Twisted love
Capítulo 37
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Alex
Miré cómo Ava se marchaba y sentí un vacío en el pecho, y empezaron a arderme los ojos con una emoción desconocida y contenida.
Quería correr detrás de ella y arrancarla de los brazos de Bridget. Arrodillarme y suplicarle que perdonara lo imperdonable. Que se quedara a mi lado para el resto de nuestros días para que nada ni nadie pudiera volver a hacerle daño.
Salvo que no podía, porque era yo el que le había hecho daño. Era yo el que la había mentido y manipulado. Era yo el que la había puesto en peligro con mi sed de venganza y mis retorcidos planes para acabar con mi tío.
La única forma de proteger a Ava era dejándola ir, incluso aunque eso significara destruirme a mí mismo.
El coche que se llevaba a Ava de vuelta a Maryland y lejos de mí desapareció de mi vista y dejé escapar un suspiro tembloroso, tratando de darle sentido al dolor que se me estaba clavando en las entrañas. Me sentía como si alguien rompiera en pedazos mi corazón y mi alma y después los pisoteara. Nunca había sentido nada igual, nada tan doloroso.
Lo odiaba. Echaba de menos la helada indiferencia de la insensibilidad, pero tenía miedo de que esa fuera mi penitencia: arder en las llamas de mi agonía autoimpuesta por el resto de la eternidad.
Mi propio infierno en vida. Mi propia condena.
—Alex. —El jefe de mi equipo de Filadelfia se acercó a mí, con movimientos calculados y precisos. Llevaba un uniforme de policía de Filadelfia, y su placa brillaba con el sol de la tarde, pero no era agente de la ley—. La casa está lista.
—Bien. —Noté que Rocco me miraba con expresión extraña—. ¿Qué? —espeté.
—Nada. —Carraspeó—. Parecía que estaba a punto de… Da igual.
—Termina la frase. ¿A punto de qué? —Mi voz alcanzó un volumen amenazante. Tenía varios equipos a mi disposición en varias ciudades, listos para actuar en caso de que cualquiera de mis planes se torciera. Nadie sabía de su existencia, ni siquiera mi tío cuando estaba vivo. Eran discretos, eficaces y parecían gente normal con trabajos normales, no matones capaces de enterrar cualquier cadáver, borrar cualquier prueba y bloquear cualquier comunicación…, incluyendo las llamadas a la policía de la zona.
Todos los «agentes de policía» y los «médicos» de la ambulancia que había allí eran de mi equipo, y sabían interpretar muy bien sus papeles.
Parecía que Rocco se estaba arrepintiendo de abrir la boca.
—Como si estuviera a punto de… Bueno, de llorar. —Se estremeció, sin duda consciente de que aunque hubiera bloqueado la llamada de Ava a la policía y hubiera reunido al equipo en un tiempo récord, eso no le haría librarse de mi ira.
El fuego de mis venas se mezcló con el que me ardía en la mirada. No me molesté en responder a Rocco, simplemente lo fulminé con la mirada.
—¿Alguna otra observación estúpida que quieras compartir conmigo? —Mi voz podría haber congelado el Sáhara.
Tragó saliva.
—No, señor.
—Bien. Yo me ocupo de la casa.
Hubo una pausa.
—¿Personalmente? Está… —Se calló al ver mi cara—. Por supuesto. Informaré a los demás.
Mientras convocaba al resto del equipo, entré en la mansión donde había pasado la mayor parte de mi vida. Era mi casa, aunque nunca la había sentido como un hogar, ni siquiera cuando mi tío y yo nos llevábamos bien.
Eso hizo que fuera mucho más fácil lo que estaba a punto de hacer.
Rocco me dio la señal desde la entrada.
Saqué el mechero del bolsillo y lo abrí. El olor del queroseno inundó el aire, pero no dudé mientras me acercaba a las cortinas más próximas y prendía fuego a la gruesa tela dorada.
Es impresionante la velocidad con la que el fuego se extiende por un edificio de tres mil metros cuadrados. Las llamas lamían las paredes y los techos, con ansia de destrucción, y estuve tentado de quedarme para que también me consumieran a mí. Pero el instinto de supervivencia se me activó en el último momento y escapé por la puerta principal, con el olor de toda aquella vida carbonizada impregnado en las fosas nasales.
Mi equipo y yo nos quedamos a una distancia prudencial mirando arder la imponente mansión de ladrillo hasta que llegó el momento de extinguir el fuego antes de que se descontrolara. Alrededor se extendían varias hectáreas de propiedad privada, y nadie se enteraría del incendio hasta varias horas después, o incluso varios días. A menos que yo informara.
En algún momento lo haría. Sería una trágica historia sobre cómo un cigarrillo mal apagado había prendido sin querer y cómo el dueño enfermo de la mansión, que vivía solo porque se había negado a contratar a empleados, no pudo apagarlo a tiempo. Solo ocuparía una pequeña franja de los informativos o una esquina en la sección de sucesos del periódico local. Me aseguraría de ello.
Pero de momento simplemente me quedé mirando cómo las llamas incineraban los cadáveres de mi tío, del militar y de mi pasado hasta arrasar con todo.