Twisted love
Capítulo 30
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Ava
Unas cuantas horas más tarde, Josh y yo estábamos sentados en una mesa al fondo de un restaurante junto al Grupo Archer. Alex había reservado todo el restaurante y había echado a la mayor parte de los empleados. Aparte de un camarero que rondaba por la entrada, demasiado lejos como para oírnos, éramos los únicos allí. También Alex se había marchado a la oficina para darnos más privacidad.
—Lo siento mucho, Ava. —Josh no tenía buen aspecto. Tenía la cara apagada, con profundas ojeras bajo los ojos. El estrés y la preocupación le surcaban la cara y no había rastro de su habitual sonrisa encantadora y socarrona—. Debería haberlo sabido. Debería…
—No es culpa tuya. Papá… Michael nos engañó a todos. —Me encogí de hombros, pensando en lo bien que había interpretado su papel—. Además, a ti te quería. Te trataba perfectamente. No tenías por qué notar nada.
Josh apretó los labios.
—No me quería. La gente como él no es capaz de querer. Me veía como… una vasija en la que continuar su legado. Nada más.
Alex y yo habíamos contactado con Josh y le habíamos contado lo que yo había recordado unos días atrás. Se quedó de piedra, pero me creyó. También insistió en coger un vuelo para estar en el enfrentamiento y pidió un permiso urgente en su voluntariado para poder hacerlo. Había visto y oído toda la conversación por las cámaras ocultas de la sala, y el equipo de seguridad de Alex tuvo que contenerlo para que no saltara antes de tiempo.
Me imaginaba lo que debió de costarle. Si algo tenía Josh, era sangre caliente.
Después de darle un puñetazo a Michael, la situación se había convertido en un caos, con los agentes del FBI, Josh, Michael y varios guardias de seguridad pegándose unos contra otros. Josh estuvo a punto de matar a golpes a nuestro (su) padre si no es porque Alex lo detuvo. Los agentes del FBI se llevaron a Michael magullado y lleno de sangre y ahora había que esperar al juicio.
Gracias a Alex, que tenía un amigo cuyo padre era un alto cargo del FBI, Josh se libró de una acusación por agresión a Michael.
Toda la situación era surrealista.
—De cualquier forma, no fue culpa tuya —repetí—. Tú también eras solo un niño.
—Si hubiera estado aquel día en el despacho…
—Basta. ¿Me estás escuchando, Josh Chen? —dije con dureza—. No voy a dejar que te culpabilices. Mamá y Michael eran adultos. Tomaron sus propias decisiones. —Tragué saliva, sintiéndome culpable por la ira contenida que había sentido hacia mi madre durante tantos años, cuando lo cierto era que ella también había sido una víctima—. Siempre has estado ahí cuando te he necesitado, eres un hermano fantástico. Solo lo diré una vez, así que no me hagas repetirlo. Tu ego no necesita inflarse más.
Se le escapó una pequeña sonrisa.
—¿Estarás bien?
Suspiré profundamente. Las dos últimas semanas habían sido… demasiado. Las revelaciones, los juegos mentales, darme cuenta de que era prácticamente huérfana. Mi madre estaba muerta, mi padre no era mi padre (y probablemente pasaría mucho tiempo en prisión) y no tenía ni idea de quién era mi verdadero padre. Pero al menos sabía la verdad y tenía a Josh, a Alex y a mis amigos.
Quizás aún tardara un tiempo en recibir el impacto de lo ocurrido, pero de momento solo sentía alivio mezclado con tristeza y estupor.
—Sí —dije—. Estaré bien.
Josh debió de percibir mi convicción, porque relajó los hombros ligeramente.
—Si necesitas hablar o cualquier cosa, estoy aquí. No te garantizo darte un buen consejo, pero te puedo orientar o lo que sea.
Sonreí.
—Gracias, Joshy.
Hizo una mueca al escuchar ese apelativo.
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? No me llames así.
Pasamos la siguiente media hora hablando de otros temas más ligeros: su estancia en Centroamérica, qué caprichos se permitiría en Washington antes de volver al voluntariado, y su relación ya acabada con la chica de la que me había hablado. Al parecer, él cortó inmediatamente después de que ella mencionara el tema del matrimonio. Típico de Josh.
Pero aunque fuera un pelmazo, lo había echado de menos, y me daría pena que se marchara. Iba a venir a casa en Navidad, pero no podía quedarse todo el tiempo que faltaba para entonces, así que al día siguiente se marcharía para volver dos semanas después.
Sin embargo, había un melón que todavía no habíamos abierto.
—Ahora que nos hemos puesto al día con las cosas sin importancia… —Josh frunció el ceño—. Alex y tú. Pero. ¿Qué. Cojones?
Me estremecí de pudor.
—No lo planeamos, te lo prometo. Simplemente… ocurrió.
—¿Simplemente «ocurrió» que te caíste en la cama de mi mejor amigo?
—No te enfades.
—No me enfado contigo —espetó Josh—. Me enfado con él. ¡Debería haber tenido más cabeza!
—¿Y yo no tengo cabeza?
—Ya sabes a qué me refiero. Tú eres una romántica. Me creo que te hayas pillado por esa aura melancólica de gilipollas que tiene Alex. Pero él… Joder, Ava. —Josh se pasó la mano por la cara—. Es mi mejor amigo, pero incluso a mí me dan miedo las cosas que hace. Desde que lo conozco, nunca ha tenido una sola relación. Nunca ha mostrado interés por tenerla. Solo le preocupa el trabajo, y ya está.
—Sí, a veces puede ser un gilipollas, pero sigue siendo humano. Necesita amor y cariño como todo el mundo —dije en defensa de Alex, aunque realmente era la última persona en el mundo que necesitaba que la defendieran—. En cuanto a la relación, para todo hay una primera vez. Ha sido… —Tragué saliva—. No te haces a la idea de cómo me ha ayudado estos últimos meses. Ha estado ahí para todo. Las pesadillas, los ataques de pánico… Me ha enseñado a nadar. A nadar, Josh. Me ha ayudado con mi miedo al agua, al menos un poco, y ha sido siempre tan paciente… Pero aparte de todo lo que me ha ayudado, es muy inteligente y divertido y maravilloso. Me hace reír y creer en mí misma, más de lo que nadie ha hecho nunca. Y puede que no lo muestre al mundo, pero sí que tiene corazón. Un corazón bello.
Me corté antes de seguir divagando, con la cara como un tomate.
Josh se me quedó mirando completamente atónito.
—Ava… —dijo—. ¿Lo quieres?
En ese momento había muchas cosas borrosas en mi vida, pero mis sentimientos en este aspecto estaban claros. No dudé antes de contestar:
—Sí. —No sabía qué me pasaba por la cabeza, pero sí por el corazón—. Lo quiero.
Josh se marchó a la mañana siguiente y amenazó con matar a Alex si me rompía el corazón. Todavía no estaba cómodo con nuestra relación, pero la había aceptado irremediablemente después de descubrir todo lo que sentía por Alex.
Alex tenía una cosa urgente de trabajo después de dejar a Josh en el aeropuerto, así que pasé el día con las chicas. Como estaba lloviznando y no me apetecía salir, hicimos un día de spa en casa, con mascarillas faciales caseras, manicura, pedicura y maratón de películas divertidas.
Ya les había contado lo que había pasado con Michael. Se quedaron de piedra, pero nunca me presionaron con el tema, lo cual agradecí. Habían sido veinticuatro horas muy duras y necesitaba desconectar.
Stella miró el teléfono y lo guardó enseguida con una extraña mueca.
—¿Es otra vez el loco ese? —preguntó Jules, soplándose las uñas recién pintadas de esmalte dorado.
Un tío había estado escribiendo a Stella sin parar durante las dos últimas semanas, y estaba muy inquieta. Como influencer, recibía una buena cantidad de mensajes privados no solicitados de tíos raros, pero este la estaba acosando más de lo normal.
—Sí. Lo he bloqueado, pero se crea nuevas cuentas sin parar. —Stella suspiró—. Es lo malo de ser una figura semipública.
—Ten cuidado. —Una sombra de preocupación recorrió la cara de Bridget—. Hay mucho loco por ahí suelto.
Rhys, que vigilaba desde el sillón, soltó una carcajada, sin duda porque era la frase que siempre le estaba diciendo a ella, y tras la cual era ignorado, como en ese preciso momento.
Bridget se negó a mirarlo mientras subía el volumen de Chicas malas. Debía de ser la milésima vez que la veíamos, pero no nos cansábamos. Regina George era icónica.
—Lo tendré. Tiene pinta de ser un friki de internet. —Stella hizo una mueca—. Por eso nunca subo stories hasta después de irme del sitio.
No podía imaginar cómo sería documentar mi vida como lo hacía Stella. Me preocupaba su seguridad y su salud mental, pero hasta el momento lo había llevado bastante bien. Puede que me estuviera preocupando demasiado.
Llamaron a la puerta.
—Yo abro. —Rhys levantó su metro noventa y cinco del sillón. Realmente era un hombre enorme. Probablemente llevaba ropa hecha a medida porque no había forma de que una camisa normal pudiera abarcar la anchura de sus hombros y su pecho.
—Mira qué culo —suspiró Jules—. Bien apretado.
—Deja de cosificarlo. Es el guardaespaldas de Bridget —le dije, dándole un codazo en las costillas.
—Por eso. Los guardaespaldas están buenos. ¿No te lo parece, Bridge?
—No —dijo Bridget rotundamente.
—Qué aburridas sois. —Jules se enrolló el pelo en un moño improvisado—. ¡Oh, mirad quién trae un regalito!
El estómago me dio un vuelco cuando Alex entró con Rhys pisándole los talones. Llevaba una inconfundible caja de rayas blancas y negras.
—¿Tarta? —saltó Stella. Había hecho buenas migas con Alex en el último mes, tras darse cuenta de que «después de todo sí era capaz de sentir emociones humanas».
—Cupcakes —corrigió Alex mientras dejaba la caja en la mesa.
Mis amigas se abalanzaron como buscadoras de tesoros que acaban de encontrar una mina de oro.
Sonreí e incliné la cabeza para besarlo.
—Gracias. No tenías por qué hacerlo.
—Solo son cupcakes. —Me devolvió el beso antes de sentarse a mi lado y pasarme un brazo protector por la cintura—. Me pareció que os podría venir bien un subidón de azúcar.
Le quité el envoltorio a mi cupcake de red velvet con el ceño fruncido. Me llevaría bastante tiempo superar lo que había hecho Michael. No estaba segura de si alguna vez lo superaría. Mi vida entera era una mentira. A veces por las noches, me quedaba despierta en un estado de ansiedad, incapaz de conciliar el sueño o de pensar con claridad. Otras veces, como ahora, miraba a mi alrededor y me tranquilizaba diciéndome que iba a estar bien. El viejo refrán era cierto: «Lo que no te mata te hace más fuerte». Había estado a punto de morir dos veces en mi vida (que yo supiera) y seguía ahí. Y ahí seguiría con la cabeza bien alta mientras Michael se pudría en prisión.
Gracias a la ayuda de Alex, que conocía a la mitad de los jueces de la ciudad, Michael estaría encerrado sin fianza hasta la fecha del juicio. Me había mandado un mensaje pidiéndome que fuera a verlo, pero me negué. No tenía nada más que decirle. Ya me había mostrado su verdadero rostro y me parecía bien no volver a verlo en lo que me quedaba de vida.
Pero sí, a veces una necesita un cupcake o dos para animarse en los días lluviosos.
Una parte de mí estaba agradecida por que Michael y yo nunca hubiéramos tenido una relación estrecha. Por eso me preocupaba Josh, que era su hijo biológico y que había tenido una relación mucho más cercana con él. Pero Josh insistía en que estaba bien, y no había más que hablar. Era todavía más cabezota que yo.
Comimos en silencio durante un rato hasta que Stella se aclaró la garganta.
—Bueno, gracias por la comida, pero yo me tengo que ir ya. Tengo que grabar una colaboración para una marca.
—Yo también —añadió Bridget, aprovechando que Stella había abierto la veda—. Tengo que hacer un trabajo de teoría política.
Después de que Stella, Bridget y Rhys se marcharan apresuradamente, Jules dijo que tenía una cita y tenía que ir a arreglarse. Subió la escalera, llevándose la mitad de los cupcakes.
—Tú sí que sabes cómo echar a la gente —me burlé, pasándole la mano por el brazo a Alex. ¿Qué habría hecho sin él? No solo me había ayudado a enfrentarme a mi padre (perdón, a Michael), sino que también me estaba ayudando a gestionar las consecuencias, incluyendo todos los líos financieros y legales en los que ahora estaba metida. La mayoría de los activos de Michael estaban congelados, pero por suerte ya había pagado la matrícula de ese curso, y tenía un salario fijo por mi trabajo en la galería, además de mis encargos. La comisión que había ganado con la venta de la obra de Richard Argus a Alex también había ayudado. Josh, que había recibido una beca completa que le cubría los gastos para toda la carrera de Medicina, también podía estar tranquilo en términos económicos. Una cosa menos de la que preocuparnos.
—Es uno de mis múltiples talentos. —Alex me dio un beso ardiente y me fundí con él, dejando que su lengua y su sabor y su tacto me transportaran a un mundo donde mis problemas no tenían cabida.
Dios, amaba a ese hombre, y él ni siquiera lo sabía. No todavía.
El pulso me retumbó en los oídos cuando nos separamos.
—Alex…
—¿Sí? —Me pasó los dedos por la piel, con la mirada clavada en mi boca.
—Tengo que decirte algo. Te… —Díselo. Ahora o nunca—. Te quiero —susurré, con el corazón latiendo deprisa al pronunciar aquella confusión en un suspiro.
Pasó un instante, seguido de otro. Y de otro.
La mano de Alex estaba paralizada, y mantenía una expresión feroz y extrañamente poseída. Una descarga de inquietud me inundó el estómago.
—No lo dices en serio.
—Sí —dije, herida y algo enfadada por su reacción—. Sé lo que siento.
—No soy una persona fácil de amar.
—Lo bueno es que nunca me importó mucho tomar el camino más fácil. —Me incorporé y lo miré directamente a los ojos—. Eres frío y exasperante y admito que un poco imponente. Pero también eres paciente y generoso y brillante. Me inspiras a perseguir mis sueños y a dejar atrás mis pesadillas. Eres todo lo que no sabía que necesitaba, y me haces sentir más segura que cualquier otra persona de este mundo. —Respiré hondo—. Lo que intento decirte, otra vez, es que te quiero, Alex Volkov. Cada parte de ti, incluso las partes a las que pegaría.
Esbozó una sonrisa débil.
—Menudo discurso. —Su sonrisa se esfumó tan rápido como había llegado, y apoyó su frente sobre la mía, con la respiración agitada—. Eres la luz de mi oscuridad, Rayito —dijo con la voz quebrada. Sus labios rozaron los míos mientras hablaba—. Sin ti, estoy perdido.
Nuestro beso fue todavía más intenso esta vez, más urgente, pero su respuesta retumbaba en bucle al fondo de mi mente.
«Eres la luz de mi oscuridad. Sin ti, estoy perdido».
Unas palabras bonitas que hacían que el corazón me latiera con fuerza… Pero no pude evitar darme cuenta de que ninguna de esas palabras era: «Yo también te quiero».