Vampiros

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El misterio de Ken - JULIAN HAWTHORNE

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»Al oír estas palabras, no sé por qué, me recorrió un leve estremecimiento. Ella parecía recobrar su fuerza y su vitalidad a cada instante; pero el frío de la gran estancia se iba apoderando de mí cada vez más.

»De pronto, prorrumpió en un torrente de alegría; se puso a palmotear y a bailar a mi alrededor como una chiquilla. ¿Quién era? ¿Y yo? ¿Era yo mismo, o se burlaba de mí cuando me dio a entender que nos pertenecíamos el uno al otro desde tiempo inmemorial? Por último, se detuvo a mi lado, y cruzó las manos sobre su pecho.

En el dedo índice de su mano derecha observé el centelleo de un antiguo anillo.

»—¿De dónde has sacado ese anillo? —pregunté.

»Meneó la cabeza y se echó a reír.

»—¿Me has sido fiel? —me preguntó—. Es mi anillo; el anillo que nos une. Es el que me diste cuando te enamoraste de mí. Es el anillo del Kern: el anillo mágico. Yo soy tu Etelinda… Etelinda Fionguala.

»—Sea —dije yo, desechando toda duda y temor, y rindiéndome por entero al encanto de sus ojos inescrutables y de sus labios invitadores—. Tuyo soy, y mía eres. Así pues, seamos felices mientras duren estas horas.

»—Mío eres, y tuya soy —repitió ella, asintiendo con mágica sonrisa—. Ven, siéntate junto a mí, y vuélveme a cantar esa dulce canción que me cantaste hace tanto tiempo. ¡Ah, cien años viviré ahora!

»Nos sentamos en la otomana; y mientras ella se arrellanaba voluptuosamente entre los cojines, cogí el banjo y me puse a cantar. La canción y la música resonaban en el alto techo de la estancia, y volvían en forma de un eco palpitante. Ante mí, mientras cantaba, tenía el rostro y la figura de Etelinda Fionguala, con su vestido de novia cuajado de pedrería, mirándome con ojos encendidos. Ya no estaba pálida, sino sonrosada y cálida; la vida ardía dentro de ella como una llama. Era yo quien ahora estaba frío y exangüe; aunque con el último rescoldo de vida que me quedaba le habría seguido cantando sobre el amor que no puede morir. Finalmente, sin embargo, se me emborronó la vista, se oscureció la habitación; la figura de Etelinda se me volvía distinta y difusa, alternativamente, como los últimos parpadeos de una llama. Avancé tambaleante hacia ella. Sentí que me hundía en la inconsciencia, y que apoyaba la cabeza en su hombro blanco.

Aquí Keningale interrumpió unos momentos su relato; echó otro leño al fuego, y luego prosiguió:

—Me desperté al cabo de no sé cuánto tiempo. Estaba en la sala inmensa y vacía de un edificio en ruinas. De las paredes colgaban jirones andrajosos de cortinajes, y espesos festones de telarañas, grises de polvo, cubrían las ventanas sin cristales ni marco: habían sido cegadas con toscas tablas, ya podridas por el tiempo, por cuyas rendijas y agujeros se colaban pálidos rayos de luz y ráfagas de aire frío. Un murciélago, molesto por esos rayos, o por algún movimiento que yo hice, se descolgó de un jirón del mohoso tapiz cercano a mí, y tras revolotear un momento en círculo por encima de mi cabeza, orientó el aleteo sigiloso de su vuelo hacia el rincón más oscuro. Al levantarme tambaleante del montón heterogéneo de basura sobre el que había estado, algo que descansanba sobre mis rodillas rodó por el suelo con un repiqueteo. Lo cogí: era mi banjo… en el estado que lo ves ahora.

»Bueno, eso es todo lo que puedo contarte. Mi salud salió seriamente quebrantada; era como si me hubieran sacado toda la sangre de las venas; estaba pálido. En cuanto al frío… ¡Ah! —murmuró Keningale, acercándose al fuego y extendiendo las manos para calentarse—, jamás me libraré de él. Tendré que soportarlo hasta la sepultura.

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