Twisted love

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Capítulo 36

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Ava

La hora siguiente pasó como un borrón. Llegó la policía y la ambulancia y me acribillaron a preguntas, chequeos médicos y caras de preocupación. Les di lo que querían en respuestas monocordes y robóticas.

Cuando terminaron, solo quería arrastrarme a la cama y no salir nunca más, eso si es que lograba moverme.

—¿Ava? —Bridget me puso la mano en el brazo con cuidado—. La policía dice que nos podemos ir. Rhys nos lleva a casa.

El enorme guardaespaldas rondaba tan cerca que estaba prácticamente encima de nosotras, pero había sustituido su habitual máscara estoica por una expresión de pura ira.

No lo culpaba. Nos habíamos metido nosotras solas en aquel lío.

La noche anterior, Bridget y yo habíamos ido a un concierto en Washington de uno de nuestros grupos favoritos. Los grupos indies no siempre visitan la ciudad, y cuando lo hacían, aprovechábamos. Aunque esta vez… Rhys le había prohibido rotundamente a Bridget que fuera porque no era seguro, y en lugar de ponerse a discutir con él (lo cual todas sabíamos que era inútil), Bridget se escapó en mitad de la noche. Todo estaba yendo según nuestro plan hasta que el psicópata militar vestido de camuflaje nos abordó en la calle a la salida del concierto y nos metió a la fuerza dentro de su furgoneta. Pasó tan rápido que no tuvimos tiempo ni de gritar. Nos resistimos como pudimos, y gracias a mis nociones de defensa personal le pude dar unos cuantos golpes, pero al final nos dejó inconscientes. Cuando nos despertamos, ya estábamos en Filadelfia.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Nuestro secuestrador debía de haber estado siguiéndonos quién sabe por cuánto tiempo antes de cogernos, lo cual me daba más miedo aún que el propio secuestro.

—¿Estás lista? —A pesar de su tono calmado, detecté un ligero temblor en los hombros de Bridget, y sospeché que era la razón por la que Rhys aún no nos había dirigido la palabra. De hecho, solo había dicho que nos había encontrado gracias a un chip que había puesto en el teléfono de Bridget y que activó al ver que no estaba en su cuarto esa mañana. Que Bridget no dijera ni pío sobre el hecho de que él la hubiera estado controlando en secreto confirmaba lo mucho que la habíamos cagado.

Posé la mirada en Alex, que parecía bastante sereno para alguien que acababa de disparar a su tío, matar a nuestro secuestrador y estar al borde de la muerte.

Hablaba con el agente de policía sin un solo signo de inquietud en su rostro.

No eras más que un medio para llegar al final de mi plan.

—Un momento —dije. Mi voz sonó extraña en mis oídos. Débil y vacía, casi sin vida—. Tengo que hablar con él.

Bridget y Rhys intercambiaron una mirada, y su preocupación común por mí aplacó su hostilidad.

—Ava, no creo que sea una buena idea…

La ignoré. Me levanté, la rodeé y me dirigí hacia Alex, envuelta en la manta que los médicos de la ambulancia me habían dado.

Un pie detrás de otro.

Todo el día había sido surrealista. Me parecía un nuevo tipo de pesadilla de la que podría despertarme en cualquier momento, pero de la que aún no había despertado. Incluso mientras le contaba a la policía lo que había ocurrido, me parecía estar contando una película, no mi vida real.

La historia había salido a la luz a través de fragmentos y medias verdades. Le conté a la policía que el tío de Alex había contratado a alguien para que nos secuestrara porque Alex le había destronado como director ejecutivo, pero no mencioné la retorcida historia familiar. No era cosa mía contarla. Podía decir con honestidad que no sabía lo que había pasado después de que Bridget y yo saliéramos de la sala: cómo el tío de Alex había acabado con seis balas en el cuerpo o cómo el secuestrador, según un agente con aspecto de haberse mareado, tenía más agujeros en el cuerpo que una calabaza de Halloween. Técnicamente yo no lo sabía, pero tampoco hacía falta ser un genio para darse cuenta de lo que había ocurrido.

No estaba segura de qué le había contado Alex a la policía, pero teniendo en cuenta que aún no lo habían arrestado por matar a dos personas, supuse que habría argumentado de manera convincente que todo fue en defensa propia.

Después de todo, era un mentiroso compulsivo. ¿No? ¿O había mentido sobre que había mentido?

Solo había una forma de averiguarlo.

Alex me vio primero. Le dijo algo al policía, que asintió y se fue.

Me quedé quieta a su lado, con la manta agarrada con fuerza.

Parecía otra vez el viejo Alex: sereno e indiferente, con los ojos como pedazos de hielo color jade. No vi ni un atisbo del Alex que había conocido en los últimos meses. El que había cancelado una cita para quedarse conmigo viendo películas, el que se había comido una de las galletas más asquerosas que jamás había hecho y había dicho que estaba buena para no herir mis sentimientos, el que me había enseñado a nadar y el que me había enseñado un mundo que solo existía en mis fantasías. Un mundo en el que amaba y era correspondida. Nunca me lo había dicho, pero creía… De verdad creía que me quería y que solo tenía miedo de decirlo.

Ahora me preguntaba si el Alex que yo «conocía» había existido alguna vez. Tal vez solo había sido una pantomima, un papel representado por un psicópata cegado por la venganza que se había aprovechado de mi ingenuo corazón.

O bien… había mentido y había dicho todo aquello delante de su tío para salvarme porque no quería que él descubriera que sí le importaba. Su historia era demasiado elaborada para ser falsa, pero Alex era un genio. Era capaz de cualquier cosa.

Me aferré a los desgastados restos de esperanza con los dedos ensangrentados.

—Creía que ya te habrías ido. —Se metió las manos en los bolsillos, con expresión de indiferencia.

—Antes quería hablar contigo.

—¿Por qué?

Me subió un calor a las mejillas. «¡Vete antes de rebajarte todavía más!», me gritó mi orgullo, pero ese horrible rayo de esperanza me insistió para que me quedara hasta el final.

—Quería saber.

Levantó una ceja.

—Tú y yo. —Me daba miedo preguntarlo, pero necesitaba saberlo—. ¿Ha sido real?

Alex se quedó inmóvil y aguanté la respiración, esperando, rezando…

—Traté de advertirte, cariño —dijo, con la cara impávida—. Te pedí que no me romantizaras, que endurecieras ese corazón frágil que tienes. Fue un acto de cortesía por la amabilidad que me habías mostrado a lo largo de los años. Pero te enamoraste de mí igualmente. —Apretó la mandíbula—. Considéralo una lección para el futuro. Las palabras y las caras bonitas no equivalen a almas bonitas.

Mi esperanza se consumió en cenizas.

¿Mi corazón frágil? No. Ya ni siquiera tenía corazón. Me lo había arrancado del pecho y lo había hecho trizas con las cuchillas de sus palabras, y había tirado los jirones a la basura sin pensárselo dos veces.

Debería decir algo. Cualquier cosa. Pero no se me ocurría absolutamente nada.

Ojalá hubiera recuperado algo de la ira y el dolor que estaba sintiendo antes, pero no vino nada. Estaba bloqueada.

Podría haberme quedado allí para siempre de no ser porque unas manos me guiaron dulcemente al coche de Rhys, que nos estaba esperando. Me pareció que Bridget le susurraba algo a Alex, pero no estaba segura. Y ya daba igual.

Todo daba igual.

Bridget no intentó charlar conmigo ni llenar el vacío con tonterías. Solo habría empeorado las cosas. En lugar de eso, me dejó tranquila en silencio mirando por la ventanilla mientras pasábamos árboles muertos, uno tras otro. No era capaz de recordar por qué me gustaba el invierno. Todo estaba apagado y gris. Inerte.

Llegamos a la frontera con Maryland. Allí empezó a llover, y las pequeñas gotas salpicaban las ventanillas como cristales dispersos. Me acordé del día en el que Alex me recogió cuando me quedé tirada en mitad de la tormenta, y entonces me derrumbé.

Todas las emociones que había estado conteniendo en las últimas horas (en los últimos meses), estallaron al mismo tiempo. Me sentía como una hormiga engullida por una ola, y no me molesté en luchar contra ella. Dejé que me pasara por encima: el dolor, la ira, el desamor, la traición y la tristeza, hasta que me ardieron los ojos y me empezaron a doler los músculos de la fuerza del llanto.

De alguna forma, me acurruqué en el regazo de Bridget mientras ella me acariciaba el pelo y murmuraba una melodía suave. En otro momento me habría dado mucha vergüenza llorar encima de una princesa real, pero ya no me importaba nada.

¿Por qué siempre a mí?

¿Qué tenía yo que era tan odioso? ¿Tan ingenuo?

Mi color favorito.

El amarillo.

Mi sabor de helado favorito.

Menta con chocolate.

Eres la luz de mi oscuridad. Sin ti, estoy perdido.

Mentira. Todo mentira.

Todos los besos, todas las palabras, todos los segundos que había atesorado… estaban sucios.

Me ardieron los ojos con fuego líquido. No podía respirar. Todo me dolía, dentro y fuera, mientras sollozaba con unas lágrimas amargas y desdichadas.

Michael me había mentido. Alex me había mentido. No durante días, semanas o meses, sino durante años.

Algo dentro de mí se rompió, y ya no lloraba solo por mi corazón hecho pedazos, sino también por la chica que había sido, la que creía en la luz y en el amor y en la bondad del mundo.

Esa chica había muerto.

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