Twisted hate
24. Jules
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Jules
Cuando me desperté, olía a beicon y a café, mi olor favorito en todo el mundo. Por separado, eran geniales, pero ¿combinados? La más absoluta perfección.
Aunque me sorprendía que Stella estuviera preparando beicon. Mi amiga comía carne una vez cada mil años. Y, ahora que lo pensaba, Stella tampoco tomaba café, solo té y sus monstruosos herbáceos smoothies verdes.
Qué raro. A lo mejor estaba entrando en una etapa en la que empezaría a beber té y comer carne.
Abrí los ojos y me estiré, lista para disfrutar de la maravilla de mi preciosa habitación en el Mirage. Sin embargo, me recibió el cuadro más horripilante del mundo: una mezcla de marrón y verde en la cual parecía que acabaran de vomitar un montón de gatos.
¿Qué diantres?
Me levanté de inmediato, asustada y con el corazón aceleradísimo hasta que empecé a recordar, lentamente, la noche anterior.
Hyacinth. Max. Josh. La tormenta.
Debí de quedarme dormida mientras veíamos la peli y Josh debió de haberme traído a este cuarto.
Se me ralentizó el ritmo cardíaco. Menos mal que no estaba en el calabozo sexual de algún asesino psicópata, aunque tampoco estaba segura de que dormir en casa de Josh fuera mucho mejor.
Miré a mi alrededor. Los muebles de la habitación eran simples, de madera; la colcha era de color azul marino y las paredes estaban pintadas de un gris claro. Dejando de lado el espantoso arte que la decoraba, parecía la típica habitación de tío, aunque el sutil aroma a cítrico y a jabón que se respiraba en el ambiente era tan deleitoso que me dieron ganas de meterlo en una botella para disfrutar de él más adelante.
Desvié la vista hasta el reloj digital que había en la mesita de noche. Las 9.30. Mierda. Ya debería haberme ido hacía rato.
Salté de la cama y me lavé la cara y los dientes en el baño, apresuradamente, antes de entrar en la cocina. Abrí la boca, dispuesta a despedirme de Josh con rapidez, pero cuando vi lo que tenía delante me quedé sin palabras.
Josh estaba cocinando. Sin camiseta.
Madre-mía.
Creo que en ese momento desbloqueé un nuevo fetiche, porque de repente me pareció que lo más sexi del universo era un cocinero descamisado.
Estiró el brazo para coger la sal, que tenía al lado del horno, y, al hacerlo, se le tensaron los tonificados músculos de la espalda. Llevaba el pelo más enmarañado que de costumbre y la luz del sol que se colaba por la ventana hacía que la piel le brillara con un profundo destello dorado. La tira de unos pantalones de chándal negros se asomaba por encima de la mesa de la isla, cubriéndole la parte inferior del cuerpo. Los llevaba lo suficientemente bajos como para dar rienda suelta a mi imaginación, que empezó a visualizar todo tipo de escenarios pornográficos.
Me lo quedé mirando en silencio, fascinada por la naturalidad y elegancia de sus gestos. Creía que Josh subsistía a base de pizza y cerveza, igual que en la uni, pero a juzgar por las resplandecientes ollas y sartenes que colgaban de los ganchos que había encima de la isla y por los botes de especias marcados cuidadosamente con etiquetas que descansaban en la encimera, resultaba que Josh sí sabía cocinar.
Lo cual era insólitamente atractivo.
Con el trance, choqué con uno de los taburetes que rodeaban la isla y, al oír cómo chirriaba la madera con la baldosa del suelo, Josh se dio la vuelta. Me miró de arriba abajo y luego apartó la vista.
—Si ya estás despierta.
—Nunca había dormido hasta tan tarde. —Me senté en el taburete e intenté no bajar la mirada más allá de su cintura. «No pienses en el sexo. No pienses en el sexo»—. Gracias por dejar que me quedara —añadí con torpeza.
Lo de quedarnos a dormir en casa del otro no formaba parte del acuerdo y no tenía muy claro cómo gestionar la situación, sobre todo después de lo..., ejem, agresivas que habían sido las actividades que habíamos llevado a cabo la noche anterior.
No era que hubiéramos hecho el amor dulcemente y durante mucho rato y me hubiese despertado esta mañana para encontrarme a Josh preparándome el desayuno. Era más bien como..., bueno, como si me hubiera follado con dureza hasta la saciedad y me hubiese quedado atrapada en su casa por culpa de una tormenta.
—No iba a ponerte de patitas en la calle cuando llovía, Pelirroja. —Josh hizo deslizar un plato lleno a rebosar con huevos, beicon, una tostada y unas crujientes croquetas de patata por la isla.
Me rugieron las tripas y miré hacia el horno por encima del hombro de Josh.
—¿Por casualidad no tendrás otro plato? —pregunté esperanzada—. Me muero de hambre.
—Nop. —Se metió un trozo de beicon en la boca—. He hecho la cantidad justa para una persona. Si te preparara el desayuno parecería que estuviésemos saliendo, y ya has incumplido las normas quedándote a dormir hoy. He tenido que dormir en el sofá por tu culpa. Pero te puedes comer lo que me sobre.
Me quedé boquiabierta.
—¿Me lo dices en serio?
La incredulidad se llevó por delante cualquier pizca de adormecimiento que quedara en mi cuerpo. Evidentemente, no porque me hubiese quedado a dormir tenía que ofrecerme desayuno, pero que se pusiera a comer delante de mí sin ni siquiera ofrecerme nada era bastante descortés.
—¿A ti te parece que esté bromeando?
—Lo que me parece es que estás a dos segundos de morir lenta y dolorosamente —gruñí—. Tienes un montón de cuchillos y sé cómo usarlos.
—Pues utilízalos para prepararte algo —soltó mientras seguía comiendo como si nada.
Me tembló un ojo. Dios, era tan... tan... ¡Aggg!
—Mira que llegas a ser capullo.
—Creo recordar que anoche también me llamaste así. —Le dio un sorbo al café—. Justo antes de que te follara sin piedad. Es como si te gustaran los capullos, Pelirroja.
Sentí que me ardían la cara y el cuello.
—Eso fue anoche. Ahora estamos en el presente. Y mi intención no era quedarme a dormir —solté molesta porque Josh llevaba razón—. Me quedé dormida y punto.
—Sí, esto es justo lo que ocurre cuando te quedas a dormir en alguna parte —respondió él despacio—. Con esos razonamientos, enseguida irás ganando casos. —Se irguió y se limpió la boca con una servilleta antes de tirarla a la basura—. Voy a ducharme; empiezo el turno en una hora. —Señaló el plato con la barbilla—. Zámpatelo, si quieres.
Cuando se marchó, dándome la espalda, fruncí el ceño.
Mi orgullo me suplicaba que me fuera, pero, para variar, ganó el hambre.
Me acerqué el plato y me di cuenta de que Josh prácticamente no lo había ni tocado. Solo se había comido unas lonchas de beicon. Qué raro. Josh solía comer más que una lima. Una vez vi cómo engullía una hamburguesa triple, una ración grande de patatas fritas, dos perritos calientes y un batido de chocolate en menos de veinte minutos.
Para ser médico, comía fatal.
Ingerí la mitad de lo que había en el plato y regresé al cuarto de Josh para cambiarme y ponerme la ropa de la noche anterior. Mi vestido era extremadamente incómodo en comparación con la camiseta de Josh, pero resistí la tentación de robarle la ropa. Eso era lo que hacían las novias y, Dios estaba por testigo, yo no estaba saliendo con Josh.
Cuando ya estaba lista para marcharme, Josh todavía no había salido de la ducha.
Me planteé quedarme hasta que saliera para decirle adiós, pero me pareció demasiado extraño, así que me limité a mandarle un escueto mensaje y salí sigilosamente de su casa.
En cuanto subí al Uber, recibí un mensaje.
No había nada escrito; era solo una foto. Una foto de la grabación, para ser exactos. Salía yo de rodillas mientras...
Lo borré de inmediato, pero el beicon y los huevos que me había comido hacía un rato hicieron acto de presencia en mi garganta.
Max.
Lo había apartado a un rincón de mi memoria mientras estaba con Josh, pero la angustia de anoche acababa de regresar en forma de náuseas.
Tenía clarísimo por qué me había enviado esa foto. Para tocarme los cojones y recordarme que seguía presente en mi vida, siniestro y acechante. Ese era su modus operandi. Le gustaba jugar con los demás hasta hacerlos añicos; entonces, la gente cedía y le hacía el trabajo sucio.
Cerré los ojos e intenté relajarme, pero el ambientador del coche era excesivamente dulce e hizo que todavía me entraran más ganas de vomitar.
Deseé poder volver atrás en el tiempo y congelarlo; me quedaría en el cómodo olvido de la casa de Josh para siempre. Sin embargo, era imposible esconderse de la verdad a plena luz del día.
Lo único que podía hacer era esperar que el «favor» que Max tenía en mente fuera algo que yo pudiera hacer..., o mi vida cambiaría y se iría al traste para siempre.