Twisted love
Epílogo
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Epílogo
Ava
—Te he dado una paliza.
—No me has dado ninguna paliza —gruñó Ralph—. Has tenido suerte en el último golpe.
—No pasa nada. —Alex se ajustó las mangas de la camisa, con los ojos brillando de una mezcla de triunfo y diversión—. Todos los alumnos superan a sus maestros en algún momento.
—Chaval, como no dejes de decir chorradas te arranco la cabeza. —A pesar del tono agresivo, Ralph sonreía.
—¿Qué he dicho de discutir en la mesa? —La mujer de Ralph, Missy, alzó las cejas—. Dejad de reñir y tengamos la fiesta en paz.
Se me escapó una sonrisa cuando Alex y Ralph cuchichearon algo en voz baja y obedecieron.
—¿Qué ha sido eso? —Alzó la ceja un poco más.
—Nada —dijeron a coro.
—Tienes que enseñarme —le susurré a Missy cuando los chicos se pusieron a comer el pollo asado con puré de patatas—. ¿Cómo lo haces?
Se rio.
—Cuando llevas más de treinta años casada aprendes unas cuantas cosas. Además… —Le brillaron los ojos de malicia—. Por la manera en que te mira Alex, no creo que tengas problema para meterle en vereda.
Alex se volvió mientras yo lo miraba. Me guiñó el ojo y me dirigió una sonrisa pícara que hizo que se me pusiera la piel de gallina.
Sabía lo que significaba esa sonrisa.
Me puse roja y fingí estar fascinada con mi plato mientras la risa suave de Alex rodaba por la mesa.
Missy no se perdió ni un detalle.
—Oh, quién fuera joven para seguir así de enamorado —suspiró—. Ralph y yo nos casamos con veintipocos años. Y he disfrutado de cada minuto, salvo cuando deja la ropa sucia por todas partes o cuando se niega a ir al médico, pero no hay nada como la pasión de la juventud. Todo es tan nuevo y fresco. Y qué aguante, ¡guau! —presumió—. Éramos como conejos, así lo digo.
Mis mejillas ya iban por un color parecido al de la salsa de arándanos de la mesa.
Adoraba a Missy. La había conocido una semana antes, cuando Alex y yo llegamos a la granja que tenía con Ralph en Vermont para pasar las vacaciones de Acción de Gracias, pero inmediatamente me quedé deslumbrada con ella. Era amable, cariñosa y campechana, cocinaba una tarta de calabaza increíble y tenía debilidad por las anécdotas picantes.
Esa mañana, sin venir a cuento, me había preguntado si alguna vez había hecho un trío (cosa que no había hecho) y por poco escupo el zumo de naranja por toda la mesa de madera.
—No pretendía avergonzarte. —Missy me pasó la mano por el brazo, pero mantuvo la chispa de picardía en la mirada—. Es que estoy tan contenta de que Alex tenga novia. Lo conozco desde hace un montón de años y nunca le había visto mirar a nadie como te mira a ti. Siempre he dicho que solo necesitaba encontrar a la mujer adecuada para abrirse. Estaba más cerrado que un corsé victoriano.
Me incliné hacia ella y le dije en un susurro:
—A decir verdad, creo que no ha cambiado mucho.
—Sabes que te oigo perfectamente, ¿no? —dijo Alex.
—Muy bien. Tenía miedo de estar a un volumen muy bajo.
Entornó los ojos mientras Missy se reía. Incluso Ralph se rio mientras yo sonreía con descaro.
—Rayito, tu volumen nunca ha sido un problema —dijo Alex con suavidad.
El puré de patatas se me fue por el otro lado y lo acabé escupiendo en un torrente de toses. La risa de Missy se convirtió en un ataque. El pobre Ralph se puso rojo como un tomate, murmuró algo sobre ir al baño y desapareció.
Una vez controlé la tos, le lancé una mirada fulminante a Alex, que seguía imperturbable.
—Me refiero al volumen de tu voz en las conversaciones, claro. —Se llevó la copa de vino a los labios—. ¿A qué creías que me refería?
—Tengo la impresión de que no vas a escuchar mi voz en las conversaciones durante un tiempecito —resoplé.
—Ya lo veremos. —Sonaba insoportablemente engreído.
—Os dejo solos, tortolitos, y voy a buscar a Ralph —dijo Missy—. El pobre es un león en la cama, pero un gatito cada vez que alguien habla de sexo en público, directa o indirectamente.
Era un dato que podría habernos ahorrado.
Cuando se fue, miré a Alex.
—¿Has visto lo que has hecho? Has echado a nuestros anfitriones de su propia cena.
—Ah, ¿sí? —Se encogió de hombros con elegancia—. A lo mejor también aprovechan la situación. Ven aquí, Rayito.
—Me parece que no.
—No era una petición.
—No soy un perro. —Le di un sorbo desafiante al vaso de agua.
—Como no te sientes en mi regazo en los próximos cinco segundos —dijo Alex con calma— te tumbo en la mesa, te arranco la falda y te follo tan duro que a Ralph le dará un ataque al corazón al oír tus gritos.
El cabrón estaba tan loco que era capaz de hacerlo. Y yo debía de estar loca también, porque se me mojaron las bragas al oírle y lo único que podía pensar era justamente con lo que me estaba amenazando.
Alex me miró con ojos ardientes mientras yo echaba la silla para atrás, caminaba hasta él y me sentaba en su regazo.
—Buena chica —murmuró, rodeándome la cintura con el brazo y apretándome contra su pecho. Su excitación presionaba contra mi culo, y se me secó la boca—. No era tan difícil, ¿a que no?
—Te odio. —Si no hubiera dicho las palabras entre jadeos habría sido más convincente.
—El odio es otra manera de llamar al amor. —Me metió la mano por dentro del jersey y me tocó un pecho mientras me llenaba el cuello de besos.
—No creo que eso sea así… —dije, entre risas y gemidos. Dios, sus manos eran mágicas.
Eché un vistazo rápido a la puerta del comedor. Missy y Ralph no habían vuelto… todavía. Pero la posibilidad de que nos pillaran hacía que todo fuera mucho más sexi. Estaba tan mojada que tenía miedo de dejar un charco en el pantalón de Alex al levantarme.
—¿No? Ah, vale. —Alex me mordisqueó el lóbulo de la oreja—. Pero se parecen. —Me cogió de la barbilla con la mano libre para que lo mirara—. ¿Te lo has pasado bien esta semana?
—Sí. Ha sido la mejor celebración de Acción de Gracias en mucho tiempo —dije con suavidad.
Me sentía culpable porque aunque todas mis cenas de Acción de Gracias con Michael estaban contaminadas, el año anterior la había pasado con Josh. Fue a Londres y nos pusimos hasta arriba de comida (del restaurante, porque no sabíamos cocinar un pavo) mientras veíamos series inglesas. Pero ahí no estaba segura de mis sentimientos por Alex y Josh estaba muy cabreado con su mejor amigo.
Y todavía lo estaba.
Cuando se enteró de que Alex y yo habíamos vuelto, se volvió loco. Me retiró la palabra durante semanas, e incluso ahora nuestras conversaciones eran muy tensas. Josh se había quedado en Washington para hacer la residencia, así que seguíamos viviendo en la misma ciudad, pero se negó a quedar conmigo si iba con Alex. Había ignorado todos los intentos de Alex y míos de arreglar las cosas. Le había invitado a celebrar Acción de Gracias con nosotros, pero como era de esperar, había declinado la invitación.
—Me habría gustado que Josh hubiera venido —admití. Echaba de menos a mi hermano.
—Y a mí. Pero ya entrará en razón. —A pesar de la seguridad de sus palabras, tenía el ceño ligeramente fruncido. No lo dijo, pero sabía que también echaba de menos a Josh. Habían sido como hermanos.
Por desgracia, Josh era terco como una mula. Cuanto más lo presionabas, más resistencia ofrecía. Lo único que podíamos hacer era darle tiempo y esperar.
—Seguro que sí —suspiré, y rodeé el cuello de Alex con los brazos—. Si no fuera por eso, esta semana habría sido perfecta.
Llevábamos seis días en Vermont, y todo el viaje había sido como un sueño otoñal sacado de Pinterest. Ferias de artesanía, carreras de pavos, la mejor sidra de cerveza que había probado en mi vida… Incluso Alex se lo pasó bien, aunque se negaba a admitirlo. Había oído de refilón su conversación telefónica con Ralph en la que lo invitaba a pasar allí Acción de Gracias, y me costó horrores convencerlo de que aceptara.
—Bien. —Alex me puso las manos en la cintura y me dio un beso en los labios—. Alégrate de que haya alquilado nuestra propia casa en lugar de alojarnos aquí con Ralph y Missy —susurró—. Porque luego vas a pagar por tu insolencia.
El corazón me dio un vuelco de excitación. Antes de poder responder, escuchamos las voces de Missy y Ralph en el pasillo y di un bote tan rápido que me golpeé la rodilla con la mesa.
Me volví a mi silla con la cara roja justo cuando nuestros anfitriones entraban en el comedor.
—Perdón por haber tardado tanto —canturreó Missy—. Espero que no os hayamos interrumpido.
—No —dije con voz de pito—. Solo estaba disfrutando de este delicioso pollo. —Le di un mordisco a la carne fría—. ¡Ñam!
Alex dejó escapar una carcajada y le volví a fulminar con la mirada.
—La mayor parte de la comida ya se ha quedado fría, cielo —dijo Missy con decepción—. ¿Quieres que te la caliente o pasamos directamente al postre? He hecho pastel de nueces, pastel de calabaza, pastel de manzana…
—¡Postre! —gritamos Ralph y yo a la vez.
—¿Alex? —Missy alzó las cejas.
—Una rodaja de pastel de nueces, gracias.
—Qué tontería. Te pongo una rodaja de cada uno —dijo con firmeza—. Para algo los he hecho, ¿no?
Lo que Missy quería, lo conseguía.
Cuando nos fuimos de su casa, estaba a punto de explotar.
Me apoyé sobre Alex mientras caminábamos hasta nuestra casita alquilada, a unos quince minutos de distancia.
—Deberíamos venir todos los años en Acción de Gracias —dije—. Si nos invitan.
Me miró escéptico.
—No.
—¡Si te lo has pasado muy bien!
—No. Odio las ciudades pequeñas. —Alex me puso la mano en la espalda y me movió para evitar un charco que no había visto.
Hice un mohín.
—Y entonces, ¿por qué has venido este año?
—Porque tú nunca habías estado en Vermont y te hacía mucha ilusión. Ahora que ya lo conoces, no tenemos que volver.
—No intentes hacerte el duro. Vi cómo comprabas ese perrito de porcelana en la feria de artesanía cuando creías que no te estaba mirando. Y me has arrastrado todas las tardes al puesto de sidra caliente al final de la calle.
Alex se sonrojó.
—Se llama hacer limonada con los limones que te da la vida —gruñó—. Esta noche te la estás buscando.
—Puede ser. —Di un chillido y salí corriendo cuando Alex me alcanzó. Tardó cinco coma dos segundos, pero tampoco es que intentara escaparme, y no era exactamente Usain Bolt después de todo lo que me había metido entre pecho y espalda.
—Vas a ser mi perdición —dijo, dándome la vuelta hasta que estuvimos cara a cara. La luz de la luna le perfilaba los rasgos, y hacía que los pálidos contornos de sus pómulos cortaran la oscuridad como cuchillas. Bello. Perfecto. Frío, a excepción del calor de su abrazo y el destello provocador de sus ojos.
Le rodeé el cuello con los brazos y la cintura con las piernas.
—Así que vamos a volver el año que viene en Acción de Gracias, ¿no?
Alex suspiró.
—Quizás.
En otras palabras, sí.
Sonreí ampliamente.
—A lo mejor podemos venir pronto e ir a coger manzanas…
—Deja de tentar a la suerte.
De acuerdo. Ya iríamos a coger manzanas al año siguiente. Unos setecientos días serían suficientes para convencerlo.
—¿Alex?
—¿Sí, Rayito?
—Te quiero.
Relajó la cara.
—Yo también te quiero. —Me besó otra vez antes de susurrar—: Pero no creo que eso te salve de los azotes que te voy a dar en cuanto lleguemos a casa.
Me recorrió un escalofrío de deseo.
No podía esperar.
Alex
Al contrario de lo que decía Ava, odiaba Vermont. Había algunas cosas que no eran tan horribles, como la comida o el aire fresco, pero ¿yo, disfrutar del campo? No sabía qué estaba diciendo.
De ninguna manera.
Pero sí que echaba de menos pasar tiempo con Ava cuando volví al trabajo después de las vacaciones de Acción de Gracias.
Casi me daba vergüenza lo rápido que me habían devuelto el cargo de director ejecutivo del Grupo Archer cuando volví de Londres. No me sorprendió; era el mejor. El tipo que me había sustituido no era malo como parche provisional, pero incluso él supo que su labor había llegado a su fin en cuanto pisé mi despacho cuatro meses atrás.
Ese despacho siempre había sido mío, fuera quien fuese el que se sentara en la silla.
La junta había estado encantada de reincorporarme, y las acciones de Archer subieron un veinticuatro por ciento cuando se hizo oficial mi regreso.
Ahora que Ava se había mudado conmigo al ático de Logan Circle podía equilibrar mejor la vida personal y laboral, sobre todo porque prefería quedarme en la cama con ella que comiendo comida precalentada en mi escritorio. Solía salir de la oficina sobre las seis, para alivio de mis empleados.
—¿Rayito? —la llamé mientras cerraba la puerta de entrada tras de mí. Colgué el abrigo en el perchero y esperé respuesta.
Nada.
Ava, que trabajaba de fotógrafa freelance júnior para World Geographic y alguna otra revista, ya solía estar en casa a esa hora. Una descarga de preocupación me revolvió el estómago antes de oír el chirrido del grifo y el lejano pero inconfundible sonido del agua de la ducha.
Relajé los hombros. Aún estaba paranoico con su seguridad y había contratado a un guardaespaldas para vigilarla, muy a su pesar. Habíamos tenido una pelea de órdago al respecto, seguida de un polvo de reconciliación también de órdago, pero al final habíamos acordado mantener el guardaespaldas siempre que se quedara fuera de su vista y no interfiriera en nada a menos que se encontrara en peligro real.
También había tomado otras precauciones para asegurarme de que mis enemigos se lo pensaban dos veces antes de ir a por ella… Incluso había esparcido el rumor de lo que le había pasado al último chico que se había atrevido a hacerle daño.
Púdrete en el infierno, militar.
Los rumores funcionaron. Algunos estaban tan acojonados que no se atrevían ni a mirarme a los ojos.
Las Industrias Hauss también estaban acabadas, gracias a la estúpida decisión de Madeline de conchabarse con mi tío. Había recopilado bastantes pruebas para chantajear al padre de Madeline. Malversación, blanqueo de capitales, tratos con tipos de dudosa reputación… Ese hombre no había perdido el tiempo. Lo único que tenía que hacer era dejar una propina anónima y algunos datos concretos a la competencia de Hauss y ellos se encargarían de hacer el trabajo sucio por mí.
Lo último que oí fue que el padre de Madeline se enfrentaba a algunos años de prisión, y Madeline estaba trabajando en un restaurante de mala muerte en Maryland después de que el estado congelara todos los activos de su familia.
La única persona que me preocupaba era Michael, que según Ava seguía escribiendo a Josh para pedirle que fuera a verlo. Hasta el momento, Josh se había negado.
En un esfuerzo por no mancharme las manos con más sangre, había descartado el plan de eliminar a Michael en la cárcel, pero tenía a gente dentro controlando todos sus movimientos y haciéndole la vida un poco más incómoda. Como se atreviera siquiera a pronunciar el nombre de Ava, me enteraría y me aseguraría de que no volvería a hacerlo nunca más.
En contra de mi costumbre, encendí el televisor de plasma de nuestro dormitorio y escuché de fondo las noticias mientras me quitaba la ropa de trabajo. Pensé en unirme a la ducha de Ava. ¿Para qué servía una ducha enorme con efecto lluvia y un conveniente banco si no era para follar en ella al menos una vez a la semana?
Mi ático era grande pero no tenía apenas decoración hasta que Ava lo llenó de cosas después de mudarse. Y con «llenar de cosas» me refiero a cuadros, flores y fotos enmarcadas de nosotros y de ella con sus amigas, por todas partes. Jules y Stella se habían quedado en Washington después de graduarse, mientras que Bridget dividía su tiempo entre Eldorra, Washington y Nueva York. Sus amigas parecían llevar mejor que Josh nuestra nueva relación, pero eso no significaba que quisiera verles las caras veinticuatro horas al día en mi propia casa. Solo había dejado que pusiera las fotos porque Ava no dejaba de ponerme ojitos de pena hasta que me ablandaba.
—Tendrías que haber dicho que no —murmuré mirando una foto mía con Ava en un partido de béisbol de los Nats del verano anterior. Estaba colgada junto a una mucho más artística de su exposición de Londres, una de las que había comprado en lote en la exposición de World Youth Photography.
Últimamente me había obligado a hacer todo tipo de locuras, como dejar el café y regular mis horarios de sueño. Dijo que me ayudaría con el insomnio y sí, dormía más horas de lo habitual en mí, pero tenía más que ver con estar cerca de Ava que con otra cosa. Además, todavía seguía tomándome alguna taza de café en la oficina.
Estaba a punto de entrar al baño cuando oí algo en las noticias que me llamó la atención. Me detuve, convencido de que había entendido mal, pero el rótulo en la parte inferior de la pantalla confirmó lo que había oído.
El sonido de la ducha se apagó y desde el dormitorio se oyó el chirrido de la puerta de la ducha.
—¿Ava?
Se hizo el silencio y entonces oí:
—¡Qué pronto has llegado!
Ava salió del cuarto de baño en una nube de vapor, con el pelo y la piel empapados, únicamente envuelta en una toalla que le tapaba la esbelta figura. Resplandeció de alegría al verme y relajé la expresión.
—Un día tranquilo en la oficina —dije mientras le daba un beso. Mi polla se levantó con interés, y estuve tentado de arrancarle la toalla y hacerle de todo ahí mismo contra la pared, pero había algo que debía saber antes de empezar un polvo.
—¿Has sabido algo de Bridget hoy?
—No. —Ava frunció el ceño—. ¿Por qué?
—Mira las noticias. —Señalé al televisor con la cabeza, donde la presentadora hablaba a toda velocidad.
Ava hizo una pausa y escuchó las noticias con la boca abierta.
No la culpaba. Porque era algo que no había ocurrido en los doscientos años de historia de Eldorra.
La voz aguda de la presentadora llenó la habitación, tan emocionada que temblaba un poco.
—El príncipe heredero Nikolai ha abdicado del trono de Eldorra para casarse con Sabrina Phillips, la azafata estadounidense que conoció hace un año en un vuelo diplomático a Nueva York. La ley del Eldorra estipula que los monarcas del país deben casarse con alguien de la nobleza. Su hermana, la princesa Bridget, es ahora la primera en la línea de sucesión. Cuando sea reina, será la primera mujer en el trono de Eldorra en más de un siglo…
En la pantalla aparecieron imágenes de una Bridget impávida saliendo del hotel Plaza de Nueva York, seguida de su guardaespaldas y rodeada de un enjambre de reporteros.
—Hostia puta —dijo Ava.
Hostia puta era correcto. Por lo que recordaba (que era todo), Bridget había roto todas las normas que se supone que tenía que cumplir una princesa normal. ¿Y ahora era la primera en la línea de sucesión? Debía de estar flipando.
En la pantalla, Rhys condujo a Bridget al coche y apartó a los reporteros con una mirada tan amenazadora que retrocedieron en masa. No creo que casi nadie captara el detalle, pero me fijé en el ardor de los ojos de Bridget cuando miraba a Rhys y en la forma en que la mano de él se quedaba un segundo más de lo debido sobre la de ella antes de cerrar la puerta.
Me guardé esa información para el futuro. Bridget era amiga de Ava, así que estaba a salvo, pero nunca estaba de más tener material para chantajear a una futura reina.
Según lo que acababa de presenciar, las sensaciones de Bridget por su inminente reinado eran el último de sus problemas.