Una pobre vida
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III
Doce años después Ramón Hidalgo, que al fallecimiento de su padre, y por cesión generosa de sus hermanos, había heredado el título de Conde del Zafiro, estaba considerado dentro del Cuerpo diplomático como una de las figuras más relevantes de su promoción.
El niño de manos afiladas, rostro amarillento y condición pusilánime, a quien en cierto día, ya remoto, el padre Casiano pidiera informes de los asteroides que pululan entre Júpiter y Marte, persistía en el joven cuya elegancia fácil, ilustración y trato placentero se celebraban sin regateos en los salones distinguidos. Era alto, esbelto, y tenía al saludar, como al despedirse, un gesto cálido y acogedor que le ganaba las voluntades. Sonreía siempre, hasta mientras hablaba, no obstante lo cual su cara angulosa, cortada por un bigotillo adolescente, expresaba tristeza, y esta melancolía era de todas las perfecciones de su rostro la más atractiva.
Muchos dolores habían pasado por el antiguo «Empollón» en el curso de aquellos años. Su madre murió, sus dos hermanos mayores, que siguieron la carrera militar, finaron también en Marruecos; todas sus hermanas estaban casadas. A los veinticuatro años, Ramón Hidalgo se halló solo. Meses después le enviaron a cubrir una vacante en la Embajada de España en París. Más tarde le trasladaron a Londres…
Este vivir errático le convenía, le protegía, pues le ayudaba a disimular su pecado; aquella maldición física —la terrible maldición de «no ser hombre»— que pesaba sobre él. Para mejor encubrir su desgracia se manifestaba callado, reflexivo y de cortas palabras. Este silencio representaba para él una guardia defensiva. «Meditar —pensaba— es descubrir, y hablar descubrirse». Evitaba tener amigos, pues en cada hombre su descarriada sensibilidad veía una tentación, un riesgo; y de las mujeres también se apartaba, pero con arte, simulando que lo hacía más por rencor al sexo que por miedo, cual si alguna le hubiese hecho sufrir mucho y en ella aborreciese a todas.
El inaudible error fisiológico que acongojaba a Hidalgo, a pesar de su gravedad no había resquebrajado su moral. Su dignidad varonil se mantenía íntegra, y sin manchas ni abolladuras la noción del celoso respeto que a sí mismo se debía como caballero y como diplomático. De Sancho Ercilla se apartó después de cinco años de convivencia en el colegio, sin hablarle de su espantoso error, y como entonces calló, habría de callar siempre. Por ende, no bien algún hombre empezaba a cautivarle huía de él, temeroso de que sus ojos o sus ademanes, ya que no sus palabras, delatasen la sucia desviación de sus instintos. «Cuanto más emporcado por dentro —se decía—, más limpio debo estar por fuera». La muerte le parecía menos cruel que la confesión de su dolencia, la única que no sugiere piedad. Nada ni nadie quebrantaría su mutismo, y a trueque de no descubrirse se sentía capaz de cortarse las manos y la lengua y de echarse vitriolo en los ojos. Su actitud era la de esas vírgenes, fanáticas de su doncellez, que ante el temor de ser tomadas por la fuerza prefieren el suicidio a la violación.
Bien sabía el joven diplomático que, de poder examinar las almas del revés, comprobaríamos que un ochenta por ciento de ellas son contrahechas y andan con muletas; pero también estaba cierto de que de todas las deformidades morales era la suya la peor, y la consideraba como la sumidad de lo malo porque su misma esterilidad la hacía antinatural, ya que la Naturaleza, en su ansia infinita de fecundación, hasta cuando mata y destruye procrea.
Esta convicción fue arraigándose en él con los años, y cuanto mejor se penetraba de las alegrías del amor normal, más furibunda era la vergüenza que de sí mismo iba teniendo. En el colegio, aunque adivinó su desgracia, no la midió bien: era demasiado ingente para que su inocencia la calculase. Luego sí, la vio y abarcó en todo su horror, y paso a paso fue explicándose su incremento ominoso.
Entre los recuerdos que mejor esclarecían la antigüedad de su mal estaba el de una fiesta celebrada en su casa con motivo de la Nochebuena. Él tenía cinco años, y su abuelo, general retirado, vivía aún: era un septuagenario corpulento, de genio irascible y voz aborrascada, bigotudo y con entrecejo de cómitre, que batallando contra los carlistas se había cubierto el pecho de cruces.
Acabada la cena, la familia invadió el salón, en cuyo comedio, circundado de luces y colocado para mayor teatralidad sobre una plataforma, se levantaba alucinante el simbólico «Árbol de Noel». Inmediatamente se procedió al reparto de juguetes, y él, como sus hermanas, eligió una muñeca; una muñeca de cabellos rubios, rosadas mejillas de porcelana y ojazos azules, y apenas la tomó entre sus brazos cuando escapó con ella a un rincón, donde enternecido empezó a mecerla y a prodigarle silenciosos besos, según se hace con los niños para dormirles. De pronto su abuelo le interpeló iracundo y tronitronante:
—¿Qué significa eso, Ramón? Tú eres un hombre: los hombres juegan con espadas, con tambores, con caballos, con soldados de plomo…
Y apoderándose de la muñeca la estrelló contra el suelo. Él se echó a llorar, avergonzado sin saber por qué. Le parecía haber cometido una falta. Sus hermanos reían impertinentes. Entonces el anciano, que le quería mucho, tuvo un arranque de debilidad: se inclinó hacia él para verle mejor, y acariciándole el rostro, mojado en llanto, repitió por dos veces:
—¡Pobrecito!… ¡Pobrecito!…
Como si hablase de un enfermo, y a continuación le dio otra muñeca, y más entristecido que enfadado se apartó de él. ¿Por qué su abuelo, tan rudo, le compadeció así?…
—Fue —discurría ahora Ramón Hidalgo— porque penetró en mí y me tuvo piedad. Solo eso merezco: indulgencia, misericordia… pero no desprecio. ¿Con qué derecho las gentes sanas me escarnecerían?… Nadie de buen corazón se burla de los enfermos, y menos de los incurables. Eso soy yo, un enfermo; la Humanidad debía mirarme como mira a los leprosos, a los cancerosos, a los tísicos, a los locos, a los jorobados, a los enanos, a los ciegos… a todos los «sin remedio», que llenan el mundo de fealdad y de dolor. Un degenerado como yo es para los hombres que se casan una lección de moral. Porque yo les diría a cuantos me befan: la salud de que ustedes disfrutan no significa que moralmente sean mejores que yo, porque esa salud no es obra suya, sino de sus padres, que acertaron a procrearles bien. Yo nada malo hice: he sido estudioso, terminé una carrera, aprendí a ganar noblemente mi vida. A nadie hice llorar, y no me reprocho ningún acto contrario a mi dignidad; por regenerarme lo intenté todo; lo vituperable, por consiguiente, que subsista en mí, no es obra mía.
Las nociones, inseparables en su espíritu, de su inocencia y de su condenación, le exasperaban y daban alientos tempestuosos a sus soliloquios.
—¡Ah! —decía—, si los humanos pudieran medir matemáticamente la trascendencia de sus acciones, esto es, si tuviesen idea estricta de la palabra «responsabilidad», apenas osarían moverse, recelosos de producir un daño.
Y continuaba cierto de que no era en su niñez, sino mucho más atrás, en la tiniebla misma de su vida intrauterina, donde debía buscar el origen de su desgracia.
—¡Padre!… ¿Por qué me hiciste así? ¿Cómo te expusiste a engendrar un hijo hallándote en un momento de abatimiento, de extenuación… tal vez de borrachera?… ¡Querer respetar tu memoria!… ¡¡Imposible!!… Pues no fue la vida, sino el dolor, el oprobio y la muerte lo que me diste. Yo soy un ser híbrido, un ente grotesco y maldito. Todos los hombres pueden hablar de sus amores menos yo; si lo hiciese, la gente, escandalizada, me increparía, me lapidaría… Las mujeres me están vedadas, los hijos también. Nunca habrá unos brazos que me acojan, ni jamás hallaré un refugio para mi vejez solitaria. ¡Oh, padre!… ¡Reconoce que tengo derecho a quejarme de ti y a escupir en tu tumba!…
Había en su treno como una referencia a aquel Cristo que expiraba en el dormitorio del colegio, la faz vuelta al cielo, como en el momento de decir Él también: «¡Padre! ¡Padre!… ¿Por qué me abandonaste?…»
A veces sus quejas eran rencorosas, venenosas, y otras, si el llanto había fatigado sus nervios, tenían la amargura desolada del libro de Job. También se complacía en evocar los cuadros de su triste infancia, siempre temerosa y represada, y era entonces la silueta maternal, áspera, dominante y formalista, la que desataba sus furores. Tampoco a su madre, tan cruel, tan desabrida, tan seca de corazón, podía perdonarla.
Ella, con su inflexibilidad y sus castigos, con su deseo de tener un hijo calladito «que no molestase», había continuado y rematado la obra vitanda de su progenitor.
—Si nací dócil —razonaba Hidalgo—, si nací pusilánime y melancólico… ¿por qué aquella mujer me trataba con tanto rigor? ¿Por qué en vez de enderezar mi afeminada voluntad y de fortalecer mis pequeñas espontaneidades, desalmadamente me cohibía y hasta el derecho a pensar me negaba?… ¡Ah, yo reniego de ella, la adusta, la fría, la sin entrañas, que únicamente me permitía sonreír!… ¡Yo maldigo a la que habiéndome podido salvar o mejorar acabó de hundirme!… ¡Desdichado de mí, que no sé querer a nadie, ni tampoco acordarme de nadie con amor!… ¡Odioso sino el mío!… Vivo rabiando, y solo un propósito me anima: esconder mi inferioridad, llevarme a la tierra este secreto que llena mi alma y la destriza como un demonio que tuviese ahincadas en ella las uñas…
No obstante esta circunspección impenetrable, este hermetismo sin suturas, la luz despiadada de la Verdad lentamente iba abriéndose camino. Nuestros primeros pasos repercuten siempre en nuestra biografía, la niñez irradia una claridad profética sobre toda la vida del hombre, y Ramón Hidalgo no había de substraerse a esta terrible virtud reveladora del pasado. Dispersadamente, sin que nadie hubiese acertado a decir cuándo ni por dónde, fueron llegando a París, y más tarde a Londres, detalles de los años estudiantiles del distinguido diplomático, y pronto las personas que andaban a su alrededor vislumbraron concomitancias sospechosas entre su afición a la soledad y su migonismo, y sus inocentes, al parecer, modosidades de colegial. Era paladino que algo infrecuente le ocurría. Sus comentaristas discutieron zumbones su pronunciación edulcorada, como suele suceder en los individuos que hablan varias lenguas, por dejos exóticos; sus ademanes, su sonreír distraído, su modo rebuscado de vestirse, sus perfumes, su afición enfermiza a la música y el aislamiento en que sistemáticamente se encerraba; y unos, los benévolos, declararon que al Conde del Zafiro, a pesar de su juventud, no le gustaban las mujeres; mientras los peores, los maledicentes, a quienes la Calumnia parece tener a sueldo, llevaron sus conjeturas mucho más lejos…
El espiado, que no cesaba de precaverse contra la falsedad de su situación, adivinó la red infame en que las arañas de la Murmuración iban capturándole, y quiso romperla.
—¡Si yo pudiese vencer mi mal! —pensaba.
¿Por qué no hacer una prueba? En Londres, fuera de la colonia española, era fijo que nadie, ni aun de nombre, le conocía. ¡Si se atreviera, si consiguiese sobreponerse a la terrible vergüenza que tenía de sí mismo!… Nunca, por orgullo, había declarado su inferioridad a ningún médico. Tampoco, jamás, se había acercado a una mujer.
—¡Si me decidiese! —se decía.
Este propósito iba dominándole, pues aunque todas las mujeres —salvo ciertas nociones estéticas completamente teóricas— le pareciesen iguales, harto comprendía que solo de ellas podía esperar el Milagro.
Al cabo se resolvió. La camarera que le asistía era una francesita de grandes pupilas, claras, muy linda, muy limpia, que diferentes veces le había insinuado su adhesión de manera inequívoca. Se llamaba Ivonne. Una mañana, a la hora del desayuno, la vio aparecer más peripuesta y ceñida que de costumbre.
—¡Qué bien arregladita viene usted hoy! —exclamó chancero el diplomático.
La muchacha le miró sorprendida agradablemente: era la primera vez que «míster» Hidalgo tenía para ella una sonrisa y un elogio.
—Me he vestido un poquito mejor y me he rizado el pelo —contestó modesta—, porque he de ir a casa del dentista.
—¿Por eso?… ¡Qué raro!…
—Sí, señor. Porque me figuro que pareciéndole más bonita ha de hacerme menos daño.
El diplomático se levantó de la mesa donde estaba escribiendo y se echó a reír, esta vez de buen grado. La réplica espiritual de su sirvienta le había hecho gracia.
—Ha llegado la ocasión de intentarlo todo —meditó.
Contenido y torpón como un colegial, se aproximó a Ivonne, y le rodeó un brazo por el talle. Después la besó fríamente en las mejillas, y sus manos la palparon sin fe, aquí y allá, por encima de los vestidos. Ella se abandonaba, feliz de repetir con aquel caballero tan distinguido una escena que tenía ensayada en casi todas las habitaciones del hotel, y para aderezarla mejor balbuceó:
—¡Dios mío!… ¡Si alguien de pronto entrase!…
Dicho esto le dio algunos besos, que lejos de enardecer inmutaron y desazonaron al galán. La ilusión, que estimula la actividad de las glándulas vitales, no prendía en él: su carne estaba yerta, no sentía, no comprendía lo que había entre sus brazos. Aquella mujer, ofreciéndosele, le hablaba un idioma que él no tradujo nunca. Sin embargo, suavemente hizo ademán de llevarla hacia el lecho. De pronto reflexionó:
—¿Para qué?…
Esta interrogación, que había de quedar sin réplica, le detuvo. Mientras Ivonne, ignorante de la temperatura polar que entumecía el corazón del caballero, continuaba besándole, él prosiguió diciéndose:
—Debo despedirla con un motivo cualquiera. De lo contrario descubriría mi ineptitud, ella lo comentaría con sus compañeras y todas se burlarían de mí…
Precipitadamente la apartó: una alegría de salvación le brillaba en los ojos.
—¡Tiene usted razón! —exclamó—. Alguien podría sorprendernos. Ahora recuerdo que espero una visita. Usted, además, sufre de las muelas…
Y añadió para responder a una mirada dulce de la camarera:
—Sí… Otra vez… Mañana, por ejemplo…
Este perfil de aventura le obsesionó todo el día. Durante las primeras horas sus recuerdos se enredaban, se confundían en una luz turbia; luego, trabajosamente comenzaron a esclarecerse, y al cabo pudo establecer en ellos cierto orden. El cuerpo grácil de Ivonne no le había emocionado. Su contacto le dejó impasible, como el contacto de un mueble, y al roce de sus labios perfumados ningún estremecimiento respondió en él. Evocó después ciertos detalles —el modo, verbigracia, que tuvo ella de doblegarse bajo su abrazo—, y a estas imágenes recientes otras antiguas, nunca olvidadas, se ligaron de improviso. En las revueltas aguas de su memoria el perfil de Sancho Ercilla reapareció. Se acordó de cómo soñaba con él y del voluptuoso contentamiento que su pasividad le producía en aquellos enlaces imaginarios. Ramón Hidalgo no se explicaba la viril diligencia de Sancho; pero en cambio comenzaba a entender la actitud de Ivonne. Era evidente que las sensaciones de ella y las suyas se parecían, y así el apetito sexual revestía en ambos gestos análogos. ¿Cómo corregirse? ¿Cómo rehacerse?… Meditó sobre la posibilidad de conseguirlo tergiversando las imágenes, esto es: acuciando sus instintos de macho —si algunos tenía— con el recuerdo del deleite que la hembra experimenta entregándose. También recapacitó en la conveniencia de procurarse una mujer fuerte y cruel que representando moralmente el papel de hombre, a latigazos, como aquella «Venus de las pieles» que amaba Sacher Masoch, le confiriese la masculinidad. ¿Pero cómo explicar a Ivonne tales galimatías?…
Al día siguiente, y más temprano que de ordinario, la camarera reapareció con la colación matinal.
—¿La hizo sufrir mucho el dentista? —inquirió Hidalgo distraído.
—No, señor. No fui a ver al dentista.
—¿Por qué?
Incitante y graciosa, ella sonrió:
—Parece que… con la emoción que me produjo el abrazo de usted… me desapareció el dolor.
Estaba cerca de él, en pie, esperando, brindándosele, recordándole las palabras: «Mañana, por ejemplo…» con que la despidiera. Desganado el conde, exclamó:
—Estoy enfermo, Ivonne.
Ella dejó transcurrir algunos segundos antes de contestar:
—El señor no me quiere. Yo le pido perdón si le molesté en algo.
—¡Oh, no! —interrumpió Hidalgo, a quien la conciencia remordía—. Es que me siento deprimido. He recibido de España malas noticias…
Ivonne hizo un mohín de asentimiento y se retiró, dócil, con una sonrisa triste de «adiós» en los labios. Al otro día ocurrió lo mismo. Muchas mañanas ni siquiera se veían, porque cuando ella comparecía con el desayuno él estaba en el baño, y todo quedó así.
—Me alegro —se decía Ramón Hidalgo—, porque esta chiquilla, antes o después, hubiese propalado mi anormalidad. Para curarme necesito una mujer que no sepa quién soy…
A tientas, pues no quería que nadie le timonease en tales excursiones, visitó los prostíbulos peores, aquellos donde estaba cierto de no saludar a ningún conocido. Allí, para vencer su incapacidad —que él achacaba a un desengaño sentimental— le propusieron las aberraciones más disparatadas. Ávido de salud, que no por vicio, las aceptó todas. Cumpliendo las extrañas prácticas de un rito sádico, las inquilinas de la mancebía le insultaban, le cubrían de improperios, y después de atarle a los pilares de una cama le tundían a golpes.
Tan torpes procuraciones nada obtuvieron. Roto, atrofiado, inútil, el enfermo no recobraría la salud jamás. Seguro de ello, Ramón Hidalgo, tristemente, como quien baja a un sepulcro, volvió a encerrarse en sí mismo. Estaba muerto. Entonces se trazó un camino: perseverar en su carrera, ser embajador, y luego restituirse a España y llegar a ministro… a presidente del Consejo… a dictador… Puesto que a todo podía aspirar y a todo tenía derecho… ¡menos a ser amado!…