Twisted love
Capítulo 38
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Alex
El puño de Josh me reventó la cara, y escuché un siniestro crac antes de caer de espaldas. La sangre me empezó a brotar de la nariz y los labios, y a juzgar por el dolor que irradiaba el lado derecho de mi cara, seguro que al día siguiente me despertaría con un ojo morado.
Aun así, no hice ningún intento de defenderme mientras Josh me daba una paliza.
—Maldito cabrón —dijo entre dientes, con la mirada desatada mientras me daba un rodillazo en el estómago. Me doblé de dolor y se me cortó el aliento de los pulmones en mitad de un grito ahogado, teñido de rojo—. ¡Maldito cabrón! Hijo de puta. ¡Confiaba en ti! —Otro puñetazo, esta vez en las costillas—. ¡Eras mi mejor amigo!
Los golpes continuaron hasta que me caí de rodillas, con el cuerpo hecho un manojo de cortes y moratones.
Pero abracé el dolor. Me recreé en él.
Era lo que me merecía.
—Siempre supe que tenías mal gusto —dije con la voz ronca. Nota mental: trabajar desde casa hasta recuperarme de las heridas. No quería que la oficina se llenara de rumores. Todo el mundo seguía hablando de la muerte de mi tío, que oficialmente se había atribuido al incendio que había reducido a cenizas la mansión y todo lo que había dentro.
Josh me agarró del cuello de la camisa y me levantó, con la cara llena de dolor y furia.
—¿Te parece gracioso? Ava tenía razón. Sí que eres un psicópata.
Ava. El nombre me atravesó como una cuchilla afilada. Ninguna paliza física dolía más que pensar en ella. Su cara antes de alejarse me perseguiría hasta el fin de mis días, y gracias a mi maldita memoria, recordaba cada detalle de cada segundo. El olor de la sangre y el sudor sobre mi piel, la manera en la que le temblaban los hombros mientras se envolvía con la manta con las manos blancas… El momento en el que aquel débil destello de esperanza murió en sus ojos.
Se me revolvieron las tripas.
Quizás no la había matado físicamente, pero había matado su espíritu, su inocencia. La parte de ella que creía en la bondad de las personas y veía belleza en el corazón más oscuro.
¿Ha sido real?
«Sí, Rayito. Todo ha sido real. Más real de lo que jamás creí posible».
Eran las palabras que habría querido decir, pero no había dicho. Había resultado herida y estuvo a punto de morir por mi culpa. No había podido protegerla, igual que tampoco pude proteger a mi hermana o a mis padres. Quizás mi maldición era ver sufrir a todos los que me rodeaban.
Era un genio, pero había sido tan arrogante que había pasado por alto una debilidad crucial dentro de mi plan. Había anticipado que mi tío iría a por Ava, pero debería haber tenido a un equipo vigilándola las veinticuatro horas, en lugar de solo por el día. Ese error de cálculo por poco me cuesta la única persona sin la que no era capaz de vivir.
Pero la había perdido igualmente. Porque aunque yo fuera un hijo de puta egoísta, lo único que me atormentaba más que no tenerla a mi lado era ver cómo sufría otra vez. Me había ganado unos cuantos enemigos a lo largo de los años, y una vez descubrieran mi debilidad (porque ella era mi debilidad, la única que había tenido) no dudarían en hacer lo mismo que había hecho mi tío. Ava nunca estaría segura mientras estuviera conmigo, y por eso la dejé marchar.
Era mía…, pero la dejé marchar.
Antes de conocerla creía que yo no tenía corazón, pero ella había demostrado que sí lo tenía. Ahora estaba hecho pedazos a sus pies.
—Defiéndete —gruñó Josh—. Defiéndete para que pueda matarte, hijo de puta.
—No. Y no porque tenga miedo a morir. —Joder, me habría encantado. Esbocé una siniestra sonrisa. El gesto me provocó otra punzada de dolor—. Te la regalo. Una paliza ilimitada por ocho años de mentiras.
Torció el gesto y me empujó con desdén.
—Si crees que una paliza va a compensar lo que has hecho, estás delirando. ¿Quieres usarme? Bien. Pero has metido a mi hermana en esto, y eso jamás te lo perdonaré.
Ya somos dos.
—No voy a gastar más energía contigo. No te la mereces. —Josh apretó la mandíbula—. Eras mi mejor amigo —repitió, con la voz quebrada en la última palabra.
Otro tipo de dolor me atravesó de nuevo. Al principio me acerqué a Josh porque era el hijo de Michael, pero con los años se había convertido en mi mejor amigo de verdad. Mi tío era mi único pariente vivo, pero Josh había sido un hermano para mí. No tenía nada que ver con la sangre, sino con la elección.
Lo cierto era que podría haber acabado con Michael mucho tiempo atrás, pero lo había postergado por lealtad a Josh. Me había inventado excusas para retrasar el plan, incluso me las había dicho a mí mismo, pero en el fondo, todo era porque no quería hacerle daño.
Tú también eras mi mejor amigo.
Josh volvió a endurecer la expresión.
—Como te vuelva a ver acercarte a mí o a mi hermana, te mataré. —Me dirigió una última mirada de asco antes de irse.
Sonó un portazo y me quedé allí, mirando al techo durante lo que me parecieron horas. La empresa de mudanzas ya había recogido mis cosas y las había llevado a mi nuevo ático de Washington. No podía quedarme ni un minuto más en aquella casa llena de recuerdos, de risas apagadas y conversaciones que se sumergían en lo más profundo de la noche. No solo con Ava, sino también con Josh. Habíamos vivido allí juntos durante la carrera, y aquellos habían sido algunos de los mejores años de mi vida.
Cerré los ojos y por una vez me permití sumergirme en un recuerdo bonito en lugar de en uno doloroso.
—Canta una canción. Solo una —suplicó Ava—. Será mi regalo de cumpleaños.
La fulminé con una mirada apática, aunque me estaba conteniendo una carcajada al verla hacer pucheros con ojos de cachorrito. ¿Cómo alguien tan sexi podía ser también tan adorable?
—Tu cumpleaños no es hasta marzo.
—Será mi regalo de cumpleaños anticipado.
—Buen intento, Rayito. —La rodeé por la cintura desde atrás y le besé el cuello, sonriendo al sentir su profunda respiración. Mi polla encajaba perfectamente en la curva de su culo, como si estuviéramos hechos a medida el uno para el otro—. Pero no pienso cantar.
—¿Qué tienes en contra de la música? —resopló, aunque se arqueó contra mí cuando le rocé el pezón duro con el pulgar. No me cansaba de ella. Quería atarla y devorarla todo el día, todos los días. El resto del mundo no se la merecía. Yo tampoco, pero ahí estaba, y era mía, así que qué más daba lo que mereciera o no. Yo conseguía lo que quería.
—No tengo nada en contra de la música. —Le pellizqué el pezón y se restregó contra mi polla, que volvió a ponerse dura en respuesta—. Pero no me gusta cantar.
Lo había hecho una vez en un estúpido karaoke al que me había arrastrado mi tío, y desde entonces no había vuelto a cantar. No porque pensara que no se me diera bien (era Alex Volkov, podía hacerlo todo), sino porque cantar era demasiado personal, como si desnudara mi alma con cada nota que salía de mi garganta. Y era algo auténtico, aunque solo fuera una estúpida canción pop. Toda la música, no importaba lo cursi que fuera, estaba llena de emociones y yo había construido mi reputación a partir de la ausencia de ellas, menos cuando estaba con Ava.
Las venas me bombearon con deseo.
La tenía toda para mí antes de que Jules llegara a casa de trabajar dentro de una hora, y estaba dispuesto a aprovechar cada segundo.
—Si de verdad quieres un regalo de cumpleaños anticipado… —Le di la vuelta y soltó una carcajada que llenó de calor el cuarto—. Se me ocurre una cosa.
—Ah, ¿sí? ¿El qué? —bromeó, abrazándome el cuello con los brazos.
—Te lo puedo decir o… —Bajé dándole besos por el pecho y el vientre hasta llegar a la dulce perfección entre sus muslos—. O te lo puedo enseñar.
Salí repentinamente del recuerdo, con el corazón a mil por hora. Como todos mis recuerdos, era tan vívido que parecía que estuviera ocurriendo en ese momento. Excepto que no lo estaba, y lo único que tenía alrededor era vacío y aire helado.
Sentí una punzada en el pecho. Ahora recordaba por qué había retrasado el momento de revivir los buenos recuerdos: porque cada vez que volvía a la realidad, era como perder a Ava una y otra vez. Era un Prometeo destrozado, condenado a sufrir para toda la eternidad, salvo que en lugar de tener un águila devorándome el hígado, era mi corazón lo que se rompía constantemente.
Me quedé allí tirado hasta que las sombras se alargaron y la espalda empezó a dolerme por culpa del suelo de madera. Solo entonces me obligué a levantarme y a cojear hasta el coche.
La casa de al lado estaba silenciosa y oscura, igual que el tiempo. Había estado tan inmerso en la miseria que no me había dado cuenta de que se había desatado una tormenta. La lluvia caía con furia, y los rayos partían el cielo en dos, iluminando los árboles pelados del invierno y las grietas del asfalto.
No había en el cielo ni un solo atisbo de los rayos del sol.