Twisted hate

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25. Josh

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25

Josh

¿Esperé a que Jules se hubiera ido antes de salir de la ducha cual cobarde? Es probable.

Pero prefería ser un cobarde a tener que enfrentarme a la incomodidad que suponía despedirte al día siguiente de la persona con quien te habías acostado la noche anterior. En teoría, nuestro acuerdo no contaba con puntos incómodos porque los límites estaban claros y no había lugar para las expectativas, pero el tiempo lo había tenido que joder todo ya en la primera noche, cómo no.

Si acababa yendo al cielo, hablaría largo y tendido con Dios y tendría una seria conversación con él sobre cuándo se pueden hacer ciertas cosas y cuándo no.

Al llegar al hospital, seguía enfadado conmigo mismo por haber dejado que Jules se quedara a dormir. Sin embargo, el ajetreo de urgencias logró que me olvidara de inmediato de mi vida personal.

Embolias. Cuchilladas. Brazos, piernas y narices rotas, y todo lo habido y por haber. No paraban de llegar casos a urgencias y la semana laboral después de esa noche en el Hyacinth fue tal locura que no tuve ni un segundo para darle vueltas al acuerdo sexual al cual había llegado con la mejor amiga de mi hermana pequeña.

Jules y yo nos las apañamos para echar algún que otro polvo rápido tras los cuales nunca había carantoñas ni nos quedábamos a dormir en casa del otro, gracias a Dios. Aun así, pasé la mayor parte del tiempo trabajando.

La mayoría de la gente detestaría currar tanto, pero a mí me encantaba el estímulo que me aportaba, hasta que tenía uno de Esos Días.

En urgencias había días buenos, días malos y Esos Días, con mayúscula inicial. Los días buenos eran esos en los que acababa el turno a sabiendas de que había hecho lo correcto en el momento correcto para salvarle la vida a alguien. Los días malos incluían desde pacientes que intentaban atacarme a accidentes con múltiples víctimas que tenían que ser atendidas y solo estábamos el médico adjunto, unas cuantas enfermeras de guardia y yo.

Y luego estaban Esos Días. Solían darse poco y cada mucho tiempo, pero cuando se daban...

Eran devastadores.

La interminable línea horizontal que aparecía en el monitor era como un taladro que me atravesaba el cráneo y se mezclaba con el rugido de mis oídos mientras me quedaba mirando los ojos cerrados y la pálida tez de mi paciente.

Tanya, diecisiete años. Estaba regresando a casa en coche cuando sufrió una colisión lateral por culpa de otro conductor que iba bebido.

Había hecho todo cuanto había estado en mis manos, pero no había sido suficiente.

Estaba muerta.

Antes estaba viva y, de repente, había muerto. Así, sin más.

Empecé a respirar y a jadear. Después de lo que me pareció una eternidad (aunque en realidad fue, a lo sumo, un minuto), levanté la cabeza y vi que Clara y los técnicos me estaban mirando alicaídos. A Clara le brillaron sutilmente los ojos y uno de los técnicos tragó saliva con fuerza.

Nadie dijo nada.

—Hora de la muerte: 15.16 h —lo dije yo, pero mi voz sonó extraña, como si las palabras hubiesen salido de la boca de otra persona.

Al cabo de un momento de silencio, me fui. Eché a andar por el pasillo, giré en una esquina y entré en la sala donde aguardaban los padres de Tanya.

Pum. Pum. Pum.

Lo oía todo amortiguado, excepto el sonido de mis pasos al andar por ese suelo de linóleo.

Pum. Pum. Pum.

Ya había perdido a otra persona en urgencias. Fue durante mi primer año de residencia: un paciente a quien habían disparado en el pecho desde otro vehículo; el tiroteo fue completamente aleatorio. Las heridas le quitaron la vida minutos después de que llegara al hospital.

No habría podido hacer nada para salvarlo; estaba muy herido. Aun así, salí de la sala, fui al baño y vomité.

Todos los médicos perdían a algún paciente a lo largo de su carrera, y todas las muertes suponían un golpe duro, pero la de Tanya me dolió más aún.

Quizás porque estaba convencido de que saldría de esta. O quizás porque la chica apenas había tenido tiempo de vivir la vida antes de que la muerte se la arrebatara de una forma tan cruel.

Fuera por el motivo que fuera, no pude evitar que una destructiva plaga de «y si...» me invadiese el cerebro.

«¿Y si hubiera decidido optar por otra alternativa para tratarla? ¿Y si la hubiese atendido antes? ¿Y si fuera mejor médico?»

Y si, y si, y si.

Pum. Pum. Pum.

Mis pies se detuvieron un segundo fuera de la sala antes de agarrar el pomo y girarlo. Era como si estuviese viendo una película de mí mismo, pero desde fuera; estaba ahí sin estarlo.

Al verme, los padres de Tanya se levantaron de inmediato, preocupados. Al cabo de un minuto, su preocupación se convirtió en terror.

—Lo siento... Hemos hecho todo lo que hemos podido...

Seguí hablando, tratando de sonar empático y profesional, cualquier cosa que no me hiciera parecer insensible, pero apenas oía mis propias palabras. Solo oí el lamento de la madre y los gritos de negación de un padre enfadado que se convirtieron en agitados clamores de aflicción mientras rodeaba a su mujer con los brazos.

Cada sonido fue clavándose en mí como espinas fantasmales hasta que ya no pude ni respirar.

—Mi niña. Mi niña no —sollozó la madre—. Está aquí. Sigue aquí. Lo sé.

—Lo siento muchísimo —repetí.

Pam. Pam. Pam.

No eran mis pasos, sino el latido de un corazón roto.

Mantuve mi estoica máscara hasta que me quedé sin palabras y dejé que la familia asimilara el duelo. Tenía decenas de pacientes más a los que visitar, pero necesitaba un minuto, solo uno, para mí.

Aceleré el paso hasta llegar al baño más cercano. El entumecimiento que sentía en el pecho se expandió hasta las extremidades, pero cuando cerré la puerta tras de mí, el sutil clic del pestillo desató un agudo sollozo que cortó el aire.

Tardé unos segundos en asimilar que lo había emitido yo.

La presión que sentía detrás de la caja torácica acabó explotando. Me incliné encima del lavamanos y fui repitiendo arcadas hasta que me irrité la garganta y me silbaron los oídos.

El cuerpo sin vida de Tanya en la camilla. Ava en urgencias después de que casi se ahogara. Los ojos abiertos y la mirada vacía de mi madre después de que muriera por una sobredosis de pastillas.

Los recuerdos me arrollaron macabramente.

Volví a sentir ganas de vomitar y lo intenté, pero no eché nada porque no había comido desde que había empezado mi turno hacía ocho horas.

Cuando dejé de sentir náuseas, estaba empapado en sudor y sentía tanta presión en la cabeza que incluso notaba cómo me palpitaba.

Abrí el grifo y me salpiqué la cara con agua fría antes de secarme con un poco de papel. El áspero material marrón me raspó la piel y, cuando me miré en el espejo, vi que tenía la mejilla un poco roja a causa del roce.

Ojeras violetas, la tez amarillenta y unas blancas líneas de tensión alrededor de la boca. Tenía una pinta horrible.

Dios, necesitaba beber algo fuerte. O, mejor aún: unas vacaciones y varias bebidas.

Me recompuse y tiré el papel arrugado a la basura. En cuanto regresé a la planta principal, ya volvía a llevar mi máscara de profesional puesta.

No tenía el placer de poder recrearme en el dolor o en la autocompasión. Tenía trabajo que hacer.

—Buenas. —Sonreí a mi nuevo paciente y le tendí la mano—. Soy el doctor Chen...

El resto del turno avanzó sin mayores incidentes, pero no logré deshacerme de la pegajosidad que notaba en la piel ni de los erráticos latidos de mi corazón.

—¿Estás bien? —se interesó Clara cuando fiché para salir.

—Sí. —Evité su compasiva mirada—. Hasta mañana.

No le di la oportunidad de responder y fui directo al vestuario. Por norma general, me duchaba en casa; sin embargo, hoy estaba desesperado por quitarme la sangre de encima. La notaba pegada a la piel, densa y empalagosa, invisible a ojos de cualquier otra persona que no fuera yo.

Cerré los ojos con fuerza y me quedé bajo la ducha hasta que bajó la temperatura del agua y el frío me caló hasta los huesos. Normalmente me moría de ganas de salir del edificio al terminar un turno, pero ahora mismo nada me parecía peor que estar solo.

Todos mis amigos estaban trabajando y era demasiado temprano como para ir a un bar, así que solo me quedaba una opción.

Me quité la toalla, me vestí y cogí el móvil que tenía guardado en el bolsillo de los vaqueros para mandarle un mensaje a Jules, pero entonces vi que ya tenía un mensaje suyo esperando a ser respondido; me lo había enviado hacía veinte minutos.

Jules: ¿Has salido ya del curro?

Yo: Ahora mismo.

Yo: ¿Dónde estás?

Era martes, y los martes Jules no trabaja en el Centro.

Jules: En la biblio de Ciencias, al fondo.

Me sentí aliviado. Podía ir andando; estaba cerca.

Yo: No te muevas. Llego en quince minutos.

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