Twisted love

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Capítulo 31

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31

Alex

Las puertas de metal se deslizaron, revelando un largo sendero flanqueado por robles rojos, con las ramas desnudas en medio del intenso frío del invierno, y una enorme mansión de ladrillo que se alzaba imponente en la distancia.

La casa de mi tío (y también la mía, antes de mudarme a Washington) se encontraba detrás de una fortaleza a las afueras de Filadelfia, y aquello le encantaba.

No quería separarme tan pronto de Ava después de lo que pasó con Michael, pero ya había pospuesto demasiadas veces esa reunión con mi tío.

Lo encontré en su despacho, fumando y viendo una serie rusa en el televisor de plasma que tenía colgado en una esquina. Nunca había entendido por qué insistía en ver la televisión ahí cuando tenía un salón increíble.

—Alex. —Hizo un aro de humo. Delante de él había una taza de té verde medio vacía. Se había obsesionado con beber eso desde que leyó un artículo que decía que ayudaba a adelgazar—. ¿A qué debo el honor?

—Ya sabes por qué estoy aquí. —Me desplomé en la butaca acolchada frente a Ivan y cogí un pisapapeles dorado feísimo que tenía sobre el escritorio. Parecía un mono deforme.

—Ah, sí. Ya he oído. Jaque mate. —Sonrió mi tío—. Felicidades. Aunque tengo que admitir que fue un poco anticlimático. Esperaba que tu movimiento final tuviera algo más de… bombo.

Apreté la mandíbula.

—La situación cambió y tuve que adaptarme.

La mirada de Ivan se volvió cómplice.

—¿Y cómo es que cambió la situación?

Me quedé en silencio.

Llevaba elaborando mi plan de venganza durante más de una década, moviendo y manipulando cada pieza hasta que las ponía donde quería. Juega siempre a largo plazo.

Pero incluso yo tenía que admitir que me había… distraído en los últimos meses. Ava se había colado en mi vida como un rayo de luz después de una tormenta, despertando a las criaturas de mi alma que daba por muertas desde hacía mucho tiempo. La culpa. La conciencia. El remordimiento.

Y me había hecho preguntarme si el fin justifica los medios.

A su alrededor mi sed de venganza se debilitaba, y por poco, por muy poco, abandono en mi empeño, aunque solo fuera para fingir ser el hombre que ella creía que yo era. «Tienes un corazón lleno de capas, Alex. Un corazón de oro enjaulado en un corazón de hielo».

Los bordes afilados del pisapapeles se me clavaron en la palma de la mano.

Ava sabía que había cometido un buen puñado de actos dudosos para el Grupo Archer, pero aquello solo eran negocios. No lo condenaba ni lo apoyaba, pero tampoco era tan ingenua. Aunque rebosara romanticismo y tuviera un gran corazón, se había criado junto al nido de víboras que era Washington, y entendía que en ciertas situaciones (tanto empresariales como políticas) había que elegir entre comer o ser comido.

Pero si descubría lo lejos que había llegado para encontrar a los responsables de la muerte de mi familia (daba igual cuánto lo merecieran), jamás me lo perdonaría.

Hay líneas que no deben cruzarse.

En la mano me brotó un pequeño charco de sangre. Solté el pisapapeles, me limpié en el pantalón convenientemente oscuro y lo volví a dejar en la mesa.

—No te preocupes, tío. —Mantuve la expresión y la postura relajada. No quería que descubriera hasta qué punto Ava había entrado en mi corazón.

Mi tío nunca se había enamorado, ni casado, ni criado hijos propios, y no habría sido capaz de entender mi dilema. Para él el dinero, el poder y el estatus eran lo único que importaba.

—Ah, claro que me preocupo. —Ivan le dio una calada al cigarro con el ceño fruncido. Se había peinado el pelo hacia atrás y llevaba traje y corbata, a pesar de que estaba solo en su despacho viendo una estúpida serie sobre espías de la Guerra Fría. Siempre se preocupaba mucho por su aspecto, incluso aunque no hubiera nadie para apreciarlo. Entonces empezó a hablarme en ucraniano—: Últimamente no pareces tú. Estás muy distraído. Descentrado. Carolina me ha dicho que solo has ido a la oficina unos pocos días por semana, y que te vas antes de las siete.

Intenté ocultar un estallido de irritación.

—Mi secretaria no debería ir por ahí chivándoles mi horario a los demás.

—Yo soy el director ejecutivo, así que no le quedaba otra. —Ivan apagó el cigarro y se reclinó en su asiento, mirándome con intensidad—. Háblame sobre Ava.

Sentí una descarga de tensión por la espina dorsal al oír ese nombre en sus labios. No tuve que preguntarle cómo se había enterado; yo no era el único que tenía espías por todas partes.

—No hay nada que contar. Me la estoy tirando —dije mientras las palabras me envenenaban la lengua—. Ya está.

—Mmm. —Mi tío parecía escéptico—. Y a ver, tu venganza. ¿Ya está? —Cambió de tema tan abruptamente que tardé en responder un segundo más de lo habitual.

—No. —No había acabado con el hombre que había destruido. Aún no—. Hay más.

Tenía un último as en la manga.

Quería arrebatarle todo al hombre que me había arrebatado todo. Su negocio, su familia, su vida.

Y lo hice. Lo haría.

Pero ¿merecía la pena?

—Bien. Pensaba que te habías ablandado. —Ivan suspiró y se quedó mirando el retrato enmarcado de la pared donde salían mi padre y él de jóvenes. Se acababan de mudar a Estados Unidos y los dos llevaban trajes baratos y coloridos, con sombreros a juego. Así como mi tío parecía serio y taciturno, los ojos de mi padre brillaban como si conociera un gran secreto que nadie más conocía. Se me encogió el estómago al verlo—. No olvides lo que les pasó a tus padres y a la pobre Nina. Merecen que se haga justicia.

Como para olvidarlo. Incluso aunque no tuviera el síndrome que afectaba a mi memoria, la escena se me habría clavado para siempre en el cerebro.

 

¡No hagas trampas! —grité mientras corría hacia el cuarto de baño. Me había tomado dos vasos de zumo de manzana y estaba a punto de explotar—. Lo sabré.

¡Vas perdiendo igualmente! —me respondió mi hermana Nina con otro grito, haciendo reír a mis padres.

Le saqué la lengua y cerré de un portazo la puerta del baño. Me molestaba no haber ganado nunca a Nina al Scrabble infantil, y eso que era dos años menor y que yo tenía el cociente intelectual de un «genio», según mis profesores y mis padres. Siempre se le habían dado bien las palabras. Mamá decía que probablemente acabaría siendo escritora.

Usé el baño y me lavé las manos.

Ese verano tenía que estar en un campamento para niños con altas capacidades, pero el campamento era aburridísimo. Todas las actividades eran muy fáciles y solo me gustaba el ajedrez, pero podía jugarlo en cualquier parte. Así que me quejé a mis padres y el día anterior me sacaron de allí para llevarme de vuelta a casa.

Me estaba secando las manos cuando escuché un fuerte disparo a lo lejos, seguido de unos gritos.

Corrí al salón, donde encontré a mis padres llevando a Nina por un pasadizo secreto detrás de la chimenea. Eso era algo que me encantaba de nuestra casa; estaba llena de pasadizos secretos y rincones ocultos. Nina y yo habíamos pasado incontables horas explorando cada rendija y cada recoveco. Desde luego, jugar al escondite en un lugar así era mucho más divertido.

Alex, métete aquí. ¡Corre! —Mamá tenía cara de pánico. Me agarró del brazo, más fuerte de lo que me había agarrado nunca, y me empujó a la oscuridad.

¿Qué pasa? ¿Quiénes son? —El corazón me latía a toda velocidad. Escuché voces extrañas que se acercaban.

Nina se encogió en el pasadizo, con su adorado gato Manchitas apretado contra el pecho. Nos lo habíamos encontrado un día mientras hacíamos un pícnic en el parque, y lloró y suplicó sin cesar hasta que mis padres le dejaron quedárselo como mascota.

Tranquilos. —Papá llevaba una pistola en la mano. Siempre tenía una en casa, pero nunca le había visto usarla. Se me heló la sangre al ver aquel reluciente metal negro brillar bajo las luces—. Métete ahí con tu hermana y tu madre, y no hagas ruido. No va a pasar nada. Lucia, ¿qué haces?

Mamá giró la puerta del pasadizo mientras Nina y yo la mirábamos boquiabiertos.

No te voy a dejar aquí fuera solo —dijo con determinación.

Joder, Lucy. Tienes que…

El ruido de un jarrón rompiéndose contra el suelo interrumpió a papá y asustó a Manchitas, que soltó un maullido de terror y se escapó de los brazos de Nina. Atravesó como un rayo el estrecho espacio entre la pared y la puerta del pasadizo.

—¡Manchitas! —gritó Nina, abalanzándose detrás de él.

Intenté agarrarla, pero se escabulló de mi alcance para salir a buscarlo.

¡Nina, no! —grité en un susurro, pero ya era tarde. Ya había salido, y la puerta se había cerrado, envolviéndome en la oscuridad. Me senté allí, con la sangre retumbándome en los oídos mientras mis ojos se ajustaban a la penumbra.

Mamá y papá me habían metido allí por un motivo, y no quería preocuparles abandonando el sitio. Pero también necesitaba saber qué estaba pasando, aunque algo me gritaba que me diera la vuelta, me tapara los ojos y me escondiera.

Me escondí, pero no pensaba taparme los ojos.

El pasadizo de la chimenea tenía una especie de mirilla camuflada en los ojos de un cuadro que colgaba sobre la repisa de la chimenea. Aún no me alcanzaba la estatura, pero me puse de puntillas y me estiré al máximo para mirar lo que pasaba en el salón.

Lo que vi hizo que se me helara la sangre.

Había dos extraños en el salón. Llevaban máscaras de esquí y pistolas más grandes que la que tenía papá, ahora tirada a sus pies. Una de esas pistolas apuntaba a papá, la otra a mamá y la otra a Nina. Mamá cubría a Nina con instinto protector mientras mi hermana lloraba y apretaba fuerte a Manchitas. El gato estaba aterrorizado y aullaba con toda la fuerza de sus pulmones.

Haz que se calle ya la cosa esa —ladró uno de los hombres— o lo haré yo por ti.

Nina lloró aún más fuerte.

Llevaos lo que queráis —dijo papá, con la cara pálida—. Pero, por favor, no le hagáis daño a mi familia.

Oh, claro que nos vamos a llevar lo que queremos —dijo el segundo hombre—. Por desgracia, no te puedo garantizar lo otro. De hecho, vamos a hacerlo rápido, ¿vale? No tiene sentido posponer lo inevitable. No nos pagan por horas.

Sonó un disparo. Mamá y Nina gritaron. Yo también debería haber gritado, pero no lo hice. Solo me quedé mirando, congelado, con los ojos abiertos de par en par y las piernas doloridas de estar tanto tiempo de puntillas, cómo del pecho de papá brotaba una mancha de un rojo brillante. Estaba atónito, se le movía la boca, pero no le salían las palabras. Quizás habría podido sobrevivir a un disparo, pero entonces sonó otro, y otro, y otro, hasta que el cuerpo grande y fuerte de papá se desplomó sobre el suelo. Y se quedó ahí, quieto.

Aquel cuerpo ya no era mi padre. Tenía su cara y su pelo y su piel, pero papá ya no estaba. Lo había visto irse, había visto cómo la luz se desvanecía de sus ojos.

¡No! —gimió mi madre. Se arrastró hacia papá, pero solo recorrió la mitad del espacio antes de que su cuerpo se sacudiera y cayera con la boca abierta. Ella también se derrumbó y su sangre se derramó por el suelo.

Joder, ¿por qué has hecho eso? —se quejó el primer hombre—. Quería divertirme un rato con ella.

La muy zorra me estaba poniendo de los nervios. No soporto los lloriqueos, y además estamos aquí para cumplir con un encargo, no para complacer a tu polla —gruñó el segundo hombre.

El primero arrugó el gesto, pero no discutió.

Los dos se quedaron mirando a Nina, que lloraba con tanta fuerza que se le había puesto la cara roja y su cuerpo temblaba por la intensidad del llanto. Manchitas bufó a los hombres, con los ojos brillantes de ferocidad. Todavía era pequeño, pero tenía las formas de un león.

Es muy pequeña —dijo el primer hombre con repulsión.

El otro hombre la ignoró.

Lo siento, niña —le dijo a Nina—. No es nada personal. Mala suerte por haber nacido en esta familia.

La sangre me empezó a arder. Un líquido me goteó por la muñeca, y me di cuenta de que me había clavado las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que estaba sangrando.

Ploc, ploc, ploc.

Cada ploc sonaba como una bomba atómica en la oscuridad, electrizando el espacio. ¿Lo oirían? ¿Me oirían, agachado detrás de la chimenea como un cobarde, mientras asesinaban a mi familia?

Quería salir. Quería abalanzarme sobre esos hombres y arañarlos y hacerlos pedazos. Quería reventarles la cabeza contra la escultura de la repisa de la chimenea y arrancarles la piel a tiras hasta que me suplicaran que los matase.

Fue la primera vez que tuve esos pensamientos tan violentos. Mamá era dulce y amorosa, papá era más duro pero justo. Un hombre de honor. Y nos habían criado de la misma forma a Nina y a mí.

Pero después de ver lo que habían hecho esos hombres, quería torturarlos muy despacio. Durante toda la eternidad.

Pero no podía. Si hubiera salido, me habrían matado también, y no habría habido venganza. Ni justicia.

Ploc. Ploc. Ploc, ploc, ploc.

Seguía sangrando. No pude apartar la vista mientras el segundo hombre levantaba la pistola una vez más y disparaba.

Un disparo. Solo hizo falta eso.

Manchitas estaba frenético. Se lanzó a los hombres, bufando y arañando. Uno de ellos intentó darle una patada, pero la esquivó a tiempo.

Olvídate del maldito gato —espetó el segundo hombre—. Vamos a acabar el trabajo y larguémonos de aquí.

Odio a los putos animales —murmuró con desagrado el primer hombre—. Oye, ¿no dijeron que había otro niño? ¿Dónde está el mocoso?

Aquí no. —Su compañero echó un vistazo alrededor, su mirada recorrió la chimenea y se detuvo en la pequeña y elegante estatua de jade en la mesa al lado—. Está en un campamento o algo así.

Vaya, yo nunca he ido a un campamento. ¿Alguna vez has ido a un campamento? Siempre he querido…

Cállate. Ya.

Barrieron toda la habitación, afanándose los objetos de valor y toqueteando con sus sucias manos todas las pertenencias de mi familia antes de irse por fin. El silencio invadió la casa.

Mi aliento chirriaba en el vacío. Esperé y esperé. Cuando estaba seguro de que ya no volverían, empujé la pesada puerta del pasadizo con la cara roja del esfuerzo y me di de bruces con los cuerpos del salón.

Mamá. Papá. Nina.

Tenía que llamar a la policía. También sabía que no debía tocar la escena del crimen, pero era mi familia. Era la última oportunidad que tenía de abrazarlos.

Y lo hice.

Mi respiración se pausó, mi cabeza se despejó.

Tendría que estar furioso.

Tendría que estar triste.

Tendría que sentir algo.

Pero no sentía nada. Nada en absoluto.

 

La presión alrededor de mi garganta aumentó. No había podido protegerlos. Eran las personas a las que más quería en el mundo, y no había podido hacer nada. Fui un inútil. Un cobarde.

Podía cobrarme toda la venganza que quisiera, pero eso no cambiaría el hecho de que ellos estaban muertos y yo vivo. Yo, el más jodido de todos. Si había una prueba de que el universo tenía un macabro sentido del humor, era esta.

—Me tengo que ir —dijo mi tío, pasándose la mano por la corbata—. He quedado con un viejo amigo. ¿Te quedas a pasar el fin de semana?

Alejé los recuerdos y asentí.

—Excelente. Cuando vuelva echamos una partida de ajedrez, ¿vale?

Mi tío era el único que podía ponerme contra las cuerdas jugando al ajedrez.

—Claro. —Me froté el pulgar en la herida de la mano—. Estoy deseándolo.

Cuando mi tío se fue, me pasé una hora en el gimnasio de la casa liberando mis frustraciones, pero había algo que me preocupaba.

Algo que había dicho Ivan, y por la forma en que lo había dicho…

Yo soy el director ejecutivo, así que no le quedaba otra.

¿Por qué hostias mi tío me estaba vigilando, y por qué tenía tanto interés en saber mi horario como para amenazar a Carolina para conseguir la información? Era una buena secretaria, y no cantaría la información a menos que se viera obligada.

Cerré el grifo de la ducha y me sequé, dándoles vueltas a todas las posibilidades. No habría llegado tan lejos en la vida si no hubiera hecho caso a mis instintos, así que me vestí, me puse un par de guantes de piel y volví al despacho de mi tío. Había puesto cámaras de seguridad, pero el jammer de última generación que había comprado en el mercado negro se encargó de bloquearlas en un momento.

No estaba seguro de qué estaba buscando, pero después de una hora de búsqueda, incluso por falsos cajones y compartimentos secretos, no lo encontré. Lo mismo ocurrió en su dormitorio.

Puede que me estuviera comportando como un paranoico.

Me rugió el estómago, recordándome que no había comido nada desde el café y el bagel que había tomado en el desayuno. Ahora casi estaba atardeciendo.

Me rendí en la búsqueda por los aposentos de mi tío y me dirigí a la cocina. Ivan tenía contratada a una mujer que venía a limpiar un par de veces por semana, pero por lo demás, no había más empleados; le preocupaban demasiado los espías, y siempre decía que podían estar en cualquier parte.

«No te fíes de nadie, Alex. Siempre te apuñala por la espalda el que menos te esperas».

En el último momento fui a la biblioteca, la estancia favorita de mi tío. Era una sala elevada de dos pisos que parecía sacada de una mansión inglesa, con lámparas de vidrio tintado de Tiffany y una pared repleta de estanterías de caoba que crujían con el peso de los volúmenes encuadernados en piel. El sonido de mis pasos quedó amortiguado por alfombras orientales mientras merodeaba por la sala examinando las estanterías. Esperaba que fuera lo que fuese lo que estuviera buscando, no estuviera escondido en un falso libro; porque allí había miles.

Revisé las secciones de sus autores favoritos: Fiódor Dostoyevski, Tarás Shevchenko, León Tolstói, Aleksandr Dovzhenko… Tenía debilidad por los clásicos rusos y ucranianos. Decía que le devolvían a sus raíces.

Pero nada, todos los libros eran reales.

Mis ojos revolotearon por toda la biblioteca hasta posarse en el ajedrez de edición limitada que había en un rincón. Las piezas seguían en la misma posición de nuestra última partida.

Mientras examinaba el ajedrez y aquella zona en busca de cualquier cosa que pudiera confirmar mis sospechas, di un pequeño golpe en la mesa y un peón cayó al suelo.

Maldije en voz baja y me agaché a cogerlo. Mientras lo hacía, me fijé en el enchufe debajo de la mesa. Era un enchufe normal, simple, salvo porque…

Miré a mi izquierda.

Había otro enchufe a un par de palmos de distancia. La normativa eléctrica del país estipulaba que los enchufes deben ponerse a una distancia de no más de dos metros unos de otros, pero era raro ver dos tan juntos.

Hice una pausa para ver si oía algo: el rugido del motor del Mercedes de mi tío aparcando en la puerta, el sonido de sus pasos contra el parqué…

Nada.

Cogí un clip grande del escritorio de la biblioteca y me arrastré por debajo de la mesa, estirando el clip hasta que quedó recto. Retorcí el alambre dentro del enchufe, sintiéndome ridículo, pero mi instinto me gritaba que debía continuar.

Justo cuando estaba a punto de abandonar, el enchufe se desencajó, revelando un fajo de papeles dentro de la pared.

Un falso enchufe. Por supuesto.

Se me disparó el pulso mientras alcanzaba los papeles, justo cuando oí un motor a lo lejos.

Mi tío estaba en casa.

Desdoblé los documentos: cartas escritas con dos caligrafías distintas que me eran familiares.

Las leí por encima, incapaz de creer lo que tenía entre las manos.

Esperaba algo de política corporativa. Juego sucio. No me habría sorprendido que mi tío se estuviera aferrando a su puesto de director ejecutivo, aunque hubiéramos acordado que pronto lo ocuparía yo. Pero ¿esto? Esto no lo había visto venir.

Las piezas del puzle encajaron todas a la vez en mi cabeza, y se me desató en el estómago un extraño cóctel de traición, furia y alivio. Traición y furia por la revelación, alivio de que…

Oí cómo abría la puerta de entrada. Se acercaban los pasos.

Volví a meter las cartas en la pared, doblándolas tal y como las había encontrado, y volví a atornillar el enchufe. Me arrastré por debajo de la mesa, coloqué el peón en la misma posición en la que estaba antes de caerse y me guardé el clip y los guantes, que eran tan finos que no se notaban cuando los llevaba en los bolsillos.

Cogí de la estantería El conde de Montecristo de Alejandro Dumas (uno de mis libros favoritos) y me dirigí a la puerta.

—Alex —dijo mi tío al verme en el vestíbulo—. ¿Otra vez Dumas? No te cansas de ese libro.

Sonreí.

—No, no me canso.

Por dentro, la sangre me hervía.

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