dónde podría encontrar al general barón Spielsdorf y a su joven hija, a cuyo cuidado la había dejado su madre.
»No cabía la menor duda de que, a pesar de su ligero despiste, nuestra joven amiga había vuelto a aparecer. Y tanto que había aparecido. ¡Ojalá la hubiéramos perdido!
»La joven le contó a mi pobre niña una historia para explicar por qué no había logrado reunirse antes con nosotros. Era ya muy tarde, dijo, cuando había entrado en la alcoba del ama de llaves, desesperada por encontrarnos, y allí había caído en un sueño profundo que, pese a su larga duración, apenas le había bastado para recobrar fuerzas después de las fatigas del baile.
»Aquel día Millarca vino con nosotros a casa. Después de todo, yo me sentía plenamente feliz de haber conseguido una compañera tan encantadora para mi querida muchacha.
CAPÍTULO XIIIEL LEÑADOR
»SIN embargo, no tardaron en surgir algunos inconvenientes. En primer lugar, Millarca padecía una languidez extrema (la debilidad remanente de su reciente enfermedad) y nunca salía de su aposento hasta que la tarde estaba bastante avanzada. Luego, se descubrió casualmente que, aunque siempre cerraba la puerta por dentro, y nunca quitaba la llave de la cerradura hasta que dejaba entrar a la doncella que le ayudaba a asearse, sin lugar a dudas se había ausentado algunas veces de su habitación a primeras horas de la mañana, y en distintos momentos ya más avanzado el día, en los que pretendía hacernos creer que se encontraba dentro. La habían visto repetidas veces desde los ventanales del schloss, al despuntar el alba, paseando entre los árboles, en dirección a oriente, como si se hallara en trance. Llegué a la conclusión de que andaba en sueños. Mas esta hipótesis no resolvía el enigma. ¿Cómo podía salir de su aposento, si la puerta estaba cerrada por dentro? ¿Cómo lograba fugarse del castillo sin abrir puertas ni ventanas?
»En medio de tantas dudas, surgió una preocupación mucho más apremiante.
»Mi querida niña empezó a perder su salud y su belleza, de un modo tan misterioso, e incluso horrible, que me asusté muchísimo.
»Al principio tuvo sueños espantosos. Luego, imaginó que se le aparecía un espectro, que se parecía algo a Millarca, y a veces tomaba la forma de una bestia indefinible que iba y venía de un lado para otro a los pies de su cama. Finalmente empezó a percibir ciertas sensaciones. La primera, no desagradable, pero sí muy peculiar, fue, según ella, como si una corriente helada fluyera por sus entrañas. Posteriormente, sintió como si un par de agujas largas la traspasaran, un poco más abajo de la garganta, produciéndole un dolor muy agudo. Algunas noches más tarde, experimentó una sensación de ahogo, que aumentó gradualmente hasta convertirse en convulsión. Por fin, perdió el sentido.
Pude oír claramente todas y cada una de las palabras que el amable y anciano general estaba diciendo, porque, en aquel momento, avanzábamos por el escaso césped que se extiende a ambos lados del camino, acercándonos al pueblo sin techumbres en el que no se había visto el humo de ninguna chimenea durante más de medio siglo.
Imagínese lo extraña que me sentí al oír describir tan exactamente mis propios síntomas en aquellos que había sufrido la infeliz muchacha, quien, de no ser por la catástrofe que siguió, hubiera sido en aquel momento huésped del castillo de mi padre. ¡Ya supondrá, también, la impresión que recibí cuando le oí detallar las mismas costumbres y misteriosas peculiaridades de nuestra bella huésped Carmilla!
Un claro se abrió en el bosque. De pronto nos encontramos bajo las chimeneas y gabletes del pueblo en ruinas, y las torres y almenas del desmantelado castillo, rodeado de árboles gigantescos, pendían sobre nosotros desde una pequeña elevación.
Descendí del carruaje muerta de miedo, y en silencio, ya que todos nosotros teníamos motivos suficientes para reflexionar. No tardamos en subir la cuesta, llegando por fin a las cámaras espaciosas, las escaleras de caracol y los corredores oscuros del castillo.
—¡Y pensar que esto fue en otros tiempos la residencia palaciega de los Karnstein! —dijo finalmente el anciano general, mientras contemplaba el pueblo desde un enorme ventanal, así como la gran extensión ondulada del bosque—. Fue una familia cruel, y aquí se escribieron sus anales manchados de sangre —prosiguió—. Es terrible pensar que, aun después de muertos, sigan atormentando a la raza humana con sus apetitos atroces. Mirad, allá abajo está la capilla de los Karnstein.
Señaló los muros grises de un edificio gótico medio oculto entre la maleza, un poco más abajo de la cuesta.
—Oigo el hacha de un leñador —añadió—, que trabaja entre los árboles que la circundan. Tal vez él pueda proporcionarnos información sobre lo que estoy buscando, y nos indique dónde se encuentra la tumba de Mircalla, condesa de Karnstein. Esos rústicos suelen conservar las tradiciones locales de las grandes familias, cuyas historias desaparecen para los ricos y los nobles en cuanto esas mismas familias se extinguen.
—En casa tenemos un retrato de Mircalla, la condesa Karnstein. ¿Le gustaría verlo? —preguntó mi padre.
—Tiempo habrá, querido amigo —replicó el general—. Creo que ya he visto el original. Precisamente uno de los motivos que me han inducido a verle antes de lo que inicialmente había proyectado, ha sido explorar la capilla a la que ahora nos aproximamos.
—¿Cómo? ¿Que usted ha visto a la condesa Mircalla? —exclamó mi padre—. ¡Pero si está muerta desde hace más de un siglo!
—No tan muerta como usted se imagina, según tengo entendido —contestó el general.
—Os confieso, general, que me desconcierta completamente —replicó mi padre, mirándole por un momento, me pareció, con un recrudecimiento de las sospechas que anteriormente había advertido en él. Mas aunque a veces hubiera ira y odio en los modales del anciano general, nada de caprichoso había en ellos.
—Únicamente hay una cosa —dijo, mientras pasábamos bajo el pesado arco de la iglesia gótica, que, por sus dimensiones, podía justificar su ejecución en aquel estilo— que pueda interesarme en los pocos años que me quedan en este mundo: tomar de ella la venganza que, gracias a Dios, todavía puede llevar a cabo el brazo de un mortal.
—¿A qué venganza se refiere usted? —preguntó mi padre, con asombro creciente.
—Me refiero a decapitar al monstruo —contestó el general, en un acceso de cólera, golpeando el suelo con los pies, y haciendo retumbar lúgubremente las huecas ruinas. Y en aquel mismo instante levantó el puño cerrado, como asiendo el mango de un hacha, y lo agitó en el aire ferozmente.
—¿Cómo? —exclamó mi padre, más perplejo que nunca.
—Cortarle la cabeza.
—¿Cortarle la cabeza?
—Sí, con un hacha, una azada, o cualquier otro instrumento con el que pueda rebanar su garganta asesina. Ya tendrá noticias de ello —respondió, temblando de rabia. Y apretando el paso, añadió:
—Esta viga nos servirá de asiento; vuestra querida niña está fatigada. Que se siente, y con unas cuantas frases concluiré mi espantoso relato.
El bloque escuadrado de madera, que yacía sobre la maleza que cubría el pavimento de la capilla, formaba un banco en el que me alegró sentarme. Mientras tanto, el general llamó al leñador, que había estado cortando unas ramas que asomaban por entre los viejos muros. El robusto anciano se acercó a nosotros, hacha en mano.
No supo decirnos nada sobre aquellos monumentos. Mas existía un viejo, nos dijo, un guarda forestal, que vivía en casa del cura, a unas dos millas de aquel lugar, el cual podría indicarnos el emplazamiento de cualquier monumento de la antigua familia de los Karnstein. Y a cambio de una pequeña propina, se comprometió a traerlo en poco más de media hora, si le prestábamos uno de nuestros caballos.
—¿Hace mucho que trabajas en este bosque? —preguntó mi padre al anciano.
—He sido leñador aquí, a las órdenes del guardabosques, toda mi vida —contestó en su patois—. Y lo fue mi padre antes que yo, y así generación tras generación, hasta donde puedo contar. Podría incluso enseñarles la casa del pueblo en que vivieron mis antepasados.
—¿Por qué fue abandonado el pueblo? —preguntó el general.
—La gente estaba inquieta a causa de los revenants, señor. Algunos de ellos fueron seguidos hasta sus tumbas, y tras ser identificados mediante los procedimientos habituales, fueron aniquilados en la forma usual: por decapitación, estaca, o fuego. Mas no antes de que muchos aldeanos fueran asesinados.
»Sin embargo, a pesar de todas esas medidas conformes a la ley —prosiguió—, de tantas tumbas abiertas, y de tantos vampiros privados de su horrible vida, el pueblo no se vio libre de ellos. Un noble moravo, que casualmente pasaba por aquí, se enteró de lo que ocurría, y dada su experiencia en tales asuntos (como tanta gente en su país), se ofreció a liberar al pueblo de aquella tortura. Lo hizo del siguiente modo: Aquella noche había una luna brillante. Poco después del ocaso, subió al campanario de esta capilla, desde donde podía ver con nitidez el cementerio que hay debajo; sus señorías pueden verlo desde esta ventana. Desde allí estuvo observando hasta ver salir de su tumba al vampiro, luego dejar junto a él el sudario en que había sido amortajado, y finalmente deslizarse en dirección al pueblo para atormentar a sus habitantes.
»Tras observar todo eso, el forastero bajó del campanario, cogió las envolturas mortuorias del vampiro y se las llevó consigo a lo alto de la torre, en la que volvió a apostarse. Cuando regresó el vampiro de sus merodeos y echó en falta sus ropas, se puso a gritar, enfurecido, al moravo, al que vio en la cima del campanario, y éste, por toda respuesta, le hizo señas para que subiera a cogerlas. Después de lo cual, el vampiro, aceptando su invitación, empezó a subir al campanario. Y tan pronto como hubo llegado a las almenas, el moravo, golpeándole con su espada, le partió el cráneo en dos, arrojando el cuerpo al cementerio, adonde el forastero le siguió, tras descender por la escalera de caracol, y le cortó la cabeza. Al día siguiente entregó a los aldeanos la cabeza y el cuerpo, que tras ser debidamente empalado, fue quemado junto con aquella.
»Aquel noble moravo tenía la autorización del entonces cabeza de familia para trasladar la tumba de Mircalla, condesa de Karnstein, cosa que hizo en efecto, de forma que en poco tiempo su localización quedó completamente olvidada.
—¿Puedes indicarnos dónde estaba? —preguntó el general, con impaciencia.
El guardabosques negó con la cabeza y sonrió.
—Ningún alma viviente podría decirlo ahora —añadió—. Además, se dice que su cadáver fue trasladado. Aunque nadie está seguro de eso tampoco.
Tras haber hablado de ese modo, como el tiempo apremiaba, dejó caer su hacha al suelo y partió. Y nosotros nos dispusimos a escuchar el resto de la extraña historia del general.
CAPÍTULO XIVEL ENCUENTRO
—MI querida niña —prosiguió el general— empeoraba visiblemente. El físico que la atendía no había logrado ninguna mejoría en su enfermedad, pues entonces eso suponía yo que era lo que tenía. Al darse cuenta de mi alarma, me propuso una nueva consulta. Llamé a uno de los mejores físicos de Graz. Transcurrieron varios días hasta su llegada. Era un hombre bueno y piadoso, al mismo tiempo que docto. Después de examinar juntos a mi pobre pupila, los dos médicos se retiraron a mi biblioteca para conferenciar y discutir. Desde el aposento contiguo, donde esperaba a que me llamaran, oía yo las voces de aquellos caballeros, elevándose a un tono más alto que el de una estricta discusión filosófica. Llamé a la puerta y entré. Encontré al anciano físico de Graz defendiendo una teoría, que su colega rechazaba con no disimulada irrisión, entre grandes carcajadas. Aquella exhibición indecorosa se apaciguó, y el altercado finalizó cuando yo entré.
»—Señor —dijo mi primer físico—, por lo visto mi docto colega estima que lo que usted necesita es un conjurador, y no un doctor.
»—Discúlpeme —dijo el anciano físico de Graz, con evidente desagrado—. En otra ocasión le expondré, a mi manera, mi propio punto de vista sobre este caso. Lamento, Monsieur le Général, que mi experiencia y mi ciencia no puedan ser de ninguna utilidad para usted. De todas formas, antes de partir me sentiré muy honrado de sugerirle algo.
»Parecía pensativo. Se sentó a la mesa y empezó a escribir. Profundamente decepcionado, me despedí de él con una inclinación de cabeza, y cuando me volvía para irme, el otro doctor señaló por encima de su hombro a su compañero, que estaba escribiendo, y luego, con un encogimiento de hombros, se llevó, significativamente, un dedo a la sien.
»Aquella consulta, por tanto, me dejó justamente en donde estaba. Paseé por el jardín, medio aturdido. El médico de Graz me alcanzó al cabo de diez o quince minutos. Se disculpó por haberme seguido, pero dijo que, en conciencia, no podía despedirse sin añadir unas cuantas palabras más. Me aseguró que no podía estar equivocado. Que ninguna enfermedad natural presentaba esos síntomas. Y que, sin embargo, la muerte de mi sobrina estaba ya muy próxima. Le quedaban uno o tal vez dos días de vida. Si la fatal afección se detenía de inmediato, quizás con mucho cuidado y destreza por nuestra parte podría la joven recuperar sus fuerzas. Mas todo dependía de los límites de lo irrevocable. Un ataque más podría extinguir la última chispa de vitalidad que aún le quedaba.
»—¿Y cuál es la naturaleza de la afección a la que usted se refiere? —le supliqué.
»—Lo expongo todo en esta nota que pongo en sus manos, con la condición expresa de que envíe a buscar al sacerdote más próximo, abra mi carta en presencia suya, y bajo ningún concepto la lea hasta que él se encuentre a su lado. De otra manera quizás desdeñara su contenido, y es una cuestión de vida o muerte. Si no consigue un sacerdote, entonces puede leerla usted mismo.
»Antes de despedirse finalmente, me preguntó si me gustaría consultar a un hombre extraordinariamente erudito en aquel mismo tema, que probablemente me interesaría por encima de todos los demás, después de que hubiese leído su carta. A continuación me instó a que invitara a aquel hombre a visitarme en el castillo; y después se despidió.
»Como el eclesiástico estaba ausente, tuve que leer la carta solo. En otro momento, o en otra situación, probablemente me habría reído de lo que decía. Mas ¿a qué charlatanería no se abalanzaría la gente, como última posibilidad, cuando todos los medios habituales han fracasado, y está en juego la vida de un ser querido?
»Nada, me dirá usted, podría ser más absurdo que la carta del docto médico. Era lo suficientemente monstruosa como para que se le enviara a un manicomio. ¡Decía que la paciente estaba siendo visitada por un vampiro! Los pinchazos que, según ella, había notado en la garganta, los había producido, insistía él, la inserción de dos dientes largos, finos y puntiagudos que, como es bien sabido, son característicos de los vampiros. Y no podía caber la menor duda, añadía, en cuanto a la presencia bien definida de la pequeña señal amoratada, que todos coincidían en afirmar como causada por los labios de aquel demonio, y en lo referente al hecho de que todos los síntomas descritos por la víctima estaban en perfecta concordancia con los constatados en todos los demás casos de visitas similares.
»Como yo era completamente escéptico en cuanto a la existencia de cualquier prodigio como el vampirismo, la teoría sobrenatural del buen doctor únicamente aportaba, en mi opinión, un nuevo ejemplo de erudición e inteligencia, curiosamente asociadas con alguna alucinación. Sin embargo, me sentía tan desgraciado, que, antes que no intentar nada, decidí seguir las instrucciones de la carta.
»Me escondí en la recámara oscura que comunicaba con el aposento de la pobre paciente, en el que constantemente ardía una vela, y aguardé allí hasta que se quedó profundamente dormida. Permanecí frente a la puerta, atisbando a través de la estrecha rendija, sin perder de vista una espada que había dejado encima de la mesa, tal como prescribían las instrucciones del médico. Hasta que, un poco después, vi aparecer una cosa grande y negra, de perfiles muy imprecisos, que se arrastró, me pareció, a los pies de la cama, y rápidamente se abalanzó sobre la garganta de la pobre muchacha, y, en un instante, aumentó de tamaño hasta convertirse en una enorme masa palpitante.
»Durante unos instantes me quedé paralizado. Después, espada en mano, di un salto hacia delante. De repente la negra criatura se encogió a los pies de la cama, se deslizó al suelo, y allí, como a una yarda por debajo del armazón, vi a Millarca, inmóvil, que me observaba fijamente, con una mirada furtiva de ferocidad y horror. No sabiendo qué pensar de todo aquello, la golpée al instante con mi espada. Mas vi que permanecía ilesa, junto a la puerta. La perseguí, horrorizado, y volví a golpearla. ¡Había desaparecido! Y mi espada voló en mil pedazos al chocar contra la puerta.
»No puedo describirle todo lo que sucedió aquella noche terrible. Toda la casa se despertó y se puso en movimiento. El espectro de Millarca había desaparecido. Mas su víctima empeoró rápidamente, y antes de que amaneciera, murió.
El anciano general estaba trastornado. Ninguno de nosotros dijo palabra alguna. Mi padre se alejó un poco, y comenzó a leer las inscripciones de las lápidas sepulcrales. Concentrado, pues, en aquellas lecturas, cruzó la puerta de una capilla lateral para proseguir sus investigaciones. Mientras tanto, el general se apoyó en el muro, se secó los ojos y suspiró profundamente. Me alivió oír las voces de Carmilla y de Madame Perrodon, que en aquel momento se aproximaban. Luego las voces se desvanecieron.
En medio de aquella soledad; después de haber escuchado una historia tan extraña, que estaba relacionada con los poderosos y nobles difuntos, cuyos monumentos funerarios, en torno nuestro, se enmohecían entre el polvo y la hiedra, y cada uno de cuyos incidentes se parecía tan atrozmente a mi propio caso, tan misterioso; en aquella guarida de fantasmas, ensombrecida por las torres de follaje que trepaban por todas partes, densas y altas, por encima de los silenciosos muros; empezó a invadirme un inexpresable espanto, y mi ánimo decayó al pensar que, después de todo, ninguno de mis amigos iba a entrar allí, a turbar aquella triste y ominosa escena.
Los ojos del anciano general miraban fijamente al suelo, mientras su mano se apoyaba en el basamento de un monumento funerario deteriorado.
De pronto, bajo el arco de una puerta estrecha, coronada por una de esas figuras grotescas y demoníacas en las que se complacía la cínica y lúgubre imaginación de los antiguos tallistas góticos, vi aparecer, con inmensa alegría, el hermoso rostro y la seductora figura de Carmilla, que entraba en la sombría capilla.
Estuve a punto de levantarme y hablar, y saludarla, risueña, con la cabeza, en respuesta a su sonrisa particularmente atractiva, cuando el anciano general, lanzando un grito, se interpuso entre nosotras y, cogiendo el hacha del leñador, lanzóse sobre ella. Al verle, se operó un cambio brutal en la fisonomía de Carmilla. Sufrió una súbita y espantosa transformación, a la vez que retrocedía, encogiéndose. Antes de que yo pudiera gritar, la golpeó con todas sus fuerzas. Mas ella esquivó el golpe, y salió ilesa del mismo, aferrándole la muñeca con su diminuto puño. El general forcejeó unos instantes para liberarse del brazo. Mas su mano debió de aflojarse, y el hacha cayó al suelo. La muchacha había desaparecido.
El general se tambaleó, apoyándose en el muro. Los cabellos grises se erizaron en su cabeza, y un sudor frío le bañaba el rostro, como si estuviera a punto de morirse.
La pavorosa escena se había desarrollado en un instante. Después, lo primero que recuerdo es a Madame Perrodon frente a mí, repitiéndome con impaciencia, una y otra vez, esta pregunta:
—¿Dónde está Mademoiselle Carmilla?
Finalmente, respondí:
—No lo sé… No sabría decir… se fue por allí —y señalé la puerta por la que Madame Perrodon acababa de entrar—; hace tan sólo uno o dos minutos.
—Pero yo he estado ahí, en el corredor, desde que entró Mademoiselle Carmilla; y no la he visto regresar.
Entonces se puso a llamarla a gritos: «Carmilla», a través de puertas y corredores, y desde los ventanales. Mas no obtuvo respuesta.
—¿Ahora se hace llamar Carmilla? —preguntó el general, no repuesto todavía de la tremenda impresión.
—Sí, Carmilla —respondí yo.
—Ya —dijo—; es decir, Millarca. Es la misma persona que en otra época se llamaba Mircalla, condesa de Karnstein. Márchese de esta tierra maldita, mi pobre niña, lo más aprisa que pueda. Vaya a casa del sacerdote, y quédese allí hasta que lleguemos nosotros. ¡Retírese! ¡Ojalá nunca más vea a Carmilla! No la volverá a encontrar aquí.
CAPÍTULO XVORDALÍA Y EJECUCIÓN
MIENTRAS hablaba el general, entró en la capilla, por la misma puerta por la que había entrado y salido Carmilla, uno de los hombres de aspecto más extraño que yo jamás haya visto. Era alto, estrecho de pecho, encorvado, y cargado de espaldas; y vestía de negro. Su rostro era moreno, surcado de profundas arrugas. Se tocaba con un sombrero de ala ancha y extraña forma. Su cabello, largo y entrecano, le colgaba sobre los hombros. Llevaba gafas de montura dorada, y caminaba despacio, arrastrando los pies extravagantemente. En su rostro, ora vuelto hacia el cielo, ora inclinado hacia el suelo, parecía haber siempre una sonrisa. Sus brazos largos y delgados le colgaban bamboleantes, y sus descarnadas manos, enfundadas en unos viejos guantes negros que le quedaban demasiado grandes, se agitaban y gesticulaban con profundo ensimismamiento.
—¡Exactamente el hombre que necesito! —exclamó el general, saliendo alborozadamente a su encuentro—. Mi querido barón, ¡cuánto me alegro de verle! No esperaba encontrarle tan pronto.
Hizo una seña a mi padre, que para entonces ya había regresado, y le llevó a conocer a aquel extraño personaje, al que llamaba «el barón». Se lo presentó formalmente, e inmediatamente se enzarzaron los tres en una verdadera conversación. El recién llegado extrajo un papel enrollado de su bolsillo, y lo extendió sobre la deteriorada superficie de una tumba que había a su lado. Llevaba en la mano un estuche de lápices, y con ellos trazó líneas imaginarias de un extremo a otro del papel, del que a menudo apartaron la vista, todos a un tiempo, en dirección a ciertas partes del edificio, por lo que comprendí que debía de tratarse del plano de la capilla. Acompañaba aquella especie de conferencia, si puedo llamarla así, con lecturas esporádicas de un librito muy sucio, cuyas amarillentas páginas estaban cubiertas de una escritura apretada.
Juntos deambularon por la nave lateral, frente al lugar en donde yo me encontraba, conversando entre sí mientras andaban. Luego se pusieron a medir a pasos las distancias entre unas tumbas y otras, y finalmente se detuvieron frente a un lugar concreto del muro lateral y comenzaron a examinarlo minuciosamente, arrancando la hiedra que lo cubría, y quitando el yeso con las conteras de sus bastones, a base de raspar aquí y golpear allá. Por fin comprobaron la existencia de una gran lápida de mármol, sobre la cual había unas letras grabadas en relieve.
Con la ayuda del leñador, que no tardó en regresar, pusieron al descubierto una inscripción funeraria y un escudo esculpido. Resultó tratarse del sepulcro, durante tanto tiempo perdido, de Mircalla, condesa de Karnstein.
El anciano general, aunque no muy dado, me temo, a las plegarias, alzó la mirada y las manos al cielo durante unos instantes, en mudo agradecimiento.
—Mañana —le oí decir— estará aquí el comisionado, y la Inquisición actuará de acuerdo con la ley.
Luego, volviéndose al anciano de las gafas doradas, que antes he descrito, le estrechó calurosamente ambas manos y dijo:
—Barón, ¿cómo puedo agradecérselo? ¿Cómo podemos expresarle todos nosotros nuestra gratitud? Ha librado usted a esta comarca de una plaga que ha azotado a sus habitantes durante más de un siglo. Gracias a Dios, el horrendo enemigo ha sido al fin localizado.
Mi padre se llevó aparte al forastero, y el general los siguió. Sabía que los había llevado a donde yo no los pudiera oír, para contarles mi caso. Y mientras proseguía la discusión, les vi lanzarme rápidas y frecuentes miradas.
Mi padre se acercó a mí, me besó una y otra vez, y, llevándome fuera de la capilla, me dijo:
—Es hora de regresar a casa. Mas antes debemos procurar que se una a nosotros el bueno del cura que vive muy cerca de aquí, y convencerle de que nos acompañe al schloss.
Tuvimos éxito en nuestra gestión. Y yo me alegré, porque al llegar a casa me sentía indeciblemente cansada. Aunque mi satisfacción se trocó en desaliento al descubrir que no se tenían noticias de Carmilla. No me dieron ninguna explicación de la escena que había tenido lugar en la capilla en ruinas. Estaba claro que era un secreto que, de momento, mi padre había decidido no revelarme.
La ausencia de Carmilla, que en aquellas circunstancias adquiría un tinte siniestro, hizo que el recuerdo de aquella escena fuera todavía más terrible para mí. Los preparativos que se hicieron para pasar aquella noche fueron en extremo singulares. Dos criadas y Madame Perrodon permanecieron sentadas aquella noche en mi aposento, y el eclesiástico montó guardia con mi padre en la recámara contigua.
El sacerdote había realizado aquella noche algunos ritos solemnes, cuyo significado no era para mí menos oscuro que la finalidad de las extraordinarias precauciones tomadas para procurar mi seguridad durante el sueño.
Algunos días más tarde lo comprendí todo.
A la desaparición de Carmilla siguió la interrupción de mis padecimientos nocturnos.
Habrá oído hablar, sin duda alguna, de la espantosa superstición que impera en la Alta y Baja Estiria, en Moravia, en Silesia, en la Serbia turca, en Polonia, e incluso en Rusia; la superstición, llamémosla así, del vampirismo.
Si vale para algo el testimonio humano, presentado con todo cuidado y seriedad, imparcialmente, ante innumerables comisiones, cada una de ellas formada por numerosos miembros elegidos por su integridad e inteligencia, los cuales han emitido informes posiblemente más voluminosos que todos los existentes en relación a cualquier otro tipo de casos, es difícil negar, entonces, o siquiera dudar de la existencia de ese fenómeno llamado vampirismo.
En cuanto a mí, no conozco ninguna teoría capaz de explicar lo que yo misma he presenciado y experimentado, como no sea la que proporciona esta creencia campesina tan antigua y tan bien atestiguada.
Al día siguiente se llevaron a cabo los procedimientos formales en la capilla de los Karnstein. Se abrió la tumba de la condesa Mircalla, y tanto el general como mi padre reconocieron a su pérfida y bella huésped en el rostro que ahora aparecía ante sus ojos. A pesar de los ciento cincuenta años que habían transcurrido desde su entierro, sus facciones mostrábanse inflamadas de calor vital. Tenía los ojos abiertos. El ataúd no despedía ningún hedor a cadáver. Los dos médicos presentes, uno oficialmente, el otro de parte del promotor de la investigación, atestiguaron el hecho prodigioso de que una respiración tenue, pero perceptible, animaba el cadáver, con su correspondiente palpitación en el corazón. Los miembros eran perfectamente flexibles, la carne elástica. El pesado ataúd estaba inundado de sangre, en la que el cuerpo yacía sumergido hasta una altura de unas siete pulgadas. Ahí estaban, pues, todas las pruebas y síntomas admitidos del vampirismo.
En consecuencia, de acuerdo con las prácticas antiguas, sacaron el cadáver y le clavaron una estaca afilada en el corazón: en aquel mismo momento el vampiro profirió un chillido desgarrador, semejante en todo al estertor de un agonizante. Después le cortaron la cabeza, y un torrente de sangre brotó del cuello seccionado. El cuerpo y la cabeza fueron colocados sobre una pila de leña y reducidos a cenizas, luego esparcidas por el río, que se las llevó lejos. Desde entonces aquel territorio no ha vuelto a ser atormentado por las visitas de ningún otro vampiro.
Mi padre conserva una copia del informe de la Comisión Imperial, con las firmas de todos los que presenciaron los procedimientos, adjuntas como comprobación de sus declaraciones respectivas. De este documento oficial he resumido yo la descripción de esta postrera y espeluznante escena.
CAPÍTULO XVICONCLUSIÓN
QUIZÁS suponga usted que escribo todo esto serenamente. Ni mucho menos; no puedo pensar en ello sin sentirme inquieta. Tan sólo la vehemencia de su petición, tantas veces expresada, podía haberme inducido a sentarme ante el escritorio para llevar a cabo una tarea que me ha trastornado los nervios, quizás para siempre, proyectando de nuevo la sombra de los horrores indescriptibles que, años después de mi liberación, siguen espantando mis días y mis noches, haciéndome enormemente insoportable la soledad.
Permítame añadir una o dos palabras más a propósito del extraño barón Vordenburg, a cuya singular erudición debimos el descubrimiento de la tumba de la condesa Mircalla.
Había establecido su residencia en Graz, donde vivía de una pequeña renta, que era lo único que le quedaba de las otrora principescas posesiones de su familia en la Alta Estiria, dedicado a la minuciosa y laboriosa investigación de las tradiciones, asombrosamente autentificadas, del vampirismo. Conocía al dedillo todas las obras, grandes y pequeñas, sobre la materia: Magia postuma[14], De mirabilibus[15] de Flegonte [de Tralles], De cura pro mortuis[16] de san Agustín, Philosophiæ et christianæ cogitationes de vampiris de John Christofer Herenberg[17], y otras mil más, entre las cuales recuerdo tan sólo unas pocas que le prestó a mi padre.
Poseía un voluminoso archivo con todos los casos judiciales, del que había extraído una suma de principios que parecían gobernar (algunos, siempre; otros, sólo en ocasiones) la condición del vampiro. Me permito mencionar, de pasada, que la palidez mortal atribuida a esta clase de revenants es pura ficción melodramática. En realidad, presentan una apariencia de vida saludable, tanto en la tumba como cuando se muestran públicamente. Cuando se los expone a la luz en sus ataúdes, presentan todos los síntomas que han sido enumerados como prueba de la confirmación de la existencia vampírica de la condesa Karnstein, muerta hace tanto tiempo.
Siempre se ha reconocido como totalmente inexplicable la forma en que escapan de sus tumbas durante algunas horas al día y vuelven a ellas, sin desplazar la tierra ni dejar señal alguna de alteración en el ataúd ni en las mortajas. La doble vida del vampiro continúa en la tumba mediante sueños diariamente renovados. Su horrenda avidez de sangre procedente de personas vivas le proporciona la energía necesaria para su existencia despierta. El vampiro es propenso a dejarse fascinar con absorbente vehemencia, parecida a la pasión amorosa, en presencia de determinadas personas. En su persecución de estas personas, desplegará una paciencia y una astucia inagotables, ya que el acceso al objeto concreto de su deseo puede verse obstaculizado de mil maneras. Jamás desistirá de su empeño hasta haber saciado su pasión y apurado la propia vida de su codiciada víctima. Mas en esos casos, economizará y demorará su disfrute asesino con el refinamiento de un epicúreo, y lo acrecentará mediante las aproximaciones graduales de un galanteo ingenioso. En tales casos parece como si no deseara otra cosa que la simpatía y el consentimiento. En las demás ocasiones, se dirige directamente a su víctima, la sojuzga mediante la violencia, y con frecuencia la estrangula y la vacía en un solo festín.
Al parecer, en determinadas situaciones, el vampiro está sujeto a unas condiciones especiales. En el caso particular que os he relatado, Mircalla parecía estar limitada a un nombre que, aun no siendo realmente el suyo, debía por lo menos reproducir todas las letras, ni una más ni una menos, que componen lo que llamamos su anagrama. Carmilla lo hizo, y también Millarca.
Mi padre le contó al barón Vordenburg, que se quedó con nosotros dos o tres semanas después de la expulsión de Carmilla, la historia del gentilhombre moravo y del vampiro del cementerio de Karnstein, preguntándole luego cómo había descubierto la posición exacta de la tumba, tanto tiempo oculta, de la condesa Millarca. El barón frunció su grotesco semblante en una sonrisa enigmática. Sin dejar de sonreír, bajó la mirada a su estuche para las gafas y lo manoseó torpemente. Luego, alzó la mirada y dijo:
—Poseo muchos diarios y otros documentos escritos por ese hombre extraordinario. El más curioso de todos es uno que trata de la visita a Karnstein, a la que usted alude. La tradición, por supuesto, deforma y distorsiona un poco los hechos. Es posible que le tomaran por un gentilhombre moravo, ya que había trasladado su residencia a ese territorio y era, además, de noble cuna. Mas, en realidad, había nacido en la Alta Estiria. Baste con decir que en su primera juventud había sido amante apasionado y predilecto de la bella Mircalla, condesa de Karnstein. La prematura muerte de ella le sumió en una congoja inconsolable. Está en la naturaleza de los vampiros el crecer y multiplicarse, pero según una comprobada ley reservada únicamente a estos espectros.
»Supongamos, para empezar, un territorio completamente libre de ese flagelo. ¿Cómo se inicia este y se desarrolla? Os lo diré. Una persona, más o menos depravada, pone fin a su vida. En determidas circunstancias, un suicida puede convertirse en vampiro. Ese espectro visita en sueños a determinadas personas vivas, las cuales mueren y, en la tumba se transforman, casi invariablemente, en vampiros. Eso fue lo que sucedió en el caso de la bella Mircalla, que había sido atormentada por uno de esos demonios. Mi antepasado Vordenburg, cuyo título todavía llevo, no tardó en descubrirlo, y en el transcurso de los estudios a los que se consagró, aprendió mucho más.
»Entre otras cosas, dedujo que la sospecha de vampirismo recaería, tarde o temprano, sobre la condesa muerta, que había sido su ídolo mientras vivía. Fuera ella lo que fuese, sintió horror ante la idea de que sus restos pudieran ser profanados con el ultraje de una ejecución postuma. Dejó un curioso documento que prueba que el vampiro, una vez expulsado de su doble existencia, es impelido a otra vida más terrible todavía. Por tanto, resolvió evitarle eso a su amada Mircalla.
»Urdió la estratagema de un viaje a estos lugares, un supuesto traslado de los restos de la condesa, y una auténtica destrucción de su sepulcro. Con el paso de los años y próximo ya el fin de sus días, recordando las escenas que iba a dejar atrás, miró con otros ojos lo que había hecho, y el horror se apoderó de él. Hizo los trazados y anotaciones que me guiaron hasta el lugar exacto, y redactó una confesión del engaño que había llevado a cabo. Es posible que intentara dar un paso más en esa misma dirección, mas la muerte se lo impidió. Sólo la mano de un lejano descendiente suyo ha podido dirigir, demasiado tarde para muchos, la búsqueda de la guarida del monstruo.
Seguimos hablando un poco más y, entre otras cosas, dijo lo siguiente:
—Uno de los indicios de vampirismo es la fuerza que tienen en las manos. La delgada mano de Mircalla se cerró como un grillete de acero sobre la muñeca del general cuando éste alzó el hacha para golpearla. Mas la fuerza de su mano no se limita al apretón: deja un entumecimiento en el miembro que agarra, del que la víctima se recupera muy lentamente, si es que lo hace.
Durante la primavera siguiente mi padre me llevó a un viaje por Italia. Permanecimos fuera más de un año. Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que se apaciguara en mi mente el horror de los acontecimientos recientes. Aun ahora, la imagen de Carmilla retorna a mi memoria con ambigua alternancia: unas veces es la muchacha retozona, lánguida y bella; otras, el torturado demonio que vi en la iglesia en ruinas. Y con frecuencia, en medio de mis ensoñaciones, me he sobresaltado al imaginar que oía los pasos ligeros de Carmilla junto a la puerta del salón.