Twisted love
Capítulo 34
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Alex
Hice tortitas.
Rara vez cocinaba: ¿por qué perder el tiempo en hacer algo que no me gustaba cuando podía pagar a otros para que lo hicieran? Pero hoy había hecho una excepción. Estaba esperando una visita y no quería perdérmela saliendo a comer fuera.
Sonó el timbre.
9:07 de la mañana, según el reloj del microondas. Más temprano de lo que esperaba, lo cual significaba que estaba impaciente.
Apagué la cocina y bebí un sorbo de mi taza de té mientras abría la puerta. Cuando lo hice, tuve que disimular la sorpresa.
No es quien esperaba.
—¿Qué haces aquí, Rayito?
No era el saludo más cariñoso, pero tenía que irse antes de que llegara él.
El pánico se apoderó de mí al pensar en que podían cruzarse.
Ava frunció el ceño. Parecía agotada, y me pregunté si habría vuelto a tener pesadillas. Se habían reducido desde que recuperó sus recuerdos, pero de vez en cuando volvían a aparecer.
Me invadió la preocupación y la culpa. Llevábamos días sin hablar. Seguía enfadada conmigo, y ahora me había pillado en mitad de un plan. Era difícil programar una reunión de la junta la semana antes de Navidad (y en secreto, nada menos), pero había recopilado tanta información comprometida de todos los miembros que habían accedido a mi petición.
—Tenemos que hablar. De nosotros —dijo Ava.
No son palabras que ningún hombre quiera escuchar en boca de su novia, especialmente cuando se está pasando por un momento difícil. Tenía ganas de terminar con lo de mi tío para poder dedicarle la atención que se merecía.
Y en relación con el plan retorcido y al parecer erróneo contra su «padre»… era una confesión que prefería dejar para otro momento.
Si es que alguna vez lo confesaba.
Michael Chen era un hijo de puta sociópata a pesar de no haber sido el responsable del asesinato de mi familia, y por eso me tentaba seguir con mi plan original de contratar a alguien para que acabara con él en prisión. Pero no iba a hacerlo… todavía.
—¿Podemos hablar luego? —Un Mercedes gris que me era familiar entró en mi campo de visión y se me tensaron los músculos—. Ahora no es un buen momento.
Ava negó con la cabeza.
—Ha pasado una semana, faltan dos días para Navidad y estoy cansada de andar evitándonos todo el día. Llevas un tiempo muy raro, y creo que merezco saber qué está pasando. Si no quieres estar conmigo… —Suspiró profundamente, con la cara cada vez más roja—. Dímelo. No lo alargues más.
Maldita sea. Ojalá Josh hubiera vuelto por Navidad como había planeado, así habría mantenido lejos a Ava. Pero se había producido un terremoto en la región donde estaba haciendo el voluntariado (aunque él estaba bien, por suerte) y se necesitaba la máxima ayuda médica posible, así que se había quedado. Yo también había donado una buena suma de dinero para ayudar con los gastos de la organización. En parte por solidaridad, aunque sobre todo por culpabilidad.
Ava no era la única Chen a la que había jodido en los últimos años.
Mi tío aparcó y salió del coche con la cara desencajada.
Apreté la taza con fuerza.
—Claro que quiero estar contigo —dije en voz baja con un ojo puesto en Ivan—. Siempre quiero estar contigo. Pero…
—Alex. —El tono jovial de mi tío se contradecía con la furia de su mirada. Cuando Ava se dio la vuelta, sobresaltada, sonrió ampliamente—. ¿Quién es esta encantadora criatura?
Si la taza hubiera sido de cristal, me había estallado en las manos.
—Ava, tío Ivan —respondí, con la voz entrecortada.
—Ah, la famosa Ava. Un placer conocerte, querida.
Sonrió, visiblemente incómoda.
—No sabía que esperabas visita —dijo—. Eh, tienes razón. Podemos hablar luego…
—No te preocupes. Yo solo he venido a charlar con mi sobrino. —Ivan le puso a Ava la mano en la espalda y la guio al interior de la casa. Quítale tus sucias manos de encima. Me inundó la ira, pero la disimulé.
No podía perder la compostura. No ahora.
Nos sentamos en el comedor. Ava y yo en un lado, Ivan en el otro. La tensión se cortaba en el aire.
—¿Queréis tomar algo? —Dejé la taza medio vacía en la mesa—. ¿Té? ¿Chocolate caliente?
Ava negó con la cabeza.
—No, gracias.
—Té verde para mí. —Ivan se dio una palmadita en el estómago. Volví cinco minutos después con su té y vi que estaban en medio de una conversación.
—¿… el fin de semana de Acción de Gracias? —Mi tío me quitó la taza de té con una sonrisa melosa—. Alex, Ava me estaba contando cómo pasasteis Acción de Gracias. —Se volvió a Ava—. A Alex le encantan las celebraciones con los Chen. Le parecen muy… reveladoras.
Los músculos me ardían de la tensión mientras Ava esbozaba una sonrisa confusa.
—¿Qué puedo hacer por ti, tío? —pregunté, tomando asiento con calculada parsimonia—. Debe de ser algo importante si has venido tan temprano. Hay un viaje largo desde Filadelfia.
—Quería felicitar a mi sobrino favorito. —La sonrisa de Ivan se amplió. No me molesté en señalar que era su único sobrino—. Ava, cielo, ¿sabías que estás sentada junto al nuevo director ejecutivo del Grupo Archer?
No mostré ninguna emoción cuando Ava se volvió repentinamente hacia mí, boquiabierta.
—Mi tío ha tenido la amabilidad de dar un paso a un lado —dije. Me dirigí a Ivan—: Te agradezco mucho el tutelaje y todos los años que has dedicado a la empresa, pero ya puedes jubilarte y dedicarte a pescar, a hacer crucigramas, a ver series… A la vida de ocio que te mereces.
—Sí —dijo con frialdad—. Lo estoy deseando.
Todo aquel circo era mentira. Mi tío no había renunciado, aunque esa era la versión oficial que le habíamos dicho a la prensa. Había caído gracias a una moción de censura de la junta que había organizado esa semana. Había tenido que jugar más sucio de lo habitual para hacerlo en tan poco tiempo, pero la furia es el motivador más potente del mundo.
Ahora yo era el director ejecutivo del Grupo Archer, e Ivan no era nada. Y cuando acabara con él no le quedaría nada.
—Felicidades. Eso es genial. —Ava parecía realmente contenta por mí, pero también confusa y herida, probablemente por no haberle contado algo tan importante. Por otro lado, el traspaso no se había hecho oficial hasta la tarde anterior. No cabía duda de que la junta había informado a Ivan, y él había llegado a primera hora de la mañana para intentar retarme.
Me miró fijamente mientras decía:
—Ava y tú tenéis que venir de visita un día. Soy un vejestorio sin muchos amigos y no me gusta mucho salir —bromeó—. Soy un poco paranoico con la seguridad, ¿sabes? Tengo cámaras por todas partes, el despacho, la cocina… la biblioteca. Rara vez reviso todas las grabaciones, pero… —Dio un sorbo al té—. ¿Qué puede hacer uno con tanto tiempo libre?
Leí entre líneas al instante.
Mierda. ¿Cómo había dejado pasar las cámaras de la biblioteca? Había bloqueado las del dormitorio y el despacho y las había reconfigurado después para que no les faltara ninguna franja de hora sospechosa, pero mi tío nunca había tenido cámaras en otras habitaciones. Debió de haber revisado las grabaciones para ver qué estaba haciendo después de recibir la notificación de la junta.
Se había vuelto más paranoico, y yo más descuidado.
No volvería a cometer un error así.
Ivan y yo nos miramos fijamente. Se había descubierto el pastel. Sabía que yo había leído las cartas entre él y mi madre, las cartas en las que le profesaba su amor y le rogaba que dejara a mi padre, las cartas en las que ella lo rechazaba hasta que se volvió cada vez más agresivo y mi madre tuvo que amenazarlo con una orden de alejamiento… Las cartas en las que él le prometía que se arrepentiría de despreciarlo así.
Una vez tuve esa información, encajaron las piezas del resto del puzle: por qué Ivan y mi padre se habían distanciado, cómo podían los ladrones saber tantas cosas de nuestra familia, por qué mi tío a veces ponía una cara extraña al hablar de mis padres… Ya sabía desde hacía tiempo lo narcisista que podía llegar a ser mi tío, y el rechazo de mi madre debió de haberle sentado muy mal, tan mal como para organizar el asesinato de su propio hermano.
Eso no explicaba por qué había utilizado a Michael Chen como chivo expiatorio, pero ya lo descubriría. No pararía hasta desvelar todas las capas del engaño de Ivan y estrangularlo con ellas.
Ahora entendía cómo se sentía Ava. También me habían mentido la mayor parte de mi vida, solo que mi reacción fue mucho menos benigna que la suya.
—Eh, claro —dijo Ava mirándome—. Te iremos a visitar algún día.
Sí. Por encima de mi cadáver. O para ser exactos, por encima del cadáver de mi tío.
—Excelente. —Ivan depositó su taza vacía en la mesa—. Bueno, creo que estoy abusando de tu hospitalidad. Os dejo tranquilos, chicos. Alex, hablaremos pronto, seguro.
—Seguro que sí —dije despacio.
Después de que se marchara, Ava y yo nos quedamos sentados en silencio, mirándonos el uno al otro con cautela. Quería abrazarla, besarla y tranquilizarla, pero todo se había vuelto muy complicado. Por no mencionar que todavía no sabía la verdad sobre mí, ni lo que había hecho.
No lo descubrirá. La única persona que lo sabía era mi tío, y pronto estaría fuera del mapa.
Una persona mejor que yo le diría la verdad, pero prefería ser el villano con ella a mi lado que el héroe que se arriesgaba a perderla por una moralidad mal entendida.
Lo que no sabe no le hará daño.
—Tu tío no es lo que esperaba —dijo finalmente—. Es muy… sibilino.
Me sacó una sonrisa. A ella tampoco le caía bien. Esa es mi chica.
—¿Por qué no me contaste lo de tu ascenso? —me preguntó—. ¡Qué buena noticia! Deberíamos celebrarlo o algo.
—No fue oficial hasta ayer. Aunque pensaba darte una sorpresa navideña. —Eso era en parte verdad.
Ava suspiró con expresión triste.
—Te echo de menos, Alex.
Dios, esta chica. No tenía ni idea de lo que me provocaba.
—Yo también te echo de menos, Rayito. —Abrí los brazos y se volcó sobre mí, rodeándome el cuello con los brazos. Respiré su aroma con una punzada en el corazón. Quería que se quedara ahí, resguardada y a salvo, para siempre. A tomar por culo el resto del mundo. Por mí podía incendiarse.
—No quiero discutir, pero… —Se mordió el labio inferior—. Has estado muy raro últimamente. Si pasa algo, sabes que me lo puedes contar y juntos buscaremos una solución, ¿verdad?
—Ya lo sé. —¿Cómo podía ser tan increíble? Cualquiera que hubiera pasado lo mismo que ella a estas alturas ya se habría aislado en algún lugar lejos del mundo, pero Ava no. Siempre estaba pensando en los demás.
No la merecía.
—¿Es porque te dije que…? —Hizo una pausa y se ruborizó de pronto—. ¿Que te quería?
—Claro que no. —La estreché más fuerte y la besé—. Sabes que haría cualquier cosa por ti.
—Vale, porque empezaste a actuar raro justo después de…
—Es por el trabajo —mentí—. He estado estresado por el ascenso a director ejecutivo. —También era en parte verdad.
La confianza de Ava se hizo oficial cuando se tomó mis palabras al pie de la letra.
—Serás un gran director ejecutivo.
Me besó en el punto más sensible del cuello y mi miembro reaccionó con interés. No la había tocado en una semana, y me moría por atarla y hacerle de todo.
—Ahora, qué tal si aliviamos todo ese estrés…
Respondí con una sonrisa pícara.
—Me gusta cómo piensas.
Pero mientras la subía al piso de arriba y la follaba en todas las posturas posibles hasta que ya no pudo ni gritar, no fui capaz de desprenderme de la sensación de que una amenaza estaba a punto de cernirse sobre mí.