Twisted love

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Capítulo 29

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29

Ava

No podía parar de vomitar.

Estaba agarrada a la taza del váter, con el estómago revuelto y empapada en sudor mientras Alex me sujetaba el pelo y me acariciaba la espalda en círculos.

Estaba lívido. No por mí, sino por mi padre, mi pasado, toda la situación. Lo notaba en la tensión de sus manos y en el aura de violencia soterrada que lo envolvía desde que le había confesado mis recuerdos.

El día en el lago solo era la punta del iceberg.

Había recordado algo más. Algo que solo afianzaba la culpa de mi padre.

¡Mira, papá! —Corrí a su despacho, blandiendo el folio en la mano con orgullo. Era un ensayo que había escrito para clase sobre la persona a la que más admiraba. Lo escribí sobre papá. La señora James me había puesto un diez y estaba deseando enseñárselo.

¿Qué pasa, Ava? —levantó las cejas.

¡He sacado un diez! ¡Mira!

Me quitó el papel de las manos y lo leyó por encima, pero no parecía tan contento como cabría esperar.

Atenué la sonrisa. ¿Por qué fruncía el ceño? ¿No estaba bien sacar un diez? Siempre felicitaba a Josh cuando traía un sobresaliente a casa.

¿Qué es esto?

Es una redacción sobre la persona a la que más admiro. —Apreté las manos, cada vez más nerviosa. Ojalá Josh hubiera estado allí, pero estaba en casa de un amigo—. Dije que eres tú, porque tú me salvaste.

No recordaba que me hubiera salvado, pero eso era lo que me había dicho todo el mundo. Me habían dicho que me había caído al lago unos años atrás y que habría muerto de no ser porque mi padre se tiró detrás de mí.

Sí, ¿verdad? —sonrió por fin, aunque no era una sonrisa muy amable.

De pronto no tenía ganas de estar allí.

Cómo te pareces a tu madre —dijo papá—. Un calco exacto de cuando ella tenía tu edad.

No sabía lo que era un calco exacto, pero, por el tono que usó, probablemente nada bueno.

Se levantó y yo di un paso atrás instintivamente hasta que mis piernas se toparon con el sofá.

¿Te acuerdas de lo que ocurrió en el lago cuando tenías cinco años, cariño? —Me pasó los dedos por la mejilla y me estremecí.

Negué con la cabeza, demasiado aterrada para hablar.

Así es mejor. Lo hace todo más fácil. —Papá esbozó otra fea sonrisa—. Me pregunto si también te olvidarás de esto. —Cogió un cojín y me lo hundió en la cara contra el sofá.

No tuve tiempo de responder antes de perder la capacidad de respirar. El cojín me presionaba la cara, impidiéndome inhalar oxígeno. Traté de quitármelo de encima, pero no tenía tanta fuerza. Una mano férrea me agarró de las muñecas hasta que no pude seguir resistiéndome.

El pecho estaba a punto de estallarme, y se me nubló la vista.

No había aire. Aireaireaireaireaire.

No solo mi padre había intentado ahogarme, sino también asfixiarme.

Me volvieron a dar arcadas otra vez, y otra vez, y otra vez. Habría tratado de mantener la calma durante la mayor parte del fin de semana de Acción de Gracias, pero decir en voz alta la frase «Mi padre intentó matarme» debió de desencadenar una respuesta física con efecto retardado.

Después de vomitar lo que debía de ser todo el contenido de mi estómago, me derrumbé en el suelo. Alex me dio un vaso de agua y me lo bebí entero con largos tragos.

—Lo siento —dije con la voz ronca—. Qué vergüenza. Lo limpiaré…

—No te preocupes por eso. —Me pasó la mano por el pelo suavemente, pero en sus ojos se había desatado un infierno—. Todo se arreglará. Déjamelo a mí.

Una semana después, Alex y yo esperábamos a que mi padre llegara a una de las salas de reuniones del Grupo Archer. Era la primera vez que veía el lugar de trabajo de Alex, y el edificio era tal y como lo había imaginado: elegante, moderno y bonito, todo de cristal y mármol.

Aunque estaba demasiado nerviosa como para apreciarlo.

Las manecillas del reloj sonaban en la pared, rompiendo el silencio.

Tamborileé con los dedos en la mesa de madera pulida, y me quedé mirando por los ventanales de cristal tintado, al mismo tiempo con ganas y miedo de que apareciera mi padre.

—La seguridad de este lugar es de primera —me aseguró Alex—. Y estaré todo el rato a tu lado.

—Eso no es lo que me preocupa. —Me presioné la otra mano contra la rodilla para que dejara de moverse—. Dudo que me…

¿Me hiciera daño físico? Pero ya lo había hecho. O, al menos, lo había intentado.

El día que me empujó al lago y el día que me había asfixiado. Y eso era solo lo que recordaba.

Hice memoria a lo largo de los años, tratando de recordar cualquier otro episodio oscuro. En mi adolescencia me parecía que era un padre bastante decente. No el más presente ni el más cariñoso, pero no había intentado matarme, lo cual me llevaba a preguntarme: ¿por qué no? Había tenido muchas oportunidades, muchas veces en las que había podido matarme y hacerlo parecer un accidente.

Pero esa pregunta no era nada comparada con la mayor pregunta de todas, que era por qué había querido matarme. Era su hija.

Se me escapó un quejido quebrado. Alex me apretó la mano, con el ceño fruncido sobre los ojos, pero yo hice un gesto con la cabeza.

—Estoy bien —dije, reuniendo las fuerzas para recomponerme. Podía hacerlo. No me derrumbaría. No. Incluso aunque me doliera tanto el corazón que me hiciera explotar—. Yo…

La puerta se abrió y la frase murió en mi garganta.

Mi padre, Michael (aunque ya no podía verlo como un padre), entró en la sala, con aspecto confundido y algo molesto. Llevaba su polo de rayas habitual y vaqueros, y también el maldito anillo grabado.

Contuve la bilis. Alex entró en tensión, con los ojos irradiando cólera en profundas y oscuras oleadas.

—¿Qué pasa? —dijo Michael—. ¿Ava? ¿Para qué me has pedido que venga aquí?

—Señor Chen. —La voz de Alex sonó lo suficientemente amable; solo los que lo conocíamos podíamos detectar la cuchilla letal detrás de sus palabras, esperando a clavarse—. Siéntese, por favor. —Hizo un gesto a la silla de cuero en el otro extremo de la mesa.

Michael se sentó con una expresión de creciente irritación.

—Tengo mucho trabajo, y me habéis hecho venir hasta Washington para una supuesta urgencia.

—Le he mandado un coche —dijo Alex, todavía con un falso tono amable.

—En tu coche o en el mío, se tarda el mismo tiempo. —Los ojos de Michael nos miraron alternativamente a Alex y a mí antes de posarse en mí—. No me irás a decir que estás embarazada.

Confirmación de que sabía desde Acción de Gracias que Alex y yo estábamos juntos. Aunque ya me daba igual lo que pensara.

—No. —Alcé la voz para dejar de escuchar mi corazón desbocado—. No lo estoy.

—¿Y cuál es la urgencia entonces?

—Yo… —balbuceé. Alex me volvió a apretar la mano—. Yo…

No era capaz de decirlo. No con alguien delante.

Alex ya lo sabía todo, pero lo que Michael y yo teníamos que hablar era demasiado personal para airearlo delante de nadie más. Era algo entre nosotros. Padre e hija.

Ante mis ojos bailaban destellos de luz. Me clavé en el muslo las uñas de la mano libre, con tanta fuerza que me habría hecho sangre si no hubiera llevado los vaqueros.

—Alex, ¿puedes dejarnos a solas un momento, por favor?

Volvió la cara hacia mí con expresión de horror.

«Por favor —le rogué con la mirada—. Necesito hacer esto sola».

Sabiendo lo protector que era, esperaba más resistencia por su parte, pero debió de ver algo en mi cara (mi firme convicción de que tenía que librar sola mis propias batallas) porque me soltó la mano y se levantó.

Con recelo, pero lo hizo.

—Estaré en la puerta —dijo. Una promesa y una advertencia.

Alex lanzó una oscura mirada a Michael antes de salir.

Y entonces quedaron dos.

—¿Ava? —Michael levantó las cejas—. ¿Te has metido en algún lío?

Sí.

Había mantenido aquella conversación en mi cabeza cientos, si no miles de veces, antes de entrar en aquella sala. Había pensado mucho en cómo sacar el tema, cómo reaccionaría a su respuesta o cuál sería esta respuesta. «Oye, papá, me alegro de verte. Por cierto, ¿intentaste asesinarme? ¿Sí? Oh, vaya, de acuerdo. Pero no podía retrasarlo más».

Necesitaba respuestas antes de que me mataran las preguntas.

—No me he metido en ningún lío —dije, orgullosa de la firmeza de mis palabras—. Pero tengo algo que decirte sobre lo que pasó el fin de semana de Acción de Gracias.

Su expresión se llenó de desconfianza.

—Vale…

—Lo he recordado.

—¿Has recordado qué?

—Todo. —Lo miré de cerca, esperando su reacción—. Mi infancia. El día en que casi me ahogo.

La desconfianza se tornó en shock con un tinte de pánico. Se le arrugó la frente.

El estómago me dio un vuelco. Esperaba estar equivocada, pero la mirada salvaje en los ojos de Michael me dijo todo lo que necesitaba saber: no estaba equivocada. Había intentado matarme.

—¿De verdad? —Soltó una risa forzada—. ¿Estás segura? Llevas años teniendo pesadillas…

—Estoy segura. —Estiré los hombros y lo miré a los ojos directamente, intentando controlar mis temblores—. ¿Fuiste tú el que me empujó al lago aquel día?

Michael colapsó y el shock en su mirada se multiplicó.

—¿Qué? —susurró.

—Ya me has oído.

—¡No, por supuesto que no! —Se pasó la mano por el pelo, agitado—. ¿Cómo puedes pensar eso? Soy tu padre. Nunca te haría daño.

Un rayo de esperanza me atravesó el corazón, aunque mi cerebro decía que no con escepticismo.

—Eso es lo que recuerdo.

—Los recuerdos pueden ser engañosos. Nos acordamos de cosas que no han pasado de verdad. —Michael se inclinó hacia delante, con la expresión más calmada—. ¿Qué crees que ocurrió exactamente?

Me mordí el labio inferior.

—Yo estaba jugando en el lago. Alguien vino por detrás y me empujó. Me acuerdo de que me di la vuelta y vi un destello dorado. Un anillo con un grabado. Tu anillo. —Lo señalé con la mirada.

Bajó la vista y lo tocó.

—Ava —dijo lleno de dolor—. Yo fui el que te salvó de ahogarte.

Esta era la parte que no tenía sentido. Me había desmayado, así que no había visto quién me salvó, pero los médicos de la ambulancia y la policía dijeron que había sido Michael el que los había llamado. ¿Para qué iba a hacerlo si fue él quien me empujó?

—Fui para hablar con tu madre de temas del divorcio, y nadie abrió la puerta, pero el coche estaba en la entrada. Di la vuelta a la casa para ver si estaba fuera, y vi… —Michael tragó saliva—. Fueron los peores minutos de mi vida, creí que habías muerto. Salté al agua y te salvé, y mientras tu madre… estaba ahí, estupefacta. Como si no pudiera creer lo que había pasado. —Se le quebró la voz—. Tu madre no estaba bien, Ava. No quería hacerte daño, pero a veces perdía el control de la situación. Se sintió tan culpable después, y entre el divorcio y la acusación… Acabó sufriendo la sobredosis.

El dolor me rompió en dos. Me presioné las sienes con los dedos, intentando asimilar las palabras de mi padre y mis propios recuerdos. ¿Qué era real? ¿Qué era falso?

Los recuerdos no eran de fiar. Lo sabía. Y Michael parecía sincero. Pero ¿de verdad me había equivocado tanto? ¿De dónde procedían esas visiones, si no de mis recuerdos?

—Hay algo más —dije temblando—. Estaba en tercero. Llevé a casa una redacción de la clase de la señora James y te la enseñé. Estabas en tu despacho. Me miraste y me dijiste que era un calco exacto de mamá, y… y me hundiste un cojín en la cara e intentaste asfixiarme. No podía respirar. Habría muerto, de no ser porque Josh llegó y te llamó, y entonces paraste.

La historia sonaba ridícula bajo las luces de aquella sala de reuniones. El pulso me latió con más fuerza.

Michael me miró alarmado.

—Ava —dijo con suavidad, con dulzura, como si no quisiera asustarme—. Nunca has tenido ninguna profesora que se llamara señora James.

El corazón me estalló en el pecho.

—¡Sí que la tenía! Era rubia, tenía gafas y nos traía galletas por nuestro cumpleaños… —Se me llenaron los ojos de lágrimas—. Te lo juro, la señora James era real.

Tenía que ser real. Pero ¿y si no lo era? ¿Y si me lo había inventado todo y había creído que eran recuerdos? ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué mi cerebro estaba tan desquiciado?

No podía respirar. Sentía que estaba loca, que nada de mi vida era real y que lo había soñado todo. Presioné las manos contra la mesa, esperando que se disolviera en una nube de polvo.

—Cielo… —Alargó la mano hacia mí, pero antes de que llegara a tocarme, la puerta se abrió de golpe.

—Ya está bien. Deja de mentir. —Alex entró con la cara desencajada. Por supuesto, había puesto micrófonos—. Ordené una investigación después de que Ava me contara lo que había recordado —dijo con frialdad. ¿En serio? No me lo había dicho—. Te sorprendería la cantidad de información que se puede descubrir rapidísimo si pagas bien. Sí que tenía una profesora en tercero llamada señora James, y que dio parte de un moratón sospechoso en las muñecas de Ava al día siguiente. Dijiste que se lo había hecho jugando y te creyeron. —Los ojos de Alex ardían de ira—. Eres muy buen actor, pero quítate ya la máscara. Te hemos pillado.

Miré a Michael. Ya no sabía qué creer.

—¿Es eso cierto? ¿Me has hecho luz de gas todo este tiempo?

—Ava, soy tu padre. —Michael se pasó la mano por la cara, con los ojos brillantes—. Nunca te mentiría.

Pasé la mirada de él a Alex. La cabeza me iba a estallar. Era demasiado, demasiados secretos que revelar. Pero, al final, tenía que fiarme de mí misma.

—Creo que sí —dije—. Creo que llevas mintiéndome toda la vida.

Michael mantuvo la expresión de angustia unos segundos más antes de transformarla en una espantosa máscara. Sus ojos brillaron de maldad y su boca se torció en una sonrisa burlona.

Ya no parecía mi padre. Ni siquiera parecía humano. Parecía un monstruo directamente salido de mis pesadillas.

—Bravo. —Aplaudió lentamente—. Casi te tenía —añadió—. Tendrías que haberte visto. «¡Te lo juro, la señora James era real!» —me imitó, riéndose—. Un clásico. Estabas convencida de que te habías vuelto loca.

Asentí brevemente cuando Alex se acercó a Michael. Quería salir corriendo y esconderme, pero la adrenalina me hizo escupir las palabras.

—¿Por qué? Solo era una niña. —Me temblaba la barbilla—. Soy tu hija. ¿Por qué ibas a hacerme algo así? Dime la verdad. —Apreté la mandíbula—. Deja-de-mentir.

—La verdad es subjetiva. —Michael se recostó en la silla—. ¿De verdad quieres saberlo? Esta es mi verdad: tú no eres mi hija realmente. —Esbozó una sonrisa fugaz cuando ahogué un grito—. Eso es. La zorra de tu madre me engañó. Debió de ser una de esas veces que me fui de viaje por trabajo. Siempre se quejaba de que no estaba presente, como si mi puto trabajo no fuera el que le daba un techo donde cobijarse y ropa nueva. Siempre sospeché que tú no eras mía, no te pareces en nada a mí, pero pensé que, oye, quizás solo era que te parecías más a Wendy. Me hice una prueba de paternidad en secreto y voilà!, no eras hija mía. Tu madre intentó negarlo, pero no había mucho que hacer cuando le puse la prueba en la cara. —Se le oscureció la expresión—. Por supuesto, no podíamos mencionarlo en el proceso de divorcio. Esas cosas siempre traen cola, y no queríamos que nos perdieran el respeto.

En la cultura china había pocas cosas peores que perder el respeto de los demás. Por ejemplo intentar asesinar a tu hija, claro.

—Si no soy hija tuya, ¿por qué luchaste tanto por la custodia? —pregunté con la lengua pastosa.

Michael puso cara de desdén.

—No luché por tu custodia. Sino por la de Josh. Él sí que es hijo mío, la prueba lo confirmó. Mi legado, mi heredero. Pero dado que solo tu madre y yo sabíamos que tú no eras mía, Josh y tú ibais en pack. Por desgracia, los jueces casi siempre se ponen del lado de la madre salvo en circunstancias extraordinarias, así que… —Se encogió de hombros—. Tuve que inventar una circunstancia extraordinaria.

Se me revolvió el estómago, pero me quedé paralizada mientras Michael desenredaba la red de nuestro pasado.

—Tuve suerte de que tu madre fuera tan estúpida como para dejarte sola. A decir verdad, fue un error suyo. Pero me colé en la casa para intentar incriminarla con pruebas de su «adicción» a los medicamentos y en lugar de eso te encontré jugando en el lago. Era como si Dios me hubiera colocado la oportunidad justo entre los brazos. A veces los jueces se posicionan de parte de la madre incluso aunque sea una drogadicta, pero ¿si intentan ahogar a sus hijos? Tenía la victoria garantizada. Por no mencionar que así la castigaría. Así que te empujé. Tuve la tentación de dejar que te ahogaras de verdad. —Volví a apretar los dientes—. Pero no tenía tanta sangre fría. Solo eras una niña. Así que te rescaté y le dije a la policía que había visto cómo Wendy te empujaba. Ella no paraba de gritar que no lo había hecho, pero ¿sabes qué fue lo más genial de mi plan? —Se reclinó en el asiento con los ojos brillantes—. Que fuiste tú la que acusó a tu madre.

—No. —Negué con la cabeza—. Yo no fui. Ni siquiera había visto… No recuerdo…

—Después no. Pero ¿en ese momento? —Sonrió con malicia—. Es bastante fácil crear falsos recuerdos, especialmente en la mente de una niña confundida y traumatizada. Unas cuantas insinuaciones y preguntas por mi parte, y ya estabas convencida de que había sido tu madre. Dijiste que oliste su perfume, además era la única persona que había allí. De cualquier forma, la policía tuvo que investigar, y me dieron tu custodia y la de Josh mientras buscaban pruebas. Tu madre estaba deprimida y, bueno, ya sabes lo que pasó con las pastillas. Es bastante poético, de hecho. Murió de lo mismo de lo que había intentado acusarla, a las 4:44 de la madrugada, nada menos. La hora maldita.

Me dio un vuelco al estómago. Las 4:44. La hora a la que me despertaba de las pesadillas.

Nunca he sido una chica supersticiosa, pero no pude evitar preguntarme si mi madre me había estado gritando desde el otro lado, suplicándome que recordara. Que abandonara al psicópata en cuya casa había vivido durante tantos años.

—¿Y aquel día en tu despacho? —pregunté, con la determinación de acabar con aquello, a pesar de las ganas que tenía de vomitar.

Michael resopló.

—Cierto. Esa redacción estúpida sobre cómo te había «salvado». Vamos a ver, yo me había esforzado mucho en ocultar cuánto me molestaba tener que criar a una «hija» que ni siquiera era mía durante tantos años. Representé a la perfección el papel del padre en duelo, callado, extraño. —Su grotesca sonrisa reapareció—. Pero a veces me llevas al límite, especialmente cuando te pareces tanto a ella. Un recordatorio viviente de su infidelidad. Habría sido muy fácil borrarte del mapa, pero Josh eligió ese momento para llegar a casa. Una lástima. —Hizo un gesto de desdén con el hombro—. No se puede tener todo. Para ser justos, el incidente en el despacho fue un momento de debilidad por mi parte; ahí ya tenías mucha más conciencia de lo que pasaba y habría sido un infierno tener que explicar lo que había pasado, aunque seguro que se me habría ocurrido algo. Pero imagina mi sorpresa cuando te despertaste, no solo sin recuerdos del despacho, sino sin recuerdos de toda tu vida hasta ese punto. Los médicos no se lo pudieron explicar, pero daba igual. Lo único que importaba era que lo habías olvidado todo. —Sonrió—. Parece que Dios me sonríe, ¿verdad que sí?

Sentí las manos de Alex en mi espalda. Ni siquiera había notado cómo se acercaba. Me apreté contra la calidez de su tacto mientras me daba vueltas la cabeza. Recuerdo que cuando Michael me soltó me fui corriendo a mi cuarto y saludé a Josh como si nada. Me quedé allí toda la tarde y me negué a cenar, a pesar de los intentos de Josh por persuadirme para que saliera. Él solo tenía trece años en ese momento (demasiado joven para poder ayudarme) y no tenía a nadie más a quien acudir.

Me pregunté si tal vez tenía tanto pánico y estaba tan traumatizada que había eliminado todas mis experiencias con Michael, que era básicamente toda mi infancia.

—Aunque no podía estar seguro de volver a tener tanta suerte —continuó Michael—. Así que te dejé en paz después de aquello. Incluso te mandé a terapia porque tenía que representar el papel de padre preocupado, pero menos mal que aquellos idiotas incompetentes no supieron hacer su trabajo.

Ahora sabía por qué había insistido tanto en que dejara las sesiones de terapia. Debió de haberle aterrado que de pronto recordara todo y le acusara.

Lo cual me llevaba a preguntarme… ¿Por qué tenía tantas ganas de contármelo ahora?

Pareció que Alex me había leído la mente.

—El delito de intento de asesinato no prescribe, y acabo de grabar esta conversación —dijo—. Washington tiene una ley de consentimiento de grabación que implica solo a una persona, y Ava —me señaló— ha consentido de antemano. Vas a ir a la cárcel mucho tiempo.

La máscara de maldad de Michael se derritió, dejando atrás otra vez al «padre» que me había acogido en cada visita y que había organizado mis fiestas de cumpleaños. Era terrorífico ver la facilidad con la que cambiaba de uno a otro.

—Si tengo que ir a la cárcel para salvarla, lo haré —susurró. Se volvió hacia mí, con los ojos brillantes de lágrimas—. Ava, cariño, Alex no es quien crees que es. Su chófer me recogió, y mientras veníamos de camino me amenazó…

—Basta —le cortó Alex—. Deja de hacerle luz de gas. Estás acabado, y creo que mis amigos estarán de acuerdo.

Miré estupefacta cómo dos agentes del FBI irrumpían en la sala y tiraban a Michael de la silla. Alex no había mencionado al FBI cuando planeó aquello.

—Esto no acabará en los tribunales —dijo Michael, con demasiada calma para alguien que acababa de ser arrestado por los federales—. Lucharé. No vais a ganar.

—¿Con qué dinero? —Alex levantó las cejas—. Verás, mi gente también ha descubierto algunas cosas muy interesantes de tu negocio en su investigación. Cosas muy interesantes e ilegales. Evasión de impuestos. Fraude corporativo. ¿Te suena?

Por primera vez desde que había llegado, Michael perdió la compostura.

—Estás mintiendo —susurró—. No tienes autoridad…

Au contraire, he trabajado con el FBI justo en esa parte. Mis amigos de la agencia tenían mucho interés en lo que tenía que contarles y en todo lo que descubrieron. —Alex sonrió—. Puedes usar los activos que te queden para contratar a un abogado, pero la mayoría de tus activos están manchados y quedarán congelados antes del juicio. Recibirás la noticia oficial antes de que acabe el día.

—Josh no te perdonará jamás por eso. —Los ojos de Michael ardían—. Me venera. ¿A quién imaginas que creerá? ¿A mí, su padre, o a un miserable que conoció hace unos pocos años?

—En ese caso, padre —Josh entró en la sala, con la cara más ensombrecida que le había visto nunca—. Creo que voy a creer «al miserable».

Estampó el puño en la cara de Michael, abriendo así la caja de los truenos.

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