Una pobre vida
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IV
Recién llegado a Buenos Aires, adonde fue enviado con ascenso, Ramón Hidalgo vivió bien. Su misma tristeza dulce, esa melancolía indefinible que todos sufrimos y es el resultado de nuestro destino deshecho, el dolor del hombre —ambicioso, enamorado o poeta— que a diario fracasa en nosotros, interesaba a las gentes y le granjeaba voluntades; y muchas damas, prendadas de su figura y de su buen hablar, cuando en la ceremonia de un saludo le daban a besar la mano, entornaban los ojos lisonjeramente.
—¡Nadie sabe mi pena! —pensaba el perseguido— ¡Ahora descanso!…
Pero los recuerdos son como voces que nos llamasen desde lejos, y los que de él conservaban cuantas personas le conocieron en París y en Londres, tornaron a envolverle. Poco a poco las cominerías insidiosas, las murmuraciones virulentas, pasaban el mar, ora llevadas por un viajero, ora dentro de una carta… Y de nuevo Ramón Hidalgo se sintió preso en ellas. En el mundo, lo mismo que en el Colegio, la opinión ajena no le daba cuartel.
Como el péndulo de un reloj, al pararse, lo hace en un punto separado por igual de los dos términos que antes le atraían, así el joven se mantenía en una actitud equidistante de los dos sexos. En su biografía, limpia, blanca cual una flor de lis; en sus veintiocho años, ignorantes de todo contacto carnal, solo había continencia y dolor; de dolor estaba impregnada y tatuada su alma… Sin embargo, la calumnia nuevamente y con redoblado apetito le mordía. Se le acusaba de recogerse temprano, de beber poco y de no tener queridas. En una casa de mal vivir nadie le había visto.
—¡Apenas fuma! —aseguraban escandalizados los contumeliosos.
Y así, cuanto en otro hombre hubiese sido virtud, en el Conde del Zafiro era vicio y ocasión de vilipendio…
Estas murmuraciones soliviantaban a mujeres, cuyo orgullo se negaba a creer que Ramón Hidalgo pudiera pasarse sin ellas, y eran muchas las solteras, y aun las casadas, que de bonísima voluntad hubiesen querido comprobarlo.
El joven diplomático, perfectamente al tanto de cuanto aquellas miradas y sonrisas femeninas significaban, aparentaba no comprenderlas y rehuía cuidadoso las invitaciones que apreciaba demasiado «íntimas».
Pero un hombre, por hábil que sea, no siempre conseguirá esquivarse.
La señora del embajador alemán, treintañona rubia y metida en aquellas magníficas carnes que tanto entusiasmaban a los maestros de la pintura flamenca, se había enamorado de Ramón Hidalgo, y sin ambages, para no desaprovechar días, expeditiva y descocada le pidió una cita. El diplomático, con palabras de encendido agradecimiento, prometió escribirla determinando hora y lugar, pero no lo hizo. Su desdén añadió fuego a la hoguera en que la vehementísima señora se consumía. Fue ella entonces quien le escribió, apremiándole y facilitándole la ocasión de verla; mas él, alegando primero ocupaciones urgentísimas y luego motivos de salud, dos veces más faltó al encelado llamamiento; lo cual fue causa de que todo el cariño de la alemana se trocase en odio ardentísimo, y que ella misma se diese a divulgar —si bien atribuyendo el lance a una amiga suya— cuanto le había sucedido o, más exactamente, cuanto dejó de sucederle con el castísimo diplomático. Para esto aprovechaba todas las ocasiones: las «Exposiciones», los bailes en las Embajadas, los «tés», los festivales benéficos; y tal ahínco puso en su campaña, y con tan desapoderado entusiasmo la ayudaron en ella los difamadores, que a los pocos meses el «todo Buenos Aires» aristocrático conocía la actitud negativa del conde. Los comentarios fueron tan vivos y las habladurías tan perseverantes y desembozadas, que llegaron a oídos de la víctima. Hidalgo sufrió muchísimo. Todos los ojos parecían decirle: «¿Es cierto eso que cuentan de usted?…» La Verdad le asfixiaba, le desnudaba; nunca se halló más en ridículo.
Cierto día, en el curso de una conversación seria relativa, precisamente, a cuán intachable debe ser la vida privada de los diplomáticos, el embajador de España —acaso intencionadamente— preguntó a Hidalgo:
—¿Por qué no se casa usted?…
En estas palabras, que más que de interrogación eran de consejo, no había burla. «Su Excelencia», viejo y paternal, apreciaba bien los méritos de su subordinado, y este lo sabía. Desconcertado unos instantes, Hidalgo replicó:
—No lo sé… Nunca he pensado en ello…
—Pues piénselo y cásese, cuanto antes mejor: el matrimonio le ayudaría a usted mucho en su carrera.
Ramón Hidalgo prometió hacerlo así, y el embajador concluyó satisfecho:
—Lo celebraré infinito: un hombre soltero parece siempre un hombre «de aventuras», y eso no está bien en nuestra profesión.
Por rara casualidad fueron muchas las personas que, en escasos días, le dirigieron la misma interrogación: «¿Usted, por qué no se casa?…» La simultaneidad de tales averiguaciones era chocante.
—Es —pensaba Hidalgo— porque necesitan saber por mí mismo la verdad de mi estado, para luego humillarme mejor; o, quizás, porque todavía me creen hombre…
Efectivamente le convenía casarse: el matrimonio era el medio inmediato, rotundo, de desvanecer su reputación vergonzosa, de aplastar a los maledicentes y reducirles a definitivo silencio; el matrimonio significaba la rehabilitación. Mas ¿cómo casarse? ¿Dónde hallar la mujer que, bajo el nombre de esposa, se resignase a ser su hermana?… Porque de esta y de otras abnegaciones superiores son capaces muchísimas mujeres con el marido a quien los años o un accidente inutilizaron para el amor físico; pero ¿a título de qué el degenerado, el que por inepto para el asalto sexual no pudo inspirar jamás a su compañera verdadero amor, reclamaría de ella igual sacrificio?…
Persuadido de esto, el joven diplomático hallábase resuelto a no casarse; pero, en cambio, y para adoptar ante sus denigradores una actitud airosa, determinó echarse una novia.
—Nuestras relaciones —se decía— podrían durar un año… dos años… Más tarde, cuando el asunto empezase a formalizarse demasiado, buscaría un pretexto para romper con ella… Y transcurrido cierto tiempo, emprendería otro idilio… Reconozco tal conducta vituperable; ¿pero es que yo, acosado y herido por todos en mi dignidad, no tendría derecho a defenderme?…
Meses después la noticia de que el Conde del Zafiro, contradiciendo la misoginia que todos le atribuían, se había puesto en relaciones con Joaquina Valle, una de las señoritas más distinguidas y más hermosas de la colonia chilena, produjo en el ambiente chismoso de los salones ricos una impresión de desorientación y despecho. ¿Luego todo lo malo que de él se había dicho era falso?… ¿Luego al gentil diplomático, tan cauto y remirado hasta allí en cuestión de faldas, las mujeres le tentaban como a cualquier hombre?… La esposa del embajador alemán estaba furiosa, y los murmuradores, atónitos, repetían:
—¡Pero… si no puede ser!…
En parte acertaban, pues no fue Hidalgo quien —a pesar de sus cábalas— tomó la iniciativa en aquel asunto, sino la misma señorita Valle la que, con sonrisas y coquetones arrumacos, primero, y con insinuaciones, obsequios y apremiantes palabras, después, le estrechó hasta obligarle a declararse enamorado de ella.
Era Joaquina Valle una belleza de ojos y cabellos espléndidos, pintada por el sol de su país con las tonalidades graves del negro y del bronce, muy exuberante de formas y de alma, y harto quimerista y alborotada en sus resoluciones. Tenía voz excelente, estaba al tanto de los últimos bailes y en todas partes su juventud y gracia desenvuelta merecían ditirambos. Como orgulloso de una novia así, Ramón Hidalgo se mostraba a su lado en las noches de gala del Colón, y no perdía coyuntura de exhibirla en saraos y banquetes. Los dos, altos, distinguidos y espirituales, componían una admirable pareja. Las gentes comentaban desconcertadas la conducta del diplomático.
—¡Está enamorado de ella! —decían los mejor pensados.
Y otros —la mayoría— que solo veían en aquel matrimonio una magnífica jugada de Bolsa:
—Se comprende que la quiera, pues los doce millones de pesos chilenos que vale la firma de su padre son muy bonitos…
En cuanto a Ramón Hidalgo, volvía a sentirse bien; desde el primer instante su estratagema comenzó a proporcionarle veloces e inesperados beneficios. Le parecía que estaba salvado, rehabilitado; sus amigos le miraban de otro modo; era como el individuo acusado de un delito execrable y cuya inocencia hubiesen proclamado de súbito los Tribunales de justicia. Las mujeres, ofendidas vagamente por la frialdad de que siempre usó para con ellas, acaso le tratasen menos afectuosamente que antes. Los hombres, en cambio, le distinguían más. Todo, en general, era a su alrededor más cordial, más sincero, más cálido, y las manos que estrechaban la suya lo hacían con mayor efusión. Y fue entonces cuando los vocablos «felicidad» y «reposo» empezaron a tener para el joven diplomático una significación. Su vida representaba una huida constante: en el Colegio, sus condiscípulos le habían lastimado a puñetazos; y luego, en el mundo, los adultos le hirieron peor, porque le hirieron con la palabra, cuyo dolor desciende más hondo. Pero ahora, por única vez, la muchedumbre estaba con él y no en contra suya. ¡Oh! ¡Si el Milagro, durase!…
A este sosiego moral correspondió en él una más saludable apariencia física. Su amustiado semblante se reanimó, empezó a comer bien, aprendió a montar a caballo y engordó algunos kilos. A Joaquina la quería a su modo, fraternalmente; pero se había acostumbrado a su trato porque la muchacha razonaba con notable discreción y sin esfuerzo le acompañaba en sus elucubraciones. Siempre que alguien les preguntaba respecto de la fecha probable de su enlace, Hidalgo respondía vagamente, si bien desliendo en sus palabras una gran convicción:
—Pronto… El año que viene…
Hablando así miraba a Joaquina, pidiéndola con los ojos su asentimiento, cual temeroso de que ella, menos enamorada, quisiese retardar el momento nupcial. Seis meses… ocho meses después… decía lo mismo: «Pronto… El año que viene…» Y con esta estratagema el día de sus bodas se alejaba ante él como un horizonte.
A su novia, para que no extrañase la discutible impaciencia que ponía en casarse, la explicaba sus ambiciones políticas, sus anhelos de mando, Hidalgo aspiraba a influir desde «el banco azul» en los destinos de España…
—A cuantos, por filantropía, sentimos la necesidad de mezclarnos a la vida pública de nuestro país —decía—, el dinero no nos basta: queremos el Poder.
A lo que la joven, a quien el amor hacía egoísta, solía responderle:
—No apruebo tu pensar; miras demasiado lejos, y en eso vislumbro peligros, pues cuando lo sacrificamos todo al día de mañana, el día de hoy, ofendido, se venga de nosotros.
Intrépida, curiosa, imaginativa, ávida de sensaciones frescas y de aquel viaje a Europa del que Ramón Hidalgo, por pasatiempo, la hablaba reiteradas veces, la turbulenta doncella se consumía en unas llamaradas de impaciencia que el apagado temperamento del diplomático no podía prever. La pasión le rondaba; le acechaba palpitante como una leona, y él no la sentía; sus manos heladas no sabían que jugaban con fuego…
Una noche, en un baile con que la colonia española celebraba la Fiesta de la Raza, los dos novios tuvieron un altercado. La casualidad les había llevado a un saloncito, apartado del rebullicio del sarao, donde podían hablar con independencia. Ella le acusaba de desasido:
—¡No me quieres! —le decía— ¡Bien lo veo! Eres frío, y tu carrera te interesa más que mi cariño. Me pospones a tus ambiciones. Si es así, creo que debíamos separarnos.
Él, buen comediante, se deshizo en protestas de amor. ¿A qué motivo respondían aquellas quejas? ¿No lo veía cada vez más rendido y más suyo?… ¿No era asunto decidido que se casarían el año próximo?…
—¿No te di mi corazón? —continuó envolvente— ¿Y no sabes que constituyes mi única familia y mi sola esperanza?
¿Qué ramalazo pasional sobrecogió a la señorita Valle en aquel trance? ¿Qué pudo arrojarla así, como enloquecida, en los brazos de su novio? ¿Sería un arrebato irreflexivo de amor, o por el contrario un razonado deseo de comprometerle, valiéndose de un pequeño escándalo, a precipitar la fecha de su enlace?… Y si por cálculo lo hizo, en verdad que debió quedar satisfecha de su ardid temerario, pues fueron varias las personas que la vieron cuando Hidalgo, despavorido y sin saber qué hacer, la estrechaba contra su pecho, y luego corrieron alegremente a divulgar la noticia, que causó alboroto y obtuvo las apostillas que merecía.
Apenas conseguido su objeto, Joaquina, el corazón palpitante de gozo, se apartó del amado, murmurando con rubor bien fingido:
—¡Qué vergüenza!… ¡Nos han visto!…
Él repitió, con aire estúpido:
—¡Si… nos han visto!…
Y, de pronto, tuvo miedo, un gran miedo, porque dentro de sí una voz prudente acababa de decirle que aquel episodio trivial podía arrastrar consecuencias graves.
Transcurrieron dos días.
Una mañana, y en ocasión precisamente de hallarse una criada sirviéndole al Conde del Zafiro su desayuno, apareció Joaquina. Como para mejor demostrar su osadía, llegaba sin anunciarse. Hidalgo, que estaba enfrascado en la lectura de un voluminoso tratado de Derecho internacional, se levantó de un salto, aterrado. El libro rodó por el suelo.
—¡Tú! —exclamó el diplomático, sin dar apenas crédito a sus ojos.
Ella repuso con gran naturalidad:
—Yo, sí…
Y viéndole inmóvil y pasmado, añadió irónica:
—¿Es así como me recibes?…
Desconcertado dentro de la vulgaridad de su pijama y de sus zapatillas, Hidalgo avanzó algunos pasos, le besó una mano y le ofreció una silla.
—¡Tú! —repitió.
—¡Dale! —exclamó la señorita Valle riendo—. ¿Qué te extraña?… Salí de casa hace un momento, con pretexto de hacer unas compras, y he subido a verte. ¿Qué te asombra?…
La camarera, que de soslayo había detenido en la hermosa visitante una mirada astuta, salió de la habitación cerrando la puerta tras sí.
—¿Cómo has venido? —inquirió Hidalgo.
—En automóvil.
—De alquiler, por supuesto…
—¿Por qué —atajó ella— había de venir en automóvil de alquiler teniendo a mi disposición el de mi padre?…
Con aspavientos afeminados de terror, que sorprendieron a la joven desagradablemente, su prometido comenzó a santiguarse.
—¡Qué mujer, Señor! —exclamaba elevando los ojos al cielo— ¡Está loca!… ¡Loca!… ¡No sabe lo que hace!…
Dio varias vueltas por el aposento, sorteando torpemente los muebles. La escena empezaba a ser cómica.
—¡Loca! —repetía Hidalgo—. Tú lo ves, Señor… Yo no tengo la culpa de que haya perdido el juicio… ¡Señor… Tú lees en mi alma!…
Cansada de oírle dirigirse a la Divinidad, Joaquina Valle le interrumpió:
—¿Puedes explicarme por qué estoy loca?
—¡Evidente!… Porque tu padre sabrá que has venido a verme… ¡Se lo dirá el chófer!…
—¿Y qué?…
—¿Cómo «y qué»? —repitió el acongojado diplomático, cuyos ojos, con la grima que le poseía, se desorbitaban— ¿Estás ciega?… ¿No comprendes que tu conducta me compromete?
—¿A ti nada más?…
—Y a ti… ¡A los dos!…
Ella replicó muy entonada:
—Perfectamente: «a los dos». ¿Y qué?… Vuelvo a mi pregunta de antes: «¿Y qué?…» Tú me dirás: «En este Hotel, donde sin duda hay personas que te conocen, van a creer que no somos novios, sino amantes…» ¿Verdad?… ¿No es eso lo que estás pensando?
—Eso —repitió el conde.
—Bueno; y yo insisto: «¿Y qué?…»
La joven, aunque ladina, descubría un poco su juego, y Ramón Hidalgo se percató de ello, con lo cual se agravó su pavura.
«Viene a seducirme —pensó—, a entregarse a mí para llevarme al matrimonio más pronto».
Esta idea y la probabilidad de que Joaquina se precipitase nuevamente en sus brazos —lo que en la soledad de una habitación cerrada podía crearle un grotesco conflicto— aplicaron redoblados acicates a su terror.
La conversación, entretanto, iba deslizándose en un tono agridulce, y transcurrida una hora, la joven, que evidentemente no había pensado en poner a prueba la castidad del conde, se marchó. Ni siquiera cambiaron un beso.
Semanas después sorprendía a Ramón Hidalgo la visita del señor Valle.
Era este un caballero cincuentón, apersonado y elegante, muy estimado en los salones de la buena sociedad porteña. Su rostro cobrizo, de líneas enérgicas, expresaba cólera, vergüenza y dolor. Sus manos temblaban. Hidalgo, apenas lo vio, comprendió a lo que iba, y un gran frío llenó su corazón. «Estoy perdido», pensó. Y con un ademán afectuoso invitó a su colocutor a sentarse.
—Gracias —replicó el señor Valle—, pues lo que he de manifestarle se dice en seguida. Los asuntos graves se ventilan en seguida. Hace algunos meses, en un baile de la Embajada…
—Sé a lo que usted se refiere —interrumpió el diplomático—; es cierto.
El señor Valle agradeció con una inclinación de cabeza la cortés diligencia de Hidalgo en reconocer la verdad.
—Después he sabido… —continuó.
—También es cierto —atajó el conde—: Joaquina cometió la ligereza de visitarme en mi Hotel; pero le juro a usted…
—Yo nada le pregunto. Después de lo ocurrido solo necesito saber si está usted dispuesto a cumplir con mi hija según corresponde a un caballero.
Ramón Hidalgo se inclinó.
—Cumpliré con ella como me lo dictan mi amor y mi deber.
Después, al quedarse solo, furioso se tiró al suelo. Estaba en un callejón sin escape. La astuta niña le había cazado.
—¿Pero qué iba a decirle a ese hombre —repetía—, ni cómo engañarle, si lo sabía todo?…