Twisted hate

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56. Jules

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56

Jules

—¡Ya estoy! ¡Ya he llegado! —Stella entró corriendo por la puerta con el pelo volando alrededor como si fuera una oscura nube—. ¿Qué me he perdido?

Miré fijamente a la morena que tenía delante y la fulminé con la mirada, desesperada.

—¡Ava!

—No ha sido culpa mía. —Se le iluminó la mirada, risueña—. Stel ha preguntado qué estábamos haciendo, se lo he dicho y..., bueno, puede que le haya soltado el bombazo.

Llevábamos dos horas tomándonos unas copas en un bar que había cerca de su apartamento y, durante ese rato, Ava me había acribillado a preguntas sobre mis sentimientos por Josh, nuestra relación y los planes de futuro que teníamos. Creo que en gran parte estaba bromeando, pero no por eso dejé de sudar la gota gorda como si acabara de correr la maratón de Nueva York.

—Nada excepto un interrogatorio digno de la CIA —dije antes de terminarme mi vodka con arándanos rojos mientras Stella se sentaba a mi lado.

Debía haber venido directa del trabajo; sin embargo, en lugar de llevar puesto un aburrido traje, iba con un vestido de lino blanco precioso y un collar turquesa que le resaltaban el moreno. Las ventajas de trabajar en una revista de moda, supongo.

—Lo dudo mucho. —Stella se apartó un rizo del ojo—. No me puedo creer que no me dijeras nada. ¿Has estado saliendo con Josh todo este tiempo? ¿Él era el Chico Misterio?

Me sonrojé.

—A mí no me culpes. Mira cómo estás reaccionando. Sinceramente, no creo que sea para tanto. —¿Qué más daba que Josh y yo nos hubiéramos odiado la mayor parte del tiempo desde que nos conocía Stella? La gente cambia—. Ni que estuviese saliendo con el papa de Roma.

—Me resultaría más creíble que salieras con el papa —canturreó Stella.

—Qué graciosa. Me troncho con vosotras. —A pesar de mis refunfuños, me dolían las mejillas de tanto sonreír.

A juzgar por sus bienintencionadas bromas, mis amigas parecían alegrarse genuinamente por mí (bueno, después de que Ava se hubiera recuperado de su shock inicial). Y, ahora que todos sabían que Josh y yo estábamos juntos, me había quitado un peso enorme de encima.

Lo de ir quedando a escondidas tenía su aquel, pero no me gustaba nada mentir a mis amigas.

—Al menos todavía no se lo has contado a Bridget. —Le di un golpe a Ava con el pie por debajo de la mesa. No hacía falta que me abordaran todas mis amigas a la vez.

Ava se puso colorada.

—Bueno, ya que lo mencionas...

Como si hubiese esperado a ese preciso momento, la pantalla de mi móvil se iluminó con una llamada entrante de FaceTime de cierta reina europea.

—¡Ava!

—¿No esperarías que me fuera a callar las noticias? Yo nunca soy la primera en enterarme de nada. —Levantó las manos—. Además, Bridge también está en el grupo de chat.

Suspiré, pero era demasiado tarde como para callármelo todo de nuevo, así que respondí la videollamada.

La cara de Bridget ocupó toda la pantalla.

—¿Estás saliendo con Josh Chen? —preguntó sin preámbulo alguno—. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué?

—Hola, alteza. Buenas tardes a usted también —contesté enfáticamente—. ¿Qué tal todo?

—No me vengas con esas. —Bridget se subió un poco más la tela de color verde que llevaba en el pelo. Debía de haberse cambiado para irse a la cama, porque no llevaba ni un gramo de maquillaje en la cara y, en la parte inferior de la pantalla, se le veía un poco el top del pijama de seda—. Cuéntamelo todo. Quiero saber absolutamente todos los detalles. Como ahora estoy en Europa, siempre me pierdo todo lo bueno.

—¿No tienes que cumplir con ninguna obligación real o algo por el estilo ahora mismo?

—Son las doce de la noche, Jules, y mis obligaciones reales consisten en pelearme con ministros que insisten en comportarse como niños de primaria. Por favor, deja que me divierta un poco. —Una voz masculina masculló algo sin que se lo viera en cámara. Bridget se giró para susurrarle algo y luego volvió a mirarme—. Rhys te manda saludos.

Movió la cámara para que pudiera ver a Rhys, que me saludó con la mano desde la cama, al lado de ella. Sus ojos grises le brillaban con un destello de confusión.

Exhalé otra vez, pero volví a contar la historia de nuevo, empezando por la tregua del Centro. Al terminar, Bridget y Stella me estaban mirando fijamente, boquiabiertas.

—Guau. Es... —Bridget sacudió la cabeza. Yo había apoyado el móvil en un vaso para que las tres pudiéramos verla—. En cierto modo, me parece surrealista que Josh y tú estéis juntos, pero a la vez también me parece lo más lógico del mundo.

—¿O sea que ahora ya no os peleáis? —preguntó Stella con una expresión esperanzada.

Nop. Nos peleamos más aún —respondí alegre—. Luego echamos unos increíbles po... —«Polvos cabreados», iba a decir, aunque frené en seco al ver que abría los ojos de par en par, alarmada—. Tú ya me entiendes.

Stella arrugó la nariz.

—No, y tampoco quiero. Nunca podré volver a mirar a Josh con los mismos ojos.

—Algún día lo entenderás. —Stella no quedaba con demasiados chicos, aunque no era por falta de interés por parte de estos; a mi amiga le salían pretendientes de debajo de las piedras todos los días. Lo que pasaba era que, para ella, el romance no era una prioridad—. Ya basta de hablar de mí. ¿Y tú qué?

—¿Yo qué? —Me miró con recelo.

—Eres la última que queda. —Se me iluminó la cara, traviesa—. ¿Quién será el hombre que te haga caer rendida a sus pies?

—Cuando lo encuentres, avísame —respondió seca—. Mientras tanto, estoy intentando no morir con Anya.

Anya era su jefa y la jefa de dirección de la revista DC Style.

Mientras Stella nos hablaba de su última sesión de fotos que, por lo visto, incluía a una supermodelo resacosa, una serpiente pitón viva y más de tres litros de aceite para bebés, en la televisión que colgaba justo por encima de la barra del bar apareció una imagen que me resultaba familiar y me llamó la atención.

Me quedé petrificada y sin aliento. Moreno de ojos azules con una barba incipiente en la mandíbula y una expresión seria.

Max.

No tenían el volumen puesto, pero los subtítulos que iban apareciendo me permitieron enterarme de lo ocurrido:

El cuerpo fue encontrado en la habitación de un hotel en Baltimore. La víctima, Max Renner, fue apuñalado repetidamente y murió allí mismo. Renner había salido hacía poco de prisión, donde había cumplido condena por hurto mayor, y se cree que tenía vínculos con una organización criminal de Ohio. La policía sospecha que los responsables del asesinato sean otros miembros de la misma organización, y el FBI...

Max estaba muerto.

Después de tantos años y de tanta angustia estaba muerto.

Supongo que sus socios por fin lo habían pillado.

Aparte de algo de alivio, sentí... nada. Ni siquiera venganza porque me hubiese tirado por la escalera.

Lo había dejado en el pasado definitivamente.

Volví a centrar la atención en mis amigas. Stella palideció al mirar algo en el teléfono mientras Ava y Bridget hablaban sobre el próximo viaje diplomático de esta última a Argentina.

Me preocupé un poco.

—¿Todo bien? —Casi nunca la veíamos inquieta.

—Sí. —Stella guardó el móvil en el bolso de nuevo y sonrió, pero fue una sonrisa un tanto forzada—. Cosas del trabajo; ya me ocuparé luego.

—Deberías encontrar un trabajo en el que te trataran mejor —dije con delicadeza—. Eres buena. Incluso podrías dedicarte a tu blog a tiempo completo.

Stella ganaba un montón de dinero gracias al patrocinio de marcas.

—Quizás en un futuro.

Pillé la indirecta de su discreta respuesta y dejé el tema a pesar de que seguía preocupada. Stella se callaba todos sus problemas e inquietudes. A la larga, le acabaría pasando factura, pero ahora no era el momento de hablar de ello.

Volvimos a unirnos a la conversación de Bridget y Ava, y al final acabamos hablando de la promoción que le habían ofrecido a esta en el trabajo. Ya era más de medianoche en Eldorra, pero Bridget no se fue a dormir para poder seguir hablando con nosotras.

Me emocioné y se me encogió el corazón.

Era como en los viejos tiempos, como cuando pedíamos pizza y charlábamos hasta las tantas de la madrugada en nuestra habitación de la residencia universitaria.

Ahora ya no teníamos dieciocho años, pero seguíamos siendo nosotras. A pesar de que una viviera en un continente distinto y de que no nos viéramos tanto como solíamos hacerlo antes, nuestra amistad seguía siendo más fuerte que una roca.

Era reconfortante saber que, por más que cambiaran ciertas cosas, otras permanecerían siempre igual.

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