Una pobre vida

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II

Desde su malhadado encuentro con Velasco no volvió a gozar Ramoncito «el Empollón» de un día de paz; pues los niños en los colegios, casi tanto como los hombres en el mundo, viven más del valor que se les supone que del suyo real. El respeto con que se tratan los civilizados nace directamente del miedo que se infunden unos a otros; dicho respeto, de consiguiente, no es virtud, sino la forma más distinguida del miedo; es el miedo vestido «de frac»; y así la persona que por una razón cualquiera cese de inspirar miedo, será devorada inexorablemente.

Esto le sucedió a Ramón Hidalgo. Cerciorados de su pasividad, todos sus compañeros le molestaban y vejaban groseramente, y hasta los inferiores a él en corpulencia y edad se le atrevían. Unos con bravatas, otros con sonrisas de desprecio, abusaban de él. Este le pedía un lápiz para no devolvérselo; aquel le rompía unos apuntes o, a la fuerza, le arrebataba la gorra y se la echaba al retrete: llegaron a robarle los libros y a escondérselos para que no pudiese estudiar sus lecciones. Al entrar en clase, los que estaban a su lado le prendían desvergonzados ahímelollevas, o le pellizcaban, o golpeaban, o le tiraban del pelo, y para humillarle mejor los más grandullones le sobajeaban como a mujer. Inútilmente el inofensivo trataba, con dulzuras, de granjearse, si no el afecto, la piedad al menos de sus acosadores, cuya cobarde persecución arreciaba con la seguridad de que la víctima no había de revolverse. Las ofensas a su dignidad se multiplicaban de innúmeras maneras. Una tarde, sorprendiéndole descuidado, le arrastraron entre varios a un lugar obscuro, donde intentaron desnudarle para cerciorarse de si era o no varón…

Acorralado por la hostilidad y la befa de todos, convertido en hazmerreír del Colegio, sin un amigo con quien jugar, pues los contados, que antes tuviera, desdeñosos o prudentes, le habían vuelto la espalda, el desafortunado niño se paseaba solo, y en las horas de asueto —para él las más infaustas— iba a situarse cerca de algún bedel que, en caso necesario, le defendiese.

Esta situación de continuo sobresalto le enflaqueció y extinguió el escasísimo color de sus mejillas: se le ahiló la voz, y en su pusilánime cuidado de no atraer la atención, caminaba quedamente y arrimándose a las paredes, como las aves de corral enfermas. Así cohibido vivió varios meses.

Una mañana Ramoncito Hidalgo, apoyado el rostro contra la puerta de una aula, lloraba desoladamente: acababa de comprobar la desaparición de su cortaplumas: el más bonito, el más amado de sus enseres de dibujo. ¡Y era Guardiola, el gran amigo de Dámaso Velasco, quien se lo había quitado!… ¿Cómo recobrarlo?… El niño hipaba, estrangulado por la pena; nunca, ni aun bajo las correas maternales, había llorado así…

Sintió de pronto que le tocaban en un hombro, levantó la cabeza y se halló con Sancho Ercilla. Era uno de los estudiantes más desaplicados del Colegio, gozaba fama de «bruto» y tenía los omoplatos anchos y la cabeza pequeña de los acróbatas.

—¿Qué te sucede? —interrogó Ercilla— ¿Han vuelto a pegarte?…

El cuitado tardó en responder. Ercilla jamás le había molestado; apenas si recordaba haberle hablado una vez; y ahora, sin explicarse cómo, experimentaba junto a él una desconocida emoción de bienestar, de fuerza, de confianza en sí mismo… Sancho Ercilla tenía ojos de Hércules, grandes, noblotes, firmes… Y Ramón, después de mirarse en ellos, bajó los suyos, deliciosamente ruborizado.

—Bueno, acaba… ¿Qué te pasa? —insistió el otro.

Ávido de confesión, sediento de cariño, Ramoncito Hidalgo repuso:

—Me han robado mi cortaplumas… —y de nuevo el llanto le mojó el rostro.

—¿Quién? —replicó Sancho impaciente.

—Ernesto Guardiola.

—Vamos a decirle que te lo devuelva.

—¡No, no!… —atajó Ramón compungido— Pues luego, cuando me coja a solas, me pegará.

—Yo haré que no te pegue. Ven…

Vacilaba el otro, y Sancho, para obligarle a caminar, le trabó de un brazo.

—¡Ven, hombre!… No tengas miedo. ¡Te amparo yo!…

Ramoncito resistía, acobardado ante el porvenir.

—Pero, ¿y luego —balbuceaba—, cuando tú no estés?…

—Me buscas. Yo soy vasco, y los vascos tenemos la mano ancha, como el corazón. Siempre que alguien te moleste, llámame.

Sugestionado, hechizado, poseído de una inefable y dilecta felicidad, el acobardado siguió a su valedor. Era la primera vez que alguien le brindaba un poco de ternura. Sobreponiéndose a la dulce emoción que le oprimía, pudo decir:

—Pero, Sancho, oye… ¿Por qué haces esto?… ¿Tú me quieres?…

Sancho Ercilla se echó a reír bruscote.

—¡No te quiero!… ¿Por qué había de quererte?… ¡Pero me da rabia lo que están haciendo contigo!…

Decía la verdad: el generoso muchacho procedía así porque era bravo, porque era noble, porque ese «Don Quijote» que los hombres llevan dentro y que la Vida mata en ellos poco a poco, bullía intacto en su corazón y protestaba del rebaño cobarde.

En el patio, donde un nutrido grupo de alumnos jugaba a «piola», Sancho Ercilla interpeló crudamente a Guardiola:

—¡Tú, Ernesto: devuélvele a este su cortaplumas!…

Al mismo tiempo que le sujetaba por la corbata con una mano, con la otra comenzó a registrarle los bolsillos. El atropellado protestó:

—¡Eh!… ¿A qué viene eso?… El cortaplumas que yo tengo es mío…

La muchachada, para asistir de más cerca a la escena, había hecho corro. Ercilla, que acababa de hallar lo que buscaba, se volvió hacia Ramón diciendo:

—Toma tu cortaplumas, y si se atreviese a quitártelo, avísame.

Luego, estrechándose contra Guardiola cual si fuera a morderle, y poniéndole un puño bajo el mentón:

—¿Te debo algo?… Habla. ¿Te debo algo?…

Guardiola, que figuraba entre los «matones» de la colectividad, iba a responder, cuando Dámaso Velasco irrumpió entre ambos.

—Para pegarle a este —exclamó dardeando sobre Sancho sus ojuelos pardos, manchados de sangre por la cólera— necesitas pegarte antes conmigo.

—Con los dos —replicó Ercilla sin titubear—; con los dos ha de ser, y a la vez.

Al oír esta réplica heroica, la emoción que estremecía a Ramoncito Hidalgo estalló en sollozos. Lloraba el inocente de júbilo, de orgullo, de admiración, de cariño también hacia su paladín.

—Vamos —aceptó Dámaso cayendo en guardia, recogidos los brazos, adelantada la cabeza, en actitud de boxear.

—¡No, yo no peleo aquí! —exclamó Sancho despreciativamente—. Los bedeles nos separarían en seguida. Nos pegaremos el domingo, cuando nos lleven de paseo al campo. Hoy es martes; faltan cuatro días; tenéis tiempo de comprar árnica…

Con estas palabras humorísticas y baladronas terminó la cuestión, y durante el resto de la semana los colegiales no supieron hablar sino del extraordinario duelo concertado para el domingo. Con las simpatías andaban divididas las opiniones: unos aseguraban que el vencedor sería Velasco, otros apostaban por Guardiola; que asimismo era recio y corajudo; pero no faltaba quien anunciase el triunfo de Sancho Ercilla, aquel muchacho bien formado y ágil, solitario, atrasado en sus estudios y huraño, con quien casi nadie tenía amistad, y cuyo nombre, de una noble eufonía caballeresca olía a Romancero o a gestas de Pizarro y Cortés.

Entre tanto, Ramón Hidalgo, como no tuviese con quien expansionarse —pues Ercilla era poco comunicativo—, departía largamente consigo mismo. La excitación de sus nervios era tal, que las noches se las pasaba de claro en claro, y le era imposible estudiar sus lecciones ni dedicar atención a las explicaciones de sus maestros. La figura garrida de Sancho ocupaba su espíritu, y en nada que no estuviese relacionado con él sabía pensar. En su presencia se hallaba avergonzado, cohibido por un hondo sentimiento admirativo que le impedía hablar naturalmente. Esto le desesperaba. Muchas veces, temiendo empalagarle con sus asiduidades o aburrirle demasiado con sus soserías, evitaba su trato; pero los pies maquinalmente se le iban tras él, y desde lejos le seguía, plenos los ojos y el corazón de su arrogancia. Este desconocido sentimiento le había revolucionado el carácter. Bríos repentinos, audacias insólitas, que parecían resurgir de las capas más arcanas de su conciencia, le hiperestesiaban y redimían. Ya no tenía miedo; parecía «otro». Comentando solitariamente el temerario lance en que, por favorecerle, Sancho Ercilla se hallaba empeñado, discurría:

—Yo estaré allí, y si Dámaso o Guardiola le atacan a traición, soy capaz de despedazarles con mis manos. Yo, tan tímido, a mordiscos… ¡sí, señor, a mordiscos!… acabo con los dos. ¡Con el cortaplumas que me robaron les agujereo el corazón!… ¡No, Dios mío!… Óyeme: Te ofrezco mi vida. Antes que a Sancho le ocurra nada malo… ¡Señor!… dispón de mí; mátame mil veces…

Esto meditaba Ramoncito, y su grito era —sin que su candor pudiese sospecharlo— el de la mujer enamorada, encelada, que defiende a su hombre.

Llegó al fin el domingo, que apareció ataviado magníficamente de sol y de azul, y a la hora acostumbrada, luego de oír misa, los colegiales, a quienes el padre Casiano y otros tres profesores daban escolta, salieron de paseo.

Y fue más allá de la Puerta de Hierro, testigo de varios «pasos honrosos» memorables, y en un arbolado y señero hondón de las riberas del Manzanares, donde los tres estudiantes desafiados ventilaron su pleito. La mayoría de sus condiscípulos asistieron al choque.

—Pelear a la vez los dos contra ti —declaró Velasco— sería cobardía: reñiremos primero tú y yo.

—¡Peor para ambos! —replicó Ercilla.

Se despojaron de la guerrera azul, con botones dorados, de su uniforme, y sin más provocaciones, pues uno y otro tenían la condición caliente, se enredaron a puñetazos. Dos hombres de pelo en pecho no se hubiesen comportado mejor. Ni un golpe se perdía en el aire, y pronto los semblantes magullados empezaron a mancharse de rojo. Llegaron a morderse, y bien se advertía en su feroz iracundia que no habría para ninguno de ellos cuartel. De pronto Ercilla, más astuto, sobarcó a su enemigo y, aplicándole una diestra zancadilla, le derribó al suelo. Conseguido lo cual, rápidamente, con una piedra que halló a mano, por dos veces le golpeó la cabeza, dejándole sin sentido. Enseguida se irguió:

—¡Ahora tú! —dijo, avanzando sobre Guardiola.

Pero este —nuevo Héctor— echó a correr. Luego Dámaso Velasco, para evitar que castigasen a su enemigo y con el bizarro propósito de vengarse de él más adelante, explicó a los profesores sus heridas diciendo que, jugando, había rodado por un terraplén. Así terminó el pequeño drama.

Desde entonces, la vida de Ramoncito Hidalgo cambió radicalmente: el nombre de Sancho Ercilla representaba para él una especie de escudo; sus camaradas dejaron de importunarle, le devolvieron su consideración y le admitían en todos sus juegos. Nadie volvió a recordarle su desdichado encuentro con Velasco, y hasta los mismos cínicos que una tarde quisieron desnudarle le trataban ahora con afecto y mesura.

Al año siguiente, Ramón y la mayoría de sus condiscípulos, tornaron a reunirse en las aulas de prosodia y ortografía latinas y de Historia de España, que estas eran las asignaturas que en el plan de enseñanza vigente entonces componían el segundo curso del Bachillerato.

El pequeño Hidalgo, que continuaba siendo uno de los alumnos ejemplares del colegio, se aplicó a cultivar el trato montaraz, pero sano, de Sancho Ercilla, y a pagar con ternuras y desvelos fraternales la eficaz protección que de él recibía. Aunque un año más joven, le influenciaba, pues siempre la inteligencia dominó al músculo, y con sus consejos le orientaba provechosamente y le inclinaba al estudio.

—Trabaja —le decía—; mi mayor orgullo seria tenerte en las aulas junto a mí.

Para ayudarle le daba copia de cuantas notas tomaba en clase, le repasaba las lecciones y le traducía los temas latinos. No satisfecho con esto, y obligado a ello por un sentimiento exquisito que, semejante a una hiedra, iba apresándole deliciosamente el corazón, cuidaba de forrarle los libros, de afilarle los lápices y de cepillarle bien la ropa, lo que Sancho le agradecía muchísimo, pues era de todos los internos el más manchado y descosido. Resuelto a servirle hizo más: le recosía los botones, le prestaba sus enseres de tocador, le daba parte del agua de Colonia que le enviaban de su casa, y le enseñó a pulirse las uñas. Finalmente, y como las ordenanzas del Colegio obligasen a cada alumno a hacer su cama, todas las mañanas, Ramoncito, después de aderezar la suya, mullía y arreglaba la de su compañero. ¡Y con qué cuidado, con qué afectuosa solicitud removía las almohadas y colchones para que luego el camarada fraterno reposase bien!…

—No te extrañen mis atenciones —le explicaba luego a su amigo—; vivo muy triste, muy solo… Mi padre no se ocupa de mí; nunca me escribe… le parece que con pagarme el Colegio hace bastante. Hace mucho tiempo… que no me da un beso.

El dolor de este mal recuerdo le aflautaba la voz.

—Y mi madre —proseguía— no me quiere… o me quiere a su modo. ¡Si supieses con qué dureza me castiga!… Después en este colegio también he sufrido mucho. Por eso te quiero, porque yo estaba necesitadísimo de cariño, y tú eres la única persona que no me ha hecho daño, que no se ha burlado de mí… Y te quiero con toda el alma, Sancho: más que a mis padres, más que a mí mismo; te quiero… ¡qué daría mil vidas por ti!…

La emoción le estrangulaba y rompía a llorar. Enternecido a su vez, Sancho Ercilla le abrazaba con rudeza tal, que durante unos segundos Ramoncito se quedaba sin aliento.

—¡Y yo también te quiero a ti, «Empollón»! —exclamaba—. Te quiero como a cosa mía, y ya lo saben todos: quien te cause pena ha de romperse conmigo los morros.

Aunque Ercilla no tenia cumplidos aún los catorce años, ya conocía el amor físico. Lo gustó aquel verano, en una casa de labranza que sus padres poseían en Guipúzcoa, cerca de Azpeitia, y fue una rústica de carnazas rollizas y tensas su iniciadora.

El muchacho, con palabras y gestos crudos, explicó detalladamente a su amiguito los preámbulos y luego la mecánica del goloso momento.

—Yo deseaba aquello —prosiguió—; pero jamás me hubiese atrevido a buscarlo. ¡Fue ella quien, jugando conmigo, me condujo entre besos y manoseos adonde queríamos llegar los dos!

Ramoncito Hidalgo, que con la descripción de esta escena recibía su primera lección de adolescencia, tenía los ojos brillantes y abrasadas las mejillas por una ola de sangre.

—¿A ti no te gustan todavía las mujeres? —inquirió Ercilla.

El interrogado, aun sin comprender bien la naturaleza de tal afición, movió la cabeza negativamente.

—¡Ya te gustarán! —anunció, echándoselas de experimentado, Sancho Ercilla—, y apenas las pruebes tu carácter mejorará. ¿Quieres oír una verdad? Pues abre las orejas. Actualmente eres demasiado dulce; pareces una niña… y no conviene ser así. Yo, desde este verano, he cambiado tanto que parezco otro. Los hombres ya no me dan miedo, y todo lo concerniente a la docilidad, la humildad, la resignación y demás virtudes de sacristía que mi madre me inculcaba de pequeño, lo he mandado al diablo. ¡La obediencia se hizo para los tontos! Yo no nací carnero; nací lobo; siempre tengo ganas de pelear; diríase que esa sirvienta de mi casa, al dejarme disfrutar de su cuerpo, me dio a beber un filtro de valentía.

Y concluyó:

—Tú, «Empollón», sabrás más Latín y más Historia de España que yo; pero de la Vida sé yo más que tú; y así, graba bien en tu magín esto que voy a decirte: que las Mujeres, el Dinero y el Poder —las tres cosas mejores del mundo— se ganan a trastazos.

Estas revelaciones inmutaron a Ramoncito, que se dio a meditar en ellas particularmente de noche, que era cuando, con el silencio, su espíritu caviloso buceaba más hondo. Desde el año anterior la pubertad comenzaba a sugerirle ciertas inquietudes: pero estos sobresaltos efímeros no se definían ni enderezaban hacia un ideal preciso. Siempre que, por seguir a Ercilla en sus carnales elucubraciones, pensaba en una mujer, inmediatamente la imagen severísima de su madre surgía en su memoria y le paralizaba. Como bajo un conjuro, las ficciones voluptuosas huían de él. Incontables veces le acaeció lo mismo. La Condesa del Zafiro era como el Ángel que defiende con una espada de fuego la entrada del Edén.

Habituado precozmente a la autoinspección el niño, con el deseo de penetrar en aquella anormalidad de su carácter, empezó a trazarse diferentes caminos de conocimiento. Deseaba parecerse a Ercilla, y le afligía el temor de que las mujeres no le gustasen como a este. Trató de recordar algunas de las muchachas que había visto en sus paseos domingueros, y ninguna le produjo emoción. Sus cuerpos gráciles, sus senos incipientes abocetados bajo la levedad de los trajes vernales, sus cabelleras flotantes sobre la gracia de los hombros desnudos, sus bocas risueñas, nada decían a su sensibilidad. En cambio, respecto de las cualidades físicas de sus condiscípulos sabía a qué atenerse. Dámaso Velasco, por ejemplo, tenía una dentadura y unos cabellos preciosos; Guardiola también era bonito. Luego evocaba la silueta de Ercilla, el más generoso, el más fuerte, el más bravo, el «más macho» de todos, y también el que mejor reía. ¿Por qué sería esto?…

Los niños evolucionan rápidamente: en ellos el tiempo avanza de prisa.

Una noche Ramoncito Hidalgo soñó que Sancho se acercaba a su lecho: le vio entreabrir el mosquitero, inclinarse sobre él. «Vengo a dormir contigo», le dijo. «¿Por qué?», preguntó Hidalgo. Repuso la sombra: «Porque tú, que me limpias el calzado, cepillas mi ropa, haces mi cama y pones mis lecciones en limpio, eres mi mujercita». Él replicó: «Lo que me propones es feo; el celador puede sorprendernos; vete». En lugar de contestarle, Sancho le dio un puñetazo en la cara, y Ramoncito pensó: «Hace bien; él me lo había advertido ya: las mujeres se ganan a trastazos». Y habló sumiso: «No me pegues»…

Fue tal la intensidad de su ensueño que despertó asustado, y al comprender lo ocurrido experimentó el rubor de la doncella que acaba de entregarse.

—¿Qué es esto? —murmuró.

Luego, de súbito, tuvo vergüenza de sí propio. Los ensueños suelen ser la expresión gráfica de cuanto más escondido y sincero hay en nosotros, la voz de nuestro subconsciente, la verdad del carácter, que la educación, las preocupaciones y el miedo al escándalo sofocan y enmascaran de mil maneras. Ramoncito Hidalgo, que era inteligente, había leído claro dentro de sí, y su efigie moral le aterró. Sus trece años acababan de penetrar en lo futuro, en lo que le aguardaba más allá del colegio, a lo largo de las rutas del mundo… El placer insano que le inspirase el abrazo imaginario de Sancho Ercilla le demostraba la miseria de su condición, la espantosa injusticia que la Naturaleza cometió con él. Su incomprensión del rencor y de la ira, su resignación constante, su humildad, su timidez, sus dulzuras exageradas… toda la arquitectura femenina de su alma, en suma, estaba explicada.

—¡Yo no soy un hombre! —sollozó—. Ahora me comprendo. ¡No soy hombre, no soy nada!… ¡Soy una mujer… una mujer con apariencias de hombre!…

Lloró abundantemente, y al otro día procuró evitar la compañía de Ercilla, cual si en sus ojos, súbitamente despertados a la voluptuosidad —¡y de qué modo absurdo!—, aquel pudiese deletrear lo acaecido la víspera. Extrañado de su retraimiento, Ercilla le buscaba, y al cabo dio con él.

—¿Qué te sucede Ramón? —exclamó echándole un brazo por la espalda—. ¿Por qué me huyes?… ¿Estás enfadado conmigo?…

El interrogado abatió la cabeza; todo su cuerpo débil trepidaba enfermizamente: aquella caricia amistosa le producía una flaqueza sensual.

—No estoy enfadado —replicó— No me hagas caso, es que estoy triste…

Aquella noche volvió a soñar con Ercilla: igual le acaeció en noches sucesivas, y cada vez la incongruente alucinación era más penetrante y agotadora. Sus nervios se resintieron, y con su debilidad las ficciones cobraban relieves nuevos. Cuando la figura de Ercilla tardaba en presentarse, el enfermo, apelando a todos los recursos de su imaginación, la solicitaba, la atraía…

Pero de esto Ramoncito Hidalgo no hablaría jamás a su camarada.

—Es demasiado macho para comprenderme —razonaba—, y si supiese que yo le amo me despreciaría, me odiaría y se lo diría a mis compañeros.

En el colegio, sin embargo, los estudiantes murmuraban de los dos amigos.

—Es innegable —cuchicheaban— que desde que «el Empollón» cuida de Sancho Ercilla, los trajes de este son los mejor cepillados, y sus botas las más relucientes.

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