Twisted hate
23. Josh
Página 27 de 68
23
Josh
A Jules y a mí apenas nos dio tiempo a entrar en mi casa antes de que volviera a estar dentro de ella.
Ya nos habíamos enrollado una vez en lo que iba de noche, lo cual debería de haberme saciado las ganas, pero me había vuelto un adicto a esto. A ella. A su sabor, a su olor, a los gemidos entrecortados que soltaba cada vez que yo pegaba un empellón y a cómo se ceñía su coño alrededor de mi polla como si estuviera hecho para mí. Lo quería todo a todas horas.
No me acordaba de la última vez que había sentido tantas ganas de estar con una misma mujer. Si me hubiera importado lo más mínimo, me habría preocupado, pero yo seguía aferrado a la filosofía de que uno tenía que disfrutar de lo bueno mientras duraba. Y yo estaba disfrutando muchísimo... con un bache en el camino.
—¿Quién era ese tío, Pelirroja? —Ralenticé las embestidas, estiré el brazo, lo colé entre nuestros cuerpos y le acaricié el clítoris. Una siniestra sonrisa se apoderó de mí al ver que Jules echaba la cabeza hacia atrás y separaba los labios al notar mi tacto.
Su evidente provocación en el Hyacinth me había distraído. Ahora, aquí en mi casa, recordé cómo ese «viejo amigo» le había apartado el pelo de la cara y sentí una punzada en el corazón. Había sido un gesto íntimo, cómplice, y se lo había apartado de la misma forma que se lo aparta alguien a otra persona con quien se ha acostado.
A juzgar por la reacción de Jules después de que el chico se marchara, se notaba que a ella no le había hecho demasiada ilusión verlo. Sin embargo, eso no consiguió que la bestia irracional que vivía dentro de mí se mantuviera en la retaguardia.
—¿Qué tío? —dijo con la voz llena de aire. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y la piel sudada y con las marcas que le había hecho yo con los dientes.
Era la cosa más bella que había visto en toda mi vida.
Pasé completamente del extraño pinchazo que noté en el corazón e incliné la cabeza hasta rozarle los labios con los míos.
—El amigo ese del club.
Jules no me había dado detalle alguno; solo sabía que eran «viejos amigos», y me había dado la sensación de que con eso bastaba. Pero ahora, al cabo de un tiempo, seguía sin poder deshacerme de esa sensación de malestar que me había causado el verlos juntos.
Se puso rígida. Estaba agarrándose a mí con brazos y piernas mientras yo la sujetaba contra la pared del salón, y notaba lo tensa que estaba.
—Lo que tú has dicho: un amigo. —Arqueó una ceja—. ¿En serio me estás hablando de otro tío cuando sigues dentro de mí?
—Haré lo que me dé la gana estando dentro de ti. —Le pellizqué un pezón con fuerza a modo de castigo—. ¿Tenéis una relación muy estrecha?
A Jules le brillaron los ojos y, al notar mi rugoso tacto, entreabrió la boca.
—¿Celoso?
—Ni lo más mínimo.
Esta conversación era como la que habíamos tenido en el Hyacinth y, al igual que había ocurrido allí, me burlé cuando insinuó que estaba celoso. Yo no tenía celos, y menos con las mujeres. La gente tenía celos de mí.
—Solo llevamos una semana con el acuerdo y ya estás rompiendo las normas —señaló Jules—. Esperaba más de ti.
—Que-no-soy-celoso —gruñí enfatizando cada palabra con un empellón.
Se le entrecortó la respiración.
—Pues no lo pa...
Jules soltó un lloriqueo amortiguado en señal de protesta cuando le tapé la boca con la mano.
—Solo quiero oír cómo me suplicas y cómo te corres, Pelirroja. —Sonreí al ver lo indignada que estaba, pero en cuanto un agudo dolor me recorrió la palma de la mano mi sonrisa se desvaneció.
Aparté la mano de repente y siseé estupefacto. ¡Me había mordido, joder!
—Disculpa. —Un sutil brillo lleno de satisfacción reemplazó el enfado que se le había dibujado antes en la cara—. Tu mano me molestaba.
Gruñí. Volví a pellizcarle el pezón hasta que gritó con fuerza y en su cara se mezclaron expresiones de placer y de dolor.
—Eso mismo es lo que quiero oír —apunté.
Aceleré el ritmo, metiéndole y sacándole la polla con mayor velocidad para castigarla hasta que Jules se quedó sin palabras, soltó una sarta de gemidos y se corrió otra vez.
Echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta y gritó en voz baja debido al orgasmo. Mierda. La sensación de su coño contrayéndose a mi alrededor fue demasiado y me corrí justo después de ella con un fuerte gemido.
La sangre me bombeaba con una mezcla de lujuria y cabreo, y hundí los dientes en la hendidura de su cuello mientras se me pasaba la exaltación que me había provocado el orgasmo. Jules olía a canela y a especias, y ese olor era como una droga, casi tanto como sus deliciosos gritos.
—Para ser verdad que me odias tanto, gritas un montón para mí. —Levanté la cabeza y le pasé el pulgar, satisfactoriamente, por el chupetón que ya se le empezaba a marcar.
Mi parte primitiva y territorial estaba encantada de haber marcado a Jules. Quería restregárselo a su «viejo amigo» a la cara y decirle que no podía acercarse a ella a no ser que quisiera probar el amargo sabor de mi puño.
Que no me gustara Jules no significaba que quisiera que alguien más la viera así. Que viera ese lánguido cuerpo, esa somnolienta y alegre cara que ponía mientras se abría para mí. Sin la armadura llena de espinas que presentaba al mundo exterior.
Esa era una parte secreta que solo unos pocos llegaban a ver, y nadie más estaba en esta exclusiva lista.
—Grito de repulsión, Chen —señaló arrastrando las palabras—. Seguro que ya estás acostumbrado a eso.
Salí de dentro de ella y me reí por lo bajo al ver que casi se cayó al suelo si no la hubiera sujetado yo.
Me fulminó con la mirada y llamaradas de fuego le brotaron de los ojos.
—Pues debes de tener algún fetiche por la repulsión, porque bien que sigues queriendo más. —Tiré el preservativo a la basura que tenía cerca y me subí los pantalones—. Se acabó por esta noche, Pelirroja; a ver si al final tendré que empezar a cobrarte por cada orgasmo. Aunque, si quieres seguir disfrutando de mi polla, quizás puedas convencerme, siempre y cuando me supliques amablemente.
—Vete a la mierda. —Cogió el vestido del suelo, malhumorada.
—Mmm, no es tu frase más elaborada. Quizás deberías practicar más lo de suplicarme amablemente —dije haciendo hincapié en la última palabra.
Al ver cómo pasaba por mi lado cabreada y con la cabeza bien alta para ir al baño, mi risita se convirtió en una carcajada a pleno pulmón.
Qué fácil era molestarla.
Como Jules tardó lo que no estaba escrito en ducharse, aproveché esa oportunidad para ordenar el salón, que acabábamos de dejar patas arriba tras tirar el perchero y unos cuantos cuadros.
Justo al terminar, un estridente trueno rompió el silencio. Levanté la cabeza de golpe, fui hacia la ventana y descorrí las cortinas.
—Mierda.
De alguna forma, la llovizna que estaba cayendo hasta hacía un rato se había convertido en una tormenta en toda regla. Otro trueno sacudió los cimientos de la casa y la lluvia empezó a aporrear las ventanas con tanta fuerza que las gotas empezaron a hacer veloces carreras por los cristales.
—¿Qué pasa?
Me giré y vi a Jules que acababa de salir de la ducha. El pelo, mojado, le caía por encima de los hombros y se había envuelto el cuerpo con una minúscula toalla.
La cachonda de mi polla se reavivó interesada, pero hice caso omiso del gesto. Ya había tenido suficiente por hoy. Era hora de que mi cerebro volviera a tomar las riendas de la situación, y mi cerebro me decía que, cuanto antes se fuera Jules de mi casa, mejor.
Por desgracia, no podía dejar que se fuera con la que estaba cayendo fuera.
—Mientras estábamos follando, ha llegado el apocalipsis —anuncié.
Ella miró por encima de mi hombro y puso los ojos en blanco.
—Mira que eres dramático. Solo llueve un poco. —Cogió el teléfono de la mesa donde lo había dejado antes.
—¿Qué haces?
—Llamar a un taxi. —Arrugó la frente—. Es increíble lo mucho que llegan a hinchar los precios cuando llueve... ¡Eh!
Le arrebaté el móvil de las manos e ignoré su protesta.
—A no ser que quieras morir, no te vas a subir a ningún coche con este tiempo.
—No es más que lluvia, Josh. Agua. No me pasará nada.
—Agua que puede hacer que los coches resbalen y acaben accidentándose —rugí—. Trabajo en urgencias. ¿Sabes a cuántos pacientes visito que han tenido un accidente de coche mientras llovía? A muchísimos.
—Paranoias. Yo no...
Nos sonaron los móviles: habíamos recibido un mensaje de alerta por inundación repentina.
—Hala. —Me guardé su teléfono en el bolsillo—. Te quedarás aquí hasta que amaine la lluvia.
No dejaría que nadie, ni siquiera mi peor enemigo, se fuera a casa en estas circunstancias. Era muy poco probable que ocurriera, pero como le pasara algo a Jules...
Sentí un nudo en la garganta.
No podría cargar con otra muerte más.
Debió de delatarme la mirada, porque Jules suspiró resignada.
—¿Me prestas por lo menos algo que pueda ponerme mientras espero? No pienso pasarme a saber cuántas horas más vestida de fiesta.
Al cabo de media hora, Jules ya se había cambiado y llevaba una de mis camisetas viejas. Nos sentamos en el sofá y nos pusimos a discutir sobre qué película ver.
—Aburridísima.
—Supercursi.
—De terror no. No me gusta nada.
—Esa es una peli de niños, Pelirroja.
—¿Y? Las pelis de niños también pueden ser buenas.
—Sí. Si eres un puñetero crío.
Jules contestó con una dulce sonrisa.
—Es gracioso que tú digas eso después de haber llorado desconsoladamente con El rey león. El año pasado.
Arrugué la frente. Ava. ¿Cuántas veces tenía que decirle que no compartiera absolutamente cada puto detalle de mi vida con sus amigas?
—Mufasa no merecía morir, ¿vale? —solté—. Al menos no soy una nenaza y me tapo la cara con las manos cada vez que aparece un póster de alguna película de terror.
—No soy una nenaza. Es solo que no me gusta ver cosas feas, y por eso intento no mirarte a... ¡Ni se te ocurra poner La señal!
—Intenta impedírmelo.
Después de discutir inútilmente durante un rato más, decidimos que la forma más justa de elegir qué película poner era cerrando los ojos y bajando la lista hasta que le diéramos al botón y saliera la elegida.
Que fue... Buscando a Nemo.
«Tiene que ser coña.»
Mantuve el rostro inexpresivo, aunque los músculos se me tensaron de arriba abajo mientras la escena inicial de la película aparecía en pantalla.
—¿Por qué estás tan callado? —Jules me miró de reojo—. No me digas que tampoco te gusta esta película. Es un clásico.
Tenía una decena de excusas en la punta de la lengua, pero la verdad las pisoteó todas y me salió de la boca antes de que pudiera evitarlo:
—Era mi película favorita y la de mi padre —confesé—. La veíamos cada año por mi cumpleaños. Era una tradición.
A Jules se le relajó la expresión por primera vez en todo lo que iba de noche.
—Podemos poner otra.
—Nah, da igual. Solo es una peli.
En la pantalla, Marlin, el pez payaso, seguía, en vano, el barco que se había llevado a su hijo Nemo.
Me parecía paradójico que una película sobre un padre que era un ejemplo a seguir fuera la que más me recordara a Michael, teniendo en cuenta que él era justamente lo contrario a lo que se consideraría un buen padre.
—Buscando a Nemo no es más que propaganda marina —señaló Jules de la nada—. ¿Sabías que los peces, en la vida real, son unos padres terribles? La mayoría de las especies abandonan a sus crías recién nacidas para que se espabilen por su cuenta y son la mar de felices. Creen que no les merece la pena desperdiciar energía y poner su vida en riesgo para intentar proteger a sus bebés.
Se me escapó una sonrisa, sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hice una reseña sobre el tema en el instituto. Saqué un sobresaliente —añadió orgullosa.
Contuve otra sonrisa.
—Cómo no. —Cambié de postura y, al hacerlo, le rocé la pierna con la mía; una chispa cargada de energía me subió por el muslo y lo aparté de inmediato—. ¿A qué se dedica tu padre? —pregunté para intentar disimular mi exabrupto.
Aunque una parte de mí también sentía cierta curiosidad, genuinamente. Jules nunca hablaba de su familia.
Se encogió de hombros y contestó:
—Ni idea. Se fue cuando yo era muy pequeña.
—Hostia. Lo siento. —«Menuda metedura de pata, Chen.»
—Qué va. Total, por lo que me han contado, se ve que era un capullo.
—Padres capullos los crían, y ellos se juntan —solté y ella rio discretamente.
Nos sumimos en un agradable silencio mientras veíamos la película. Estaba prestando parcialmente atención a lo que ocurría en la pantalla porque, cuando llegaban mis escenas favoritas, me fijaba en cuál era la reacción de Jules. Cómo rio cuando Marlin conoce a Dory, cómo ahogó un grito cuando el tiburón empezó a perseguirlos, cómo fue tarareando la melodía mientras Dory iba repitiendo su famoso mantra «sigue nadando».
Debía de haber visto ya la peli, pero las reacciones que iba teniendo eran las mismas que habría tenido si fuera la primera vez que la veía. Era extrañamente encantador.
Volví a posar la vista en la pantalla. «Céntrate.»
Cuando ya casi se estaba acabando la película me di cuenta de que había parado de llover. Miré a Jules y la encontré dormida con la cabeza apoyada en el cojín decorativo que tenía al otro lado.
Una de las normas que habíamos estipulado era que no nos quedaríamos a dormir en casa del otro, pero parecía que estaba descansando tan plácidamente que no me atreví a despertarla.
Era solo una noche y se había tenido que quedar aquí por el tiempo, no por voluntad propia. Tampoco es que esto de quedarse a dormir en casa del otro fuera a convertirse en algo recurrente.
«Solo una noche. Y punto.»