Vampiros

Vampiros


El misterio de Ken - JULIAN HAWTHORNE

Página 20 de 30

Julian Hawthorne

EL MISTERIO DE KEN(1888)

JULIAN Hawthorne (1846-1934) pertenece a ese género de escritores secretos que el tiempo ha vuelto difíciles de rastrear. Nació en la ciudad portuaria de Salem cuando su padre, el escritor Nathaniel Hawthorne, ocupaba el modesto puesto de inspector de aduanas. A los nueve años se traslada con su familia a Liverpool, pues su ilustre progenitor había sido nombrado cónsul, en aquella época, después de embajador en Londres, el mejor cargo de la diplomacia americana. Gracias a ello Julian se educa en Inglaterra, país que recorre por primera vez con su padre en un viaje que hacen juntos, tras marcharse su madre con sus hermanas a la isla Madeira por motivos de salud.

Más tarde conocerá Italia, no sin antes ser obligado por el cabeza de familia a leer la obra de Gibbon. A su vuelta estudia en Oxford, donde es compañero de estudios y amigo de Oscar Wilde. Años después lo será de Bram Stoker, y durante sus visitas a Londres se convierte en uno de sus frecuentes invitados al Lyceum Theatre.

Julian Hawthorne fue escritor y editor durante sesenta años. Influenciado seguramente por el ambiente literario familiar, su obra más conocida David Poindexter’s Disappearance (1888) es de género fantástico. En este libro apareció su célebre cuento Ken’s Mystery, uno de los pocos relatos de vampiros ambientados en Irlanda, donde vuelve a brillar el aura de la femme fatale, la medusa del siglo, con todo su esplendor maligno.

EL MISTERIO DE KEN[18]

UN fresco atardecer de octubre —era el último día del mes y hacía bastante frío para esa época del año—, decidí ir a pasar una hora o dos con mi amigo Keningale. Keningale era artista (músico aficionado y poeta), y tenía en su casa un estudio precioso donde solía pasar las veladas. Este estudio tenía una chimenea cavernosa, construida imitando los antiguos hogares de las mansiones isabelinas; y en ella, cuando la temperatura exterior lo justificaba, encendía un animado fuego de troncos secos. Me vendrá muy bien, pensé, ir a fumarme una pipa y charlar plácidamente con mi amigo ante ese fuego.

Hacía tiempo que no teníamos una conversación; en realidad, desde que Keningale (o Ken, como le llamábamos los amigos) había regresado de su visita a Europa, el año anterior. Había salido, como dijo él entonces, «en viaje de estudios», cosa que nos hizo sonreír a todos; porque, conociéndole como le conocíamos, probablemente haría de todo menos estudiar. Era un joven de talante optimista, activo y sociable, de espíritu brillante y polifacético, y contaba con unos ingresos que oscilaban entre doce y quince mil dólares anuales; sabía cantar, actuar, emborronar cuartillas y pintar con destreza, y algunas de sus cabezas y escorzos estaban francamente bien ejecutados, habida cuenta de que carecía de preparación artística normal; pero no era trabajador. Físicamente, era guapo, de buena estatura y figura, sano y activo, tenía una frente notablemente hermosa, y unos ojos claros y francos. Nadie se sorprendió de su marcha a Europa, nadie pensó que haría otra cosa que divertirse, y pocos esperaban volverle a ver pronto por Nueva York. Era una de esas personas que descubren que Europa les va. Conque se fue; y al cabo de unos meses nos llegó rumor de que se había prometido a una hermosa y rica neoyorquina a la que había conocido en Londres. Eso era casi lo único que sabíamos de él; hasta que, no mucho después, y para asombro de todos, volvió a aparecer por la Quinta Avenida. No dio una respuesta satisfactoria a los que quisieron averiguar cómo era que se había cansado tan pronto del Viejo Continente; en cuanto al anunciado compromiso matrimonial, cortó de manera tajante toda alusión al asunto, haciendo ver con eso que lo consideraba tema prohibido. La gente sacó la conclusión de que la dama le había dejado plantado. Pero, por otro lado, ella también regresó poco después; y aunque ha tenido montones de oportunidades, hasta ahora no se ha casado.

Sea cual sea la verdad del asunto, el hecho es que se observó que Ken no era ya el joven alegre y despreocupado de antes; al contrario, parecía serio y taciturno; rehuía el trato con la gente en general, y se mostraba habitualmente reservado, incluso con sus amigos más íntimos. Estaba claro que le había sucedido algo, o había hecho algo. ¿Qué? ¿Había matado a alguien? ¿Se había vuelto nihilista? ¿O había un fracaso amoroso en el fondo de todo esto? Algunos afirmaban que se trataba de una nube pasajera, y que no tardaría en írsele. Sin embargo, hasta el periodo sobre el que ahora escribo, no se le había ido, sino que más bien su tristeza iba en aumento, y amenazaba con volverse crónica.

Entre tanto, me lo había encontrado dos veces o tres en el club, en la ópera o en la calle; pero hasta ahora no había tenido ocasión de renovar de manera regular mi trato con él. En otro tiempo habíamos mantenido una amistad más estrecha de lo habitual, y me negaba a creer que no quisiera él reanudar nuestra antigua relación. Pero lo que había oído sobre su cambio de actitud, y lo que había visto por mí mismo, añadían un estimulante matiz de suspense o curiosidad al placer que prometía la perspectiva de esta velada. Su casa se hallaba a unas dos o tres millas del área urbana de Nueva York, en aquel tiempo; y mientras caminaba deprisa, con el aire limpio del anochecer, tuve tiempo de repasar mentalmente todo lo que sabía de Ken, y lo que había llegado a adivinar de su carácter. Al fin y al cabo, ¿no había habido siempre en su naturaleza —en su fondo, e inhibido por la actividad de sus espíritus animales— algo extraño y singular y, caso de darse las condiciones favorables, susceptible de transformarse en… qué? Cuando me hacía esta pregunta, llegué a su puerta; y un momento después acogí con una sensación de alivio el apretón de su mano, y su voz que me daba la bienvenida en un tono que denotaba sincero agradecimiento por mi presencia. Me condujo directamente a su estudio, me recogió el sombrero y el bastón, y luego me puso una mano en el hombro.

—Me alegro de verte —repitió, con singular seriedad—; me alegro de verte, y de tenerte cerca. Especialmente, esta noche del año.

—¿Por qué esta noche en particular?

—Ah, qué importa. Y también me alegro de que no me hayas anunciado que ibas a venir; la improvisación es el todo, para parafrasear al poeta. Bueno, teniéndote aquí, podré tomarme un vaso de whisky con agua y fumarme una pipa. Habría sido una noche desagradable para mí, si llego a pasarla solo.

—¿Rodeado de este lujo? —dije, paseando la mirada por la chimenea encendida, los bajos butacones, y el rico y suntuoso mobiliario de la habitación—. Creo que hasta un condenado a muerte podría sentirse a gusto aquí.

—Quizá; pero en la actualidad, no es ésa exactamente mi categoría. Pero ¿has olvidado qué noche es hoy? Es víspera de Todos los Santos, la fecha en que, según la tradición, salen los difuntos y las hadas y los duendes, y en que toda clase de espíritus gozan de más libertad y poder que el resto del año. Cómo se ve que no has estado nunca en Irlanda.

—Hasta ahora, no sabía que hubieras estado allí.

—Pues sí; he estado en Irlanda. Sí… —calló, suspiró, y se sumió en una especie de ensoñación de la que, no obstante, salió en seguida con un esfuerzo, y fue al armario de un rincón a traer la bebida y el tabaco. Mientras él hacía eso, me di una vuelta por el estudio, reparando en las diferentes bellezas, objetos grotescos y curiosidades que contenía. Muchas de estas cosas eran merecedoras de interés y admiración; porque Ken era un buen coleccionista y tenía un gusto excelente, así como medios para satisfacerlo. Pero, en general, nada me interesó tanto como unos estudios de cabeza de mujer, trazados rudimentariamente al óleo; a juzgar por el sitio retirado donde los encontré, el artista no pensaba exponerlos o someterlos a la crítica. Se trataba de tres o cuatro estudios, todos de la misma cara, aunque en distintas posturas y con tocados diferentes. En uno, la cabeza estaba cubierta con una capucha negra que ensombrecía y ocultaba parcialmente el rostro; en otro, la joven parecía mirar oscuramente a través de una celosía apenas iluminada por la luna; un tercero la mostraba espléndidamente atavida con traje de noche, joyas en el pelo y las orejas, y centelleando sobre su niveo pecho. Las expresiones eran tan variadas como las poses: reflejaban bien una recatada penetración, bien una mirada sutilmente invitadora, bien una pasión ardiente, o bien una mirada de traviesa y evasiva burla. En todas estas facetas, el rostro estaba dotado de intensa fascinación que procedía no sólo de su belleza, aunque ésta era sorprendente, sino también de su carácter y calidad.

—¿Has descubierto a esta modelo en el extranjero? —pregunté por fin—. Se nota que te ha inspirado; y no me extraña.

Ken, que había estado preparando las bebidas y no se había dado cuenta de mis movimientos, alzó los ojos ahora, y dijo:

—No quería que los viese nadie. No me gustan, y los voy a quemar; pero no descansaré hasta que consiga reproducir… ¿Qué has dicho? ¿En el extranjero? Sí… o mejor, no. Los he pintado aquí, en las últimas seis semanas.

—Te gusten o no, son, con mucho, lo mejor que he visto de ti.

—Bueno, deja eso y dime qué te parece este combinado. En mi opinión, viene como anillo al dedo. Debe su existencia a tu visita. No puedo beber solo, y esos retratos no son una compañía; aunque, por lo que sé, esa mujer sería capaz de salir del lienzo esta noche, y sentarse en esa butaca —seguidamente, al ver mi mirada interrogante, añadió con una risita atropellada—: Es víspera de Todos los Santos, recuerda; la noche en que puede ocurrir cualquier cosa, con tal que sea extraña. Bueno, a nuestra salud.

Bebimos los dos un largo trago de humeante y aromático licor, y dejamos los vasos con aprobación. Era un ponche excelente. Ken abrió ahora una caja de cigarros, y nos acomodamos ante la chimenea.

—Todo lo que necesitamos —comenté, tras un breve silencio—, es un poco de música. A propósito, ¿tienes aún el banjo que te regalé poco antes de marcharte?

Guardó silencio tanto tiempo antes de contestar que pensé que no había oído mi pregunta.

—Lo tengo —dijo por fin—; pero nunca más volverá a producir música.

—Se ha roto, ¿eh? ¿No podrías mandarlo arreglar? Era un buen instrumento.

—No está roto, pero no tiene arreglo. Tú mismo lo vas a ver.

Se levantó mientras hablaba y, dirigiéndose a otra parte del estudio, abrió un cofre de oscura madera de roble y sacó de él un objeto largo envuelto en un trozo de seda amarilla. Me lo tendió; y al desenvolverlo, apareció algo que en otro tiempo podía haber sido un banjo, aunque ahora se asemejaba muy poco. Tenía una pinta viejísima. La madera del mástil estaba acribillada de agujeros de carcoma, y hecha polvo. El parche de pergamino estaba verdoso de moho y colgaba en jirones encogidos. El aro, de plata maciza, estaba tan ennegrecido y deslustrado que parecía hierro desvencijado. Le faltaban las cuerdas, y la mayoría de las clavijas se habían caído de sus agujeros. Era como si lo hubieran hecho antes del diluvio, y hubiera quedado olvidado en el castillo de proa del Arca de Noé.

—Es una curiosa reliquia, desde luego —dije—. ¿De dónde la has sacado? No tenía idea de que el banjo hubiera sido inventado hace tanto. Desde luego, éste no tiene menos de doscientos años; puede que incluso más.

Ken sonrió con tristeza.

—Estás totalmente en lo cierto —dijo—; lo menos tiene doscientos años; sin embargo, es el mismo banjo que me regalaste el año pasado.

—Eso es muy difícil —repliqué, sonriendo a mi vez—, ya que lo encargué expresamente para regalártelo.

—Lo sé; pero desde entonces han pasado doscientos años. Sí; es imposible y absurdo, lo reconozco; sin embargo, es así. Ese banjo, construido el año pasado, existió en el siglo XVI, y desde entonces lo ha estado devorando la carcoma. Espera. Concédeme un momento, y te convencerás. ¿Recuerdas que grabaste tu nombre y el mío, con la fecha, en el aro de plata?

—Sí; con una marca mía particular, también.

—Muy bien —dijo Ken, que había estado frotando una parte del aro con una punta de la funda de seda amarilla—; pues mira.

Cogí el decrépito instrumento de sus manos, y examiné el lugar que acababa de frotar. Era increíble, por supuesto; pero allí estaban los nombres y la fecha, exactamente como yo había mandado que los grabasen; y allí, además, estaba mi propia marca personal, que yo había hecho caprichosamente con una vieja punta de grabador, no hacía ni dieciocho meses. Tras cerciorarme de que no había error posible, dejé el banjo sobre mis rodillas, y me quedé mirando a mi amigo con perplejidad. Él siguió fumando con una especie de fría calma, con la mirada fija en los troncos encendidos.

—Estoy desconcertado lo confieso —dije—. Dime, ¿cuál es la broma? ¿Qué método has descubierto para producir un deterioro de siglos en este desventurado banjo de unos meses? ¿Y por qué lo has hecho? He oído hablar de un elixir que contrarresta los efectos del tiempo, pero tu fórmula parece que funciona en sentido contrario: hacer que el tiempo corra para unas cosas doscientas veces su velocidad normal, mientras que el resto va tranquilamente a su paso. Revélame, oh mago, el misterio. En serio, Ken: ¿cómo diablos ha ocurrido?

—No sé del asunto más de lo que sabes tú —contestó—. O tú y yo y el mundo entero estamos locos, o se ha operado un milagro tan singular como cualquiera de los de la tradición. ¿Cómo puedo explicarlo? Es conocimiento de todos (experiencia de todos, si quieres) que, en ocasiones difíciles o terribles, podemos vivir años en un instante. Pero se trata de una experiencia mental, no física; y en todo caso, afecta sólo a los seres humanos, no a los objetos inertes de madera y metal. Tú piensas que se trata de un truco o una broma. Si lo es, no conozco su secreto. Que yo sepa, no hay fórmula química que reduzca una pieza maciza a ese estado en cuestión de unos meses, o de unos años. Y no se ha producido en unos años, ni en unos meses. Hace un año hoy, a esta misma hora, el banjo estaba tan flamante como cuando salió de las manos del artesano; veinticuatro horas después (te estoy diciendo la pura verdad) se encontraba como lo ves ahora.

Estaba claro que la gravedad y seriedad con que Ken hizo esta asombrosa declaración no eran fingidas. Creía cada palabra que decía. Yo no sabía qué pensar. Por supuesto, puede que mi amigo estuviera loco, aunque no mostraba ninguno de los síntomas ordinarios del maníaco; pero, fuera como fuese, allí estaba el banjo, cuyo mudo testimonio era irrefutable. Cuanto más le daba vueltas al asunto, más inconcebible me parecía. Doscientos años… veinticuatro horas; éstos eran los términos de la ecuación. Ken y el banjo afirmaban que la ecuación se había cumplido; todo el saber y la experiencia del mundo afirmaban que no era posible. ¿Cuál era la explicación? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la vida? En cuanto a mí, notaba que empezaba a dudar de la realidad de todo. Así que éste era el misterio en el que mi amigo había estado inmerso desde su regreso del extranjero. No era extraño que le hubiese cambiado. Lo extraño era que no le hubiese cambiado más.

—¿Puedes contarme la historia completa? —le pregunté finalmente.

Ken bebió otro sorbo de su vaso de whisky con agua, y se frotó la mano en su espesa barba marrón.

—Nunca había hablado de esto hasta hoy —dijo—, ni lo quería hacer. Pero trataré de darte una idea de lo ocurrido. Tú me conoces mejor que nadie; así que lo comprenderás… hasta donde se puede comprender; y quizá eso me alivie la opresión que me produce. Porque es un recuerdo espantoso para intentar resolverlo solo, te lo aseguro.

Tras estas palabras, y sin más preámbulo, Ken me contó la siguiente historia. Debo decir, a propósito, que era un excelente narrador. Tenía una voz profunda, morosa, capaz de intensificar de manera sorprendente el efecto patético o cómico de una frase, deteniéndose en una sílaba aquí o allá. Su rostro sabía transmitir igualmente expresiones humorísticas o solemnes. Y sus ojos eran, por su forma y color, prodigiosamente aptos para revelar multitud de emociones; su aspecto lúgubre era extremadamente serio y conmovedor, y cuando Ken abordaba algún pasaje misterioso del relato, adquirían una mirada dubitativa, melancólica, exploratoria, terriblemente sugestiva para la imaginación. Pero el interés que despertaban sus palabras era demasiado absorbente para notar estos adornos accidentales en ese momento aunque sin duda influyeron en mí.

—Salí de Nueva York, como recordarás, en un vapor de la Inman Line —comenzó Ken—, y desembarqué en El Havre. Hice el consabido periplo turístico por el Continente, y llegué a Londres en julio, en pleno verano. Llevaba buenas presentaciones, y conocí un montón de personas agradables y famosas. Entre ellas había una joven compatriota mía (sabes a quién me refiero), que se interesó muchísimo por mí; y antes de que su familia abandonase Londres, formalizamos nuestras relaciones ella y yo. Luego nos separamos, porque ella tenía que hacer aún su recorrido por el Continente, mientras que yo quería aprovechar la ocasión para visitar el norte de Inglaterra e Irlanda. Desembarqué en Dublín el uno de octubre y, zigzagueando por la isla, me encontré, unas dos semanas más tarde, en el condado de Cork.

»Hay en esa región algunos de los escenarios más encantadores que el ojo humano ha contemplado nunca, y parece que es menos conocida de los turistas que muchos lugares infinitamente menos pintorescos. Se trata de una región solitaria: durante mis vagabundeos, no topé con un solo extranjero como yo, y vi muy pocos naturales. Parece increíble que tan hermosa región se encuentre tan despoblada. A cada docena de millas irlandesas que recorres, llegas a un grupo de dos o tres casas de una sola pieza y, lo más probable, una o más tendrán hundida la techumbre y las paredes en ruinas. Los pocos campesinos que se ven, no obstante, son amables y hospitalarios, sobre todo cuando se enteran de que llegas de este paraíso terrenal adonde la mayoría de sus amigos y parientes han ido antes que ellos. Parecen bastante simples y primitivos a primera vista, aunque son una raza extraña e incomprensible como la que más. Son supersticiosos, y creen tan firmemente en prodigios, hadas, magos y presagios como los hombres a los que predicó san Patricio; y a la vez son astutos, escépticos, prudentes, y redomados embusteros. Resumiendo, no he conocido en mis viajes una nación cuya gente me haya hecho disfrutar tanto, o me haya inspirado tanta amabilidad, curiosidad y repugnancia.

»Finalmente llegué a un pueblo de la costa que no quiero especificar, del que sólo diré que se encuentra a no muchas millas de Ballymacheen, en la costa sur. He visto Venecia y Nápoles; he viajado por la Cornice Road, he pasado un mes en nuestros Mount Desert, y puedo decirte que todo eso junto no es tan bello como ese dorado, encendido, resplandeciente y antiguo puerto y ciudad, con sus montes alrededor, y los negros acantilados y promontorios hundiendo sus pies de hierro en el mar azul y transparente. Es un lugar antiquísimo, y tiene una historia que viene de siglos. En otro tiempo, debió de tener dos o tres mil habitantes; hoy apenas llega a los quinientos o seiscientos. La mitad de las casas son meras ruinas, o han desaparecido; muchas de las que quedan están vacías. Toda la gente es pobre; la mayoría está en la miseria; andan descalzos, con la cabeza descubierta, las mujeres con típicos mantos negros o azul marino, los hombres llevan unas ropas tan raras que sólo un irlandés sabría ponerse, y los niños van medio desnudos. Los únicos con aspecto decente son los monjes, los sacerdotes y los soldados del fuerte. Porque hay un fuerte allí, construido sobre las enormes ruinas del castillo que debió de cumplir su papel durante el reinado de Eduardo, el Príncipe Negro, o antes, en cuyas troneras hay montados un par de cañones que de tarde en tarde disparan un cañonazo o dos de ejercicio hacia el acantilado del otro lado del puerto. La guarnición está formada por doce hombres y tres o cuatro oficiales y suboficiales. Supongo que serán relevados periódicamente; aunque los que vi parecían formar parte del entorno.

»Me alojé en una posada pequeña y antigua, la única del pueblo, con un comedor de cinco metros por tres, en el que había un retrato del rey Jorge I (una estampa con una capa de barniz para su protección), colgado sobre la chimenea. La segunda tarde, después de cenar, entró un joven caballero (el comedor era público, naturalmente) y pidió pan, queso y una botella de cerveza negra. Al poco rato entablamos conversación; resultó ser un oficial del fuerte, el teniente O’Connor: apuesto y joven ejemplar de soldado irlandés. Después de contarme cuanto sabía del pueblo, de los alrededores, de sus amigos y de sí mismo, manifestó clara disposición a acoger con simpatía cualquier historia que yo decidiera verter en su oído; y disfruté intentando competir con su locuacidad. Nos hicimos excelentes amigos; nos tomamos media pinta de whisky de Kinahan, y el teniente habló en términos elogiosos de mis compatriotas, de mi país y, en especial, de mis cigarros. Cuando le llegó el momento de irse, le acompañé (había una luna esplendorosa fuera), y me despedí en la entrada del fuerte, después de prometerle volver al día siguiente para que me presentara a sus compañeros. “¡Vaya con cuidado ahora, al regresar, muchacho —me gritó, cuando emprendí el camino vuelta—; es un sitio encantado, el cementerio ese, y puede tropezarse con la mujer de negro o algo por el estilo!”.

»El cementerio era un sitio inhóspito y desolado, situado en la ladera, justo al lado del fuerte: un conjunto de treinta o cuarenta lápidas, de las que pocas conservaban la verticalidad, y casi todas tan rotas y erosionadas que no parecían sino elevaciones naturales del terreno. No tenía ni idea de quién era la mujer de negro, pero no me entretuve en preguntarlo, ya que jamás me han dado miedo los espectros; y a decir verdad, aunque el camino por el que tenía que ir atravesaba sitios abruptos, sin mencionar el paso por un puente en ruinas que cruzaba un riachuelo que corría encajonado, llegué a la posada sin novedad.

»Al día siguiente hice la prometida visita al fuerte, y no tuve motivo alguno para arrepentirme: mis sentimientos amistosos fueron abundantemente correspondidos, gracias, sobre todo, al éxito de mi banjo, que llevé conmigo, y que resultó ser tan original como bien acogido entre los que lo escucharon. Los principales personajes del círculo social, además de mi amigo el teniente, eran el comandante Molloy, que estaba al mando, avispado y chispeante veterano con una cara como un sol, y el doctor Dudeen, cirujano, personaje alto, reseco y gracioso, con una cantidad de anécdotas e historias locales en la cabeza como no he visto otra igual. Pasamos una tarde divertida, precursora de muchas más. Transcurrieron deprisa los últimos días de octubre, y tuve que recordarme a mí mismo que era un viajero que visitaba Europa, y no un residente de Irlanda. El comandante, el cirujano y le teniente protestaron cordialmente contra mi decisión de irme; pero dado que era irremediable, organizaron una cena de despedida en el fuerte la víspera de Todos los Santos.

»¡Quisiera que hubieses estado conmigo en aquella cena! Fue la quintaesencia de la camaradería irlandesa. El doctor Dudeen estuvo de lo más inspirado; el comandante se reveló mejor que la mejor de las novelas de Lever; el teniente rebosaba de buen humor, ocurrencias y rapsodias sentimentales referente a esta o aquella muchacha de la vecindad. En cuanto a mí, hice sonar el banjo como jamás lo había hecho, y los demás se unieron a coro con una melodiosa fuerza de pulmones que no suele oírse a menudo fuera de Irlanda. Entre las historias con que nos entretuvo el doctor Dudeen, hay una sobre el Kern de Querin y su esposa, Etelinda Fionguala (que traducido significa “la del hombro blanco”). La dama, al parecer, había estado originalmente prometida a un tal O’Connor —aquí el teniente chascó los labios—, pero fue raptada la noche de boda por un grupo de vampiros, los cuales, por lo visto, eran en aquel entonces el problema más llamativo de Irlanda.

Pero cuando se la llevaban (inconsciente) a una cena en la que la dama no iba a comer, sino a ser comida, el Kern de Querin, que casualmente había salido a la caza del pato, topó con la comitiva, y descargó su escopeta sobre ellos. Los vampiros huyeron, y el Kern se llevó a su hermosa dama, todavía inconsciente, a casa.

»—A propósito, señor Keningale —comentó el doctor, sacudiendo la ceniza de su pipa—, usted pasa por delante de esa misma casa al venir aquí. Es la del arco oscuro, abajo, y el gran ventanal con parteluz en la esquina, recordará, colgado sobre la misma calle, por así decir.

»—Deje ahora la casa, doctor Dudeen —interrumpió el teniente—; ¿no ve que estamos ansiosos por saber qué le pasó a la dulce señorita Fionguala, Dios se apiade de ella, cuando la subíamos a ponerla a salvo…

»—Haya fe, señor O’Connor —exclamó el comandante, imprimiendo un movimiento rotatorio a lo que quedaba de whisky en su vaso—. Esa es una cuestión que hay que resolver por principios generales, como dijo el coronel O’Halloran cuando le preguntaron qué habría hecho si hubiese sido él el duque de Wellington y los prusianos no hubieran llegado a tiempo a Waterloo. “Haya fe, dijo el coronel: os voy a decir…”

»—¡Vamos, comandante, por qué interrumpe al doctor, y deja que el señor Keningale esté con el vaso vacío mientras escucha…! ¡Válgame Dios! ¡La botella está seca!

»Con la excitación provocada por este descubrimiento, el doctor perdió el hilo del relato; y antes de que pudiera recobrarlo, la noche había avanzado tanto que comprendí que era hora irme. Me costó conseguir que oyesen y entendiesen mi decisión, y algo más ponerla en práctica; de manera que habían dado ya las doce, cuando me hallé fuera del fuerte, aspirando el aire fresco y puro, y con las despedidas de mis alegres compañeros resonándome en el oído.

»Teniendo en cuenta que había sido una noche “mojada” bajo techo, me encontraba en un estado de conservación bastante bueno; así que cuando, a los pocos metros, tropecé y me caí, lo achaqué a la aspereza del camino, más que a la suavidad del licor. Al levantarme, me pareció oír una risa, y supuse que el teniente, que me había acompañado a la puerta, se divertía con mi percance. Pero al mirar a mi alrededor, observé que la puerta estaba cerrada y que no se veía a nadie. La risa, además, había sonado cercana, incluso atiplada, más a voz femenina que masculina. Naturalmente, me había equivocado: no había nadie cerca de mí. O mi imaginación me había gastado una broma, o había más verdad que poesía en la creencia de que la víspera de Todos los Santos es tiempo de carnaval para los espíritus desencarnados. En aquel momento no se me ocurrió que los supersticiosos irlandeses consideran un mal presagio tropezar; aunque de haberlo recordado me habría reído de tal creencia. El caso es que no me hice ningún daño al caer, y reanudé mi camino en seguida.

»Pero era dificilísimo distinguir el camino; o más bien, no era el camino de siempre el que seguía. No lo reconocía; habría podido jurar (aunque yo sabía que no era así) que jamás lo había visto antes. Había salido la luna, si bien la ocultaban unas nubes: pero ni mi entorno inmediato, ni el aspecto general de la región, me parecían familiares. Las laderas ascendían a uno y otro lado oscuras y calladas, y el camino, en su mayor parte, se iba hundiendo como si me condujese a las entrañas de la tierra. El paraje estaba lleno de ecos extraños, de manera que a veces me daba la impresión de que caminaba en medio de murmullos misteriosos y voces bisbiseantes; el sonido apagado de una risa frenética parecía resonar de cuando en cuando entre los montes. Había corrientes de aire frío que suspiraban en angostos desfiladeros y oscuras hendiduras, y pasaban rozándome la cara con tenues dedos. Comenzó a apoderarse de mí cierta sensación de inquietud e inseguridad, aunque sin ninguna causa definible, salvo el haberme retrasado en regresar. Con el instinto perverso del que se ha extraviado, apreté el paso; pero de vez en cuando me sentía impulsado a mirar hacia atrás, por encima del hombro, con la sensación de que me seguían. Pero no se veía una sola criatura viviente. La luna, sin embargo, había, ascendido, y las nubes recorrían lentas el cielo y proyectaban en el pelado valle oscuras sombras que, de cuando en cuando, adoptaban formas vagamente semejantes a gigantescas figuras humanas.

»No sé el tiempo que llevaba corriendo, cuando, como de improviso, descubrí que me estaba acercando a un cementerio. Se hallaba en la estribación de un monte, y no tenía valla alrededor, ni nada que impidiese la entrada a quien pasase por allí. Había algo en el aspecto general de este lugar que me hizo medio imaginar que lo había visto antes. Y sin duda lo habría tomado por el mismo que había en el camino del fuerte; pero éste se encontraba a unos metros de sus murallas, mientras que ahora llevaba recorridas varias millas, quizá. Al acercarme, además, observé que las lápidas no parecían tan antiguas y deterioradas como las del otro. Pero lo que me llamó la atención sobre todo fue la figura apoyada o medio sentada en una de las lápidas más grandes, cerca del camino. Era una figura femenina, vestida de negro; y al mirarla más de cerca (no tardé en encontrarme a unos metros de ella), descubrí que llevaba una calla o capa larga con capucha: el vestido más antiguo y usual de las irlandesas, sin duda de origen español.

»Me sobresalté un poco ante esta aparición: tan inesperada fue, y tan extraño me pareció que un ser humano estuviese a esas horas de la noche en lugar tan siniestro y desolado. Al llegar a su altura me detuve involuntariamente, y la miré con atención. Pero la luna le daba de espaldas, y la profunda capucha le ocultaba la cara tan por completo que no conseguí distinguir nada salvo el centelleo de un par de ojos que parecieron responder a mi mirada con gran vivacidad.

»—Me da la impresión de que es usted de por aquí —dije finalmente—. ¿Podría decirme dónde me encuentro?

»A lo cual el misterioso personaje prorrumpió en una risa ligera que, aunque musical y agradable, su tono y su timbre hicieron que el corazón me latiera con más violencia de la que mi reciente carrera podía justificar; porque era una risa idéntica (o así me la presentó mi imaginación) a la que había sonado en mis oídos al levantarme del suelo tras la caída, hacía una hora o dos. Por lo demás, era una risa de mujer joven —probablemente guapa—, aunque estaba dotada de un timbre violento, frívolo, burlón, de manera que casi no parecía humana, o en todo caso, propia de un ser de afectos y limitaciones como nosotros. Pero esta impresión mía se debía, sin duda, a las insólitas y extrañas circunstancias del momento.

»—Por supuesto, señor —dijo—. Está usted en la sepultura de Etelinda Fionguala.

»Mientras hablaba, se puso de pie, y señaló la inscripción de la lápida. Me incliné, y pude descifrar el nombre sin dificultad, y una fecha que indicaba que la ocupante de la sepultura debió de abandonar su estado material hacía dos o tres siglos.

»—¿Y quién es usted? —le pregunté a continuación.

»—Yo me llamo Elsie —replicó—. Pero ¿adónde va su señoría la víspera de Todos los Santos?

»Le dije mi dirección, y le pregunté si podía orientarme.

»—Claro que sí; porque allí me dirijo yo también —replicó Elsie—; y si su señoría quiere seguirme, y tocarme una canción con ese precioso instrumento, más corto se nos hará el camino.

»Señaló el banjo que yo llevaba envuelto bajo el brazo. No entendía cómo había adivinado que era un instrumento musical; probablemente, pensé, me había visto tocarlo cuando andaba yo por los alrededores del pueblo. Sea como fuere, no puse objeciones a tal sugerencia, y le dije que, además, a nuestra llegada la recompensaría de forma más sustanciosa. A lo cual se echó a reír otra vez, e hizo un gesto extraño con la mano por encima de la cabeza. Desenvolví el banjo, pasé los dedos por sus cuerdas, y ataqué una música bailable, a cuyos compases reanudamos el camino, Elsie ligeramente delante, siguiendo con los pies el ritmo de la música. En realidad, caminaba tan ligera, con un movimiento tan ondulante y elástico, que un poco más y habría flotado como un espíritu. La extrema blancura de sus pies atrajo mi mirada, y me sorprendió descubrir que en vez de descalzos, como al principio me había parecido, los llevaba enfundados en zapatillas de raso blanco, singularmente bordadas en hilo de oro.

»—Elsie —dije, alargando el paso para colocarme a su altura—, ¿dónde vive usted, y qué hace para vivir?

»—En realidad, vivo sola —contestó—; y si le interesa saber cómo, puede venir a verlo por sí mismo.

»—¿Acostumbra a pasear de noche por los montes así, sin zapatos?

»—¿Y por qué no? —preguntó a su vez—. ¿Dónde ha conseguido su señoría ese precioso anillo de oro que lleva en el dedo?

»El anillo en cuestión, aunque no de gran valor en sí, me había llamado la atención en una tienda de antigüedades de Cork. Era un objeto de diseño anticuado, y debió de pertenecer (así me lo había asegurado su vendedor) a uno de los primeros reyes o reinas de Irlanda.

»—¿Le gusta? —dije yo.

»—¿Piensa su señoría regalárselo a Elsie? —preguntó ella a su vez, en un tono insinuante y un movimiento de cabeza.

»—Tal vez, Elsie; con una condición. Soy artista; hago retratos de personas. Si me promete venir a mi estudio, y dejarme que la pinte, le daré el anillo, y algún dinero además.

»—¿Y me dará el anillo ahora? —dijo Elsie.

»—Sí, si usted me promete hacer lo que le pido.

»—¿Y tocará canciones para mí? —prosiguió ella.

»—Todas las que quiera.

»—Pero tal vez no sea yo lo bastante bonita para usted —dijo, con una mirada de sus ojos por debajo de la negra capucha.

»—En cuanto a eso, me arriesgaré —contesté riendo—; aunque de todos modos, me gustaría echar una ojeada antes, para recordarla —y diciendo esto, alargué la mano para retirarle la capucha. Pero Elsie me esquivó, no sé cómo, y se echó a reír por tercera vez, con la misma cadencia frívola y burlona.

»—Déme el anillo primero, y luego me verá —dijo zalamera.

»—Traiga la mano, entonces —repliqué quitándome el anillo del dedo—. Cuando nos conozcamos mejor, Elsie, no será usted tan recelosa.

»Elsie tendió su mano delgada, delicada, y deslicé el anillo en su dedo índice. Al hacerlo, los pliegues de su capa se apartaron un poco, permitiéndome descubrir entonces un hombro blanco, y un vestido que, en la engañosa semioscuridad, parecía hecho de un tejido rico y costoso; y percibí, o así me pareció, un frío centelleo de piedras preciosas.

»—¡Eh, mire dónde pisa! —dijo Elsie en un tono brusco, repentino.

»Miré a mi alrededor, y me di cuenta por primera vez de que estábamos casi en el centro de un puente en ruinas, el cual cruzaba un rápido riachuelo que corría muy abajo, a considerable profundidad. Tenía roto el pretil de un lado, y sin duda había corrido peligro de dar un paso en el vacío. Avancé precavidamente por la deteriorada estructura; y al volverme para ayudar a Elsie, no la vi por ninguna parte.

»¿Qué le había pasado a la joven? La llamé, pero no obtuve respuesta. Miré en todas direcciones, pero no vi ni rastro de ella. A no ser que hubiera caído por el estrecho precipicio que se abría a mis pies, no había sitio donde esconderse… Al menos, que yo pudiese descubrir. Con todo, se había evaporado; y dado que su desaparición debió de ser intencionada, concluí que era inútil ponerme a buscarla. Ya reaparecería cuando quisiera; y si no, que no lo hicera. Me había eludido muy hábilmente, y no me quedaba otro remedio que resignarme. Tal vez la aventura había merecido un anillo.

»Al reanudar la marcha, me alivió no poco descubrir que otra vez reconocía dónde estaba. El puente que acababa de cruzar no era otro que el que te he dicho hace un momento; estaba a menos de una milla del pueblo, y veía el camino despejado ante mí. Por lo demás, la luna había salido de entre las nubes y brillaba con intensidad. Fueran cuales fuesen sus defectos, Elsie había sido una guía digna de confianza; me había devuelto de la región de los duendes al mundo material. Desde luego, había tenido un lance singular; y me puse a pensar en ella con una sensación de misterioso placer, mientras caminaba, tarareando trozos de canciones y acompañándome con las cuerdas del banjo. ¡Atención! ¿Qué pisadas sonaban detrás de mí? Parecían las de Elsie; pero no; Elsie no estaba allí. Varias veces se repitió esta misma impresión, o alucinación, antes de llegar a los aledaños del pueblo… eran unas pisadas de pies ligeros, detrás de mí, o a mi lado. Esta sensación no me puso nervioso en absoluto; al contrario, me encantó la idea de que me siguieran, y me sumí en una grata y romántica ensoñación.

»Después de pasar una o dos casas musgosas de techumbre hundida, me interné por la calle estrecha y tortuosa que atraviesa el pueblo. A cierta distancia de su entrada se ensancha un poco, como para dejar espacio al caminante y poder contemplar un edificio vetusto y notable que se alza en la parte norte. Estaba construido en piedra, y era de noble estilo arquitectónico; me recordaba ciertos palacios de la antigua nobleza italiana que yo había visto en el Continente, y muy probablemente había sido erigido por alguno de los inmigrantes italianos o españoles del siglo XVI o XVII. Las molduras de las ventanas saledizas y los arcos de las puertas estaban ricamente esculpidos, y sobre la fachada había un escudo labrado en altorrelieve, aunque no logré distinguir el motivo de su divisa. La luna que caía sobre esta fábrica pintoresca realzaba toda su belleza, y al mismo tiempo le confería una calidad de visión que quizá se disolvería en cuanto la luz dejase de brillar. Evidentemente, había visto esta casa muchas veces; sin embargo, no conservaba un recuerdo claro de ella; hasta ahora, no me había detenido a examinarla con los ojos abiertos, por así decir. Apoyado en la pared de enfrente, la estuve contemplando largo rato a placer. La ventana de la esquina era un trabajo realmente bello y soberbio. Sobresalía por encima de la acera, proyectando una espesa sombra oblicua; los marcos de las celosías de trazos romboidales estaban separados con gruesos parteluces. ¡Cuántas veces habría sido abierta esa celosía por una mano hermosa, revelando al amante, que esperaría abajo a la luz de la luna, el semblante encantador de su noble amada! Aquéllos fueron tiempos valerosos. Hacía mucho que habían pasado. La enorme casona se alzaba vacía quién sabe desde cuándo; sólo los murciélagos y las sabandijas eran sus habitantes. ¿Dónde estaban ahora los que la habían construido? ¿Y quiénes eran? Probablemente habían sido olvidados hasta sus nombres.

»Mientras seguía mirando hacia arriba, me asaltó una conjetura que rápidamente se hizo convicción. ¿No era ésta la casa que el doctor Dudeen había descrito esa misma noche como la que fue en otro tiempo morada del Kern de Querin y su misteriosa desposada? Tenía una ventana salediza y una puerta con arco. Sí; no había duda de que era la misma casa. Exhalé una baja exclamación de interés y placer, y mis especulaciones adoptaron un cariz más imaginativo, pero también más definido.

»¿Cuál había sido el destino de aquella dama encantadora después de que el Kern la devolviera a casa, inconsciente, en sus brazos? ¿Se recobró y se casaron y fueron felices, o había tenido un trágico final? Recordaba haber leído que, por lo general, las víctimas de los vampiros se vuelven vampiros a su vez. Luego, mis pensamientos volvieron a aquella sepultura de la ladera. Seguramente no era terreno consagrado. ¿Por qué la habían enterrado allí? ¡Etelinda la del Hombro Blanco! ¡Ah! ¿Por qué no habría vivido yo en aquellos tiempos?; ¿o por qué no podría, mediante alguna magia, hacer que volviera a vivir para mí? Entonces buscaría esta misma calle a media noche, vendría al pie de su ventana, y tocaría levemente las cuerdas de mi pandora hasta que se abriese cautamente la ventana y se asomase ella. ¡En verdad, sería una dulce visión! Pero ¿qué me impedía hacerlo realidad? Sólo una cuestión de dos siglos o así. ¿Acaso era el tiempo, que los poetas y los filósofos miran con desprecio, una sustancia tan rígida y real que un poco de fe y de imaginación no podían vencerla? En todo caso, tenía mi banjo, descendiente legítimo y directo de la pandora; así que el recuerdo de Fionguala tendría su cantar.

»Conque, tras afinar el instrumento, ataqué una antigua canción de amor española que había encontrado en cierta biblioteca polvorienta durante mis viajes, a la que había puesto música. Canté en voz baja, ya que la calle desierta repetía los sonidos más quedos, y lo que yo cantaba sólo debía llegar al oído de mi dama. Aquellos versos contenían el fuego de la antigua caballería española, y yo ponía en ellos, al expresarlas, toda la pasión de los amantes de romancero. Sin duda la oiría Fionguala, la del Hombro Blanco, y despertaría de su sueño de siglos, ¡y acudiría a asomarse a la ventana! ¡Chist! ¡Mira allí! ¿Qué luz… qué sombra es aquella que parece desplazarse vacilante de habitación en habitación, por la casa abandonada, y ahora se acerca a la ventana? ¿Son mis ojos, deslumbrados por efecto de la luz de la luna, o se mueven las hojas de la celosía? ¡Se abren! No; no es una ilusión; no es ningún engaño de los sentidos. Se trata, sencillamente, de una mujer; de una joven hermosa, ricamente vestida. Se asoma, y me hace señas de que me acerque.

»Demasiado asombrado para darme cuenta de mi asombro, avancé hasta el pie mismo de la ventana, y el rostro de la dama, al inclinarse sobre mí, estuvo a no más de dos veces la altura de un hombre sobre el mío. Sonrió, y se besó las puntas de los dedos; algo blanco ondeó en su mano; lo lanzó al aire y cayó al suelo, a mis pies. Un instante después se había retirado, y oí cerrarse la celosía.

»Recogí lo que había caído; era un delicado pañuelo de encaje, atado a la tija de una llave de bronce muy trabajada. Evidentemente, era la de la casa, y me invitaba a entrar. Le desaté el pañuelo, que conservaba un perfume débil, delicioso, como la fragancia de un jardín antiguo, y me dirigí a la puerta de los arcos. No sentía ningún temor, sino apenas una sensación de extrañeza. Todo era como yo había deseado que fuese, y como debía ser: la época medieval estaba nuevamente viva; en cuanto a mí, casi notaba la capa de terciopelo colgando de mi hombro, y el largo estoque balanceándose de mi cinturón. Una vez ante la puerta, metí la llave en la cerradura, la hice girar, y noté que cedía el pestillo. Un instante después se abrió la puerta hacia adentro; traspuse el umbral, volvió a cerrarse la puerta, y me encontré solo en la casa, a oscuras.

»¡Solo no! Al alargar la mano para buscar a tientas el camino, tropecé con otra mano, suave, delgada, fría, que se insinuó a la mía y me llevó adelante. Así que la seguí sin temor; la oscuridad era impenetrable, pero podía percibir el roce ligero de un vestido cerca de mí; y el mismo perfume delicioso que impregnaba el pañuelo enriquecía el aire que yo respiraba, en tanto la mano pequeña, que sujetaba la mía y que la mía sujetaba, apretaba y aflojaba alternativamente la presión de sus dedos suaves y fríos. De este modo, avanzando con paso ligero, recorrimos lo que me pareció un corredor largo e irregular, y subimos por una escalera. Luego otro corredor, hasta que nos detuvimos finalmente; se abrió una puerta, liberando un torrente de suave luz, y penetramos en ella, todavía cogidos de la mano. Habían terminado la oscuridad y la duda.

»La estancia era de imponentes dimensiones, y estaba amueblada y decorada en un estilo de antiguo esplendor. Tenía las paredes cubiertas con tapices de tonos suaves; manojos de velas ardían en candelabros de plata bruñida, cuyas llamas se reflejaban y multiplicaban en altos espejos situados en los cuatro rincones. En el techo se cruzaban en ángulo recto las gruesas vigas de oscuro roble laboriosamente talladas; las cortinas y el tapizado de las sillas eran de damasco profusamente adornado. En un extremo de la habitación había una ancha otomana, y frente a ella una mesa sobre la que había puesta, en vajilla de plata maciza, una suntuosa comida, con vinos en jarras de cristal de roca. A un lado había una chimenea inmensa y profunda, con espacio suficiente para quemar troncos enteros. Sin embargo, no había fuego encendido, sino sólo un montón de tizones apagados. Y la habitación, pese a toda su magnificencia, era fría —fría como una tumba, o como la mano de mi dama—; y su frío me iba invadiendo de manera sutil y solapada el corazón.

»Pero, ¡ah, mi dama! ¡Qué hermosa era! Apenas me fijé en la habitación; mis ojos y mis pensamientos estaban puestos en ella. Iba vestida de blanco como una novia; en su pelo negro y su niveo pecho centelleaban diamantes; en su rostro encantador y en sus labios delgados había una palidez que el oscuro brillo de sus ojos hacía más intensa. Me miró con una sonrisa evasiva y extraña; sin embargo, pese a esa extrañeza, había algo en su aspecto y su ademán que me resultaba familiar; como el estribillo de una canción oída hacía tiempo y que evocaba otras circunstancias y otro tiempo. Me pareció que la reconocía una parte de mí, que la conocía y la había conocido siempre. Era la mujer con la que había soñado, a la que había visto en mis visiones, y cuya voz y rostro me habían obsesionado desde mi adolescencia. No sabía si nos habíamos conocido antes o no; quizá la había estado yo buscando a ciegas por el mundo, y ella me había estado esperando en esta espléndida habitación, sentada junto a estos tizones apagados, hasta que su sangre perdió todo el calor, sólo para recobrarlo con el fuego que mi amor le podía dar.

»—Creí que me habías olvidado —dijo, asintiendo en respuesta a mis pensamientos—. La noche está muy avanzada ya… ¡nuestra única noche del año! ¡Qué gozo he sentido en el corazón al oír tu voz amada cantando la canción que conozco tan bien! ¡Bésame… tengo los labios fríos!

»Efectivamente, los tenía fríos… como los labios de la muerte. Pero el calor de los míos pareció hacerlos revivir. Ahora se tiñeron de un débil color, y en sus mejillas apareció también un matiz sonrosado. Aspiró con más energía, como la persona que se recobra de un letargo prolongado. ¿Era mi vida, que la estaba alimentando? Yo estaba dispuesto a dárselo todo. Me llevó a la mesa y me señaló los manjares y el vino.

»—Come y bebe —dijo—. Has hecho un largo viaje y necesitas reponerte.

»—¿Comerás y beberás tú conmigo? —dije, sirviendo el vino.

»—Tú eres el único alimento que yo necesito —fue su respuesta—. Ese vino es flojo y frío. Dame el vino rojo y cálido de tu sangre, y apuraré la copa hasta las heces.

Ir a la siguiente página

Report Page