Twisted love

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Capítulo 32

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Ava

Llegaba tarde.

Tamborileé con los dedos en la mesa, intentando no mirar la hora en el móvil. Otra vez.

Alex y yo habíamos quedado a las siete en el restaurante italiano al lado del campus. Eran las siete y media, y no respondía a mis llamadas ni a mis mensajes.

Media hora no era tanto, sobre todo si te pilla un atasco en hora punta, pero Alex nunca llegaba tarde. Y siempre, siempre me contestaba a los mensajes.

Le llamé a la oficina, pero su secretaria me dijo que se había marchado una hora antes, así que debería estar al llegar.

En mi estómago se revolvió una preocupación que me arañaba por dentro.

¿Y si le había pasado algo? ¿Y si había tenido un accidente?

Era fácil pensar que Alex era indestructible, pero podía resultar herido, como todo el mundo.

Diez minutos más. Le daría diez minutos más, y luego… Joder, no lo sé. Llamaría a la maldita Guardia Nacional. Si estaba herido, no podía quedarme ahí sin hacer nada.

—¿Quieres que te traiga algo, cielo? —La camarera se acercó otra vez—. Algo aparte de agua —señaló.

Se me pusieron las orejas rojas.

—No, gracias. Sigo esperando a un amigo. —Eso sonaba un poco menos patético que admitir que estaba esperando a mi novio.

Un poco.

Dejó escapar un suspiro y se fue a atender a la pareja de la mesa de al lado.

Me sentía mal por estar ocupando una mesa la noche del viernes, pero apenas había visto a Alex esa semana y lo echaba de menos. Siempre dormíamos en la misma cama, y el sexo seguía siendo tan explosivo como siempre, pero parecía más distante durante el día. Distraído.

—¿Ava?

Levanté la mirada, pero se me desinfló el pecho al darme cuenta de que no era Alex.

—¿Te acuerdas de mí? —El chico sonrió. Era guapo, con un estilo algo intelectual, y llevaba gafas de pasta y el pelo castaño un poco largo—. Soy Elliott. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de Liam en primavera.

—Ah, sí. —Me dio un escalofrío al oír el nombre de Liam. No le había visto ni había sabido nada de él desde la gala benéfica, pero Jules (siempre al tanto de los cotilleos) me dijo que se había mudado a casa de sus padres en Virginia. No podía decir que me diera pena—. Encantada de verte otra vez.

—Lo mismo digo. —Elliott se pasó la mano por el pelo—. Oye, siento mucho lo que pasó con Liam. No hemos hablado desde que nos graduamos, pero me enteré de que habíais roto y bueno… de todo lo que pasó. Era un gilipollas integral.

—Gracias. —No podía culparle por ser amigo de Liam. ¿O más bien examigo? Yo era la que había salido con el muy capullo, y los chicos solían tratar mejor a sus amigos que a sus novias. Era una triste verdad.

—Perdona por molestarte mientras cenas… —Posó la mirada en mi vaso de agua—. Pero estoy buscando a alguien que me haga unas fotos de compromiso, y ninguno de los que he visto encaja con el gusto de Sally, mi prometida. Pero al verte me he acordado de que eres fotógrafa, así que me ha parecido una señal. —Elliott esbozó una sonrisa avergonzada—. Espero que esto no parezca raro, pero acabo de mirar tu web y se la he enseñado a Sally, y le encantan tus fotos. Si estás libre una semana de estas, nos encantaría contratarte.

Localicé a una chica rubia muy guapa que nos miraba desde la mesa de al lado. Me sonrió y me saludó con la mano. La saludé también.

—Enhorabuena —dije, con una sonrisa genuina esta vez—. Me encantaría hacéroslas. Dame tu número y ya nos pondremos de acuerdo.

Mientras intercambiábamos números, escuché una voz helada entre todo el ruido del restaurante.

—Quítate del medio.

Alex estaba detrás de Elliott y lo fulminó con una mirada tan oscura que me sorprendió que el pobre hombre no se desintegrara en una nube de ceniza.

—Oh, perdona…

—¿Qué haces apuntando el teléfono de mi novia?

Elliott me lanzó una mirada nerviosa y se me tensó la mandíbula. ¿En serio? Alex llegaba casi una hora tarde, ¿y tenía el valor de comportarse como un celoso de mierda nada más aparecer?

—Es un cliente —dije, intentando mantener la calma—. Elliott, luego te llamo, ¿vale? Felicidades otra vez por tu compromiso. —Puse especial énfasis en la última palabra. Alex relajó un poco el ceño, pero no del todo hasta que Elliott no volvió a su mesa.

—¿Qué coño ha sido eso? —pregunté.

—¿Qué ha sido qué? —Alex se sentó.

—Llegas tarde y encima eres un maleducado con Elliott sin motivo.

Abrió la servilleta y se la puso en el regazo.

—Tenía un asunto de trabajo urgente, y se me ha muerto el móvil, así que no te podía llamar. Y en cuanto a Elliott; aparezco y veo a un tío cualquiera ligando con mi novia. ¿Cómo quieres que reaccione?

—No. Estaba. Ligando. Conmigo. —Respiré profundamente—. Mira, no quiero discutir. Es la primera vez que comemos juntos en una semana y quiero disfrutarlo.

—Yo también. —La expresión de Alex se relajó—. Siento haber llegado tarde. Te compensaré.

—Más te vale.

Sonrió.

Pedimos la comida y la camarera se puso mucho más contenta al ver que Alex pedía el vino blanco más caro del menú. Yo no podía beber tinto si no quería que me explotara la cara. Echaba la culpa a mis genes chinos: una gota de alcohol, especialmente de vino tinto, y me ponía como un tomate.

Esperé hasta que el camarero nos trajo los entrantes para anunciarle las buenas noticias.

—Hoy me han contestado de la beca de fotografía.

Alex detuvo el tenedor a mitad de camino hacia su boca.

—Me han cogido. —Me mordí el labio inferior, con el corazón a mil por el entusiasmo y los nervios—. Nueva York. Estoy dentro.

—Sabía que te cogerían. —Simple y real, como si alguna vez hubiera dudado de mí, pero los ojos de Alex brillaban de orgullo—. Enhorabuena, Rayito.

Se inclinó sobre la mesa y me dio un beso en los labios. Estaba tan exaltada que no podía dejar de sonreír, y mi enfado se había esfumado totalmente. ¿Qué más daba que hubiera llegado un poco tarde? ¡Me habían cogido!

Por poco se me cae el móvil al suelo cuando recibí el correo esa mañana. Tuve que leerlo varias veces para asimilar las palabras.

A mí, Ava Chen, me habían concedido la beca World Youth Photography. Pasaría un año entero en Nueva York, estudiando con algunos de los mejores fotógrafos del mundo. La única pena era que no iba a poder ir a clase de Diane Lange, que enseñaba en Londres, porque aún no estaba preparada para cruzar el océano.

Pero no pasaba nada. Algún día la conocería. Mientras tanto, me dedicaría a perfeccionar mi arte y, joder, ¡me habían cogido para la beca de World Youth Photography! Uno de los logros más prestigiosos de la industria.

El pulso se me disparó antes de que la realidad me arrastrara de vuelta.

—Estaré en Nueva York —dije al separarme de Alex—. Y tú en Washington.

—No tengo por qué. —Lo miré con intriga y le brillaron los ojos—. El Grupo Archer tiene oficinas en Manhattan.

Mi corazón alzó el vuelo otra vez.

—Pero has establecido tu vida aquí. Tienes tu casa, tus amigos…

—No es mi casa, es la de Josh. Se la estoy cuidando. Y la mayoría de la gente que conozco aquí son colegas, no amigos. —Alex encogió los hombros con elegancia—. Es una ecuación fácil, Rayito. Si tú te vas a Nueva York, yo me voy a Nueva York.

Los últimos vestigios de duda se desvanecieron. Sonreí, tan contenta que podría haberme puesto a bailar en mitad del restaurante.

—Sabes cómo…

Algo vibró. Alex se puso rígido y miré hacia el bolsillo de su abrigo, que volvió a vibrar.

Se me borró la sonrisa.

—Has dicho que se te había muerto el móvil.

Así, de pronto, la tensión volvió a cocerse en el aire hasta estallar de nuevo.

La noche estaba siendo una montaña rusa de emociones, y no podía seguir el ritmo.

—Lo he cargado en el coche. —Alex bebió del vino, con los hombros tensos.

—Pero no has contestado a mis mensajes ni a mis llamadas. —Metí las manos entre los muslos, de pronto frías a pesar de la calefacción del restaurante—. ¿Por qué has llegado tarde, Alex? Dime la verdad.

—Te lo he dicho, tenía una cosa urgente de trabajo que atender.

—Eso no es verdad.

—No sé qué quieres que te diga.

—¡La verdad! —Bajé la voz cuando los clientes de la mesa de al lado me miraron alarmados—. Solo quiero eso. Por favor. Mi padr… Michael me mintió durante toda mi vida, y no quiero que tú también empieces a hacerlo.

Una sombra atravesó la cara de Alex y desapareció.

—No te mentiría a menos que la verdad doliera demasiado.

Apreté los dientes.

—Alex…

—La negación plausible existe por algo, Rayito. —Cortó la pasta con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué has hecho? —susurré.

Alex apretó el tenedor.

—No siempre soy una buena persona. No siempre hago lo correcto. Ya lo sabes, aunque estés empeñada en ver lo bueno en mí. No… —Dejó escapar un suspiro contenido, lleno de frustración—. Déjalo, Ava. Por tu propio bien.

—Muy bien. Lo dejo. —Dejé la servilleta en la mesa, hirviendo con mi propia frustración—. Yo también me voy, ya no tengo hambre.

—Rayito… —Se inclinó hacia mí, pero me lo quité de encima y salí corriendo antes de que pudiera pararme.

Me dolía el pecho mientras volvía a casa. La que tendría que haber sido una de las mejores noches de mi vida, se convirtió en una de las peores.

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