Twisted love

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Capítulo 35

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Alex

Mi mundo se vino abajo dos semanas después de la visita de mi tío.

Estaba de camino al trabajo cuando recibí una llamada de Ivan «solicitándome» que fuera a verlo lo antes posible. Había estado sospechosamente tranquilo desde que le destroné como director ejecutivo, pero sabía por qué. También sabía por qué me pedía que fuera a verlo; lo estaba esperando.

Llamé a mi secretaria para pedirle que cancelara el resto de mis reuniones ese día y en dos horas llegué a Filadelfia.

Reduje el paso mientras subía la escalera que llevaba al despacho de mi tío. Seguramente tenía a las cámaras grabando todos mis movimientos desde que había puesto un pie en la finca.

Lo encontré sentado en su escritorio, viendo su amada serie rusa en el televisor.

—Hola, tío. —Me apoyé en la pared y me metí las manos en los bolsillos con indiferencia.

A Ivan le tembló el ojo.

—Así que por fin estás aquí, pedazo de mierdecilla.

Contuve una sonrisa. Mi tío no solía insultar, así que debía de estar a punto de estallar de ira. Me imaginé por qué; tenía mal aspecto. Le vislumbré una calva en la cabeza, así como varias zonas escamadas y erupciones cutáneas con mal aspecto en la piel. Tenía la cara demacrada y un aspecto débil en general.

Para alguien tan vanidoso como mi tío, el deterioro de su imagen debía de ser una pesadilla.

—Siempre tengo tiempo para visitar a mi tío favorito. —Mi único tío, aunque no por mucho tiempo—. No tienes buena cara. ¿Estrés por perder tu trabajo?

Se le tensó la mandíbula.

—Me vas a devolver el puesto de director ejecutivo.

Casi se me escapa una carcajada.

—¿Y por qué iba a hacer eso?

—Porque… —Ivan se recostó y se entrelazó las manos sobre la barriga—. Tengo algo que quieres, y me da la impresión de que harás cualquier cosa por recuperarlo, incluso dimitir del Grupo Archer, reincorporarme como director ejecutivo y transferirme cincuenta millones de dólares. Por las molestias causadas —explicó.

Sus facultades mentales debían de haberse deteriorado aún más rápido que su apariencia física si creía que iba a hacer cualquiera de esas cosas.

—Claro que sí —dije indulgentemente—. Veamos primero qué es ese «algo» mágico que tienes.

—¿He dicho «algo»? —Los ojos de Ivan brillaron de maldad—. Me refería a «alguien». Tráelas —ladró en ruso.

Se oyó un forcejeo tras la puerta y se me heló la sangre cuando un gigantesco hombre con pantalones de camuflaje y placas militares entró arrastrando a dos chicas atadas y amordazadas.

Ava y Bridget.

Me miraron con el miedo impreso en todas sus facciones.

Me armé con toda la fuerza de voluntad que pude para no mostrar ninguna reacción visible.

—Ya veo —dije con tono monocorde—. Lo siento, tío, pero no veo nada ni a nadie que me vaya a hacer rebajarme, ni mucho menos darte cincuenta millones de dólares.

Ava tenía un pequeño corte en la cara. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y me miraba con los ojos como platos, visiblemente angustiada. Tenía el brazo lleno de moratones de los agarrones del militar y me pareció verle la piel roja e irritada en las muñecas donde le habían atado la cuerda.

Ava. Herida.

Una furia salvaje me sacudió el estómago hasta invadir cada centímetro de mi ser.

Miré al militar y me devolvió la mirada, que rezumaba insolencia.

No por mucho tiempo.

Hoy iba a morir. Lentamente. Dolorosamente.

Me alegró ver que él también tenía unos cuantos cortes y moratones. Era evidente que Ava y Bridget se habían defendido, pero no importaba.

Se había atrevido a tocar lo que era mío, y por eso pensaba hacerle suplicar por favor que lo matara.

¿Y el escolta que había contratado para que vigilara a Ava en caso de que mi tío llegara a este punto? También moriría por no haber hecho su trabajo.

Al lado de Ava, Bridget se movió, con la cara pálida. El pequeño movimiento incitó al militar a amenazarla levantando el brazo, pero ella no se inmutó. En lugar de eso, le retó con una mirada de piedra.

Era una princesa real, incluso secuestrada.

Y por cierto, ¿dónde coño estaba su guardaespaldas? Rhys era un exmiembro de las fuerzas especiales de la Marina. Tendría que haber sido más competente que el idiota que había contratado yo.

No tenía tiempo de mortificarme con esa duda. Dirigí la atención a mi tío, que me dedicó una sonrisa de suficiencia.

—A mí no me engañas, Alex —dijo con la voz aflautada—. Vi cómo la mirabas. Ella es la razón por la que te has achantado con tu plan de venganza. La quieres. Pero ¿te querrá ella cuando descubra lo que has hecho?

Sentí una presión alrededor del cuello que me apretaba. Se me aceleró la respiración.

Sabía lo que mi tío estaba a punto de hacer. Me estaba obligando a confesar la mayor mentira que había contado, lo peor que había hecho nunca. Quería que Ava me odiara.

Y lo peor era que tenía que hacerlo. Renunciaría a ella si eso significaba salvarla.

—Ahí te equivocas —dije arrastrando las palabras, con la mirada clavada en Ivan—. Me subestimas, tío. Nunca fue más que un peón en mi tablero. ¿Por qué crees que me retiré cuando su padre entró en prisión? Ya no me servía para nada después de aquello. Pero lo admito, el sexo era muy bueno. —Me encogí de hombros—. Ese fue el único motivo por el que no corté con ella.

Por el rabillo del ojo vi cómo Ava volvía la cabeza de pronto.

—Lo siento, Rayito. —Me obligué a inyectar un deje de burla en aquel apelativo—. La cosa ya se ha salido de madre, así que debería contarte toda la historia. El hombre del que te hablé, el que asesinó a mis padres… Era tu padre… Bueno, tu falso padre: Michael Chen.

A Ava se le salieron los ojos de las órbitas y Bridget se revolvió y su respiración se oyó incluso por debajo de la mordaza.

—Siempre lo he sabido. —Me separé de la pared y caminé hacia ella. El militar se acercó a mí, muy tenso, pero Ivan le hizo un gesto con una sonrisa de satisfacción—. ¿Crees que fue una coincidencia que Josh y yo compartiéramos habitación en nuestro primer año de carrera? Un jugoso soborno a la persona adecuada puede llevarte lejos, y no hay forma mejor de destruir al enemigo que desde dentro. Jugué la carta de los «padres muertos» para ganarme su compasión hasta que me invitó a pasar las vacaciones con vosotros, y mientras todos dormíais, me dediqué a husmear. Busqué por toda tu casa, entre los archivos de tu padre… Encontré mucha información interesante. ¿Por qué crees que sus negocios se han visto tan afectados a lo largo de los años?

Una lágrima recorrió la mejilla de Ava, pero continué. «Lo siento, Rayito».

—Desmantelé su imperio pieza por pieza, y Josh y tú ni os disteis cuenta. —Dejé escapar una risa débil a pesar de que me ardía el pecho—. Este año iba a ser la gran final. El año en que completaría mi plan de destruir su empresa y humillarlo públicamente. Pero necesitaba algo más de información, una excusa más para buscar en su despacho. Fue cuando Josh, mi tique de entrada en tu casa en todas las cenas de Acción de Gracias, me anunció que se iba a Centroamérica. Muy poco conveniente. Necesitaba entrar de otra manera. —Le sostuve la barbilla con una mano, sabiendo que sería la última vez que la tocaría—. Ahí es donde entraste tú. Josh hizo casi todo el trabajo cuando me pidió que te cuidara, pero ya tenía la idea de mudarme a su casa. Después de todo… —sonreí con el corazón haciéndose jirones—, era mucho más fácil hacer que te enamoraras de mí si me veías todos los días. Y lo hiciste. Fue tan fácil que casi me dio vergüenza. La dulce e ingenua Ava, tan ansiosa por reparar todo lo que está roto. Tan desesperada por hallar el amor que era capaz de tomarlo de cualquier sitio.

Negó con la cabeza, jadeando. Había parado de llorar, pero sus ojos brillaban de furia y de traición. Esa es mi chica. Ódiame. No llores por mí. Nunca llores por mí. No me lo merezco.

—¿Y esa noche después de la cena de Acción de Gracias? Encontré la información que buscaba —dije—. Tu padre llevaba años desesperado viendo cómo se derrumbaba su empresa, y cometió el error de hacer los tratos equivocados con la gente equivocada. Lo tenía todo organizado, el arresto del FBI, el circo mediático… —Me salté la parte en la que había planeado mandar asesinar a Michael en prisión—. Pero imagina mi sorpresa cuando recuperaste tus recuerdos. Fue como un regalo de Navidad anticipado. Si no podía acusarlo de temas corporativos, al menos sí podía hacerlo de intento de asesinato. Y funcionó. Excepto por… —Me volví hacia mi tío, cuyos ojos brillaban de maldad—. Me equivoqué. No fue Michael. ¿Verdad, tío?

Los labios de Ivan dibujaron una sonrisa. No guardaba ningún parecido con el hombre que me había acogido en su casa y me había criado como a su propio hijo, o al menos eso pensaba. Llevaba años construir una relación, pero solo un segundo destruirla, y la nuestra ya estaba rota sin solución posible.

«No te fíes de nadie, Alex. Siempre te apuñala por la espalda el que menos te esperas».

—Eso es lo más bonito de todo —dijo mientras se estremecía. Disfruté del placer de ese pequeño movimiento (ya habían pasado dos semanas, tendría que estar sufriendo serios dolores); aunque mi corazón se desgarraba por la forma en la que me miraba Ava. Como si no me conociera en absoluto.

En algunos aspectos no me conocía.

—Michael era uno de los competidores empresariales de tu padre cuando Anton empezó a expandirse a Maryland. Nunca se habían llevado bien; Anton odiaba la forma en la que Michael gestionaba sus negocios, y Michael odiaba a todos los que se atrevían a invadir su territorio. Al final llegaron a una tregua, pero Michael se convirtió en un chivo expiatorio fácil. No costó mucho trabajo incriminarle con «pruebas» que un adolescente impresionable como tú sin duda se creyó. —Ivan tosió—. Eres un chaval listo, pero tu deseo de venganza te ciega. De cualquier forma, siempre había odiado a ese hombre. Me había humillado más de una vez en alguna fiesta, cuando tu padre lo invitó como gesto de «buena voluntad» (y eso que le pedí a Anton que no lo hiciera), y luego no me sorprendió descubrir que Michael también era un psicópata.

—Mira quién fue a hablar —dije con frialdad. Mi tío estaba lo suficientemente trastornado como para guardar rencor a alguien por algo que pasó en una fiesta hace varias décadas.

Había puesto un cuidado extremo para asegurarme de que Michael no se enteraba de mi conexión con Ivan o con mi padre, porque no creía que estuviera por la labor de acoger al hijo del hombre al que había asesinado (o eso pensaba yo entonces) en su propia casa. Nos cambiamos el apellido y borré cualquier rastro de mi conexión con Anton Dudik. Mi tío y yo, nacidos Ivan y Alex Dudik, ahora éramos Ivan y Alex Volkov. Tenía suerte de que mi tío fuera tan paranoico, había pocas fotografías publicadas de él antes de fundar el Grupo Archer, lo cual me facilitó el trabajo.

Al parecer, todo aquello no había servido para nada, porque Michael ya conocía a Ivan y sabía su relación con mi padre. Yo no le había caído bien, pero tampoco le importaba acogerme en su casa, ya que él no era el asesino.

No podía creer que mi tío me hubiera estado engañando durante tantos años. Se supone que yo era un genio. Un estratega. Pero había sido presa de los mismos errores que otros humanos: pensar bien de alguien solo porque me apoyó en mi peor momento. Era el único pariente vivo que me quedaba, y dejé que eso me nublara la percepción que tenía de él.

Y ahora, por culpa de mi error, Ava estaba herida.

Se me encogió el estómago. Aparté la mirada de ella, porque si la miraba perdería el control, y no podía permitirme perder el control. No con el militar apuntándola con una pistola y con la mirada de mi tío clavada en cada uno de mis movimientos. Aunque se estuviera muriendo, no le iba a subestimar hasta que no estuviera bajo tierra.

—Puedo decir lo mismo de ti. —Ivan se retorció otra vez, aunque intentó ocultarlo. Esperaba que el hijo de puta sufriera hasta su último aliento—. Tú, yo, Michael. Todos estamos cortados por el mismo patrón. Somos capaces de hacer lo que sea para conseguir lo que queremos. Sabía que hice bien en acogerte —dijo—. Estabas muy agradecido, y no podía dejar que desperdiciaras ese intelecto que tienes. Lo hemos hecho bien, ¿no crees? —Señaló con el brazo a su enorme despacho.

Yo lo hice bien. Tú me has chupado la sangre como un parásito.

Ivan se rio con decepción.

—¿Es esa forma de hablarle al hombre que evitó que te metieran en un orfanato espantoso? En serio, creo que deberías estar más agradecido.

Realmente estaba trastornado.

—No me extraña que mi madre no te quisiera ver ni en pintura —dije—. Debió de oler la locura a kilómetros.

La sonrisa de Ivan se esfumó y su cara se llenó de ira.

—Tu madre era una zorra estúpida —espetó—. La quería, pero me rechazó, a mí, al único que la había apoyado desde mucho antes de conocer a tu padre… Por el ingenuo y blando de Anton. Esperé mucho tiempo a que entrara en razón, pero no lo hizo. —Resopló—. Cuando le contó a Anton que le había estado escribiendo, dejó de hablarme. No era lo suficientemente hombre para enfrentarse a mí cara a cara, pero se lo fue contando a nuestros amigos comunes, que también me dejaron de hablar. —Sus ojos brillaban de odio—. Nadie me trata así. Me quitó lo que más quería, así que yo le quité lo que más quería él.

—Lo que, no. A quién —dije apretando los dientes—. Mi madre no era un objeto.

Ivan soltó una carcajada.

—Vaya, Alex, resulta que sí que te has ablandado con el amor.

Apreté la mandíbula.

—No estoy enamorado.

—Eso no es lo que me ha dicho un pajarito. —Una tos se escapó de los pulmones—. He tenido algunas conversaciones interesantes con una rubita guapísima llamada Madeline. Tiene mucho que decir sobre la reacción que tuviste cuando empujó a Ava a una piscina.

Me atravesó la furia. Madeline. No sabía que mi tío y ella se habían conocido, pero mi tío debía de llevar espiándome más tiempo del que pensaba.

Una vez más, me maldije por haber bajado la guardia.

En un mes, las Industrias Hauss estarían acabadas. Me aseguraría de ello. Ya había encendido la mecha después del incidente de la piscina; ahora solo faltaba verlos arder.

—Lo único que tienes que hacer es darme el dinero y el cargo, firmar un contrato que diga que no vas a volver a acercarte a mí ni vas a tener nada que ver con la empresa, y dejaré que Ava y su amiguita se marchen —dijo Ivan—. Es un trato muy sencillo.

Me pregunté si sabía que Bridget era la princesa de Eldorra. Si lo sabía, era idiota por haberla metido en esto. Si no lo sabía, era idiota por no haberlo investigado.

Y si pensaba que yo creía que nos iba a dejar marchar después de haber admitido un asesinato delante de nosotros, es que me tomaba por idiota.

Sopesé mis opciones. Ivan no me haría nada a mí, a Ava o a Bridget hasta que le transfiriera el dinero y le devolviera su cargo, pero eso no llevaría mucho tiempo. Sabía que yo tenía el control de la junta. Podía devolverle a su cargo de director ejecutivo con una sola llamada.

—Quiero aclarar que no es una petición —dijo Ivan.

Sonreí, poniendo en marcha todos los engranajes de mi cerebro.

—Claro. Puedo aceptar tu petición. —Mi tío sonrió—. O puedo salvarte la vida. Tú eliges.

La sonrisa se esfumó.

—¿De qué coño estás hablando?

Me puse delante de él. El militar levantó la pistola como advertencia, pero Ivan le hizo un gesto. Entornó los ojos llorosos mientras le señalaba la piel, el pelo y la mano que le temblaba de dolor mal disimulado.

Se dio cuenta.

—¿Cómo? —gruñó.

Una sonrisa me iluminó el rostro.

—Tenías mucha sed después de venir a mi casa hace unas semanas.

—El té. —Se le desencajó la cara—. Fui al médico después de empezar con los síntomas. Me dijeron que…

—¿Que tenías síndrome de Guillain-Barré? —suspiré—. Es una pena que los síntomas sean tan parecidos. Pero no, me temo que no es Guillain-Barré.

—¿Qué has hecho, pedazo de mierda?

De pronto un movimiento fugaz detrás del militar me llamó la atención. No mostré reacción, aunque mis cálculos mentales se prepararon para ajustarse al curso de los acontecimientos.

—Hoy en día se puede comprar cualquier cosa en el mercado negro —dije mientras jugaba distraídamente con el pisapapeles del mono que tenía en el escritorio—. Incluso venenos letales. El que te está destrozando por dentro ahora mismo es parecido al talio. Es transparente y no sabe ni huele a nada. Difícil de identificar porque es muy raro, y sus síntomas a menudo se confunden con los de otras enfermedades. Pero a diferencia del talio, no tiene un antídoto muy conocido. Por suerte para ti, tío, sí que hay un antídoto secreto, y tengo un vial guardado.

Mi tío tembló de furia.

—¿Cómo sé que no es un farol?

Me encogí de hombros.

—Supongo que no te queda otra que creerme.

Tres cosas pasaron a la vez. Ava se abalanzó sobre el militar y le arrancó la pistola de la mano, el guardaespaldas de Bridget le hizo un placaje desde atrás y le agarró del cuello; y yo saqué la pistola que llevaba escondida en la cartuchera dentro del abrigo y apunté a mi tío. Con la otra mano envié un mensaje rápido con un solo número desde mi teléfono, sin quitarle ojo a Ivan.

—¡Basta! —gritó.

Todo el mundo se quedó congelado. Entre todos formábamos un cuadro bastante cómico: Rhys con un brazo alrededor del cuello del militar y el otro apretándole en la sien; Ava y Bridget retorciéndose para liberarse de las correas, yo apuntando a mi tío en medio del pecho.

—Alex —dijo Ivan con una risa nerviosa—. Mi querido sobrino, ¿crees que esto es necesario? Somos familia, al fin y al cabo.

—No, no lo somos. Asesinaste a mi familia. —Amartillé la pistola y él palideció—. Ava, Bridget, salid afuera.

No se movieron.

—Ahora.

El militar no les había amarrado las piernas, así que pudieron salir corriendo a pesar de tener las manos atadas.

—Piensa en los buenos momentos que hemos pasado juntos. —Mi tío intentó persuadirme, recuperando su máscara más afable—. Cuando te llevé a tu primera clase de krav magá, cuando fuimos a Kiev en tu decimosexto cumpleaños…

El disparo calló sus súplicas.

Ivan se quedó congelado, con la boca abierta de estupor. Una mancha carmesí le brotó en medio del pecho.

—Por desgracia para ti, no soy uno de esos que empieza a divagar antes de apretar el gatillo —dije. No sentí ni un atisbo de lástima por el hombre que me había criado. Era un asesino y un mentiroso. Yo también, pero ya me había condenado al infierno hacía mucho tiempo—. Hoy morirás, tan desagradable por fuera como lo eres por dentro.

—Maldito desagradecido…

Sonó un segundo disparo. Su cuerpo se retorció.

—Eso por mi madre. El primero era por mi padre. Y este… —un tercer disparo— es por Nina. Por Ava. Por Bridget. Y este… —amartillé la pistola por última vez— es por mí. —Le disparé justo entre los ojos.

Llegados a este punto mi tío ya estaba más que muerto. Tenía el cuerpo lleno de agujeros y los pies metidos en un reluciente charco de sangre, pero mis palabras, al igual que mis balas, no eran para él, sino para mí. Y aquella era mi particular forma de cerrar un capítulo.

Me volví hacia el militar, que tenía la cara blanca como la tiza. Rhys todavía lo tenía inmovilizado contra el suelo.

Cogí la pistola del militar del suelo y la examiné.

—Puedes soltarlo —le dije a Rhys—. Es mío.

El guardaespaldas ni siquiera parpadeó. Había mantenido la misma expresión estoica desde que entró por la puerta. Tenía la impresión de que ese hombre no parpadearía ni aunque un puñado de alienígenas vestidos con tutú aparecieran de pronto delante de sus narices y empezaran a bailar la «Macarena».

—¿Estás seguro? —Le apretó con la pistola en la sien.

—Estoy seguro. Tu princesa te está esperando… —Esbocé una pequeña sonrisa—. Deja que yo me ocupe de la basura. —Apunté al militar con la pistola mientras cogía la otra arma con la mano libre.

Rhys se separó, con el arma todavía en el militar, pero la mirada en mí.

Un hombre sensato.

Se notaba que quería encargarse él mismo del militar, pero su prioridad era Bridget, y la labor de un guardaespaldas era proteger, no enfrentarse.

En cuanto desapareció, le pegué al militar dos tiros en las rodillas, no para matarlo, simplemente para retenerlo mientras me ponía a trabajar. Ignoré sus gritos de dolor y cerré la puerta con llave.

—Hoy has cometido un error —dije educadamente, arrodillándome a su lado. Me acordé de los moratones de Ava y de su cara de pánico, y endurecí la expresión—. Has tocado lo que es mío… —Me saqué de la bota una navaja bastante amenazadora. El militar me miró aterrorizado—. Le has hecho daño a lo que es mío… —Un olor a orina invadió el aire mientras se lo hacía encima. Para tener esa pinta, se asustaba con facilidad. Hice una mueca de asco—. Y ya es hora de que me las pagues. No te preocupes. —Le levanté la camiseta y le clavé la punta de la navaja en el abdomen—. Será lento y dulce.

Si Ava y Bridget habían llamado a la policía (cosa que seguramente habían hecho) solo me quedaban unos preciosos minutos antes de que llegara. Pero ¿teniendo a mano algunas herramientas y creatividad? Un minuto podía convertirse en una eternidad.

No pasaron ni diez segundos antes de que el militar empezara a gritar otra vez.

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