Una pobre vida

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VI

Dos años tardó en aparecer aquel hombre ejemplar, pues siempre la Felicidad caminó despacio. Se llamaba Fernando Cruzado, y atesoraba todas las perfecciones: vivía holgadamente y dominaba los deportes más nobles; era inteligentísimo, era elegante y apuesto, era soltero, era rico… ¡Era «el Príncipe Azul»!…

Joaquina Valle, como mujer escarmentada, le examinó bien: estudió y comprobó despacio sus raras cualidades de perfectísimo caballero, y cuando estuvo cierta de haberle conquistado se entregó a él.

¿Cómo describir el estupor y el júbilo del dichoso galán la primera vez que oprimió entre sus brazos a la virgen casada? ¿Ni cómo retratar la desapoderada pasión en que, a partir de aquel día, su alma y su carne empezaron a consumirse por igual?…

Cruzado estaba al corriente de cuanto las gentes habían murmurado respecto a la indefinida masculinidad del Conde del Zafiro, y el deseo de reivindicarse que impulsó a este al matrimonio, y el mucho bien que de su generosidad y despabilado talento le dijera Joaquina, le inspiraron la curiosidad de conocerle.

—Preséntame a él —rogaba Fernando a su amante—, pues que tú y yo, seguramente, no hemos de separarnos jamás, necesito tratarle: estoy seguro de que hemos de querernos como hermanos.

Transcurrido cierto tiempo, Joaquina Valle explicó al diplomático su cambio de vida y la conveniencia de que él y Fernando Cruzado se relacionasen.

—Así, pues —agregó—, el viaje a Europa podemos emprenderlo cuando gustes.

Dando muestras de una serenidad que la joven no podía considerar sin sentir un poco de desprecio, Hidalgo repuso:

—¿Crees que él nos acompañaría?

—Estoy segura.

—¿Le hablaste ya de esto?

—Sí.

—En tal caso, mañana mismo visitaré al embajador.

La noche en que Ramón Hidalgo y Fernando Cruzado se conocieron —fue la misma Joaquina quien los presentó—, el diplomático recibió una emoción de la que tardó en recobrarse. Aquellos dos hombres, que si bien dueños por razones diferentes de la misma mujer no podían ser rivales, simpatizaron en seguida, y no porque Joaquina los retuviese embaucados en su hechizo, sino por rápido y espontáneo impulso.

—¡Qué bueno, qué humilde, qué tímido es! —pensó Fernando.

Y el conde:

—¡Es guapo!… ¡Debe ser valiente!… ¡Qué confianza se comprende que tiene en sí mismo!…

Estas impresiones, diametralmente opuestas, que cada cual produjo en el otro, motivaron su inmediato acercamiento. Se hallaban en un restaurant de la Avenida de Mayo, y aquel ambiente mundano, saturado de tolerancias, les impelía a la amistad. Sentada entre los dos, y más bella que nunca, Joaquina Valle repartía entre ambos sus sonrisas, y, sin proponérselo, les adiestraba en cómo más adelante habrían de tratarse. Oyendo hablar a Hidalgo y escudriñando en el dolor sin consuelo de su sonrisa, Cruzado se decía: «Este hombre, más que un miserable o un gran mamarracho, como muchos supondrían viéndonos juntos, es un gran infeliz». Le comprendía inferior, y la absurdidad física que le vedó acercarse a Joaquina le movía a compadecerle. Era un enfermo. «Si alguien tratase de ridiculizarle —continuaba discurriendo Fernando—, yo sabría evitarlo. De este matrimonio he de hacer mi familia; ella será mi mujer, y él será mi hermano».

A los generosos pensamientos del amante, los del marido se acoplaban a maravilla, en virtud de un fenómeno de psicología sexual, porque Cruzado razonaba como hombre, mientras el Conde del Zafiro discurría en mujer. «Es fuerte, es un buen mozo optimista y resuelto; es uno de esos caracteres exuberantes que irradian salud y bajo cuya protección es grato vivir», meditaba Hidalgo. Una insólita epifanía de imágenes y de sentimientos olvidados desde la infancia en las estanterías de su memoria, le turbaban.

Resucitaba en él intacto el niño que en silencio estuvo prendado de otros niños. Fernando se parecía a Sancho Ercilla, y después de veinte años Ramón Hidalgo disfrutaba junto a él la misma deliciosa emoción de superioridad que le produjera su condiscípulo. Los dos eran francos, rectilíneos, bruscos: a Cruzado, como a Sancho Ercilla, él sería capaz de mullirle la cama y de lustrarle las botas… A continuación el desdichado apreció la felicidad de Joaquina. Su alma de mujer la comprendió, acaso la envidió. «¿Cómo no había de quererle?…», pensaba.

Meses después emprendieron los tres su proyectado viaje a Europa, y las fatigas y emociones del camino contribuyeron a fortalecer la urdimbre de sentimientos —unos normales, otros enfermizos— que había entre ellos. El Amor, divinidad de infinitas máscaras y de inagotables recursos, les cautivaba y de diversos modos les hacía felices. Joaquina Valle, que en los comienzos de aquella nueva vida despreciaba a su marido, al extremo de odiarle, poco a poco fue deponiendo su actitud arisca, y aconsejada por su amante llegó a tener misericordia de él. Esto la serenó.

—¿No ves cómo nos quiere? —decía Fernando—. ¿No sientes cómo hace suya nuestra dicha?… Porque sabe que nos queremos mucho, nos quiere tanto. Él desearía ser para mí lo que tú eres, pues está enamorado de mí, y al mismo tiempo ser para ti lo que yo soy. Es un ser doble, que, a su modo, vive nuestro idilio dos veces.

Desembarcaron en La Coruña y fueron a hospedarse a un hotel donde al siguiente día Ramón Hidalgo se trabó de palabras con un individuo que, al pasar junto a ellos, galanteó a la condesa. Cruzado entonces terció en la cuestión, y haciendo suya la ofensa abofeteó al ineducado y se batió con él. Hidalgo no protestó: como en el colegio, se dejó defender. En este singular triunvirato el marido representaba el papel principal: el de jefe; pero en realidad el amo era Fernando.

En París Joaquina Valle dio a luz un niño, que fue bautizado con el nombre de su padre verdadero. Aquella criatura, que venía a consolidar lazos de amor, señaló una crisis inesperada en el dietario sentimental del conde. La madre que dormitaba en él se desbordó. ¡Al fin, la muñeca que su abuelo, el general, le rompió, estaba allí! Hubiera sido hijo suyo y no le hubiese querido más. Joaquina y Fernando reían hasta llorar viendo cómo le tomaba en brazos; y la paciencia y femenil destreza con que le limpiaba y le daba el biberón, y sabía dormirle. No permitía que nadie manejase al chico, temeroso de que le diesen un golpe, y por las noches dormía con él. Las criadas del Hotel estaban admiradas de un tan extraordinario amor, y aseguraban que jamás habían conocido otro padre igual.

El regreso a Buenos Aires fue penoso, hubo mal tiempo, y Ramón Hidalgo, que se mareaba mucho, pasaba los días y las noches en el camarote, acostado, con Fernandito en brazos. Joaquina y su amante, de cuando en cuando bajaban a verle.

En una ocasión Cruzado encontró a su amigo llorando, y se conmovió mucho. Hidalgo trató de tranquilizarle, al mismo tiempo que se enjugaba los ojos.

—Mi pena no es reciente, sino antigua —explicó—, y acordándome de cómo he vivido, lloro con frecuencia. ¿Quieres creerme?… Nunca he sido más feliz que ahora; nunca el porvenir me pareció más seguro… Y esta tranquilidad la recibo de ti…

Cogió una de las manos de Cruzado y humildemente puso en ella los labios. Como siempre que el deseo femenino de confesión le poseía, su voz se aflautaba.

—¿Tú me querrás siempre, Fernando?

Acostumbrado a los enternecimientos y desmayos del conde, Cruzado repuso tranquilo:

—Te querré siempre.

—¿No pesaré algún día en tu vida?… Y si esto sucediese, ¿te llevarías a Joaquina?… ¡No lo hagas —imploró—, porque si me la quitases, me quitarías también al niño… y yo, sin el niño y sin vosotros, ya no podría vivir!

—Ni nosotros viviríamos sin ti —atajó Fernando con cierta impaciencia— Mas… ¿a qué hablar de esto?…

—Es que yo quisiera —suplicó Hidalgo— que tú me conocieses bien. Sufro mucho… Joaquina te habrá contado… sí… pero no basta. Ella, aunque inteligente, no pudo descender al fondo de mi corazón. Oye…

—No me cuentes nada, hermano —interrumpió Cruzado levantándose—; lo que sé de ti basta para que ni mi estimación ni mi cariño te falten jamás. Hasta luego.

Y el resbaladizo diálogo finó así.

Más tarde a los señores de Hidalgo les nació otro vástago. Nadie sospechaba las relaciones ilícitas de Joaquina Valle, a quien todos felicitaban por sus maternidades, y de la tan discutida virilidad del Conde del Zafiro no se volvió a hablar. La misma esposa del embajador alemán se sintió vencida. Las apariencias, pues, estaban salvadas; el drama, vestido de felicidad, parecía un idilio. Agasajado por el éxito, el joven diplomático se mostraba dichoso: su mujer era hermosa, sus hijos sanos, y en las Legaciones comentaban su próximo ascenso.

—Un día —declaró en un banquete— regresaré a España para ser ministro.

Esta frase ambiciosa inflamó el entusiasmo de los oyentes, y fue calurosamente aplaudida.

—¡Es un triunfador! —decían.

Hidalgo estaba a salvo; Cruzado había hecho de él un hombre.

FIN

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