Twisted love

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Capítulo 42

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Ava

Alex se aferró a su promesa-amenaza de venir todos los días. Todos. Ahí estaba por la mañana, cuando me iba a clase, normalmente con un café de vainilla y un bizcocho de arándanos, mis favoritos. Ahí estaba para acompañarme andando a casa después de los talleres. Otras veces, especialmente si yo estaba con gente o me iba a explorar la ciudad los fines de semana, intentaba llamar menos la atención, pero ahí estaba también. Sentía su presencia aunque no pudiera verlo.

Nunca creí que Alex Volkov se convirtiera en mi acosador, pero a eso habíamos llegado.

Además, todos los días llegaban regalos. Toneladas.

Al final de la primera semana, mi apartamento parecía un jardín interior. Doné todo a un hospital cercano: rosas de todos los colores, orquídeas púrpuras y lilas blancas, alegres girasoles y delicadas peonias.

Al final de la segunda semana, tenía tantas joyas como para poner celosa a la duquesa de Cambridge, al menos hasta que las empeñé. El dinero que me dieron por la pila de pendientes de diamantes, pulseras de zafiros y colgantes de rubíes hizo que se me saltaran las lágrimas, pero doné la mayor parte a varias ONG y ahorré el resto para mis gastos. Londres no era barato y la beca tampoco era demasiado generosa.

Al final de la tercera semana, los bombones, las cestas de regalos y los postres caseros me llegaban hasta la rodilla.

No me gustaban especialmente las joyas o las flores, por lo que esos regalos me habían dado igual. Eran las cosas pequeñas las que me llegaban al corazón: cupcakes red velvet donde ponía «Lo siento», una cámara vintage japonesa muy rara que llevaba años buscando, pero que nunca la había encontrado a la venta, la foto enmarcada de Alex conmigo en el Festival de Otoño. No me había dado cuenta de que se había quedado una copia.

«¿Para qué quiero poner fotos?»

«Por los recuerdos. ¿Para recordar a gente y momentos?»

«No necesito fotos para eso».

Al final de la cuarta semana, me debatía entre tirarme de los pelos de la frustración o derrumbarme como un castillo de arena en marea alta.

—Tenemos que hablar —le dije el viernes por la tarde al salir del taller de técnicas de iluminación. Alex estaba apoyado en una farola delante del edificio, insoportablemente atractivo con vaqueros y una camiseta blanca. Llevaba gafas de aviador, pero la intensidad de su mirada las atravesó y se me clavó en la carne.

Un grupo de colegialas se quedaron mirándolo al pasar, entre risas y cuchicheos.

—Está buenísimo —dijo una de ellas cuando creía que ya no se la oía.

Spoiler: Se la oía.

Ojalá hubiera salido corriendo detrás de ella para darle un consejo no solicitado de hermana mayor. «No te enamores de tíos que tengan pinta de romperte el corazón, porque, con toda probabilidad, te lo romperán».

—Claro —dijo Alex, sin inmutarse ante la atención de las chicas. Seguramente estaba acostumbrado. Mientras me seguía por Londres, las mujeres lo seguían a él hasta que parecía que estábamos bailando la conga entre todos—. Podemos hablar después de cenar.

Esbozó una media sonrisa cuando lo fulminé con la mirada.

—Ni se te ocurra. —Miré alrededor y vi un pequeño hueco bajando la calle. No era un callejón, pero ofrecía suficiente privacidad. No quería que mis compañeros lo vieran y me hicieran más preguntas. Muchos ya habían visto cómo Alex me esperaba todos los días y habían asumido erróneamente que era mi novio—. Vamos allí.

Me dirigí al hueco y esperé hasta que nos metimos los dos dentro para volver a hablar.

—Tienes que parar ya.

Alex levantó una ceja.

—¿Parar…?

—Los regalos. La espera. Los juegos. No van a funcionar. —Mentira. Estaban a punto de funcionar, y por eso estaba tan inquieta. Como continuara así, no sabía cuánto tiempo más iba a poder resistir.

Se le borró la sonrisa.

—Ya te lo dije, no estoy jugando. Si quieres que pare con los regalos, pararé. Pero no dejaré de esperarte.

—¿Por qué? —Me estaba desesperando—. Podrías tener a la mujer que quisieras. ¿Por qué sigues aquí?

—Porque ninguna eres tú. No… —Alex tragó saliva y recuperó la expresión de nerviosismo—. No quería admitirlo, ni siquiera a mí mismo, pero…

—No. —Mi corazón empezó a galopar. Sabía lo que iba a decir, y no estaba ni medio preparada para oírlo—. No lo digas.

—Ava, te quiero. —Parpadeó de emoción y sentí una punzada en el pecho hasta que creí que me iba a estallar—. Cuando me dijiste que me querías, no te respondí porque no pensaba que mereciera tu amor. No conocías aún la verdad sobre mi plan, y no creí que… Joder. —Se frotó la nuca, extrañamente aturdido—. No era así como había planeado decirlo —murmuró—. Pero es cierto. Y puede que no te merezca, pero pienso trabajar hasta merecerte.

—No me quieres. —Negué con la cabeza y los ojos se me llenaron de lágrimas. Había llorado tanto en las últimas semanas que lo odiaba, pero no pude evitarlo—. Ni siquiera sabes lo que es el amor. Nos mentiste y nos usaste a mí y a Josh durante ocho años. Ocho años. Eso no es amor. Es manipulación. Es de enfermo.

—Empezó así, pero Josh se convirtió en mi mejor amigo de verdad, y me enamoré de ti de verdad. —Alex dejó escapar una risa breve—. ¿Crees que quería que ocurriera? No. Me trastocaron todos los planes. Durante años retrasé el plan de acabar con Michael por ti y por Josh.

—Muy generoso por tu parte —dije con sarcasmo.

Apretó la mandíbula.

—Nunca quise ser el príncipe encantador, y mi amor no es propio de ningún cuento de hadas. Soy una persona jodida con principios jodidos. No te escribiré poemas ni te cantaré una serenata bajo la luna. Pero tú eres la única mujer para la que tengo ojos. Tus enemigos son mis enemigos, tus amigos son mis amigos, y si tú quieres le prenderé fuego al mundo por ti.

Se me rompió el corazón en dos. Estaba deseando creerle, pero…

—Aunque fuera verdad, no se trata de amor. Se trata de confianza, y ya no confío en ti. Has demostrado ser un maestro del juego a largo plazo. ¿Y si esto es otro juego? ¿Y si un día, dentro de diez años, me despierto y me rompes el corazón otra vez? No sobreviviré a una segunda vez.

Si me hubiera roto el corazón otra persona, tal vez. Pero no Alex. Se me había clavado no solo en el corazón, sino también en el alma, y si lo volvía a perder por cualquier motivo, no lo superaría.

—Ava. —La voz de Alex se quebró. Tenía los ojos rojos, y habría jurado que estaba a punto de llorar. Pero era Alex. Él no lloraba. No era capaz—. Mi amor, por favor. Dime qué debo hacer. Haré lo que sea.

—No sé si hay algo que puedas hacer —susurré—. Lo siento.

—Pues entonces lo intentaré todo hasta que encontremos algo —dijo con expresión férrea y el tono resolutivo.

Alex no se rendiría hasta conseguir lo que quería. No estaba en su naturaleza. Pero si yo me rendía ante él, como quería mi corazón, pero como mi mente me gritaba que no hiciera, ¿cómo podría vivir conmigo misma? Una relación sin confianza se construía sobre un terreno de arena, y después de una eternidad a la deriva, yo necesitaba cimientos sólidos.

—Vuelve a Washington, Alex —dije, exhausta. Mental, física y emocionalmente—. Tienes una empresa que dirigir. —Mientras decía las palabras, se me encogió el estómago ante la idea de que nos volviera a separar un océano.

Estaba hecha un lío. No tenía ni de lo que quería, mis pensamientos iban demasiado rápido como para detenerme en ninguno de ellos, y…

—Dimití como director ejecutivo hace un mes.

Me sacó de mi ensoñación.

—¿Qué? —Era la persona más ambiciosa que conocía, y llevaba en el cargo de director ejecutivo menos de un año.

¿Por qué no me había enterado de eso? Bueno, tampoco es que leyera las noticias financieras y, además, había evitado cualquier información sobre Alex.

Alex se encogió de hombros.

—No podía ocupar ese cargo mientras pasaba el tiempo contigo en Londres, así que dimití —dijo como si fuera lo más lógico, como si no hubiera tirado por tierra el trabajo de una vida por un capricho. Excepto que Alex no hacía nada por capricho. Siempre meditaba todos los movimientos, y este último no tenía ningún sentido. A menos que…

—¿Y qué pasa con el dinero y los gastos? —Me di cuenta de lo estúpida que era esa pregunta al segundo de hacerla.

—Tengo suficiente en acciones, inversiones y ahorros para el resto de mi vida. He trabajado porque quería hacerlo. Pero ahora quiero hacer otra cosa.

Tragué saliva, con el pulso disparado.

—¿El qué?

—Reconquistarte. Da igual el tiempo que tarde.

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