Twisted hate
26. Josh
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Josh
El hospital estaba justo al lado del campus de Thayer, así que no tardé demasiado en llegar a la biblioteca, formalmente bautizada bajo el nombre de Biblioteca George Hancock, en honor a un donante que había fallecido hacía muchísimo tiempo, e informalmente conocida como «biblio de Ciencias». Era una joya escondida en el tercer piso del edificio de Biología. Fulton, la biblioteca principal de la escuela, estaba hasta los topes en época de exámenes; la biblio de Ciencias era siempre un lugar mucho más tranquilo.
El paseo hasta allí me ayudó a dejar de lado los continuos pensamientos de la muerte de Tanya. Salir del hospital y rodearme de alumnos que charlaban entre ellos y sonreían me ayudó. Fue como si hubiera aparecido en el set de una película en la que podía fingir ser quien yo quería en lugar de quien realmente era.
Cuando llegué a la biblio, vi que solo había algunos alumnos por aquí y por allá. Las paredes estaban repletas de tomos que llegaban hasta el techo de doble altura; dos pisos de libros que se aireaban solo gracias a unos vitrales enormes colocados en intervalos simétricos. El resplandor del cristal verde de las lámparas de escritorio se mezclaba con la luz del sol y daba paso a un cálido y calinoso brillo que iluminaba ese silencioso santuario.
La gruesa moqueta de color esmeralda amortiguó mis pasos mientras me dirigía hacia el fondo de la sala, donde Jules estaba sentada completamente sola.
—Te veo aplicada —dije al acercarme. A su lado había un montón de libros apilados, el moka de caramelo que la acompañaba a todas partes, y hojas y fichas sueltas que ocupaban toda la superficie de roble.
—Alguien tiene que estarlo. —Levantó la cabeza y sentí una punzada en el corazón al ver que tenía los ojos rojos e hinchados.
—¿Por qué lloras?
¿Qué cojones pasaba en la Facultad de Derecho? Estaba prácticamente seguro de que el objetivo del temario no era hacer llorar a los alumnos, a no ser que Jules estuviera frustrada, pero no era el tipo de chica que se desmoronaba por el estrés académico.
—No. —Golpeteó sutilmente la libreta con el subrayador—. Tengo alergia.
—Y una mierda.
Hablamos en voz baja porque estábamos en la biblioteca, pero la gente estaba tan centrada en sus asuntos y tan lejos de nosotros que tampoco es que fuera necesario.
Jules empezó a repiquetear el subrayador con más rapidez.
—¿Y a ti qué te importa? Te he llamado para enrollarnos, no para sincerarme contigo.
—No me importa en absoluto. —Me dejé caer en la silla que tenía Jules al lado y bajé todavía más la voz—. Pero preferiría no follarme a una mujer que está llorando, a no ser que llores por placer. Cualquier otro tipo de lágrimas cortan muchísimo el rollo.
—Qué encantador.
—¿Preferirías que me pusiera la aflicción ajena? —Me zambullí en esa conversación con una facilidad sorprendente, teniendo en cuenta cómo me había ido el día en urgencias. Cuando estaba cerca de Jules, todo lo demás desaparecía.
Para bien o para mal.
—No estoy de humor para discutir hoy contigo, ¿vale? —soltó. En su voz se notaba la ausencia de esa chispa tan suya—. O me follas o ya te puedes ir.
La breve llama de buen humor abandonó mi cuerpo. En otra ocasión no habría dudado en aceptar su oferta sexual, pero lo de hoy no era normal.
—Adivina qué, Pelirroja. No eres la única que tiene semanas de mierda, así que deja de actuar como si fueras especial —le reproché fríamente—. Lo que tenemos es un acuerdo beneficioso mutuo —dije enfatizando la última palabra—, de modo que no puedes llamarme y esperar que venga corriendo a satisfacer tus necesidades como un puto gigolo.
—Yo no he hecho eso.
—Nadie lo diría.
Nos fulminamos el uno al otro con la mirada y el aire que pasaba entre los dos crepitó con una fina capa de frustración. Jules bajó los hombros y soltó el subrayador para frotarse la cara con la mano.
Esa simple acción hizo que mi enfado se desvaneciera. Exhalé con fuerza, incapaz de continuar con esa alocada montaña rusa de emociones a la que llevaba todo el día subido.
—¿Mal día en el curro? —se interesó.
Reí sin gracia alguna.
—Algo así.
No hablaba de los aspectos negativos de mi trabajo a no ser que fuera con alguien del sector. No había nada más desmoralizador que decir: «Bueno, pues resulta que hoy se me ha muerto un paciente».
Pero la presión que había sentido antes en el pecho estaba volviendo a hacer acto de presencia y necesitaba deshacerme de ella antes de que acabara explotando.
—Hoy he perdido a alguien. —Me recosté en la silla y miré hacia el techo; no podía mirar a Jules mientras admitía que había fallado—. Una chica de diecisiete años. Un conductor bebido se le echó encima.
Decir eso en voz alta me resultó extraño. He perdido a alguien. Sonaba muy genérico. Se perdían juguetes o las llaves de casa, pero no se perdían vidas. La vida te la arrebataban, te la robaban las manos crueles de un dios despiadado.
Pero supongo que las palabras que me salieron de la boca no fueron tan bonitas.
—Lo siento mucho —dijo Jules en voz baja—. No quería... No puedo ni imaginarme...
—No pasa nada. Soy médico. Son cosas que ocurren.
—Josh...
—¿Y tú? —la interrumpí girando la cabeza para mirarla—. ¿Qué te ha pasado? Y no me vengas otra vez con la tontería de la alergia.
—Tengo alergia de verdad. —Pasaron unos cuantos segundos antes de que admitiera algo más—: A lo mejor tengo que hacer algo... de lo que no me siento orgullosa. Me prometí que no volvería a hacerlo, pero puede que no tenga elección. Pero... —Tragó saliva con fuerza y se le tensaron las finas líneas de la garganta—. No quiero ser esa persona.
Había sido imprecisa de narices, pero Jules estaba claramente angustiada y esa sensación me atravesó la piel y se me clavó en lugares en los que no pintaba nada.
—Seguro que no es tan malo como crees —dije—. Siempre y cuando no tengas que asesinar a alguien o prender fuego a alguna cosa.
—Guau. Eso ya sería infernal, eh.
Sonreí delicadamente por primera vez en lo que iba de día.
—Al menos en el infierno se está calentito.
Jules rio por la nariz.
—Ojalá fuera igual de optimista que tú.
—Ya te gustaría. —Hice un gesto con la cabeza y señalé hacia una pequeña biblioteca de consulta que estaba apartada de la principal—. Bueno, qué, ¿aún quieres follar?
Un buen polvo siempre le daba la vuelta a un día de mierda.
Además, entre que se había quedado a dormir en mi casa por motivos inesperados y que acabábamos de bajar un poco la guardia los dos, nos estábamos alejando demasiado de las normas que habíamos establecido. Ya era hora de que volviéramos a centrarnos en el tema principal del acuerdo: el sexo. Rápido, transaccional y mutuamente gratificante.
A juzgar por la tensión que se apreciaba en el cuello y los hombros de Jules, ella necesitaba desestresarse tanto como yo.
A modo de respuesta, recogió los apuntes y los guardó en la mochila. Dejamos sus libros en la mesa (dudaba mucho que alguien quisiera robar un volumen de derecho de sociedades) y echamos a andar con tanta naturalidad como pudimos hacia la zona de la biblioteca que yo había indicado.
Escogí una estantería que quedaba resguardada de las cámaras de seguridad; empotré a Jules contra esta y pegué la boca a la suya. Empecé con un beso casto y frío, algo que sirviera para olvidarnos de los problemas que nos atormentaban y punto.
Sin embargo, solo podía pensar en lo agotada que parecía Jules antes o en lo reconfortante que había sido sentir su mano encima de la mía y, antes de que me diera cuenta, mi beso se volvió menos brusco y se convirtió en algo más... no tierno, exactamente, pero sí indulgente.
Era la primera vez que nos besábamos sin aires de cabreo y fue mejor de lo que me habría imaginado.
Le agarré la cara con ambas manos y le recorrí la unión de sus labios con la lengua hasta que ella los separó. Joder, Jules sabía genial; era una mezcla de picante, intensidad y dulzura.
A mí siempre me había gustado el chocolate, pero la canela se estaba empezando a convertir en mi nuevo sabor favorito.
Me envolvió el cuello con los brazos y la forma en la que suspiró suavemente me recorrió la columna vertebral hasta acomodarse en la zona inferior de mi vientre.
—¿Crees que podemos olvidarnos de estas semanas de mierda durante un rato? —preguntó en un susurro.
Al oír el hilo de vulnerabilidad en la voz de Jules, un proteccionismo atroz se fue abriendo paso en mi pecho, pero me obligué a hacerlo desaparecer.
Solo quedábamos para follar. Entre nosotros no había lugar para nada más.
—Cielo, en unos minutos no te acordarás ni de cómo te llamas.
Me arrodillé y, al ver la mirada sorprendida de Jules, se me encorvaron los labios. Las últimas veces que lo habíamos hecho, había sido duro y sucio. Hoy, en cambio, me apetecía darme otro tipo de festín.
Cogí la tira de las bragas con los dedos y se las bajé por debajo de la falda.
—Igual deberías taparte la boca, Pelirroja.
Dije a modo de advertencia antes de abrirle las piernas y hundirme en ella, alternando entre lengüetazos largos y suaves, y fuertes tirones de su pequeño y dulce clítoris.
Gemí. Sabía incluso mejor que su boca. La mayoría de las mujeres pensaban que a los tíos nos gustaba que supieran a frutas del bosque o lavanda o a saber qué, pero si nos comíamos un coño, queríamos que supiera a coño. Por algo lo hacíamos, joder.
Cuando le metí un par de dedos, Jules me agarró del pelo con una mano. Se los fui metiendo y sacando lentamente mientras seguía estimulándole el clítoris. Lo tenía hinchado y sensible y, cuando se lo rocé con los dientes y ella jadeó sutilmente, mi polla reaccionó en el acto.
Me obligué a mantener ese ritmo suave un poco más antes de incrementar no solo la velocidad, sino también la intensidad en que se lo chupaba y le metía los dedos para follarla hasta que sus fluidos se le empezaron a deslizar por los muslos y por mis manos. Lo lamí todo, embriagado con el sabor de Jules. ¿Quién dijo nada de agua y comida? Yo podría subsistir a base de Jules toda la vida.
Saqué los dedos y los reemplacé por mi lengua, con ganas de más.
Jules tembló a mi alrededor. Me agarró el pelo con más fuerza y gritó amortiguadamente. Al cabo de un segundo, su excitación me inundó la lengua.
Joder.
Su olor me nubló los sentidos Se retorció para intentar alejarse un poco de mí y la agarré de las caderas para que no se moviera.
—Josh... —dijo en un sordo gemido.
Cuando levanté la cabeza y vi que se estaba tapando la boca con la mano para ahogar sus propios gemidos, el flujo sanguíneo se me aceleró. Tenía las mejillas sonrojadas con el tono rosado más bello que había visto en mi vida, y los ojos le brillaban con las lágrimas de un orgasmo reprimido.
Mi polla amenazó con agujerearme los vaqueros. Me encantaba oír sus dulces gritos, pero ver que alguien se contenía cuando en realidad lo que realmente quería era explotar también tenía algo jodidamente erótico.
—Todavía no he acabado, Pelirroja. —Le di otro lánguido lengüetazo en el clítoris—. No querrás interrumpir a un hombre antes de que haya terminado de comer, ¿a que no?
Jules respondió con otro gemido.
Seguí con mi festín, chupándola, saboreándola y follándomela salvajemente con la lengua. Cuando hube terminado tuve que aguantarla con un brazo mientras me levantaba.
Me sequé la boca con el dorso de la mano y seguí degustando el sabor que aún me quedaba de Jules en la boca. Estaba excitado y la sangre me bombeaba con fuerza.
Deseé tener más tiempo para una segunda ronda, pero ya estábamos tentando a la suerte. No nos había pillado nadie, pero el aire olía a sexo y cualquiera que pasara por ahí ataría cabos enseguida.
—Siempre he querido profanar la biblioteca —murmuró Jules aferrándose a mí de una forma que no haría jamás, a excepción de cuando nos enrollábamos.
Me reí.
—Igual tacharlo de profanar es un poco bestia, aunque como alguien se entere de lo que acaba de pasar quizás me prohíban volver a entrar en la biblioteca.
Me palpitó la polla ansiosa por actuar, pero cuando Jules me agarró la hebilla del cinturón le cogí la muñeca y le coloqué el brazo donde estaba antes.
Me miró confundida.
—Pero...
—Luego me ocupo. No te preocupes por eso ahora.
—Josh, te tiene que doler.
Sí, me dolía. Estaba tan empalmado que era jodidamente insoportable. Aun así, una parte de mí no demasiado cuerda gozaba de la sensación.
El dolor me recordaba que seguía vivo.
—Tienes que soltarlo todo —señaló Jules, que no estaba refiriéndose solamente a un orgasmo.
—Ya me ocuparé —reiteré. Salir con una erección del tamaño del Monumento a Washington sería raro de cojones, pero la gente que había en la biblioteca tenía toda la pinta de estar tan metida en sus cosas que dudaba que fueran a darse cuenta—. No tentemos a la suerte.
—Cierto. —Cerró los ojos y su respiración se fue ralentizando.
En el aire se respiraba un apacible silencio.
Lo de hoy había sido completamente distinto a la forma en la que solíamos follar. Lo que pasaba era que a veces uno necesitaba hacerlo duro y rápido y, otras, suave y lento.
Además, podría pasarme días haciéndole sexo oral a Jules y no cansarme nunca.
Reposé la mirada en su delicado rostro y en el color sonrosado de sus mejillas un poco más de lo que debía.
—¿Quieres acompañarme a un sitio el próximo sábado? —le dije sin pensar—. No es una cita —aclaré al ver que abría los ojos como platos—. Organizamos el pícnic anual de plantilla del hospital y las enfermeras intentarán juntarme con alguien, igual que hacen cada año, lo sé. Si voy con una cita falsa, igual lo evito —añadí enfatizando el adjetivo falsa.
Jules arqueó las cejas.
—Esto va en contra de las normas de nuestro acuerdo.
No, si ya lo sabía, joder. No estaba seguro de qué me había poseído como para preguntárselo cuando realmente podría llevar a cualquier otra chica que conociera; sin embargo, la razón se me iba volando siempre que Jules Ambrose estaba en mi radar de visión.
Era exasperante a más no poder. Sin embargo, puestos a no poder hacer nada al respecto, podía sacarle provecho.
—Las normas están para romperlas. —Me encogí de hombros—. Mira, si alguna vez necesitas que alguien finja ser tu acompañante, puedes contar conmigo. Es más fácil que pedírselo a alguien a quien no conoces. —Como vi que todavía dudaba, añadí—: Habrá comida gratis.
No tardó en responder:
—Haré un hueco para ir.
—Genial. Luego te mando la info. —Me di la vuelta para irme, pero su voz, dulce y tentadora, me detuvo.
—Josh, ¿estarás bien?
Me quedé helado. Sentí un nudo extraño en la garganta al oír su inesperada preocupación. Tragué saliva y contesté:
—Sí. —Giré la cabeza y le dediqué una breve sonrisa—. Nos vemos el sábado, Pelirroja.
Después de salir de la biblioteca (donde, gracias a Dios, nadie se fijó en mi erección), fui directo a casa y me tomé un vaso de Macallan. El maldito whisky era caro, pero me lo había regalo Alex una vez por mi cumpleaños. Lo había ido racionando a lo largo de los años y lo guardaba para las celebraciones más especiales y los días de mierda más absoluta.
Me terminé el primer vaso y me serví otro. No me toqué el empalme. En lugar de eso, me senté en el salón, apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y me quedé escuchando el silencio.
Ver a Jules me había reconfortado mucho, sorprendentemente, pero la ligereza que había sentido en la biblioteca ya había mermado.
Me terminé la bebida y paladeé el ardor que me había dejado el alcohol en la garganta.
En ese momento, era lo único que me quitaba el frío.