Una pobre vida
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V
Las semanas que siguieron a la entrevista del señor Valle con Ramón Hidalgo fueron para este de constante suplicio y de fiebre. Los periódicos bonaerenses dieron, en sus «Ecos sociales», la noticia del enlace, determinando el día de la boda, y sobre los futuros cónyuges comenzaron a llover halagüeños los parabienes. Tampoco los regalos faltaron, y hasta la esposa del ministro germánico envió el suyo.
Hallándose desde el instante en que precisara el término de su noviazgo más considerado y respetado que lo estuvo nunca, el Conde del Zafiro se decía:
—¡Qué bueno, qué cómodo es ser hombre!…
Y, a continuación, meditando en el ya irremediable fracaso que le aguardaba, sentía helársele las entrañas. Mas ¿cómo desbaratar lo hecho? ¿Cómo romper los lazos con que la opinión, el pulpo de infinitos tentáculos, hora tras hora iba esclavizándole?… Su destino estaba marcado y nada, a no ser el fallecimiento repentino de su prometida, podía salvarle; resbalaba por un plano inclinado y ningún asidero, ningún saliente o reborde le impedirían despeñarse en el abismo: era como un viajero que hubiese caído en el cráter de un volcán. Únicamente la Muerte, la gran piadosa de las mejillas blancas, le brindaba un refugio.
—¡Si yo me atreviese a llamarla! —pensaba.
En estas tribulaciones le sorprendió la boda. Se celebró la ceremonia, a la que asistieron representantes diplomáticos de varios países, con pompa inusitada; un obispo bendijo la unión, y después del banquete con que por la noche los padres de la desposada obsequiaron a sus amigos, y al que concurrieron, de uniforme, el embajador de España y el ministro de Chile, hubo baile y discursos y se obtuvieron fotografías. Entre aquella alegría pagana, y bajo el esplendor nevado de tantas luces, Ramón Hidalgo, enflaquecido repentinamente, paseaba, dentro de la estrechez negra de su frac, su lividez de espectro.
A media noche los recién casados dejaron la fiesta, y en automóvil se dirigieron al hotel de la avenida Alvear, que, como «regalo de boda», el señor Valle muníficamente les había dado. Durante el trayecto, el matrimonio apenas habló; Joaquina, siempre tan platicadora, ahora enmudecía perpleja ante el enigma escondido tras el velo que iba a romperse. En el centro del dormitorio nupcial, decorado de plata y azul, el tálamo, que a ella debió de parecerle altar glorioso y a él mesa de disección y tortura, les ofrecía el consuelo de su regazo, callado y fragante.
Para que su mujer pudiera desvestirse libremente, el conde salió de la estancia, y cuando regresó a ella momentos después, a Joaquina, que espiaba su aparición, la impresionó su extraordinaria palidez. La farsa amorosa tocaba a su fin, y el esposo miserable temblaba. Nunca la indignidad de su mentira le pareció más grande, ni ante los ojos de su conciencia se vio más mezquino.
Había jurado amor y no podía amar, ni siquiera simular los gestos del amor. ¿Qué iba a hacer, pues?… Su situación era la del necio que, no sabiendo hablar ni teniendo nada que decir, sube a una tribuna.
Amortiguó la claridad de las luces, cual si su vergüenza hallase un alivio en la penumbra, y silenciosamente empezó a desnudarse. En seguida se acostó y deslizó un brazo bajo el cuello de la esposa: en aquel instante supremo recordaba los besos de Ivonne y aquellos prostíbulos londinenses, de donde su carne, a pesar de las más extremadas caricias, salió sin despertar.
Flojamente sus labios glaciales rozaron las mejillas, acaloradas por el rubor, de Joaquina; sobre la boca —y cual si tuviese asco de sí mismo— no se atrevió a besarla. «¡No la manches, no la profanes, no la ensucies, no la molestes vanamente!…» —parecía gritarle una voz. Reanimada por los comedimientos de su marido, la joven, hasta allí acobardada, comenzó a hablar. Los incidentes del día le ofrecieron tema copioso de conversación. Luego, extrañada quizás de verle tan templado y prudente, se creyó obligada a decir:
—¿Quieres que durmamos?…
Él no contestó, pensaba: «Su proposición no puede ser sincera, y sus palabras disimulan acaso una ironía. Empieza a burlarse de mí: Ella, que ha leído novelas, sabe que la noche nupcial los amantes la pasan despiertos».
Joaquina había cerrado los párpados, cuyas tupidas pestañas dibujaban, sobre la blancura fatigada de las mejillas, dos semicírculos iguales de sombra. Sin emoción, Ramón Hidalgo aventuró una caricia, y ella, ondulante, con un movimiento de frio y sin abrir los hermosos ojos, se apretó contra él.
«Me busca, me llama… me invita» —reflexionó el diplomático.
Esta consideración detuvo su mano. Pasados unos minutos preguntó:
—¿Tienes sueño?…
Ella repuso mirándole:
—No, o mejor dicho, tengo sueño, pero no puedo dormir.
—Tampoco yo tengo sueño —replicó Hidalgo—, y juraría que mis ojos no han de volver a cerrarse.
Esta frase, enunciada sombríamente, impresionó a la joven.
—Necesito hablar contigo… Debo confesarme contigo —prosiguió él— ¡No me queda otro recurso!…
Ella, para observarle mejor, echó la cabeza hacia atrás. En sus pupilas negrísimas, que columbraban algo insólito, había miedo. ¡Sí, era llegado el momento inexorable de hablar!… Y Ramón Hidalgo lo hizo despacio y minuciosamente, como para aliviarse de una vez del horroroso peso de su infamia.
—A ti, que eres inteligente —comenzó diciendo—, debe sorprenderte mi conducta… mi frialdad… en un trance como este en que estamos…
Su voz se debilitaba, y percatado de esto creyó que Joaquina no le había comprendido.
—¿Tú me oyes? —interrogó.
Ella repuso:
—Te oigo.
—No creas —prosiguió el diplomático— que mi pasividad responde a un estado de emoción excesiva o de paralizadora timidez, como en situaciones análogas a muchos hombres perfectamente saludables suele ocurrirles. Este decaimiento mío no es casual, no es transitorio… ¿Comprendes?… Sino que constituye mi modo de ser. Nací incompleto, y la educación severísima de mi madre concluyó de afeminarme. Luego, en el colegio donde cursé interno la segunda enseñanza, también pené mucho: mis condiscípulos me golpeaban, se burlaban de mi… ¡Me tenían acorralado!… Y esto acabó de atrofiarme y de hacerme irremisiblemente cobarde. Más tarde quise sacudir mi marasmo… desaturdirme… curarme… y no pude. Soy un inútil… un degenerado… un inconcluído…
Por segunda vez le pareció que Joaquina, en cuyo semblante ni un solo músculo había temblado, no le entendía bien.
—¿Pero me oyes? —insistió.
Ella repitió fría:
—Te oigo.
—Entonces —concluyó él—, ya lo sabes todo. Yo nunca he sentido el deseo. He llegado a los treinta años sin haber tenido comercio con ninguna mujer. Mi carne nació muerta.
A esta declaración sucedió un larguísimo silencio, un silencio tenebroso que parecía una sima.
—Si no me querías —exclamó al fin la joven eludiendo discretamente la parte asexual del problema—, no debías haberte casado.
—¡Pero sí te quería!… ¡Sí te quiero con todo el corazón! —exclamó Ramón Hidalgo aferrándose a esta mentira para atenuar su falta— Mi cuerpo enfermo no podrá demostrártelo, pero mi alma te adora y no sabría vivir sin ti… ¡Por la tuya daría yo mi vida mil veces!…
Repentinamente la esperanza de ser perdonado por misericordia, ya que no por cariño, despertaba en él. Sus ojos se arrasaron en llanto.
—Eres mi único bien —prosiguió— y por no perderte he mentido hasta ahora. Te quiero espiritualmente, como se quiere a los hermanos, a los hijos… ¡Cómo habría querido a mi madre si hubiese sido buena!… Quiéreme tú también así. Apiádate de mi dolor… ¡Hazte cargo de que soy hijo tuyo!…
Joaquina Valle tardó en responder:
—Yo no sé de estas cosas; pero mi buen sentido me dice que ningún hombre de tus condiciones es capaz de sentir amor. Tú crees amarme —quiero hacer esta confesión para no ofenderte—, pero te engañas. Tú no me quieres…
En ella la virgen burlada y curiosa, la que soñaba con el abrazo viril, se enardecía y protestaba:
—Esto ha sido una traición. Ignoro por qué me has tendido un lazo. Todo lo que acabas de manifestarme debiste decírselo a mi padre cuando fue a verte. Lo justo, lo noble, hubiera sido eso.
—Pensé hacerlo —interrumpió Hidalgo—, pero ya no podía, era tarde. Tu padre hubiese creído que apelaba a un subterfugio para eludir la boda. En la Embajada nos vieron abrazados una noche. ¿Te acuerdas? Nuestras amistades sabían que habías ido a mi hotel a buscarme. Se murmuraba de nosotros. Tu reputación estaba en peligro… Atento a estas consideraciones callé.
—Hiciste mal —atajó a su vez Joaquina—. Debiste declararle la verdad a mi padre. Era tu obligación, y si yo, a pesar de todo, te hubiese aceptado por esposo, ahora no tendría derecho a escupirte a la cara tu mentira.
Aniquilado el Conde del Zafiro rompió a llorar, y mucho rato el contenido rumor de sus sollozos llenó el silencio. Indiferente a su dolor la señorita Valle, los brazos cruzados bajo la nuca, clavaba en el artesonado una mirada fija, sin pestañeos, en la que no había piedad: la mirada con que en el Circo las Vestales condenaban a muerte al gladiador vencido.
—¿Me perdonas? —inquirió Hidalgo cuando el llanto, amansado por la fatiga, le permitió hablar.
La joven no respondió. Insistió él:
—¿Me perdonas, Joaquina?…
Replicó sin aspavientos, con una voz firme que no traslucía ni desprecio ni odio:
—Ignoro si podré perdonarte. La ofensa que me has inferido es demasiado grande, y mi inexperiencia no acierta a medirla bien. ¿Buscabas mi dote al casarte?… No lo creo. Sería demasiado horrible. La razón de tu conducta debe ser otra. En fin… Dame tiempo para reflexionar.
—Y luego que hayas reflexionado en el inmenso amor que me obligó a proceder así, ¿me perdonarás?
—No lo sé. Estoy aturdida. El golpe fue demasiado rudo. La vida aparece de pronto ante mí bajo un aspecto imprevisto. Yo creía haberme casado con un hombre… y tú acabas de explicarme mi error.
El conde rogó anhelante:
—Júrame, al menos, que de esto no hablarás con nadie.
Hubo un nuevo silencio.
—Júrame —porfió él— que mi secreto no saldrá de ti…
Como ella tardase en responder, se puso de hinojos sobre la cama y cruzó las manos. Tenía los labios blancos y cubierta de sudor la frente, y los ojos se desorbitaban en la lividez fantasmal del rostro. Estaba trágico, estaba clownesco…
—Piedad… Piedad para mí… —balbucía con acento monótono— Solo te pido piedad… ¡Piedad!… Si la piedad te faltase… si hablases… me suicidaría.
Joaquina lo miró, sondeándolo. Él repitió trabajosamente, tartamudeando:
—Si hablases… me suicidaría… me pegaría un tiro. ¡Sí, un tiro, delante de ti!…
Su dolor era tan grande, que la ofendida tuvo misericordia.
—Callaré —dijo— por ti y por mí también; pero esto no significa que acepte la situación que me propones. Repito que necesito reflexionar. Entre tanto nuestro litigio permanece en pie.
No hablaron más, y sobre la angustia de esta interrogación transcurrieron dos semanas. Ante el mundo, como en su hogar ante la servidumbre, los señores de Hidalgo representaban a la perfección la lúgubre pantomima de su felicidad: dormían juntos, durante las comidas se daban muestras recíprocas de afecto, y todas las tardes iban en automóvil a Palermo. Una aureola de riqueza, de belleza y de amor les envolvía.
Cumpliendo lo ofrecido al conde, la joven nada dijo a sus padres. «Esta es una cuestión —reflexionó— que únicamente yo, discutiéndola a solas conmigo, debo resolver». La voluntad de divorciarse fue la que primero apareció en su espíritu. Pero el divorcio, que los tribunales evidentemente decretarían en seguida, acarreaba consigo un formidable escándalo. Su marido —marido de nombre nada más— quedaría cubierto de ludibrio y tendría que huir de Buenos Aires o suicidarse. Respecto de ella, particularmente en el supuesto de que Ramón Hidalgo se diese un tiro, las opiniones, en los comienzos del pleito, estarían de su parte. Más tarde se dividirían: la minoría perseveraría en la afirmación de: «Ha hecho muy bien; quien por amor se casa tiene derecho a exigir amor; un matrimonio sin hombre es una estafa». Pero en cambio la mayoría, hipócrita y católica, la tildaría de liviana, cuando no de viciosa. «¡Miren la descocada —exclamarían los pazguatos rutinarios y hasta las mismas casadas a quienes la Verdad atemoriza menos que el Adulterio— qué necesitada estaba de macho!… Bien podía haber cargado con su cruz y vivir castamente antes de sumir en la desesperación a un pobre enfermo. Si Dios le dio un esposo inútil, Él sabrá por qué, pues sus designios nadie debe discutirlos. ¡Vaya con la pécora!… ¡Vergüenza debía tener de propalar a los cuatro vientos lo que no debió nunca salir de su alcoba!…»
Estas y otras meditaciones sellaron los labios de Joaquina Valle varios meses, y su actitud era tan tranquila, a veces tan risueña, que el culpable, para quien aquella situación anómala era natural, llegó a creerse perdonado. En la joven, sin embargo, el lógico deseo de amar sanamente, como asimismo el despecho de haber sido burlada, mantenían encendidas las llamas del rencor.
La pública opinión, entretanto, había evolucionado hasta ponerse unánimemente de parte de Hidalgo. Ya nadie murmuraba de él: hasta sus difamadores más contumaces parecían convencidos de su virilidad, y únicamente la esposa del embajador alemán, advertida quizás por su sutil instinto de mujer, continuaba asegurando que la Condesa del Zafiro no tendría hijos. Estas habladurías —todo se sabe— llegaron a oídos de la interesada, y lastimándola en su amor propio la resolvieron a tomar un desquite, en el que ya reiteradas veces había pensado.
Al cumplirse el primer aniversario de sus bodas, el Conde del Zafiro propuso a su mujer un viaje a Europa.
—Conocerías Madrid, París, Londres… Estoy cierto de que nos divertiríamos mucho.
Discurría con ligereza alegre, como olvidado de su situación. Joaquina le miró con desprecio, casi con odio, y súbitamente experimentó el deseo de vengarse de él, de hacerle daño… ¡Mucho daño, en el corazón!
—¿Crees tú —repuso— que lo pasaríamos bien?
—¿Por qué no?… Veríamos los Museos de…
Ella no le dejó concluir. Impulsada por los resortes de su aborrecimiento acababa de ponerse en pie. Tenía una actitud soberbia de diosa; estaba lívida como las imágenes de la Tragedia y de la Muerte, y sus ojos azabachados despedían llamas.
—¡No es un viaje lo que yo necesito! —gritó con una voz rota por la cólera—. Lo que yo necesito, debes saberlo de una vez, lo que yo necesito no es un viaje: ¡es un hombre!…
Ramón Hidalgo retrocedió algunos pasos, temblaban sus piernas, por sus mejillas la sorpresa y el miedo habían extendido el livor de la miel.
—¿Qué dices? —musitó—. ¿Qué dices?
—Yo no te imito, yo no te engaño —prosiguió Joaquina cruelmente—: yo digo la verdad. ¡Tiempo era de que hablásemos!… Yo necesito un hombre… y no por sensualidad, que de eso no entiendo, sino porque vivo demasiado sola. ¡No quiero seguir así! Yo necesito un hombre, porque necesito un hijo…
A esta declaración rotunda, poderosa, como un grito de la Especie, siguió un hondo silencio de tempestad. Ramón Hidalgo, hundido en un sillón, las manos cruzadas delante de las rodillas, miraba a su mujer. Esta continuó:
—Te lo diré, por si no lo sabes. Los que antes se burlaban de ti, comentan ahora tu esterilidad: afirman que no tendremos hijos… Y yo deseo un hijo para conocer ese amor… Yo podría traicionarte, pero no quiero. Yo no sé esconderme, no soy «cocota»… No nací para huir… Prefiero declararte la verdad, y la verdad es esta: quiero ser madre.
Hidalgo intentó hablar: se ahogaba. Aquella declaración le había traspasado el pecho como un puñal.
—¡Nunca! —pudo decir al fin—. ¡Nunca!…
—Si no accedes a mi exigencia —afirmó Joaquina implacable—, informaré a mis padres de cuanto sucede, pediré el divorcio y aconsejaré a mi abogado solicite de los tribunales que te sometan a un reconocimiento médico. Para mejor cubrirte de ignominia llevaré el asunto a la Prensa…
El conde se levantó: una ráfaga de orgullo le sostenía.
—Si haces eso —exclamó— me mato.
—Si no aceptas lo que te he propuesto —replicó la joven—, elige entre el suicidio y el escándalo. Me es indiferente. Ambos caminos me convienen, porque uno y otro me dan la libertad.
Calló unos instantes para darle tiempo a contestar. Como no lo hiciese, continuó:
—Lejos de oponerte a mi plan debías ayudarme a realizarlo, único modo de que tu debilidad permanezca secreta. Yo no quiero a ningún hombre…
El movimiento áspero que su marido hizo para mirarla interrumpió la frase.
—No quiero a ningún hombre —repitió—, pero sí quiero un hijo, y ni amenazas ni ruegos me harán desistir de él. Y eres tú, considéralo bien, tú, que me escamoteaste el amor de esposa, el único obligado a no privarme del amor de madre.
Estas palabras intrépidas y justas hicieron mella en el espíritu comprensivo del diplomático. «¡Tiene razón!…» —se decía. Rememoraba la inclinación que siempre Joaquina había demostrado a los niños, y el regocijo con que los manoseaba y tomaba parte en sus juegos. También se acordó de aquella muñeca que sus manos pueriles descolgaron de un «Árbol de Noel», y que su abuelo le arrebató… «Ese hijo es para Joaquina —meditaba— lo que aquella muñeca, sin yo saberlo, era para mí… Porque las muñecas son las hijas de las niñas. ¿Qué ley me autoriza entonces a contradecir su deseo? Ninguna. Ella es saludable, sus entrañas están pictóricas de savias, llenas de embriones de seres que quieren nacer, que pugnan por nacer… y nada existe en la vida más sagrado que la Vida. Dios es el ovario…»
Con tales reflexiones lentamente se apaciguaba y predisponía a la transigencia. En la falsedad de su situación, lo único que le enloquecía, al extremo de llevarle a pensar en el descanso del suicidio, era el escándalo. Su asexualidad le obligaba a contentarse con las apariencias. Él, que «parecía» hombre, que «parecía» marido, ¿por qué no se prestaría asimismo a «parecer» padre? Quien fingió hasta allí, ¿por qué no seguiría fingiendo?… ¿Por qué no remedar hasta el fin la comedia de su virilidad?… ¡Tener un hijo que llevase su nombre!… ¿Qué más podía ofrecerle al público?
La idea de que Joaquina se entregase a un amante no le hacía sufrir. Pelean por las hembras los machos; los celos son un sentimiento esencialmente masculino, y él era andrógino. Su dormido temperamento ignoraba los egoísmos, los exclusivismos sanguinarios, vinculados en el hombre al deleite de la posesión. A despecho de la civilización, el hombre, en quien ruge todavía la voz intransigente de los «primitivos», quiere ser el dueño, el amo de su hembra, y nadie, sin riesgo de la vida, se acercará a ella. Hidalgo no razonaba así: sus sentires eran otros. Él quería a Joaquina como a hermana, como a camarada, y a no ser por miedo a la murmuración el día mismo de tornaboda le habría devuelto su libertad.
Una tarde de mayo en que ambos divagaban a pie bajo las frondas de Palermo, doradas ya por los primeros fríos del otoño argentino, Ramón Hidalgo abordó la cuestión:
—He meditado mucho sobre tu deseo de tener un niño. Lo hallo justo, pues siempre de la ley escrita triunfó la ley natural, y así estoy dispuesto a ayudarte.
Hablaba ecuánime, como si tratase de casar a una hija. Joaquina Valle no replicó.
—Insisto —prosiguió el diplomático— en la conveniencia de hacer un viaje a Ultramar. Yo pediría a nuestro embajador un año de vacaciones. Así estaríamos más tranquilos. Los viajes se prestan a la aventura: tu hijo nacería en Europa… ¿Comprendes?…
El rostro, hasta entonces sombrío de la esposa, cambió de expresión: se tornó alegre, una claridad de aurora, una luz de resurrección, lo iluminaron de súbito.
—Conformes —dijo.
—¿Apruebas mi plan?
—Lo juzgo el mejor.
Él añadió, transcurridos unos instantes:
—¿Has puesto los ojos ya en algún hombre?
—En ninguno.
—En tal caso… ¿Me permites darte un consejo?
Ella afirmó con la cabeza, y por momentos le miraba con redoblado ahínco. Para hablar, Ramón Hidalgo se detuvo:
—Procura —dijo reposadamente, cual queriendo dar a sus palabras una majestad profética— elegir bien el hombre a quien has de donarte: hazlo por cariño a ese hijo, que heredará las inclinaciones de su progenitor… y también por consideración a mí. Búscale un padre limpio de cuerpo y sano de espíritu. ¿Lo harás así, Joaquina?…
En aquel instante el desdichado se acordaba de su infancia triste y de todo el oprobio que las malas herencias dejaron en él.
—Tendré presente tus palabras —repuso la joven.
—Y procura también —concluyó el conde— que ese hombre sea un caballero… ¿Entiendes?… Un caballero que no se jacte de su victoria sobre ti; un caballero que te adore… y que no lo diga… ¡Óyelo bien: que no lo diga!… Porque tenemos tres vidas: la nuestra íntima, la única cierta; la que aparentamos y la que el mundo nos permite tener o nos atribuye. ¡Procuremos que esta, cuando menos, se mantenga limpia!…