Twisted love
Capítulo 39
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Ava
Dos meses después
Bridget convenció a Rhys para no contarle a la casa real lo sucedido en Filadelfia. No sabía cómo, porque Rhys era muy estricto con las normas, incluso aunque decir la verdad le metiera en un lío a él mismo, ya que Bridget había sido secuestrada bajo su supervisión. Pero lo consiguió.
La prensa tampoco se enteró nunca de la verdadera historia, aparte del breve apunte sobre un «incendio accidental que acabó con la vida del antiguo director ejecutivo del Grupo Archer, Ivan Volkov». Era como si las peores seis horas de mi vida no hubieran sucedido.
Sospechaba que Alex había tenido algo que ver con el incendio y la falta de cobertura en los medios, pero intenté no pensar en él aquellos días.
Lo logré una o dos veces.
—He traído pastel. —Jules me extendió un cupcake de red velvet—. Tu favorito. —Su cara brillaba de esperanza mientras esperaba a que respondiera.
Mis amigas se esforzaban al máximo para estar animadas a mi alrededor, pero era consciente de sus cuchicheos y sus miradas de reojo: estaban preocupadas. Muy preocupadas. También Josh, que había dejado el programa de voluntariado y había vuelto a Hazelburg para darme «apoyo moral». Aterrizó unos días después del incidente en Filadelfia para pasar unas vacaciones tardías, y cuando se enteró de lo que había pasado, se volvió loco. Eso fue hacía casi dos meses.
Agradecía mucho el apoyo de mis amigas, pero necesitaba más tiempo. Y espacio. Tenían buena intención, pero no podía respirar con ellas merodeando constantemente a mi alrededor.
—No quiero. —Hice un gesto para retirar el cupcake de mi vista. Red velvet. Como las galletas que le hice a Alex como regalo de bienvenida al barrio hacía tanto tiempo.
Ya no soportaba nada que fuera de red velvet.
—No has comido nada, y ya es casi la hora de merendar. —Por una vez, Stella no estaba pegada al teléfono. En lugar de eso, me miraba con una expresión llena de preocupación.
—No tengo hambre.
Jules, Bridget y Stella intercambiaron miradas. Me había mudado con Bridget porque ya no soportaba vivir al lado de Alex. Incluso aunque él se hubiera mudado poco después que yo, no podía mirar a la casa sin pensar en él, y cada vez que pensaba en él sentía que me ahogaba.
Sin remedio. Sin aliento. A la deriva.
—Falta poco para tu cumple. Deberíamos celebrarlo. —Bridget cambió de tema—. ¿Qué tal un día de spa? Te encantan los masajes. Yo invito.
Negué con la cabeza.
—¿O simplemente una noche de pelis? —sugirió Stella—. Pijamas, comida basura y pelis basura.
—Pelis que son tan malas que son casi buenas —añadió Jules.
—Vale. —No me apetecía celebrar nada, pero tampoco me apetecía discutir, y seguirían insistiendo hasta que aceptara algo—. Voy a echarme un rato.
No esperé a que me contestaran, empujé la silla y subí la escalera hasta mi cuarto. Eché el cerrojo y me tumbé en la cama, pero no podía dormir. Después de recuperar los recuerdos había dejado de tener tantas pesadillas, pero ahora tenía miedo de las horas en las que estaba despierta.
Me quedé tumbada en la oscuridad, escuchando la lluvia y mirando las sombras que bailaban en el techo. Los últimos dos meses habían pasado volando y al mismo tiempo parecía que nuca se iban a acabar, y cada día se fundía con el siguiente en un eterno lodazal de letargo. Todos los días me despertaba sorprendida de haber sobrevivido un día más. Entre las traiciones de Michael y las de Alex, se me había agotado la capacidad de llorar.
No había derramado una sola lágrima desde que volví de Filadelfia.
En la mesilla sonó una notificación de mi móvil avisando de un correo entrante. Lo ignoré. Probablemente era un cupón del diez por ciento en algo que no necesitaba.
Aunque tampoco es que pudiera dormirme, y el sonido se había quedado flotando en el aire.
Suspiré y agarré el teléfono, abriendo el nuevo correo con el mismo entusiasmo que un preso camino al corredor de la muerte. Era la guía completa de orientación del programa de la beca World Youth Photography, con el calendario de las clases y actividades de todo el curso, un listado de alojamientos recomendados y una pequeña guía de Nueva York.
En mayo me graduaría y me mudaría a Manhattan. Había sido mi sueño desde los trece años, pero ya no era capaz de reunir ni un poco de entusiasmo ante aquella idea. Nueva York estaba demasiado cerca de Washington para sentir alivio, y a decir verdad, llevaba semanas sin coger la cámara. Incluso había cancelado la sesión de compromiso con Elliott y su prometida porque no me creía capaz de estar a la altura. Fue una decepción para ellos, pero les puse en contacto con otro fotógrafo que los ayudaría. Mis clientes merecían algo más de lo que yo podía ofrecerles, porque en ese momento tenía cero inspiración ni motivación para hacer fotos.
Dentro de dos meses y medio iba a disfrutar de la beca más prestigiosa del mundo, y mi creatividad estaba más seca que el desierto de Kalahari. Otra cosa bonita más de mi vida echada a perder.
Dentro de mí se despertó una ira, salida de no se sabe dónde, que me sacó del estupor.
Esta debería ser la época más emocionante de mi vida. Era mi último año de carrera, y había obtenido la beca de mis sueños. En lugar de celebrarlo, estaba deprimida como… como una adolescente con el corazón roto. Y aunque en parte fuera así, ya estaba harta. Harta de dejar que hombres a los que les importaba una mierda tuvieran ese poder sobre mí. Harta de ser objeto de miradas de compasión y cuchicheos.
Tal vez en el pasado había sido esa persona, pero ya no.
La rabia y la indignación me corrían por las venas y me impulsaron a salir de la cama y rebuscar en los cajones hasta que encontré lo que estaba buscando. Me lo puse, lo cubrí con una sudadera y unos vaqueros y me enfundé unas botas en los pies. Bajé la escalera y vi a mis amigas apiñadas en un corrillo en el salón. Rhys estaba en el rincón, con expresión hierática y vigilante.
—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —preguntó Bridget cuando vio cómo iba vestida—. Está diluviando.
—No, tengo paraguas.
—¿Adónde vas? —preguntó Stella—. Voy…
—Tranquila. Necesito hacer algo. Yo sola.
Frunció ligeramente el ceño.
—No creo que…
—En serio. —Suspiré profundamente—. Aprecio mucho todo lo que habéis hecho, chicas, pero necesito hacer esto por mí. No voy a hacerme daño ni a cometer ninguna locura. Tenéis que confiar en mí.
Se hizo un largo silencio que finalmente Jules rompió.
—Claro que confiamos en ti —dijo con suavidad—. Eres nuestra mejor amiga.
—Pero si nos necesitas, aquí estamos. —La mirada cálida y llena de empatía de Bridget me provocó un nudo de emoción en la garganta—. No tienes que hacerlo sola si no quieres.
—Nos puedes mandar un mensaje, una paloma mensajera, lo que sea —añadió Stella—. Mi buzón de Instagram a veces es una locura, pero también puedes escribirnos por ahí.
Me tragué el nudo de la garganta y dejé escapar una pequeña risa.
—Gracias. Volveré pronto. Lo prometo.
Cogí un paraguas de la entrada, sintiendo en la nuca el calor de las miradas de preocupación de mis amigas, y salí a la tormenta. Mis botas rechinaban por las aceras mojadas mientras caminaba hacia un edificio del campus al que no había entrado durante todos los años que había ido a Thayer. En primer lugar, porque me daba pereza, y en segundo lugar, porque tenía miedo de… un recinto concreto.
Deslicé mi carnet de estudiante en la entrada y miré el plano antes de retroceder en mi camino. Era un domingo lluvioso de marzo, así que no había mucha gente. La gente que había hecho propósitos de año nuevo y los que habían prometido hacer más ejercicio ya se habían rendido a esas alturas, y los asiduos al gimnasio debían de haberse tomado el día libre.
Empujé la puerta del recinto de la piscina y suspiré de alivio al ver que también estaba vacía. Era un espacio magnífico, con azulejos de un turquesa pálido y una cristalera sobre el agua.
Me quité las botas y la ropa hasta quedarme en bañador.
El olor del cloro ya no me revolvía el estómago como antes. Me había acostumbrado a él después de las clases de natación con Al… Después de las clases de natación. Aun así, la piel se me erizó de inquietud al mirar las ondas en el agua turquesa, que parecían estirarse hasta el infinito en aquel recipiente de cemento de proporciones olímpicas.
Llevaba meses sin dar clase de natación. Creía que me acordaría de lo básico, pero ¿y si no me acordaba?
Sentí una presión en el pecho, y me costó más esfuerzo del debido llenarme los pulmones de aire.
Era peor cuando Al… Cuando estaba sola. Si me ahogaba, nadie me encontraría hasta mucho rato después. No había nadie que pudiera salvarme.
Pero ese era el sentido de este ejercicio, ¿no? Hacerlo sola.
«Respira, Ava. No te vas a ahogar. Sabes nadar».
Abrí los ojos y di unos cuantos pasos temblorosos hasta el borde de la piscina. Parecía no tener fondo, aunque los marcadores indicaban que la profundidad máxima era de dos metros y medio.
Antes de perder el control, me detuve, intentando no estremecerme con el tacto del agua en los tobillos. Las rodillas. Los muslos. El pecho. Los hombros.
Vale. No estaba tan mal. Ya me había metido en una piscina decenas de veces. Podía hacerlo.
Pero no sola, me dijo la vocecilla de mi cabeza. «¿Qué te hace pensar que puedes hacerlo sola?»
—Cállate ya —espeté, con la voz reverberando por todo el recinto vacío.
Tomé aliento y después de rezar fugazmente, sumergí la cabeza en el agua. Me resistí ante el impulso de un ataque de pánico. «Estás bien, estás bien». Aún estaba en el lado menos profundo de la piscina, podía sacar la cabeza en cualquier momento.
Cerré los ojos, y mi mente empezó a proyectar imágenes de todo lo sucedido en los últimos seis meses.
Josh diciéndome que se iba a Centroamérica. Yo tirada en medio de la nada bajo la tormenta. Alex (bueno, ya he dicho su nombre completo) yendo a buscarme. Alex mudándose a la casa de al lado. Alex…
Sentí que me iba a estallar la cabeza, y salí a tomar aire. Me permití un minuto de descanso antes de volver a sumergirme.
El cumpleaños de Alex. Nuestro primer beso. Nuestro fin de semana en el hotel. Acción de Gracias. Mi padre. Mi secuestro.
La dulce e ingenua Ava, tan ansiosa por reparar todo lo que está roto.
¿Ha sido real?
Una y otra vez. Metí y saqué la cabeza. Era la primera vez que me permitía pensar en Alex y en nuestro tiempo juntos desde lo de Filadelfia. Sentía como si mil cuchillas se me clavaran en el pecho al recordar su voz, su mirada, su tacto… Pero aún estaba ahí. Estaba viva. Y por una vez, el agua no parecía mi enemiga. Sino una amiga que se tragaba mis lágrimas y me limpiaba los restos del pasado.
No podía cambiar lo que me había ocurrido ni controlar lo que habían hecho otros, pero sí que podía controlar lo que hacía yo. Podía dar forma al futuro que quería tener.
Cuando me vi superada por aquella energía incansable, dejé de aguantar la respiración bajo el agua y empecé a nadar. No tenía intención de ganar ninguna medalla olímpica próximamente, pero era capaz de mover mi cuerpo de un extremo a otro de la piscina, lo cual era mucho más de lo que podía hacer justo un año atrás.
Durante toda mi vida, todos me habían tenido entre algodones. Josh. Mis amigas. Alex. O al menos, habían fingido preocuparse por mí. Les había dejado, porque era más fácil apoyarse en los demás que en una misma. Creía que era libre porque no estaba encerrada en ninguna jaula física, pero sí que estaba atrapada en mi propia mente, por los miedos que me habían asolado por el día y las pesadillas que me habían asolado por la noche. Escogí las opciones seguras porque no creía tener fuerza suficiente para nada más.
Pero había sobrevivido no a una ni a dos, sino a tres experiencias cercanas a la muerte. Me habían roto el corazón y lo habían pisoteado, pero aún podía respirar. Había sufrido pesadillas casi toda mi vida, y aun así encontré el valor para soñar.
Nadé hasta que me dolieron los pulmones.
Después de aquello, me quedé en la piscina un rato más, disfrutando de mi logro. Yo, nadando sola durante (miré el reloj) una hora entera sin sufrir un ataque de pánico. Más de una hora.
Miré hacia arriba con la primera sonrisa real que había mostrado en meses iluminándome la cara. Era pequeña, pero estaba ahí.
Pasito a pasito.
Sobre mí, la tormenta se había disuelto y las furiosas nubes grises dieron paso a un cielo azul. Y a través de la cúpula de cristal, vi con claridad los pálidos destellos del arcoíris.