Una pobre vida

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I

En la penumbra amodorrante del aula resonó la voz por igual meliflua y despótica —voz de jesuita— del padre Casiano, que decía:

—El señor Velasco, que debe saberse perfectamente la lección, pues le veo con inmoderadas ganas de jugar, va a informarnos del número de asteroides que los astrónomos señalan entre Marte y Júpiter.

El interpelado se puso en pie, cohibido repentinamente bajo todas las miradas, fijas en él, de la clase.

—Pasan de doscientos —replicó.

—Doscientos cinco —precisó el maestro—. ¿Podría usted citarme algunos?…

Con torpe disimulo —a los doce años, hasta los futuros políticos, llamados a ser notabilidades en el arte de mentir, disimulan mal—, el pequeño señor Velasco dio un llamativo rodillazo a Ramoncito Hidalgo, el camarada que tenía a su izquierda, para que le apuntase; pero el aludido nada dijo, y discreto, retiró la pierna en donde recibiera el aviso.

El profesor añadió, con una sonrisita vejadora, terriblemente cruel, sobre la taimada delgadez de sus labios:

—¿No recuerda usted el nombre de ninguno? Casi todos llevan nombres tomados de la mitología o nombres de reinas: Penélope… Artemisa…

Esta vez el preguntado buscó en vano con los pies el contacto de su compañero, que se esquivaba cautamente, y de súbito se halló aislado, circundado por su ignorancia de obscuridad y de silencio, como perdido en la infinitud de los espacios interplanetarios. Unos segundos de penosa expectación transcurrieron.

El padre Casiano exclamó:

—Señor Hidalgo…

El alumno a quien todos sus condiscípulos, en quienes se repetía el odio de la Beoda a Atenas, detestaban por aplicado y cuidadoso de sus vestidos, se levantó.

—¿Puede usted citarme algunos de los asteroides que brillan entre Marte y Júpiter?

—Sí, señor. Los principales son: Penélope, Artemisa, Elena, Calixto, Diana, Olimpia, Europa, Virginia, Aglae…

—Muy bien; basta.

—Isis, Eufrosina, Vesta, Juno, Palas, Ceres…

—¡Basta! —atajó rotundo el padre Casiano—. No fatigue más su memoria.

Y dirigiéndose a Velasco:

—Córrase y ceda su asiento al señor Hidalgo. En mi clase, los primeros puestos los ocuparán los más estudiosos.

Sin esconder su despecho, el colegial castigado obedeció. A Ramoncito se le cayeron al suelo varios libros, y a lo largo de los bancos pintados de verde, se produjo un breve y contenido murmullo de risas. Restablecido el silencio, el padre Casiano continuó:

—Se llama perihelio…

Su voz monótona, ecuánime, correspondía bien a la frialdad y descarnada amarillez de su cara, y una y otra armonizaban con aquella semioscuridad entumecedora del salón, que hilaba sin cesar sobre los cerebros de la muchachería las telarañas invisibles del sueño.

De repente, abrasado en bermejas llamas de rencor, Dámaso Velasco increpó callandito a su compañero victorioso:

—Eres un «ventajista». Cuando salgamos de aquí te voy a hinchar los morros.

El amenazado miró al interpelante con inquietud. Era delgadito y tenía las facciones delicadas y los cabellos largos y peinados hacia atrás.

—¿A qué viene eso? —dijo.

—¿Por qué no me apuntaste los nombres de los asteroides?

—No pude.

—¿Por qué no pudiste, embustero… cochino… baboso?…

—Estaba el padre Casiano mirándonos.

—¿Y qué?… ¿Te iba a comer?… Di que quisiste lucirte. ¡Pues ha de pesarte!… Porque los dientes voy a hacértelos escupir uno a uno.

Hablando así aplicó a su rival un pellizco tan feroz, tan largo, que le obligó a gritar. El padre Casiano, que tenía la vigilante atención detenida en ambos, volvió la cabeza.

—Señor Velasco —exclamó—, siento manifestarle que ni hoy ni mañana comerá usted postre.

El amonestado bajó los ojos y guardó silencio. Sus compañeros estaban ciertos, sin embargo, de que tal serenidad era fingida, y de unas a otras ringleras de bancos voló inesperada y excitante la especie de que Dámaso Velasco y Ramoncito «el Empollón» —que con este remoquete señalaban todos al hijo del Conde del Zafiro— se pegarían aprovechando la hora de asueto que separaba la clase de Geografía de la de primer curso de Latín.

Así, no bien el padre Casiano terminó su lección, cuando los dos pequeños rivales se hallaron circuidos y hasta empujados por sus camaradas hacia cierto patinillo que para lances de este jaez servía de «ring» o palenque.

Que la pluralidad de las simpatías se las llevaba Velasco se dejaba ver en la crecidísima mayoría de condiscípulos que le rodeaban. Se podría decir que la clase, rindiendo culto a la fuerza, unánimemente se había puesto a su lado. Todos conocían las razones del duelo y desaprobaban exaltadamente la conducta egoísta del «Empollón». Enfervorizado por el dictamen favorable de sus amigos, Dámaso anunciaba ostentosamente la pateadura que se proponía dar a su contrario, cerraba los puños y miraba a su alrededor con aire jaque.

Ramón Hidalgo, en cambio, solo contaba con dos o tres adictos, que eran los más estudiosos, y para desgracia suya, los más acollonados y decaídos también de la clase.

—¿Pero si no sé a qué viene esto?… ¡Si entre nosotros no ha sucedido nada! —explicaba Ramón, que no perdía la esperanza de evitar el lance con buenas razones.

—Lo que tú debes hacer —le decían sus acompañantes— es quitarte el cinturón y, antes de que él te pegue, darle, con las hebillas, un buen correazo en la cara.

No bien llegaron unos y otros al lugar donde la cuestión había de ventilarse, los mirones formaron en torno de los beligerantes. Inmediatamente Dámaso se fue sobre su contrario, a quien superaba en bríos y estatura, y le dio un empellón.

—¡Defiéndete! —le ordenó.

Ramoncito, descolorido, temblorosas las piernas, quiso explicarse; pero el otro, de un segundo empujón, le cerró la boca. Después, arrebatadamente, brincó sobre él, le acribilló a golpes, le mordió en una mejilla, le tiró al suelo. Los espectadores del bárbaro vapuleo parecían contentísimos.

—¡Gallina! —gritaban algunos al caído—. ¡Gallina!…

Otros, los más fieros, poseídos de salvaje sadismo, vociferaban a Dámaso:

—¡Mátale!… ¡Acaba con él!…

Y el muchacho, ciego de ira y a horcajadas sobre su víctima, la molía con los puños, con los codos y hasta con las rodillas, como si efectivamente quisiese dar fin de ella. Afortunadamente para el vencido, que ni siquiera una vez había intentado defenderse, acertó a pasar por allí un bedel, que trabó al belicoso Velasco de los cabezones y le obligó a soltar su presa, llevándole después a la Rectoría y luego al calabozo.

Ramón se levantó, se frotó con su pañuelo el rostro, manchado de tierra y de sangre, y echó a andar cabizbajo, solo. En aquella hora miserable de derrota nadie le acudía. Algunos de sus compañeros, a quienes el espectáculo había sabido a poco, caminaron tras él repitiendo a coro y rítmicamente:

—¡Cobarde!… ¡Cobarde!… ¡Cobarde!

Una voz le gritó:

—¡Adiós, Ramona!…

Y otra:

—¡Dile a tu madre que te compre unas enaguas!…

El sin ventura humilló la frente, y sus lágrimas, contenidas hasta entonces, brotaron a raudales.

Llegada la noche, se acostó a la hora reglamentaria; pero aunque endolorido y terriblemente agotado, no pudo dormir. Su debilidad era tal, que ni alientos le quedaban para cerrar las manos, y, sin embargo, jamás su espíritu vibró tan alerta. ¿Qué le había sucedido? Por primera vez, y con una sagacidad y una fuerza de atención impropias de la inocencia de sus doce años, Ramón Hidalgo se determinó a examinarse por dentro. El miedo, los golpes y las humillaciones que padeciera en el curso de aquella mañana, parecían haberle envejecido repentinamente. Hasta allí tuvo de sí mismo un concepto que no rebasaba la imagen que los espejos le daban de su figura; él era como aquellos le mostraban. Pero ahora, bajo este «Yo» formal que era espigadillo y enclenque, peinaba cabellos afeminados y tenía un semblante mortecino y paliducho bañado en el crepúsculo de un sonreír humilde, triste como una luz de aceite, otro «Yo» había aparecido. El niño acababa de verse sobre el azogado cristal de su conciencia recién encendida, y se hallaba feo; tornó a examinarse, y la desagradable impresión inicial se reafirmó. De esta aplicada autoinspección dedujo que era un melancólico, un vanidoso y un cobarde. ¿Por qué no rechazó a puñadas la arremetida de Dámaso Velasco? ¿Qué sensación desconocida, que acaso no fuese precisamente de terror, le paralizó los brazos?…

—¡Tienen razón mis compañeros! —murmuraba el cuitado bebiéndose el llanto que le mojaba las mejillas— Yo, en vez de pantalones, debía llevar enaguas…

A continuación exclamó revolviéndose airadamente contra sí mismo:

—¿Por qué no me pareceré a los demás? ¿Por qué seré así?…

Planteándose estas interrogaciones, que han servido de fundamento o punto de arranque a varias escuelas filosóficas, el inocente se trataba con rigor excesivo. Nadie, al bordear lo que Dante llamó nel mezzo della vita, es como hubiera querido ser, sino como las circunstancias le permitieron ser; de donde los deterministas concluyen que es en los padres en quienes, con mayor rigor y justicia, los delitos de los hijos debieran castigarse.

Al saber esto el pequeño reo que tan severamente se acusaba de pesimista, de vanidoso y de cobarde, habría hallado un notable alivio en su triple dolor.

De los diecinueve hijos —ocho de los cuales fueron naturales— que tuvo el Conde del Zafiro, modelo de procreadores correntones y alegres, Ramoncito era el último. Los primeros años de su infancia se deslizaron aburridamente. El conde, a quien sus cargos diplomáticos obligaban a largos y frecuentes viajes, cuidaba poco de su prole, y Ramón creció bajo la férula católica y rigorista de la condesa. De sus once vástagos, este, precisamente por haber nacido enfermizo y ser el menor, fue el que más padeció sus cuidados. La terrible señora reducía la buena educación a la represión constante de todos los instintos y ademanes.

—No te rías así… No te sientes de ese modo… No corras, porque te caerás… Los niños no deben hablar sin permiso de las personas mayores… ¿Por qué estás tan serio? Tienes la seriedad del burro… ¡Sonríe!… Los niños deben ser humildes, risueños y obedientes… —repetía la condesa incansablemente.

En su deseo de hacer de él «un joven perfecto», y no satisfecha con enumerarle los atroces castigos en la otra vida reservados a los hijos desobedientes, solía zurrarle con unas correas. De este modo quebrantó los resortes, no muy fuertes, de su carácter y extirpó de su alma hasta las raicillas más hondas de la voluntad. Fue una amputación perseverante, minuciosa, inquisitorial, que no perdonó nada. Manso, dulce, callado, abúlico, pronto siempre a doblegarse, el desdichado muchacho quedó al fin roto moralmente, y blando, omiso y manejable por dentro como un trapo. Para mejor reducirle a total sumisión, la condesa, que hubiera querido que su último vástago fuese hembra, le tuvo con cabellos y vestiditos femeninos hasta los ocho años; y dos años después, reconociendo la imposibilidad de guardarle a su lado mayor tiempo, le envió a un Colegio de Jesuitas, no sin recomendar a los padres que le vigilasen estrechamente y le castigaran siempre que cometiese alguna falta.

Si Ramoncito Hidalgo hubiera podido razonar todo esto, si hubiese alambicado la labor ominosa de descoyuntamiento, de castración espiritual, realizada en él por el más absurdo de los sistemas educativos, al cruzarse de brazos ante las acometidas de Dámaso Velasco no se habría preguntado: «¿Por qué soy así?», sino «¿Por qué me hicieron como soy?…»

En el dormitorio donde el niño iba hilando estas meditaciones había veinticuatro camas, dispuestas en dos filas paralelas separadas por un carrejo. Varias luces eléctricas, metidas en globos de color lechoso y colocadas cerca del techo, bañaban la ventilada amplitud del aposento en una claridad suave y turbia, favorable al sueño. Cada lecho se hallaba aislado por un mosquitero obscuro, de forma cuadrangular, y los muros eran encalados y muy altos. Sobre una de las dos puertas del salón, un Cristo de notable belleza, convulsionado espantosamente, agonizaba vuelto el rostro hacia arriba. A intervalos resonaban los pasos tácitos de uno de los vigilantes —especie de Vestales del Silencio— encargados de mantener el orden en los dormitorios. Ramoncito, insomne, le veía aparecer, cruzar, por delante de su cama, irse… mirando atentamente a un lado y otro, y con algo de péndulo en el oscilar acompasado de sus hombros…

En el gran reloj que decoraba el frontis del Colegio sonaron, parsimoniosas y profundas, tres campanadas.

Ramoncito Hidalgo se solivió y mulló las almohadas, buscando un poco de frescura para su cabeza ardorosa. Con una mano fina, blanca, de refinada anatomía, se alisó los cabellos. No conseguía dormir. Más que la comprobación paladina y terminante de su cobardía, lo que le mortificaba eran los dichetes injuriosos con que estaba cierto que en lo sucesivo sus compañeros habían de zaherirle.

De nuevo tornó a su dolorosa labor autocrítica: no quería verse, no quería acordarse de sí mismo, y solo para fiscalizarse y acusarse despiadadamente su conciencia tenía ojos. En aquellos momentos para su alma desnuda su conciencia era como una mesa de disección.

—Yo, por dentro —se decía—, difiero en absoluto de mis condiscípulos; formalmente somos iguales, pero nuestra semejanza no pasa de ahí. Ellos son rencorosos, irascibles; yo les observo y les veo apasionarse, aborrecerse; por eso saben maltratarse, porque saben odiarse… Yo, no; esta mañana me he cerciorado: yo no me exalto, yo no siento la ira… Ellos se ponen rojos de furor, y yo no; yo sonrío, yo estoy siempre pálido. Nunca experimenté el deseo de golpear… de romper… de destruir… Yo soy un ser que va por la vida con las manos abiertas…

La figura de Dámaso Velasco iluminó su memoria.

—El pobrecito —suspiró— habrá pasado la noche en el calabozo… acostado en el suelo…

Tras unos momentos de silencio, murmuró magnánimo:

—He procedido mal con él; yo debí apuntarle los nombres de los asteroides…

Recordaba a su verdugo sin rencor, casi enternecido, y trató de reconstituir en su espíritu la escena lamentable del desafío. Realmente él, en tal momento, no experimentó miedo; de sentirlo, hubiera huido o se hubiese echado a llorar; él no lloró hasta después, y no fueron los golpes, sino las pullas de sus compañeros las que le hicieron verter lágrimas. Si no trató de rechazar la agresión no fue por cobardía precisamente, sino porque su alma estaba sin cólera y como dormida, igual que cuando su madre le azotaba, en nombre de la buena crianza, con las correas. ¡Ahora leía claro dentro de sí!… Él no era un pusilánime; era un impasible… Y esta distinción ladina le consoló.

Evocó luego la silueta de su enemigo; en el instante de lanzarse contra él estaba lívido y los ojos le relucían de modo extraordinario. Recordó asimismo su rostro inteligente, la albura cruel de sus dientes, su guedeja negra, brillante, rizosa…

Una alegría extraña sacudió su cuerpo.

—¡Es guapo Dámaso! —pensó— Y seré buen amigo suyo aunque vuelva a pegarme.

Transcurrida otra hora se quedó dormido y soñó que Dámaso Velasco le besaba y le pedía perdón.

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