Twisted hate
57. Jules
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Jules
—¿De qué va la sorpresa? —me puse de puntillas, incapaz de contener la curiosidad mientras nos dirigíamos al ascensor de un lujoso edificio de apartamentos en Upper East Side—. Dímelo, ¡por favor! La intriga me está matando.
Esa misma noche, Josh me había sorprendido con un viaje a Nueva York para ver el último espectáculo del reestreno del musical de Una rubia muy legal, y me había dicho que tenía otra sorpresa para antes de irnos al día siguiente. Me había pasado todo el trayecto en coche intentando sonsacárselo, pero él se había obstinado en no soltar prenda.
—Pelirroja, llegaremos literalmente en cinco minutos. —Josh le dio al botón que nos llevaría al ático y mi curiosidad aumentó un poquito más—. ¿No has oído hablar de la palabra paciencia?
Divertido, me dio un azote en el culo a modo de castigo y me reí.
Llevaba en una nube desde que Josh y yo habíamos vuelto. Me ponía a canturrear en los momentos más inesperados —mientras ponía el lavavajillas o mientras esperaba el metro— y me dolían las mejillas de tanto sonreír. Ni siquiera el estrés que me generaba la espera de los resultados del examen de abogacía conseguía aplacar la ingravidez de mi pecho.
No había nada más empalagoso en el mundo que alguien enamorado, pero me daba igual. Existían cosas peores que ser cursi. Además, el caramelo también era muy empalagoso y estaba riquísimo.
Cuando llegamos al ático, una mujer con un espectacular vestido blanco buscó nuestros nombres en una lista y nos hizo pasar con una sonrisa en los labios.
—Bienvenidos a la exposición, señor Chen y señorita Ambrose. La galería queda a su derecha.
—¿Exposición? —Miré los muebles, modernos y elegantes, y las paredes de cristal que daban a Central Park. Aquel lugar parecía una residencia privada, no un museo.
—Es un coleccionista privado. Ha organizado una fiesta para presentar sus nuevas adquisiciones. —Josh me guio por un largo pasillo de mármol iluminado por una claraboya de cristal abovedada. La pared estaba decorada por decenas de cuadros expuestos en marcos dorados, y los invitados se paseaban elegantes por ahí, champán en mano.
Cuando Josh puso la vista en un vaso de aquel espumoso líquido dorado, le apreté la mano y pregunté suspicaz:
—¿Y cómo has conseguido que nos invitaran a esta exposición? —¿A quién conocería Josh en Nueva York?
Su engreída sonrisa hizo que me saltaran un montón de alarmas.
—Aquí tienes tu respuesta. —Tiró de mí y seguimos avanzando por el pasillo hasta llegar a un cuadro en concreto.
Me quedé boquiabierta.
—¿Estás de broma? ¿Cómo es posible?
Era el horrendo cuadro de la habitación de Josh, el que tanta penuria me había costado el mes pasado. Solo que, ahora, en lugar de estar en un cuarto de Hazelburg, estaba expuesto en el apartamento de un multimillonario, entre un Monet y un De Kooning.
—Lo vendí. No quería que quien fuera que estuviera detrás del cuadro volviera a por mí, así que me aseguré de que la venta fuera lo más mediática posible. Si quieren tocarle las narices al nuevo propietario... —Josh se encogió de hombros—, allá ellos.
—Madre mía. —Debía admitir que se trataba de una jugada maestra, aunque seguía sin entender cómo alguien tan rico estaba dispuesto a pagar para tener un cuadro tan feo en su casa.
Max estaba fuera del mapa, pero yo seguía curiosa por saber quién era aquella persona tan intimidante como para disuadir a los delincuentes con quienes se había juntado mi ex.
—¿Y quién es el nuevo propietario? —me interesé.
—Yo.
Su voz me resultaba familiar. Me di la vuelta y arqueé las cejas a más no poder al ver a quién tenía delante. Solo lo había visto una vez, pero reconocería aquel brillante pelo oscuro y aquella increíble piel aceitunada en cualquier parte.
Dante Russo sonrió.
—Me alegro de volver a verlos. Espero que estén disfrutando de la fiesta.
Conque yo no era la única que se acordaba de habernos visto en la biblioteca de Christian...
—Sí, gracias. Una galería preciosa —contesté con amabilidad.
Me apunté mentalmente que tendría que buscar a Dante en Google más tarde. Había oído su nombre en alguna otra parte en el pasado, pero ahora no lo ubicaba.
Bajó sutilmente la cabeza a modo de reconocimiento.
—La apreciación por el arte forma parte de mi negocio familiar. Bienes de lujo —aclaró al ver que fruncía el ceño, confundida—: moda, joyas, vinos y licores, productos de belleza y cosmética. Todo forma parte del imperio Russo. —Sus palabras fueron acompañadas por un tono autocrítico.
«Por supuesto.»
Enseguida caí. Habido leído acerca del Grupo Russo recientemente en una revista; era el grupo de bienes de lujo más grande del mundo.
Dante era el director ejecutivo. Según el artículo, el grupo contaba con uno de los equipos de seguridad más implacables del sector corporativo. Se contaba por ahí que una vez su jefe de seguridad pilló a un tipo intentando colarse en la casa del ejecutivo mientras él se había ido de viaje de negocios. El desventurado ladrón acabó un mes en coma con las dos rótulas rotas, la cara desfigurada y todas las costillas hechas añicos.
El ladrón se había negado a dar nombres y no había nada que demostrara que todo eso se lo había hecho Dante, pero se quedó con esa reputación.
Con razón Josh estaba tan convencido de que los socios de Max no vendrían a por el nuevo propietario.
Seguimos charlando un poco durante unos minutos hasta que, tras dudar un segundo, dije:
—Lamento lo de su abuelo.
Enzo Russo había fundado el Grupo Russo hacía sesenta y cinco años. Era una auténtica leyenda de los negocios, y su funeral había aparecido en todos los titulares hacía unas semanas.
Dante no se mostró consternado por la muerte de su abuelo; sin embargo, dado que el funeral había sido hacía relativamente poco, me pareció que sería educado darle el pésame. Además, yo estaba allí cuando recibió la noticia en la biblioteca de Christian.
Sus marcados rasgos adoptaron una férrea expresión.
—Gracias. Es un detalle. —Miró detrás de mí—. Van a tener que disculparme, pero acaba de llegar mi prometida. —No sonaba para nada entusiasmado. ¿A este hombre le caía bien alguien?—. Por favor, acaben de disfrutar de la fiesta. —Hizo un gesto con la cabeza para despedirse y se marchó. Su alta y musculada figura destacaba entre todos los allí presentes. Al final del pasillo, una preciosa mujer asiática se lo quedó mirando con una expresión entre nerviosa y desafiante mientras él se le acercaba. La prometida, supuse.
—Pagaría por ver cómo intentan robarle —confesé—. Buen trabajo.
Josh sonrió con suficiencia
—Eso intento. ¿De qué lo conoces? —parecía más curioso que preocupado.
—Coincidimos en casa de Christian cuando fui a pedirle ayuda con lo de Max. —Vi que un camarero se nos acercaba con una bandeja de champán; negué con la cabeza de inmediato.
—Anda. ¿Me lo parece a mí o todos los ricos se conocen? —preguntó Josh.
—Pues no me sorprendería. Su círculo tampoco es tan grande. —Volví a desviar la vista hacia el cuadro. A diferencia de los demás, este no tenía ninguna placa grabada con el título, el nombre del artista y la procedencia de la obra—. Oye, ¿y esta preciadísima pieza no tiene nombre?
—Se ve que sí. Cuando lo compró, Dante ya lo conocía. —Josh volvió a cogerme la mano y avanzamos hacia el siguiente cuadro—. Se llama Magda.