Twisted love
Capítulo 43
Página 46 de 49
43
Ava
El programa de la beca terminó con una gran exposición a la que asistió toda la gente influyente del mundo artístico de Londres. La exposición se realizó en Shoreditch, y cada alumno tenía su propia sección en la galería.
Era emocionante, estresante y completamente surrealista.
Me quedé mirando mi parcelita de paraíso y a la gente que pasaba por delante, vestidos de punta en blanco y examinando cada obra con lo que esperaba que fueran miradas de admiración.
Había mejorado a grandes pasos como fotógrafa en el último curso, y aunque aún me quedaba mucho por aprender, estaba muy orgullosa de mi trabajo. Me especialicé en retratos de viaje como Diane Lange, pero con mi toque personal. Por mucho que la admirara, no quería ser ella; quería ser yo misma, con mi propia visión y mis propias ideas.
La mayoría de fotos las había tomado en Londres, pero lo bueno de Europa era la facilidad para viajar a otros países. Los fines de semana tomaba el tren Eurostar a París o hacía excursiones a la campiña inglesa. Incluso volé a países vecinos como Irlanda u Holanda y no me dio ningún ataque de pánico en el avión.
Mi obra favorita era un retrato de dos hombres jugando al ajedrez en un parque de París. Uno tenía la cabeza inclinada y reía con un cigarro en la mano mientras el otro examinaba el tablero con el ceño fruncido. Las emociones de ambos se salían de la foto, y nunca nada me había hecho sentir más orgullosa.
—¿Cómo te sientes? —Diane se acercó a mí. Su cabello pálido le llegaba a los hombros, y sus gafas de pasta iban a juego con su chaqueta y sus pantalones negros. Había sido la mejor mentora que habría podido imaginar durante el programa, y ahora la consideraba una amiga y un ejemplo a seguir.
Yo, amiga de Diane Lange.
Surrealista.
—Me siento… Todo a la vez —admití—. Aunque te advierto que igual vomito.
Inclinó la cabeza para reírse, con un gesto parecido al hombre de la foto. Era una de mis cosas favoritas de Diane. Ya fuera alegría, tristeza o miedo, expresaba sus emociones sin reservas. Se mostraba ante el mundo con la confianza de alguien que se negaba a esconderse para no hacer sentir incómodos a los demás, y por eso brillaba con fuerza.
—Es normal —dijo, con los ojos chispeantes—. De hecho yo vomité en mi primera exposición. Le poté encima a un camarero y a un asistente que resultó ser uno de los mayores coleccionistas de arte de París. Me quería morir, pero se lo tomó bien. Al final de la noche me compró dos obras.
Me mordí el labio inferior. Esa era otra. Todas las fotos de los alumnos estaban a la venta. En mi grupo competían para ver quién vendía más y para demostrar quién era «el mejor», pero yo me conformaba con vender una.
Y saber que a alguien, a quien fuera, le gustaba mi trabajo tanto como para pagar por él, hacía que el estómago me diera saltitos de alegría.
—Espero que se me dé igual de bien —dije, porque todavía no había vendido nada.
A Diane le chispearon aún más los ojos.
—Ya se te ha dado. Y mejor, incluso.
Ladeé la cabeza, muy confusa.
—Alguien ha comprado todas tus obras. Todas y cada una.
Casi me atraganto con el champán.
—¿Que qué? —La exposición solo llevaba una hora. ¿Cómo era posible?
—Parece que tienes un admirador. —Me guiñó el ojo—. No te sorprendas tanto. Tu trabajo es bueno. Muy bueno.
Me daba igual lo bueno que fuera mi trabajo; era una desconocida. Una novata. Las novatas no venden toda su colección tan rápido, a menos que…
El corazón me dio un salto, aunque no estaba segura de si era de emoción o de alerta.
Miré frenéticamente por toda la galería, buscando un cabello negro y unos ojos verdes.
Nada.
Pero estaba allí. Él era mi comprador secreto. Lo sentía en mi interior.
Alex y yo habíamos desarrollado una nueva… Bueno, no estaba segura de si llamarlo amistad, pero era algo más de lo que teníamos cuando llegó a Londres un año antes. Me seguía esperando en la puerta de casa todas las mañanas y me acompañaba de vuelta todas las tardes. A veces hablábamos, a veces no. Me ayudaba a practicar los movimientos de autodefensa, me montó la mesa del comedor después de que se me rompiera la anterior y me hacía de asistente en algunas sesiones de fotos. Había costado mucho llegar hasta ese punto, pero habíamos llegado.
Lo estaba intentando. Mucho más que intentar. Y mientras recuperaba una pizca de confianza en él, todavía algo me impedía perdonarle del todo. Era consciente del daño que le hacía cada vez que lo apartaba de mí, pero las heridas de su traición y la de Michael, aunque estaban sanando, habían sido muy profundas, y si todavía me costaba confiar en mí misma, mucho más en los demás.
Josh, que se había graduado en Medicina el mes anterior, había venido de visita varias veces en las que le pedí a Alex que se mantuviera fuera de nuestra vista. Josh seguía furioso con Alex, y no me apetecía verlos pelearse a puñetazos en medio de Londres. Jules, Bridget y Stella también me habían visitado. No les había contado lo de Alex, pero me daba la impresión de que Bridget se olía algo, porque no paraba de mirarme con un destello de complicidad.
El eco del micrófono sonó en el aire, y la gente guardó silencio. La directora del programa subió al escenario y dio las gracias a todos por asistir, dijo que esperaba que se lo estuvieran pasando bien, bla, bla, bla. Dejé de escucharla, a pesar de mis esfuerzos por prestar atención.
¿Dónde estaba?
Alex no era de los que se escondían en las sombras a menos que no quisiera que lo vieran, pero no se me ocurría ningún motivo para que no quisiera ser descubierto esa noche.
—… una actuación especial. ¡Por favor, un fuerte aplauso para Alex Volkov!
Era indignante. Había algo… Espera, ¿qué?
Me estalló la cabeza y se me cayó la mandíbula al suelo.
Ahí estaba. Con un esmoquin negro, expresión estoica, el pelo brillante bajo los focos. Había casi doscientas personas en la sala, pero su mirada encontró la mía inmediatamente.
Se me aceleró el pulso de expectación.
¿Qué estaba haciendo en el escenario?
Recibí la respuesta al minuto siguiente.
—Sé que esto ha sido una sorpresa, ya que no había programada ninguna actuación en directo esta noche —dijo Alex—. Y quien me conozca sabe que no soy famoso por patrocinar las artes, ni por mis dotes como cantante. —Entre la multitud hubo risas y miradas cómplices. Alex esperó a que se disiparan las risas antes de continuar, con la mirada clavada en mí—. Ya sea música, fotografía, cine o pintura, las artes reflejan el mundo que nos rodea, y del que por demasiado tiempo, yo solo vi el lado oscuro. Los puntos débiles, las verdades incómodas. Las fotografías me recordaban que había momentos que no perduraban en el tiempo. Las canciones, que las palabras tienen el poder de partirte en dos el corazón. ¿Por qué, entonces, me iba a importar el arte si era tan terrible y destructivo? —Era una declaración muy valiente para hacer delante de todo el mundo artístico de Londres, pero nadie dijo nada. Todos contenían la respiración. Alex nos tenía a todos hechizados con el poder de sus palabras—. Entonces alguien entró en mi vida y tiró por tierra todo lo que creía que sabía. Ella era todo lo que yo no era: ingenua, optimista, de corazón puro. Me mostró que la belleza del mundo existía, y a través de ella descubrí el poder de la fe. De la alegría. Del amor. Pero tengo miedo de haberla corrompido con mis mentiras, y espero, con todo mi corazón, que algún día descubra el camino para salir de la oscuridad y regresar a la luz.
La sala se quedó en un silencio abrumador cuando Alex terminó de hablar. El corazón me bombeaba con tanta fuerza que lo sentía en la garganta. En el estómago. En los dedos de los pies. Lo sentía en cada centímetro de mi cuerpo.
Después volvió a abrir la boca, y el corazón se me paró. Porque la voz que salía de él y llenaba la sala era lo más bonito que había oído en mi vida.
No era solo yo, sino que todos se quedaron mirando a Alex completamente embelesados, y estaba convencida de que muchas mujeres estaban a punto de desmayarse.
Me presioné la boca con el puño mientras me sumergía en la letra de la canción. Era una canción de amor y desamor. De traición y redención. De perdón y de arrepentimiento. Cada palabra me partió en dos, igual que el propio hecho de que Alex estuviera cantándola. Por mucho que en el pasado le hubiera intentado persuadir o suplicar, era lo único que siempre se había negado a hacer.
Hasta ahora.
Entendía por qué se negaba. Alex no solo cantaba, sino que cantaba muy bien. Con emoción, con belleza, con tanta crudeza que me quedé sin aliento. Desnudaba su alma con cada nota, y para un hombre con el alma dañada irrevocablemente, la idea de hacer algo así en público debía de ser inconcebible.
Cuando Alex terminó se produjo una estruendosa ovación. Su mirada permaneció unida a la mía durante unos segundos más antes de salir del escenario, y la multitud comenzó a cuchichear con emoción.
Mis pies se movieron antes de poder pensar, pero solo pude dar dos pasos antes de que Diane me interceptara.
—Ava, antes de que te vayas, quiero que conozcas a alguien —dijo—. Ha venido el editor de World Geographic, y siempre está buscando jóvenes fotógrafos con talento.
—Eh…, vale. —Miré alrededor, pero no vi a Alex por ninguna parte.
—¿Va todo bien? Pareces distraída. —Diane me miró con preocupación—. Llevas todo el año hablando de World Geographic. Pensaba que te haría ilusión.
—Sí. Estoy bien. Perdona, solo estoy un poco abrumada. —Normalmente me habría vuelto loca por conocer al editor de World Geographic, una revista de viajes y cultura famosa por sus impresionantes fotografías y reportajes, pero en ese momento solo podía pensar en Alex.
—Ha sido una pedazo de actuación, ¿no? —Diana me condujo con una sonrisa hasta un hombre mayor con el pelo canoso y una espesa barba. Laurent Boucher. Lo reconocí inmediatamente—. Si me hubiera pillado con veinte años menos…
Forcé una risa débil.
—Aunque no creo que me hubiera ido muy bien con él. Por lo que parecía, solo tenía ojos para ti. —Me guiñó un ojo.
Me puse como un tomate y murmuré una respuesta incoherente antes de llegar hasta Laurent.
—Diane, me alegro de verte. —La profunda voz de Laurent retumbó con un encantador acento francés mientras la besaba—. Estás guapísima, como siempre.
—Y tú sigues hecho un galán. —Diane me señaló con la cabeza—. Laurent, quiero que conozcas a Ava. Es la alumna de la que te he hablado.
—Ah, claro. —Laurent volvió sus ojos negros hacia mí—. He estado hablando con Diane de tu exposición. Tienes mucho talento; todavía eres joven y tal vez podrías perfeccionar un poquito la técnica, pero tienes un potencial extraordinario.
—Gracias, señor. —Entre la actuación de Alex y los cumplidos del mismísimo Laurent Boucher, la noche estaba siendo surrealista.
—Por favor, llámame Laurent.
Charlamos durante quince minutos más, en los que Diane se disculpó para irse a hablar con el director del programa. Al final de la conversación, Laurent me dio su tarjeta y me dijo que contactara con él si quería trabajar como freelance para un puesto júnior en World Geographic. Eh, sí. La oportunidad casi me hace dar un salto de alegría, pero no pude evitar un suspiro de alivio cuando Laurent se distrajo con otra persona.
Le di las gracias y busqué a Alex, pero una vez más fui interceptada por un grupo de alumnos que se habían enterado de que había vendido toda mi colección y querían saber a quién. Les dije que no lo sabía, lo cual técnicamente era verdad.
Durante toda la noche siguió pasando lo mismo. Terminaba una conversación y me atrapaban en otra. Estaba muy agradecida a todos los que querían conocerme y felicitarme, pero, joder, la única persona con quien quería hablar era Alex.
Cuando acabó la velada aún no lo había visto ni una sola vez desde la actuación. Me dolían los pies y también las mejillas de tanto sonreír, y me rugía el estómago por no haber cenado. En los eventos nunca podía comer debido a los nervios.
Los invitados se fueron marchando hasta que yo fui la única que quedó junto con un puñado de personas, incluyendo al servicio de limpieza.
No podía creer que Alex se hubiera ido sin decirme nada después de haber hecho eso, pero no cabía duda: allí no estaba.
—Hola, Ava.
Levanté la mirada, pero enseguida me llevé una decepción al ver quién me había hablado.
—Hola, Jack. —Sonreí otra vez—. Creía que te habías ido.
—No. Me he quedado rezagado, como tú. —Le brillaron los ojos azules—. ¿Quieres ir a picar algo? No he podido comer nada en toda la noche de los nervios —explicó.
—Yo igual.
—¿Tú, nerviosa? Venga, si has vendido toda la colección. ¡Es increíble! Lo nunca visto en toda la historia de World Youth Photography. —Jack me abrazó—. Deberíamos celebrarlo. ¿Con una cena en condiciones y unas copas? No tiene que ser esta noche si estás muy cansada —añadió.
Parpadeé, intentando averiguar si le había entendido bien.
—¿Me estás… pidiendo salir?
Jack se había convertido en un buen amigo en el último año, y me gustaba quedar con él. Tampoco era nada feo, tenía una media melena rubia, acento australiano y piel de surfero. Pero cuando lo miraba, mi estómago no daba ningún vuelco ni se me aceleraba el pulso.
Jack se ruborizó.
—Sí. —Esbozó una sonrisa tímida—. Llevo un tiempo queriendo pedírtelo, pero no quería incomodarte durante el curso. Pero ahora que se ha acabado, he pensado, ¿por qué no? Eres guapa, divertida, tienes talento y nos llevamos bien. —Hizo una pausa—. Creo.
—Sí. —Le puse una mano en el hombro—. Eres uno de mis mejores amigos aquí, y me alegro mucho de haberte conocido. Eres un tío genial…
—Oooh. —Jack hizo una mueca—. Creo que eso no es muy bueno en este contexto.
Me reí.
—No, créeme, es muy bueno. Eres muy mono y también tienes mucho talento, y cualquier chica que salga contigo tendrá mucha suerte.
—Percibo que va a venir un pero —dijo con sorna.
—Pero…
—Pero está ocupada —interrumpió una voz aterciopelada—. Desde esta noche en adelante.
Me di la vuelta con el pulso acelerado y vi a Alex a menos de dos metros. Su mirada se clavó en mi mano, que todavía seguía en contacto con el brazo de Jack. La retiré, pero era demasiado tarde. En el aire casi se podía saborear el peligro.
El hombre que había desnudado su alma en el escenario había desaparecido, y en su lugar estaba el ejecutivo despiadado que no dudaría en destrozar a cualquier enemigo hasta hacerlo polvo.
—Tú eres el tío que ha actuado antes y que siempre espera a Ava a la salida del programa. —Jack entornó los ojos—. Perdona, ¿quién eres exactamente?
—El que te va a arrancar las tripas y estrangularte con ellas como no le quites las manos de encima —dijo Alex con tono calmado.
Solo en ese momento me di cuenta de que Jack todavía tenía la mano sobre mi espalda de cuando nos habíamos abrazado antes.
—Eres un psicópata. —Jack me apretó más fuerte y de pronto temí por su vida—. Voy a llamar a seguridad…
—No, no pasa nada. Lo conozco —solté antes de que Jack se metiera en más líos—. Es… propenso a la hipérbole. —Di un paso atrás para liberarme de su mano—. Tengo que hablar con él, pero luego nos vemos, ¿vale?
Me lanzó una mirada de incredulidad.
—Ava, es…
—Estaré bien —dije con decisión—. Te lo prometo. Es un viejo conocido de Washington.
Alex emanaba desagrado en oleadas. Su mirada me atravesó con la intensidad de un láser, pero lo ignoré todo lo que pude.
—Vale —reculó Jack—. Escríbeme cuando llegues a casa. —Me dio un beso en la mejilla y sonó un rugido.
Jack se estremeció y lanzó otra mirada de recelo a Alex antes de irse.
Esperé hasta que estaba muy lejos para oírnos antes de fulminar a Alex con la mirada yo también.
—Ni se te ocurra.
—¿Ni se me ocurra qué?
—Hacerle algo a Jack. O contratar a alguien para que se lo haga —añadí, porque siempre había que cubrirse las espaldas con Alex. Era el rey de los vacíos legales.
—No sabía que te importaba tanto —dijo Alex con frialdad.
Apreté los dientes.
—¿Cómo es posible que seas la misma persona que estaba cantando hace un rato? Uno es un gilipollas, el otro es…
—¿Es qué? —Alex se acercó a mí y se me secó la boca de pronto—. ¿Es qué, Ava?
—Ya lo sabes.
—No lo sé.
Dejé escapar un suspiro.
—Has cantado. En público.
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Por qué hago lo que hago últimamente? —Me acarició la mejilla con los dedos, y me recorrieron mil escalofríos de placer—. Yo… —Hizo una pausa y dijo con cuidado—: No soy el mejor expresando mis emociones. Por eso nunca me ha gustado cantar. Es todo emoción, y me siento muy vulnerable. No lo soporto. Pero como dije, estoy dispuesto a hacer todo para merecerte otra vez, y va en serio, igual que iba en serio todo lo que he dicho en la canción. La canción era para ti. Pero ya me estoy quedando sin ideas, cariño. —Alex me rozó la mandíbula con el pulgar y me dedicó una sonrisa triste—. ¿Sabes que es la primera vez que me dejas tocarte en más de un año?
Abrí la boca para discutir, porque no podía creer que fuera verdad… Pero lo era. Me vino a la cabeza un torrente de imágenes mías retrocediendo o volviendo la cabeza cada vez que Alex se había acercado a mí en los últimos doce meses. No porque no quisiera que me tocara, sino porque no confiaba en que no fuera a derrumbarme si se acercaba tanto. Nunca me dijo nada, pero había reconocido el dolor en sus ojos.
—Te he estado buscando antes —dije, con la barbilla temblorosa—. No te encontraba. Has desaparecido.
—Es tu gran noche. No quería quitarte eso.
—Creía que te habías ido. —No sabía por qué, pero empecé a llorar. Las lágrimas me corrían por las mejillas y mis sollozos retumbaban por toda la galería. Me moría de vergüenza, pero al menos estábamos solos. En alguna parte del edificio tenía que haber alguien porque si no, nos habrían echado, pero no estaban allí.
—Nunca te dejaría. —Alex me atrajo a su pecho y me sumergí en su abrazo por primera vez en lo que parecía una eternidad. Era como volver a casa después de un largo viaje en solitario en el extranjero. Me había olvidado de lo segura que me sentía entre sus brazos, como si nada ni nadie pudiera hacerme daño. Que me sintiera así después de lo que había hecho decía mucho.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó de pronto.
Enterré la cara en su pecho y negué con la cabeza. Olía a calor y a especias, era tan familiar que me dio una punzada el corazón.
Lo echaba de menos. Le echaba de menos a él. Aunque había visto a Alex todos los días en el último año, no era lo mismo que tocarlo y estar con él de verdad.
—¿Me echas de menos, cariño? —preguntó con suavidad.
Asentí, con la cara aún enterrada en su pecho.
Todo aquel tiempo había tenido miedo de dejarle entrar de nuevo, en parte porque no confiaba en él, y sobre todo porque no confiaba en mí. Después de que dos personas a las que quería me hubieran mentido durante tanto tiempo, había empezado a pensar que mi corazón era mi enemigo, no mi amigo. ¿Cómo podía confiar en mis instintos si en el pasado me habían llevado por tan mal camino?
Pero cuanto más pensaba en ello, más me daba cuenta de que no me había equivocado. Había creído que Michael era mi verdadero padre y que me había salvado la vida, pero siempre me había sentido incómoda a su lado. Nunca había creado una conexión como la que cualquier hija debería tener con su padre. Creía que era él quien estaba incómodo a mi lado, y aunque eso fuera en parte verdad, sobre todo había sido mi sexto sentido, que me estaba advirtiendo de no acercarme demasiado a él.
En cuanto a Alex, nos había engañado a Josh y a mí. Pero en lo más profundo de mi corazón le creía cuando decía que nuestra relación y sus sentimientos habían sido reales.
¿Había alguna probabilidad de que me equivocara, y que esto fuera también un retorcido juego a largo plazo? Sí, aunque no sabía qué más podría querer de mí. Había puesto a Michael en el punto de mira basándose en información falsa, y aunque no hubiera sido así, Michael ya estaba fuera del mapa: le habían declarado culpable de múltiples delitos, de intento de asesinato y fraude corporativo, y pasaría el resto de su vida en prisión.
Pero prefería dar un salto de fe antes que pasarme el resto de mi vida viviendo con el miedo de que algo pudiera pasar. Estaba harta de dejar que mis miedos se apoderasen de mí, ya fuera con el agua, con el amor o con cualquier otra cosa.
La única manera de vivir la vida era viviéndola. Sin miedos, sin arrepentimientos.
Alex me separó de él, pero mantuvo el brazo alrededor de mi cintura. Me levantó la barbilla y nuestras miradas se juntaron.
—¿Quieres que me quede?
No estaba hablando de la galería, y los dos lo sabíamos.
Tragué saliva y volví a asentir.
—Sí —susurré.
La palabra no había salido de mi boca cuando Alex me atrajo hacia él y hundió sus labios en los míos. No fue un beso pausado y dulce. Fue feroz y desesperado y todo lo que necesitaba. Una descarga de alivio lo sacudió debajo de las palmas de mis manos, que me hizo darme cuenta de lo tenso que había estado hasta ese momento.
—Sabes que ahora no habrá manera de que te libres de mí —me advirtió, agarrándome con fuerza de las manos.
—No iba a permitirlo, de cualquier forma.
Se le escapó una risa.
—Así me gusta.
Su boca se fundió con la mía una vez más y me perdí tanto en su beso, su olor, su tacto, que no me di cuenta de que nos habíamos movido hasta que toqué la espalda con la pared.
—¿Alex?
—¿Mmm? —Atrapó mi labio inferior con los dientes antes de meter la punta de la lengua. Me recorrió una descarga eléctrica por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.
—No me vuelvas a romper el corazón.
Alex relajó la expresión.
—No lo haré. Confía en mí, cariño.
—Confío en ti. —Era verdad. Esa noche había visto al Alex de verdad, despojado de todas sus máscaras, y confiaba en él con todo mi corazón.
Me dedicó una sonrisa auténtica, de las que podrían desatar una explosión nuclear y destruir a toda la población del planeta en un instante.
—Por cierto… —Me ruboricé—. Echo de menos que me llames Rayito.
A Alex le brillaron los ojos.
—¿Sí? —Me subió la falda centímetro a centímetro, hasta que sentí el aire en la parte alta de los muslos y en el culo—. ¿Y qué más echas de menos? —Me metió la mano en las bragas ya empapadas y rozó el punto más sensible entre mis piernas—. ¿Echas de menos esto?
Se me escapó un gemido.
—Sí.
—¿Y esto? —Presionó su cuerpo contra el mío hasta que sentí su erección como una roca contra el muslo. El calor me chisporroteaba en las venas. Llevaba un año y medio sin acostarme con nadie, y mi frustración sexual era un volcán a punto de estallar.
—Sí, por favor —gemí.
—Le he dicho a todos los empleados que se fueran antes de venir a verte. Estamos solos, Rayito. —Su aliento me hizo cosquillas mientras arrastraba la boca por mi cuello hasta llegar a la base de mi garganta, donde mi latido bombeaba con fuerza—. Te voy a follar contra esta pared hasta que no te acuerdes ni de tu propio nombre, pero antes de eso… —Me agarró de la garganta, con la voz convertida en un suave rugido. Di un pequeño espasmo en respuesta—. Dime quién es el rubio gilipollas que te ha pedido salir. ¿Has dejado que te toque, Rayito? ¿Has dejado que toque lo que es mío?
Negué con la cabeza, casi jadeando de excitación.
Alex me agarró más fuerte.
—¿Estás intentando protegerlo?
—No —gemí—. Lo juro. No le veo de esa forma.
Ahogué un grito cuando me dio la vuelta y presioné la mejilla contra la pared. El cemento me heló la piel templada, y los pezones se me pusieron duros.
Alex me arrancó la falda y me retiró las bragas con la mano libre.
—No vuelvas a pensar en él nunca más —dijo con la voz ronca. Escuché cómo se desabrochaba el cinturón y se bajaba la cremallera de los pantalones—. Yo soy el único hombre en tu mente. En tu boca. En tu pequeño coñito. ¿Entiendes?
—¡Sí! —Estaba delirando de lujuria hasta tal punto que habría dicho que sí a cualquier cosa.
—Dime a quién perteneces. —Deslizó la polla entre mis pliegues y estuve a punto de sentir un pequeño orgasmo con esa acción tan simple.
—Te pertenezco a ti.
Alex tomó aire y fue el único aviso que recibí antes de que me penetrara. Me tapó la boca con la mano, amortiguando mis gritos, pero estaba tan extasiada que apenas me di cuenta. Solo podía centrarme en la sensación de su polla embistiéndome y en el placer invadiéndome en oleadas.
Las fotos enmarcadas de la exposición temblaban contra la pared a cada empujón, y me pareció escuchar cómo alguna se caía al suelo. Estaba a punto de correrme cuando Alex me dio la vuelta otra vez para mirarnos el uno al otro. Tenía la piel sonrojada del esfuerzo y los ojos oscuros de excitación.
Era lo más hermoso que había visto en mi vida.
Me dio un beso intenso y desafiante. Yo me rendí sin oponer resistencia, dejando que entrara en cada parte de mí: mi corazón, mi alma, mi vida.
¿Y sabéis qué?
Alex y yo encajábamos a la perfección.