Twisted love
Capítulo 41
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Ava
Me encantaba Londres.
Me encantaba su energía, los acentos sofisticados, la expectación por cruzarme con alguien de la familia real en cualquier momento. No me los crucé, pero podría habérmelos cruzado, aunque le juré a Bridget que ella era mi miembro de la realeza favorito. Y sobre todo me encantaba empezar de cero. Allí nadie me conocía. Podía ser quien quisiera, y enseguida recuperé la llama creativa que había perdido en aquellas semanas oscuras después de Filadelfia.
Mudarme a una ciudad donde no conocía a nadie me había puesto nerviosa, pero el resto de los alumnos del programa World Youth Photography y los profesores eran geniales. A las dos semanas de vivir en Londres e ir a los talleres, ya tenía un pequeño grupo de amigos. Aprovechábamos la hora feliz de los bares, hacíamos sesiones de fotos juntos los fines de semana y actividades de turistas, como montarnos en el London Eye o navegar por el Támesis en un barquito.
Echaba de menos a mis amigas y a Josh, pero hacíamos videollamadas a menudo, y Bridget prometió venir a visitarme cuando fuera a Eldorra en verano. Además, estaba muy ocupada con todos los talleres y actividades, y emocionada por descubrir una ciudad nueva. No tenía tiempo para estar en mi propia cabeza, gracias a Dios.
Llevaba muchos meses metida dentro de mi cabeza, y no era el mejor lugar para pasar el tiempo. Necesitaba cambiar de aires.
También necesitaba mandarle una cesta de agradecimiento a la alumna inglesa que había accedido a intercambiarme el puesto; ella fue a Nueva York y yo a Londres. Era la única forma de que la organización me permitiera cambiar la ubicación tan tarde, pero funcionó.
—¿Estás segura de que no puedes venir? —preguntó Jack, un fotógrafo de vida salvaje australiano que también estaba en el programa de ese año—. Hoy hay copas a mitad de precio en El Jabalí Negro.
El Jabalí Negro, situado a pocos minutos del edificio de World Youth Photography, era uno de los pubs favoritos de los alumnos.
Negué con la cabeza y sonreí a modo de disculpa.
—Otra vez será. Tengo que editar unas fotos.
Quería asegurarme de que el resultado final era de primera, porque no eran para ningún taller normal, sino para el de Diane Lange. La mismísima Diane Lange. Casi me da un infarto cuando la conocí en persona. Era todo lo que había imaginado que era, y más. Era inteligente, incisiva y talentosa hasta decir basta. Dura pero justa. Cada poro de ella irradiaba pasión por el arte, y me di cuenta de que se preocupaba por nosotros. Quería que llegáramos lejos y fuéramos los mejores. En una industria despiadada llena de puñaladas traperas y zancadillas a los demás, su empeño por ayudarnos a perfeccionar nuestro arte sin espacio para el ego decía mucho de su carácter.
—Lo entiendo —dijo Jack—. Pues nos vemos mañana.
—Hasta luego. —Le dije adiós con la mano y rebusqué en el bolso para sacar los cascos mientras bajaba la escalera. Era lo malo de llevar un bolso tan grande: nunca encontraba nada más pequeño que un portátil.
Atrapé los finos cables blancos con los dedos cuando sentí un cálido cosquilleo en el cuello. Una descarga eléctrica que no había sentido en meses.
No.
Tenía miedo de mirar, pero me pudo la curiosidad. Se me aceleró el pulso mientras levantaba la mirada. Un poco más… Un poco más… Y allí estaba, a menos de un metro, con camisa y pantalón negro, con aspecto de un dios recién bajado del cielo dispuesto a desatar el caos en mi todavía frágil corazón.
Juraría que el pobre había dejado de latir.
No le había visto en persona desde lo de Filadelfia, y la imagen fue demasiado. Demasiado vívida, demasiado abrumadora, demasiado bella y espantosa. Esos ojos, esa cara, la forma en la que me acerqué a él por puro instinto antes de darme cuenta…
Me faltaba el oxígeno. El pecho me empezó a doler como cuando me sumergía debajo del agua. Sentía que se avecinaba un ataque de pánico, y sentí la necesidad de irme antes de colapsar allí mismo en medio de la acera, pero no podía mover los pies.
Es una alucinación. Tiene que serlo.
Era la única explicación que tenía sentido. ¿Por qué si no Alex iba a aparecer en Londres delante del edificio donde estudiaba después de medio año de silencio?
Me froté los ojos cerrados, conté hasta diez y los volví a abrir.
Seguía ahí. En Londres. Delante de mí.
El pánico se agudizó.
—Hola —dijo con suavidad.
Me estremecí al oír su voz. Si mirarlo era como un puñetazo en el estómago, escucharlo era como ser arrollada por un camión.
—No puedes estar aquí. —Era estúpido decir eso, porque estábamos en la vía pública y no podía prohibirle venir a Londres, pero, ay, ojalá hubiera podido. Ya estaba ahogándome en él, y no habían pasado ni cinco minutos—. ¿Qué haces aquí?
Alex se metió las manos en los bolsillos y tragó saliva. Los ojos le brillaban de incertidumbre mientras buscaban en mí algo que todavía no estaba preparada para darle. Desde que lo conocía, nunca lo había visto tan nervioso.
—He venido por ti.
—Ya no me necesitas. —Casi no me oía a mí misma por encima del sonido de mis latidos. Me arrepentí de haberme comprado un sándwich de falafel para comer, que ahora amenazaba con reaparecer dramáticamente—. Ya tuviste tu venganza, y a mí no me interesa el juego al que estés intentando jugar. Así que… Déjame-en-paz.
Hizo una mueca de dolor.
—Esto no es un juego, te lo prometo. Solo soy yo, pidiéndote… No, perdón, ahora mismo no. Pero espero que algún día no me odies y podamos tener una segunda oportunidad. —Volvió a tragar saliva—. Siempre te necesitaré, Rayito.
Rayito. La palabra me partió en dos, me arrancó la costra de las heridas hasta que empecé a sangrar otra vez.
«Deja de llamarme Rayito».
«¿Por qué?»
«Porque no me llamo así».
«Ya lo sé. Es un mote».
—Tus promesas ya no significan nada para mí. —Me crucé de brazos, muerta de frío a pesar de que el sol brillaba con fuerza en el cielo—. Incluso si lo hicieran, llegan seis meses tarde.
Aquellos meses había estado viviendo a menos de media hora de la casa de Alex, pero no se acercó ni una vez. ¿Y ahora aparecía en otro país pidiendo una segunda oportunidad? Increíble.
Casi tan increíble como la pequeña y ridícula parte de mí que deseaba darle esa segunda oportunidad.
«Sé fuerte». Había sobrevivido a varios intentos de asesinato. Había superado la hidrofobia. Era capaz hablar con el hombre que me había roto el corazón sin derrumbarme.
Eso esperaba.
—Ya lo sé. —Alex suspiró, tembloroso, con el ceño fruncido. Parecía menos arreglado que de costumbre, con el pelo despeinado y sombras púrpuras debajo de los ojos. Me pregunté si habría estado durmiendo, y al momento me arrepentí de preocuparme por eso. Sus hábitos de sueño ya no eran asunto mío—. Creía que te estaba protegiendo. Que estabas mejor sin mí. Después de lo que pasó con mi tío, no podía arriesgarme a volver a hacerte daño por estar cerca de mí. Pero nunca te dejé sola. Tuve a alguien echándote un ojo…
—Espera. —Levanté la mano—. ¿Has ordenado que alguien me siguiera?
—Para protegerte.
No podía creerlo.
—¿Cómo es posible? Es… ¡es una locura! ¿Cuánto tiempo…? Oh, Dios. —Abrí los ojos como platos—. ¿También tienes a alguien siguiéndome en Londres?
Me miró imperturbable.
—No puede ser verdad —suspiré—. Eres un verdadero psicópata. ¿Dónde está? —Miré alrededor con espanto. No vi a nadie sospechoso, pero la gente más peligrosa es aquella que aparenta todo lo contrario—. Despídelo. Ahora mismo.
—Ya lo he hecho.
Entorné los ojos. Era demasiado fácil.
—¿En serio?
—Sí, porque voy a ocuparme yo de sus funciones. Por eso me ha llevado tanto tiempo. He tenido que… gestionar mi ausencia en Washington. —Alex hizo una mueca al ver mi expresión—. Me verás mucho más de aquí en adelante.
—Y una mierda. —La idea de verlo todos los días me provocó una descarga de pánico—. Voy a pedir una orden de alejamiento contra ti. Te detendrán por acoso.
—Puedes intentarlo, pero no te garantizo que mis amigos del Gobierno británico te la concedan. —Se le oscureció la expresión—. Y si crees que te voy a dejar sola y desprotegida en cualquier sitio, es que no me conoces.
—No te conozco. No tengo ni idea de quién eres. Solo conozco a la persona que me has mostrado, y era una ilusión. Una fantasía. —La congoja se me agarró a la garganta—. Aquel día te pregunté si había sido real. Me miraste a los ojos y me dijiste que era una lección para el futuro. Pues que sepas que he aprendido la lección.
Alex se estremeció.
—Fue real —dijo con la voz ronca—. Todo.
Negué con la cabeza, el pecho me ardía tanto que me costaba respirar.
—Me he dado cuenta de que eres tan poderoso que no puedo impedir que hagas lo que quieras, pero pierdes el tiempo si crees que voy a caer en tus mentiras otra vez.
—No son mentiras. Rayito…
—¡Que no me llames así! —No pude detener el torrente de lágrimas que me inundó los ojos. Lo había hecho muy bien, pero cada segundo al lado de Alex dinamitaba la muralla que había construido alrededor de mi corazón, hasta dejarlo otra vez desnudo y vulnerable—. Has arruinado todo lo que creía que era bello. Los rayos del sol. El amor. Incluso la puta tarta red velvet, porque me recuerda a ti. Y cuando pienso en ti… —Se me escapó un lamento de la garganta—. Pienso en cada momento bonito que hemos vivido y que ahora está contaminado por el hecho de que me estabas usando todo el tiempo. Pienso en lo estúpida que fui por enamorarme de ti y cómo debiste de reírte cuando te dije que te quería. Y pienso en todas las veces que me dijiste que era demasiado ingenua, pero te ignoré porque creía que el mundo era un buen lugar por naturaleza. Pues enhorabuena. —Me limpié las lágrimas de las mejillas, pero resbalaban demasiado rápido como para que sirviera de algo. Gracias a Dios, la mayoría de mis compañeros ya se habían ido y la acera estaba vacía—. Esa fue la única verdad que dijiste. Sí que era demasiado ingenua, y el mundo no es el lugar que creía. Es cruel y es feroz y no hay sitio para los corazones frágiles.
—Rayi… Ava, no. —Alex me alcanzó, pero retrocedí instintivamente. Me miró lleno de dolor. Apretó el puño, se lo metió en el bolsillo y se le tensaron los tendones del cuello. Me pareció que le temblaban los hombros al hablar—. Eso era lo que creía porque no conocía otra cosa, pero tú me mostraste que sí que hay belleza en el mundo. La veo cada vez que te miro, o veo tu sonrisa, o te oigo reír. Siempre ves lo mejor de las personas y eso es una fortaleza, no una debilidad. No dejes que nadie, y menos yo, te quite eso. —Clavó su mirada, llena de fuego en la mía, llena de dolor—. Una vez me dijiste que había algo bonito esperándome, algo que me haría recuperar mi fe en la vida. Y lo he encontrado. Eres tú.
Quería sumergirme en sus palabras hasta que se convirtieran en mi realidad, pero ya me había quemado una vez. ¿Quién sabía lo que podía pasarme ahora?
—No dejas de hablar de protegerme —dije—. Pero me has hecho más daño que nadie en toda mi vida, incluso más que Michael. Aun cuando sabía que eras un cabrón, confié en ti para que me contaras la verdad, y resultaste ser el mayor mentiroso de todos. Por favor… —Tomé aire profundamente, incapaz de mirarlo de lo mucho que me dolía—. Déjame en paz.
Alex jadeaba como si no pudiera llenarse los pulmones de aire.
—No puedo hacer eso, cariño. Esperaré lo que haga falta, pero nunca estaré bien en un mundo en el que estás sola.
—¿Quién dice que estaré sola? Quizás encuentre a otra persona.
Los ojos se le oscurecieron con un furioso tono de esmeralda, y tensó los hombros aún más. En algún lugar, sonó un trueno. No me había dado cuenta de que había cambiado el tiempo y el sol se había transformado en un cielo gris plomizo, pero no me habría sorprendido que Alex hubiera tenido el poder de controlarlo con sus emociones.
—Y una mierda —rugió—. Mataré a cualquier hombre que se atreva a tocarte.
—No tienes derecho —mascullé—. No te pertenezco.
Le tembló el músculo de la mandíbula.
—Ahí te equivocas. La he cagado. Masivamente. Pero algún día me ganaré tu perdón, y eres mía. Siempre. No importa cuánto tiempo o distancia nos separe.
«Pero ¿sabes lo que significa que yo te lo haga? Significa que eres mía».
Expulsé el recuerdo no deseado.
—No voy a discutir más contigo. —Iba a ser imposible concentrarme esa noche para editar, pero al menos me podía ir a casa a llorar hasta quedarme dormida como una idiota patética. Viva yo—. Puedes perder el tiempo que quieras en Londres, que no servirá para nada. Hemos terminado.
Me alejé caminando antes de que Alex pudiera responder. Decidido, me siguió, y cada uno de sus pasos se correspondía con dos míos. Mierda. ¿Por qué no podía ser alta como Bridget o Stella?
Agaché la cabeza y apreté el paso, intentando ignorar al hombre detrás de mí mientras las gotas de lluvia me mojaban la cara y el pelo.
—Ava, por favor.
Me apreté el bolso contra el pecho, usándolo de armadura mientras caminaba por la acera.
—Al menos déjame llevarte a casa —suplicó Alex—. No es seguro que camines en la oscuridad.
Llevaba dos semanas caminando hasta casa y no había tenido ningún problema. No vivía en el mejor barrio, pero tampoco era una zona de guerra. Solo tenía que mirar bien por dónde iba. Además, tenía el espray de pimienta y había retomado las clases de defensa personal en el gimnasio de artes marciales del barrio.
Aunque no le dije nada de eso a Alex.
—Hace frío y está lloviendo y vas con vestido. —Daba igual lo rápido que caminara, que no me lo quitaba de encima—. Cariño, por favor, vas a enfermar. —Se le quebró la voz en la última palabra.
Apreté los dientes tan fuerte que me hice daño en la mandíbula. Mantuve la cabeza gacha, desesperada por alcanzar la seguridad de mi piso. Al final, Alex dejó de hablar y simplemente caminó a mi lado, una presencia amenazadora que hacía que todo el mundo me esquivara.
Después de lo que pareció una eternidad, llegamos a mi casa. No lo miré mientras rebuscaba la llave en el bolso y la metía en la cerradura. El agua me resbalaba por la cara, no pude distinguir si de la lluvia o de las lágrimas.
Alex no me siguió hasta el interior del edificio, pero noté el calor de su mirada mientras me deslizaba dentro.
«No mires. No mires».
Había llegado a la mitad de la escalera cuando caí. El cristal de la puerta dejaba ver toda la acera, y aunque yo ya estaba dentro, Alex permaneció fuera, calado hasta los huesos. Tenía la camiseta pegada al torso y el pelo a la frente, de un castaño que se había vuelto casi negro debido a la lluvia. Alzó la vista hasta que nuestras miradas se encontraron a través del cristal y vi su expresión de angustia y determinación a partes iguales.
A pesar de que nos separaba el cemento, el metal y casi cuatro metros de distancia, emitía un impulso magnético que casi me convenció para volver a abrir la puerta y refugiarlo del frío.
Casi.
Me obligué a darme la vuelta y a subir corriendo el resto de la escalera del edificio antes de que mi frágil y estúpido corazón me volviera a meter en un lío. Incluso después de quitarme la ropa y meterme en la ducha temblando, sus susurros me seguían acariciando los oídos, incitándome a rendirme.
«Dile que entre. Fuera hace frío y está oscuro… ¿Y si se pone malo? ¿Y si le atracan? ¿O le hacen daño?»
—No le pasará nada —dije en voz alta, frotándome la piel con tanta fuerza que se me puso roja—. A Alex Volkov no le hacían daño. Él hacía daño.
Volví a recordar su triste figura de pie bajo la lluvia y me tambaleé antes de seguir frotando aún más fuerte. Yo no le había obligado a seguirme o a quedarse ahí. Si pillaba un resfriado o… una hipotermia, era cosa suya.
Cerré el grifo con las manos temblorosas.
Pasé las siguientes dos horas comiendo ramen instantáneo e intentando editar las fotos, pero al final me rendí. No lograba concentrarme y me dolían los ojos de tanto llorar. Solo quería fingir que esta tarde no había sucedido.
Me metí en la cama, resistiendo el impulso de mirar por la ventana. Habían pasado horas. Seguramente Alex ya no estaba ahí fuera.