Twisted hate

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27. Jules

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Jules

No podía dejar de pensar en Josh ni en lo que había ocurrido en la biblioteca. Y no solo en el sexo oral (aunque había revivido ese momento en concreto en mi mente más veces de las que podía enumerar), sino en la expresión que se le había dibujado en la cara mientras me contaba que se le había muerto una paciente. En cómo me había besado, con dulzura pero desesperadamente, como si necesitara consuelo y no se atreviera a pedirlo. Y en la cara que tenía cuando se había marchado, como si cargara con todo el peso del mundo.

No debería tener todos esos pensamientos. No tenían cabida en nuestro acuerdo, pero eso no les impedía que siguieran acampando a sus anchas en mi cabeza.

—Frena, Jules —me dije mientras me dirigía hacia el parque donde tenía lugar el pícnic de la plantilla del hospital—. Déjate de tonterías.

Una familia que había por ahí me miró extrañada y aceleró el ritmo cuando pasaron por mi lado.

Genial. Ahora hablaba conmigo misma y asustaba a padres y niños.

Exhalé con fuerza e intenté manejar los nervios que sentía en el estómago a medida que me iba acercando a la entrada del parque.

Que era un pícnic, por el amor de Dios. Solo había aceptado acompañarlo porque había comida gratis, y yo jamás decía que no a eso. Tampoco era una cita de verdad.

El aire que sopló a mi alrededor me levantó el vestido de algodón hasta la cintura.

—¡Mierda! —me apresuré a bajar los volantes; ya me arrepentía de habérmelo puesto. Por fin hacía el calor suficiente como para volver a llevar vestido, pero la app del tiempo me la había jugado otra vez y no había especificado que haría tanto viento. Tendría que pasarme el día entero sujetándome la falda a no ser que quisiera que toda la plantilla del Hospital de Thayer viera de qué color me había puesto la ropa interior.

—¿Aún no te hemos emborrachado y ya estás enseñándoselo todo a la gente? —oí que decía Josh.

Levanté la vista y vi que estaba apoyado en la entrada con los brazos cruzados. Ya no quedaba rastro alguno de la tensión y el dolor que tenía dibujados en la cara el otro día en la biblioteca. En lugar de eso, sonreía con picardía y se le marcaba el hoyuelo; con una mirada divertida, me estudió de arriba abajo.

Una oleada de alivio me recorrió el pecho. El engreído de Josh era insufrible, pero por razones en las que no quería ahondar, prefería que fuera insufrible que verlo sufrir.

—Es un pícnic familiar, Chen —le dije mientras me acercaba a él—. Nada de alcohol.

—¿Y desde cuándo eres tú tan santurrona? —Me tiró sutilmente de la trenza y, cuando le aparté la mano de un tirón, se rio—. Trenza, zapatos planos, vestido blanco... —Su segundo escrutinio, esta vez más lento, hizo que otra corriente de palpitaciones arrítmicas se apoderara de mi pecho y sintiera un cosquilleo en la parte inferior de la garganta. Quizás alguno de los médicos guapos que había en el pícnic podría hacerme una revisión ahí mismo, porque resultaba evidente que mis órganos internos estaban fallando—. ¿Quién eres y qué le has hecho a Pelirroja?

—Se le llama tener un armario versátil. Si tuvieras buen gusto, lo sabrías. —Le devolví el escrutinio con una mirada penetrante, aunque, visto desde fuera, no fue buena idea.

Llevaba una camiseta verde de manga corta apretada que le marcaba sus musculados hombros e igualaba el moreno de su piel. Los vaqueros no eran apretados, pero se le ajustaban lo suficientemente bien como para que se apreciaran las largas y marcadas líneas de sus piernas, y se había peinado el pelo, de normal, enmarañado. Eso, combinado con sus gafas de sol de aviador, le daban un aire a lo estrella-de-cine-de-las-antiguas-películas-de-Hollywood-disfrutando-de-un-día-por-la-ciudad que era más atrayente de lo que debería.

—La versatilidad y el gusto no van de la mano. —Josh colocó la palma en mis lumbares y me guio hacia la fiesta. Sentí otro cosquilleo en la parte inferior de la columna vertebral y este fue irradiándome por todo el cuerpo—. Esto lo sé incluso yo.

—Lo que tú digas. —Estaba demasiado distraída por esas traicioneras cosquillas como para pensar en un reproche más elaborado—. Menudo eres tú para hablar de gusto. Solo hay que ver el cuadro que tienes en la habitación.

—¿Qué le pasa?

—Que es espantoso.

—No es espantoso; es diferente. El tío a quien se lo compré me dijo que antes había pertenecido a un famoso coleccionista.

Puse los ojos en blanco.

—¿Antes había pertenecido a un famoso coleccionista y luego terminó en tus manos por arte de magia? Ya, claro. Pues, ya que estamos, me gustaría venderte algo: se llama Brooklyn Bridge.

—No seas tan hater. No todo el mundo está dotado con el mismo buen ojo para el arte.

—Que alguien llame a los académicos que hacen los diccionarios. Ahora «tener buen ojo» significa «tener un gusto horrible».

Josh se rio, impertérrito ante mis insultos.

—Me alegra ver que ya estás mejor, Pelirroja. Echaba de menos esa lengua venenosa.

Al acordarme de por qué tenía tan mal humor el otro día en la biblioteca, mi sonrisa desapareció. Aquella mañana, había recibido otro mensaje de texto de Max a modo de «recordatorio». Podría haberlo presionado para que demostrara que era todo una patraña, pero dudaba de que lo fuese. A Max le encantaba jugar con la gente, pero, cuando las cosas se ponían feas, no tenía escrúpulos a la hora de apuñalar a alguien por la espalda.

Y si a eso le sumábamos el estrés de la uni, las horas de estudio para prepararme para el examen de abogacía y la boda de Bridget, que estaba a la vuelta de la esquina, me superaba. El otro día estuve llorando encima de los libros de Derecho como una idiota y, en busca de una distracción y sin pensarlo dos veces, escribí a Josh.

Cuando llegó, yo ya me había recompuesto, pero no me arrepentía de haberle mandado ese mensaje. Su presencia había sido sorprendentemente terapéutica, y lo que hizo en las estanterías...

Encogí los dedos de los pies.

—Y tú ¿qué? —le pregunté. Yo no había sido la única con un humor de perros ese día—. ¿Cómo estás?

Se le ensombreció un segundo la mirada, pero luego se le volvió a dibujar una sonrisa liviana.

—Yo, genial. ¿Por qué?

—No pasa nada por hacer el duelo por que se te haya muerto alguien —le dije sin dejarme engañar por su indiferencia. No quería meter el dedo en la llaga, pero sabía que no expresar las emociones y guardárselas para uno mismo podía ser devastador—. Aunque forme parte de tu trabajo.

Se le debilitó la sonrisa, tragó saliva con tanta fuerza que se le notó en los músculos de la garganta y apartó la vista.

—Vamos a por algo de comer —dijo—. Me muero de hambre.

Pillé la indirecta y dejé el tema. Cada uno gestionaba las pérdidas a su manera. No pensaba obligarlo a que hablara de algo para lo que no estaba preparado o que no le apetecía contar.

—Si todos estáis aquí, ¿quién está en el hospital? —pregunté cambiando de tema para hablar de algo más trivial.

Josh, que tenía los hombros tensos, se relajó.

—El personal esencial sigue ahí, pero van rotando turnos para que todo el mundo pueda pasarse por el pícnic —me contó—. Es el único evento que hacemos toda la plantilla junta aparte de la fiesta de vacaciones, así que es importante para nosotros.

—¡Jules! —gritó una atractiva morena que me resultaba un tanto familiar cuando llegamos a la mesa de comida—. Me alegro de verte. No sabía que Josh venía con una cita.

—No es una cita —contestamos los dos a coro.

A nuestra respuesta le siguió un breve silencio durante el cual, a la morena, se le ensanchó la sonrisa de inmediato.

—Ya. Perdonad. —Me tendió una mano y le brillaron los ojos, divertida—. Soy Clara. Nos encontramos un día en el Bronze Gear.

Y entonces caí.

—La cita de Josh.

¿Trabajaban juntos? Y, a juzgar por cómo se habían saludado, parecía que se llevaban bien.

Una brizna de celos se adentró en mi estómago y sentí una punzada de dolor.

«Oh, no. Oh, no, no, no.» No podía sentir celos de Josh.

Olvidaos de eso. No sentía celos de Josh. El yogur del desayuno debía de estar caducado o algo por el estilo. Ese era el problema de la comida con sabor a limón: que sabía genial aunque no debiera.

Clara se echó a reír a carcajada limpia.

—Uy, no, yo no era su cita. Solo somos compañeros de trabajo. Soy enfermera en urgencias.

—Y tiene novia —añadió Josh sirviéndose un perrito caliente en el plato—. La camarera del Bronze Gear. Por cierto, ¿dónde está Tinsley?

—No es mi novia. Vamos quedando y ya. Y ahora está trabajando; no ha podido escaquearse para venir. —Clara me miró con un brillo especulativo en los ojos—. Si no eres su cita...

—Es mi cita falsa —aclaró Josh antes de que me diera tiempo a responder—. ¿Te acuerdas del pícnic del año pasado? Todo el mundo me fue poniendo a sus hijas delante de las narices hasta tal punto que casi no pude ni respirar. No quería que se repitiera la situación.

—Debió ser traumático —dijo Clara en un tono monocorde.

Sonreí al oír su sarcasmo. Ya me caía bien. Le ponía un sobresaliente a cualquier mujer que increpara a Josh.

—Lo fue. Toma. —Josh terminó de llenar el plato y me lo pasó antes de repetir con empeño el mismo proceso, pero con otro.

Un perrito caliente con kétchup, mayonesa y salsa de pepinillos. Algo de ensalada. Un montón de patatas fritas y, para terminar, una galleta de pepitas de chocolate.

—¿En serio necesitas dos platos? —Señalé el que tenía yo en la mano—. Es demasiado, incluso para ti.

Se me quedó mirando como si tuviera monos en la cara.

—Ese es para ti —anunció—. El mío es este. —Añadió una hamburguesa y algo de ensalada de repollo al plato ya lleno.

Menos mal que a mí no me había servido. Odiaba la ensalada de repollo. La textura me daba asco.

—Ah. —Me tambaleé un poco e intenté no echar cuenta del calor que me recorría el cuerpo por debajo de la piel—. Gracias.

En lugar de responder, Josh me dio la espalda y saludó a alguien más del trabajo.

Hacer algo medio majo y automáticamente después volver a comportarse como un capullo era muy típico de él.

Mordí el perrito caliente enfadada y pillé a Clara mirándonos. Cuando vio que la estaba observando fijamente, se dio la vuelta, pero vi cómo se le sacudían los hombros de una forma un tanto sospechosa, como si estuviera riendo.

Como el CAML no formaba oficialmente parte del Hospital de Thayer, no vino nadie más del Centro, lo cual nos ahorró tanto a Josh como a mí el tener que ir explicando lo de nuestra cita falsa a Barbs y compañía. Tampoco me preocupaba que mis amigos se enteraran; no conocían a nadie que trabajara en el hospital, a excepción de Josh.

Las próximas horas me las pasé acompañando a Josh por el parque y fingiendo ser su cita cuando alguien intentaba presentarle a una hermana, hija o nieta. Lo que me dijo de que todo el mundo quería juntarlo con alguien no era mentira: intentaron emparejarlo con una docena de chicas a pesar de que yo estuviera a su lado; luego ya dejé de contar los intentos.

—No entiendo qué atractivo te ven —murmuré después de que se alejaran una enfermera y su hija, decepcionadas—. Tampoco es que seas un partidazo como para que salgan todas a la pesca. Eres como una trucha, como mucho. O como una perca atruchada, de esas con la boca tan grande.

—Bien que te gustó mi boca en la biblioteca. —La relajada respuesta de Josh hizo que se me incendiara la piel.

—Tampoco fue para tanto.

Me agarró y tiró de mí hacia su lado para susurrarme una amenazante advertencia y yo ahogué un grito.

—No me provoques, Pelirroja —me avisó—, o te tumbaré encima de la mesa de pícnic, te abriré y te follaré con la lengua hasta que tengas que ir a cuatro patas por la vida porque las piernas ya te habrán dejado de responder. —Me soltó y sonrió al hombre que se nos estaba acercando—. Hey, Micah —lo saludó como si no acabara de amenazarme con hacérmelo delante de miles de personas hacía solo un segundo—. ¿Cómo va?

Se saludaron y Josh me presentó a Micah, que me dedicó una frívola sonrisa.

—Bueno, Jules, ¿y a qué te dedicas? ¿Estudias? —El otro residente debía de tener más o menos la misma edad que Josh, pero la pretenciosidad que irradiaba chocaba con el liviano carisma de Josh. Él podía ser un arrogante, pero al menos tenía sentido de la autocrítica. Micah tenía toda la pinta de creerse un poquito demasiado que era el mejor.

—Sí. Derecho, en Thayer. Me gradúo en unas semanas.

Micah levantó las cejas.

—¿Derecho? ¿En serio?

Su evidente escepticismo me dejó tiesa.

—Sí, en serio. —Dejé mi tono amable de lado y adopté otro bien frío con la esperanza de congelarle los cojones. Habría quien le daría el beneficio de la duda a Micah, pero yo reconocía a la gente que juzgaba a los demás en cuanto la veía, y no tenía ninguna obligación de tener que ser simpática con alguien que no se molestaba en esconder su desdén—. ¿Te sorprende?

—Un poco. No tienes pinta de estudiar Derecho. —Micah descendió la vista hasta mi pecho y unos diminutos pinchazos de humillación se abrieron paso en mi interior.

A mi lado, Josh se quedó inmóvil. Su tranquila compostura fue dejando paso a una lúgubre y volátil tensión que enturbió el aire a nuestro alrededor.

—No sabía que la gente que estudia Derecho tuviera una «pinta» universal. —Resistí la tentación de cruzarme de brazos. No iba a darle a Micah esa satisfacción—. ¿Cómo se supone que es esa pinta?

Se rio sin tener la decencia, siquiera, de aparentar estar avergonzado después de que le llamara la atención.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Pues yo no —soltó Josh con un tono falsamente calmado antes de que yo pudiera contestar—. ¿A qué te refieres, Micah?

El chaval por fin se dio cuenta de que la conversación no iba a encaminarse hacia donde él quería y se sintió incómodo por primera vez en lo que iba de rato.

—Ya sabes. —Hizo un gesto con la mano en el aire para intentar restarle importancia al asunto—. Era una broma.

Josh sonrió forzadamente.

—Se supone que las bromas son graciosas.

—Relájate, tío. —Micah, que tenía la frente arrugada por la incomodidad de la situación, parecía ahora molesto—. Solo he dicho que me ha sorprendido, ¿vale?

—No, no has dicho eso. Lo que has hecho ha sido prejuzgar su inteligencia basándote en su físico, lo cual no tiene un pelo de justo, ¿no te parece? —La agradable voz de Josh iba acompañada por un sutil afilado tono letal—. Si yo fuera a prejuzgarte, por ejemplo, pensaría que eres un subnormal presuntuoso porque siempre vas con ropa de Harvard, a pesar de que solo te aceptaron porque tu apellido está grabado en el edificio de ciencia más moderno de la universidad. Pero seguro que me equivocaría. Porque, de hecho, sí que te graduaste en Medicina por la Universidad de Harvard... Casi fuiste el último de tu promoción, pero te graduaste. Y eso ya es algo.

Micah se quedó literalmente boquiabierto y a mí se me atragantó una bola de emoción en la garganta que se negaba a desaparecer.

Era incapaz de acordarme de la última vez que alguien me había defendido. Era una sensación extraña, cálida y densa, como si por mis venas corriera miel.

—Sea como sea, no me gusta que seas así de maleducado con mi cita. —Añadió Josh en un tono más severo—. Estamos en un acontecimiento laboral, así que discúlpate y márchate, y lo dejaremos aquí. Pero, como vuelvas a faltar a Jules al respeto, seré yo quien te mande a urgencias.

A Micah le temblaron las fosas nasales, pero tuvo las suficientes luces como para no responder. Y menos cuando parecía que Josh estuviera deseando que el otro explotara para pegarle una paliza.

—Lo siento. —La fría disculpa de Micah era igual de sincera que las lágrimas de un cocodrilo. Dio media vuelta y se fue con su delgada figura temblando del cabreo.

Su ausencia dio lugar a un pesado silencio.

Josh relajó sutilmente el cuerpo, pero continuó con la mandíbula apretadísima.

Intenté tragar saliva para deshacerme del nudo que sentía en la garganta, pero fue en vano.

—No tenías por qué hacerlo.

—¿Hacer qué? —Desenroscó el tapón de la botella de agua y le dio un sorbo.

—Defenderme.

—No te he defendido. He llamado la atención a un imbécil porque estaba siendo un imbécil. —Me miró de reojo un segundo—. Además, la única persona que puede ser un capullo contigo soy yo.

Solté una vergonzosa y débil carcajada. Estaba tan acostumbrada a librar mis propias batallas que no sabía muy bien cómo responder al ver a alguien de mi lado.

Teóricamente, Josh era mi némesis, pero había acabado siendo mi aliado. Al menos, en ese momento, vaya.

—Bueno, si algo se te da fenomenalmente bien es ser un capullo. —Jugueteé con la falda entre los dedos. La suavidad del algodón me ayudaba a aplacar los nervios.

—Se me da todo fenomenalmente bien, Pelirroja. —La forma en la que Josh arrastró las palabras me envolvió como una manta calentita.

Nuestros ojos se encontraron y nos aguantamos la mirada. Una descarga eléctrica azotó el aire que nos separaba y me recorrió la columna vertebral.

Hacía años que conocía a Josh, pero esa fue la primera vez que lo estudiaba de forma tan minuciosa.

La marcada línea que dibujaban sus pómulos y bajaba discretamente hasta dar con esa fuerte mandíbula. Esos intensos ojos oscuros que parecían chocolate fundido envueltos por unas pestañas tan largas que deberían ser ilegales en los hombres. El arco que formaban sus cejas y la firme y sensual curva de sus labios.

¿Cómo no me había fijado antes en lo increíble y dolorosamente atractivo que era Josh Chen?

Intelectualmente lo sabía, por supuesto, igual que sabía que la Tierra era redonda y los océanos, profundos. Era imposible que alguien con esos rasgos, dispuestos de esa forma, no fuera hermoso.

Aun así, esa fue la primera vez que lo noté. Fue como quitarle la capa protectora transparente a una famosa obra de arte y verla, por fin, en todo su esplendor.

Josh cerró los puños a sus costados y los volvió a abrir.

—Quitarán la comida pronto —dijo brusco y con la voz rasposa, como si le doliera al hablar—. Si quieres ir a por algo más de comida, será mejor que vayamos ahora, antes de que se termine el pícnic.

La descarga eléctrica se disipó, pero su efecto permaneció cual fina capa de cosquillas en mi piel.

—Claro. Comida —me aclaré la voz—. Yo nunca le digo que no a la comida.

Nos llenamos los platos de nuevo en silencio y luego nos acomodamos debajo de uno de los grandes robles que había alrededor del parque. La mayoría de la comida había volado, pero conseguimos pillar un par de hamburguesas y un cupcake de chocolate para compartir.

—Parece que les caes muy bien a tus compañeros de trabajo, dejando de lado al idiota de Micah. —Corté el cupcake en dos mitades exactas con un cuchillo de plástico y le pasé una porción a Josh.

La cogió e hizo una mueca con la cara.

—Que no te sorprenda tanto. Soy un tío simpático, Pelirroja.

—Mmm. —Le eché una ojeada mientras comíamos. Nos habíamos peleado y habíamos follado, pero seguía sin saber demasiado de Josh.

¿Cómo podía ser que supiera tan poco de una persona a la que hacía ocho años que conocía?

—¿Siempre habías querido ser médico? Y no me vengas con bromas como que jugabas a ser médico cuando eras niño —añadí al ver cómo le brillaban los ojos—. Si puedo predecir tu respuesta antes de que la digas, es porque es penosa.

Le salió una risa profunda y respondió:

—Te lo compro. —Se recostó en el tronco del árbol y estiró las piernas con una expresión pensativa en la cara—. No sé muy bien en qué momento decidí que quería ser médico. En parte, supongo que era lo que se esperaba de mí. Que fuera médico, abogado, ingeniero... El estereotipo de lo que tiene que ser un niño chino-estadounidense. Pero por otra parte... —Dudó un segundo—. Te sonará cursi, pero es que quiero ayudar a la gente, ¿sabes? Recuerdo estar esperando en el hospital el día en que Ava casi se ahoga. Fue la primera vez que me di cuenta de que la gente que me rodeaba no viviría para siempre. Y eso me acojonó. Así que me pregunté: ¿y si yo hubiera estado con ella ese día, al lado del lago? ¿Habría podido salvarla? ¿Se habría ahogado, siquiera? Y lo mismo con el caso de mi madre: ¿y si me hubiera dado cuenta antes de que le ocurría algo y hubiese conseguido que alguien la ayudase...?

Una fuerte punzada de dolor me atravesó el cuerpo al oír cómo se le quebraba muy ligeramente la voz.

Con cautela, le coloqué una mano en la rodilla y deseé que se me diera mejor eso de consolar a la gente.

—No eras más que un niño —dije con dulzura—. Nada de eso fue tu culpa.

—Ya lo sé. —Josh reposó la vista en mi mano, que le rozaba los vaqueros tejanos. Tragó saliva con fuerza y continuó—: Pero, aunque lo sepa, sigo teniendo la sensación de que sí lo fue.

Mi dolor aumentó.

¿Cuánto tiempo habría vivido cargando con ese sentimiento de culpabilidad sin habérselo contado a nadie? Dudaba de que lo hubiese compartido con Ava, sobre todo porque se sentía culpable por ella. A lo mejor se lo había contado a Alex cuando aún eran amigos, pero me resultaba imposible imaginarme al rígido y frío Alex siendo particularmente reconfortante.

—Eres buen hermano, y también buen médico. De lo contrario, ya me habría enterado. Créeme. —Sonreí intentando que mi gesto pareciera un tanto bromista—. Yo me entero de todos los cotilleos.

Josh rio ligeramente.

—No, si ya lo sé. Cuando tú y Ava os poníais a despotricar, no callabais ni debajo del agua.

Cuando colocó su mano encima de la mía y entrelazó los dedos, me dio un vuelco el corazón. Me apretó la mano y esa simple acción valió más que mil palabras.

Hacía tres meses no habría tocado a Josh ni queriendo, y él nunca habría recurrido a mí para que lo consolara.

Pero aquí estábamos ahora: en la muestra más extraña posible de lo que podía acabar siendo nuestra relación. No éramos amigos, pero tampoco enemigos. Éramos nosotros, basta.

—¿Y tú? ¿Por qué decidiste ser abogada? —se interesó Josh.

—Aún no soy abogada. —Permanecí quieta, con miedo de que, si me movía, quizás arruinaría la frágil y terapéutica tranquilidad que se había acomodado entre nosotros—. Pero, eh..., una de mis pelis favoritas es Una rubia muy legal. —Josh arqueó muchísimo las cejas y yo me eché a reír—. Tú escúchame, ¿vale? La peli fue lo que me dio la idea; luego me informé un poco sobre dónde estudiar Derecho por curiosidad, y acabé cayendo en la madriguera. Cuanto más descubría del mundillo, más me gustaba la idea de... —busqué la palabra adecuada— tener un propósito, supongo; de ayudar a la gente a resolver sus problemas. Además, en algunos ámbitos del derecho se paga muy bien. —Sentí que me subían los colores a las mejillas—. Sonará frívolo, pero para mí contar con una seguridad financiera es importante.

—No es frívolo. El dinero no lo es todo, pero lo necesitamos para sobrevivir. Y quien diga que le da igual el dinero, miente.

—Ya...

Volvimos a sumergirnos en un cómodo silencio. La dorada luz de aquella tarde de primavera lo bañó todo a nuestro alrededor y fue como si estuviera viviendo en un sueño donde no había cabida para el resto del mundo. Un sueño en el que no entraban ni el pasado, ni el futuro, ni Max, ni los exámenes, ni los problemas económicos.

Qué fantasía.

—Bueno, lo que decías antes. —Josh giró la cabeza para mirarme—. Conque soy buen hermano y buen médico, ¿eh? —Separó la mano de la mía. Lamenté perder el tacto de su piel durante un breve segundo antes de que volviera a tirarme de la trenza y se le dibujara una pícara sonrisa en los labios—. ¿Eso ha sido un cumplido, Pelirroja?

—El primero y el último que te hago, así que disfrútalo mientras dure.

—Uy, lo haré. Sílaba a sílaba. —El tono aterciopelado y sugerente de su voz no se adentró en mi cerebro, sino que se precipitó directamente hacia mi sexo.

—Bien —conseguí articular.

¿Qué me estaba pasando? A lo mejor alguien había echado algo afrodisíaco a la comida, porque no debería estar así de nerviosa con Josh.

Lo que había empezado como una cita falsa había acabado convirtiéndose en una crisis existencial. Odiar a Josh era uno de los pilares fundamentales de mi estilo de vida junto a mi amor por los mokas de caramelo, mi odio hacia el cardio y mi pasatiempo en los días de lluvia, cuando me dedicaba a explorar tiendas de libros poco conocidas. Si me quitaban la aversión que sentía hacia Josh, ¿qué me quedaba?

Se me aceleró el ritmo cardíaco. «No lo pienses.»

A Josh se le desdibujó la sonrisa y en el aire quedó una intensidad que hizo que me estremeciera de pies a cabeza.

Hubo una pausa de un segundo interminable saciada de la misma carga eléctrica de antes, pero una risa cercana rompió el silencio.

Josh y yo nos separamos de inmediato de un tirón.

—Deberíamos ir...

—Tengo que irme...

Nuestras voces se mezclaron en un sinfín de excusas apresuradas.

—Tengo que hacer las maletas para irme a Eldorra —dije, a pesar de que no volábamos hasta dentro de cinco días.

Como damas de honor de Bridget, Ava, Stella y yo volaríamos antes, cortesía del jet privado de Alex, para prepararnos para la boda. Josh era un invitado como los demás, pero vendría con nosotros porque ¿para qué pillar un vuelo comercial si podía volar en un jet privado?

—Claro. Yo me quedaré para ayudar a limpiar. —Se pasó la mano por el pelo—. Gracias por haber venido. Hemos conseguido deshacernos satisfactoriamente de todos los intentos de emparejarme con alguien.

—Gracias por haberme invitado. Me alegro de haberte servido de ayuda.

Se escurrió un incómodo segundo.

Si teníamos en cuenta nuestro acuerdo, deberíamos estar yéndonos a su casa para follar porque se suponía que esa era la piedra angular de nuestra relación, pero después de la conversación que acabábamos de tener me daba la sensación de que eso estaría... mal.

Josh debió de tener la misma impresión que yo, porque no dijo nada más aparte de:

—Nos vemos, Pelirroja.

—Chao.

Me marché a paso ligero hasta llegar a la salida del parque. No quería girarme por temor a que mi expresión me traicionara y Josh viera lo confundida que estaba.

Él trabajaba toda la semana, así que no lo vería hasta nuestro viaje a Eldorra. Podría aprovechar esos días para desconectar y recuperar nuestro equilibrio; es decir: sentirme atraída hacia él, pero sin apenas tolerarlo.

No obstante, tenía el presentimiento de que, a pesar de no saber qué había hecho que nuestro mundo se tambaleara, la acción era ya irrevocable. Y no me refería a una sola tarde, sino a todos los momentos que habían llevado a eso: nuestra tregua en el Centro, las clases de esquí, la noche en Vermont y nuestro acuerdo de relación exclusivamente carnal; lo de la noche de Hyacinth, el otro día en la biblioteca y los cientos de ocasiones en las que había pensado en Josh sin sentir el mismo enfado visceral que solía experimentar antes cuando pensaba en él.

Como vuelvas a faltar a Jules al respeto, seré yo quien te mande a urgencias.

No es frívolo.

¿Eso ha sido un cumplido, Pelirroja?

No sabía cómo gestionar mis nuevos y raros sentimientos hacia Josh, pero lo que sí sabía era una cosa: no había marcha atrás para volver a ser lo que quiera que fuéramos antes.

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