Twisted hate

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28. Josh

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Josh

Ahora que lo veía en perspectiva, invitar a Jules al pícnic había sido la peor idea que había tenido jamás. A corto plazo, se la había jugado a las alcahuetas del hospital que querían juntarme con alguien; sin embargo, a largo plazo, había significado no poder parar de pensar, una y otra vez, en lo ocurrido aquella tarde; mi cabeza era como un disco rayado que no me atrevía a tirar.

No eras más que un niño. Nada de eso fue tu culpa.

Eres buen hermano, y también buen médico.

Cada vez que pensaba en la conversación que habíamos mantenido bajo ese árbol me entraban ganas de rebobinar y frenar el tiempo para poder quedarme en ese mismo instante para siempre.

Con el sol radiante, la comida en el regazo y habiendo llenado sutilmente el vacío que sentía en el corazón con la presencia de Jules.

Era inaceptable.

Querer follármela, vale. Pero querer llamarla porque había tenido un día de mierda, no.

Daba igual que fuera la única persona con quien pudiera hablar sin sentirme juzgado. A partir de ahora, se habían acabado los intentos de cita; no habría ni siquiera citas falsas. Por no hablar de la posibilidad de que uno de los dos se quedara a dormir en casa del otro o de que yo le dejara alguna camiseta a Jules; de eso nada.

Todavía no había echado a lavar la que le había prestado aquella noche, después de lo del Hyacinth. Me armaría de valor para hacerlo en algún momento, pero tampoco olía mal. Olía sutilmente a ella: a calidez y a canela con un toque de ámbar.

Ahora, mientras hundía la cara en su cuello y me adentraba más aún en ella para intentar saciar la continua y voraz necesidad que me invadía el estómago, me sentía embriagado por ese mismo aroma. No obstante, lo único que conseguía con cada embestida y cada beso era exacerbar dicha necesidad todavía más, y mi frustración me llevó a follarla con más fuerza y más rápidamente.

El cabecero de la cama chocaba con la pared en forma de respuesta rítmica a mis empellones mientras iba penetrando a Jules con los músculos tensos y cubierto de sudor a causa de la última media hora.

Habíamos aterrizado en Athenberg esa misma tarde, y Jules y yo debíamos de estar en la misma onda porque, veinte minutos después de haber hecho el check in, se personó en mi habitación y dijo una sola cosa:

—¿Quieres follar?

No mencionamos nada del pícnic, ni de la biblioteca ni de ninguna otra norma que hubiéramos roto, gracias a Dios. Ambos nos moríamos de ganas de volver a nuestro statu quo, y yo acaté encantado.

Ahora, si conseguía quitarme de encima esas ansias de estar con Jules a base de tirármela, sería un hombre feliz.

—Josh. —Su agudo grito resonó por toda la habitación del hotel mientras ella se agarraba con las uñas a mi espalda y estallaba conmigo dentro.

Jules follaba igual que peleaba: feroz y fogosamente; sin tapujos. Era adictivo.

El exquisito escozor que me dejaban sus uñas ardía igual que el fuego que me corría por las venas mientras le tapaba la boca con una mano para ahogar sus gritos.

—Sssh. Despertarás a todo el mundo. —Apreté la mandíbula en un esfuerzo por reprimir también mi propio orgasmo mientras su coño se contraía a mi alrededor. Joder. Debería ser ilegal que fuera tan increíble follar con alguien—. No querrás que te oigan tus amigas, ¿a que no?

Mi suite estaba delante de la de Jules y Stella, y a solo dos puertas quedaba la de Alex y Ava. Alex estaba en una videollamada en la sala de conferencias que había en la planta inferior del hotel, y Ava y Stella estaban echándose la siesta para descansar antes de la despedida de soltera que habían organizado para Bridget esa noche, pero, aun así, no quería aventurarme.

Bastante riesgo estábamos corriendo ya quedando a hurtadillas delante de las narices de Ava.

Podían delatarme los golpes del cabecero, pero podría decir que el ruido provenía de otra habitación del mismo piso y colaría tranquilamente.

Jules gimió, pero, en cuanto le aparté la mano de la boca, consiguió gemir en voz baja mientras se corría por segunda vez.

Hundió la cara en mi hombro, con fuerza, y le tembló el cuerpo entero mientras se dejaba llevar en silencio.

—Buena chica —susurré—. Aguántate los gritos, Pelirroja. Soy el único que puede oír lo mucho que te gusta sentir mi polla en ese estrecho coñito que tienes.

Volvió a gemir, esta vez más fuerte.

Su coño se contrajo a mi alrededor aún más que la primera vez y un orgasmo cegador se apoderó de mí con una fuerza tan repentina e inesperada que me dejó mudo durante un segundo.

Cuando ya empezaba a recomponerme, volví a hundirme en ella para disfrutar de la sensación de sus suaves curvas ajustándose a mi cuerpo. Estar así con ella era tan jodidamente perfecto que estuve tentado de quedarme ahí para siempre y perderme en su calor.

Me permití saborear el momento un poco más antes de salir de dentro de Jules a regañadientes. Le pasé una botella de agua del minibar del hotel y se me encorvaron las comisuras de los labios al ver su expresión, satisfecha y sutilmente aturdida.

—Gracias. —Le dio un sorbo al agua; su voz sonó soñolienta y con ese tono de alegría poscoital—. Ahora me voy. Solo... —bostezó— dame un segundo.

Con solo pensar que se iría, la desilusión me azotó el pecho, pero me obligué a deshacerme de esa sensación. «Es solo sexo», me recordé a mí mismo.

—Mientras solo sea un segundo... No quiero que te acabes quedando a dormir por error. —Me acomodé a su lado en la cama. Me moría de ganas de acercarla a mí; sin embargo, en lugar de eso, eché las manos hacia atrás y apoyé la cabeza encima de estas.

Me miró enfurecida y la felicidad que antes se dibujaba en su cara dio paso a una expresión llena de ira.

—Veo que ya ha vuelto el Josh capullo.

—Nunca se había ido.

—Cómo no. —Jules saltó de la cama y se puso su camisa con un gesto de hombros.

—Que es broooma, Pelirroja. —Me incliné y la cogí de la muñeca antes de que pudiera abotonarse la parte de arriba—. Quédate un rato más, si quieres. De todos modos, Ava y Stella están durmiendo.

Tiré de ella para que volviera a la cama. Se resistió durante un segundo, pero luego se relajó y se quedó a mi lado. Sabía que yo tenía razón. Si ahora se iba, tampoco tendría nada que hacer aparte de merodear por el hotel.

—¿Qué haréis esta noche? —quise saber.

—Cenaremos y saldremos de fiesta. —Jules encogió la nariz—. Ojalá pudiéramos organizarle una despedida de soltera en toda regla a Bridget, pero hoy es el único día que tiene un poco de tiempo libre por la noche, así que vamos a limitarnos a algo más simple.

Arqueé las cejas a más no poder.

—¿Vais a llevaros a la reina de Eldorra de fiesta? ¿En Eldorra?

—Iremos camufladas.

Me quedé mirando a Jules. No tenía claro si me estaba vacilando o no, pero ella me devolvió la mirada seria a más no poder.

—Camufladas —repetí—. Siento decírtelo, Pelirroja, pero una peluca y unas gafas de sol no serán suficientes para camuflar a la mujer más famosa de este país.

—No vamos a ponernos gafas de sol. —Se rio—. Solo los idiotas llevan gafas de sol por la noche. Nosotras hemos contratado a una maquilladora para que nos transforme la cara.

—¿Me estás puto vacilando? ¿Cómo coño queréis que una maquilladora os transforme la cara?

—Una buena maquilladora puede hacer milagros —respondió Jules remilgadamente—. Es evidente que nunca has visto un vídeo de esos de YouTube sobre transformaciones con maquillaje donde se aprecia el antes y el después.

Me froté la cara. Esa conversación era cada vez más surrealista.

—No, la verdad, porque no-me-maquillo.

—¿Y? Tampoco eres astronauta y bien que miras cómo mandan cohetes al espacio.

—Ya, porque los cohetes molan.

—El maquillaje también.

—A mí no me lo parece.

Se encogió de hombros.

—Siempre has tenido mal gusto.

—Estoy acostándome contigo, ¿no? ¿Qué dice eso de ti, entonces?

Jules estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó.

—Que soy un ser humano encantador y generoso que se acuesta contigo por pena cuando nadie más lo ha...

Un chillido hizo que dejara la frase a medias porque la levanté y le pegué una cachetada en el culo antes de sentarla en mi regazo. Quedó con la espalda apoyada en mi torso y yo le abrí las piernas con una mano.

—No me obligues a darte una cachetada en el coño, Pelirroja. —Le acaricié el clítoris, que seguía hinchado, con la mano, en señal de advertencia—. No seré tan amable.

Le entró un escalofrío, pero hizo presión contra mi tronco y yo la seguí acariciando mientras ella guardaba silencio.

Sí, se suponía que esto sería solo sexo y nada más, pero que la echara de mi cuarto sin dejarla descansar un poco antes de que se fuera me convertiría en un capullo, ¿no?

Le acaricié los muslos con la palma de la mano y luego hice lo propio por el estómago y los pechos. Era más reconfortante que sexual, y me flipaba lo suave que era Jules. Tenía un cuerpo suave y caliente y que parecía haber estado hecho perfectamente a medida para mí; sus curvas encajaban en mis manos cuales piezas de un puzle que no quería acabar de completar nunca.

—¿Qué harás esta noche mientras nosotras estemos fuera? —Soltó un ruidito de satisfacción mientras le estrujaba y le amasaba los pechos suavemente.

—Iré a tomar algo. Visitaré la ciudad. —No tenía ni idea—. Ya veré.

—Alex también se quedará.

Detuve el recorrido de mi mano y luego la bajé a un costado.

—No veo qué tiene que ver eso conmigo. —La ligereza de mi tono era totalmente contraria a la repentina tensión que habían adoptado mis hombros.

El suspiro de Jules abandonó su boca y se coló en mi oído.

—Yo solo digo que es triste ver cómo os evitáis. Y dudo que para ti sea agradable ir guardándole rencor. Estar enfadado con alguien es agotador, y ya han pasado casi tres años. Quizás... —Su voz adoptó un tono más suave, más lejano, incluso, y me pregunté si no estaría hablando de sí misma también—. Quizás haya llegado el momento de perdonarlo, aunque no vayas a olvidar lo ocurrido.

Apoyé la cabeza en el cabecero y cerré los ojos.

—Puede.

No era que no quisiera. Era que no sabía cómo hacerlo. Cada vez que lo intentaba, el pasado sacaba su horripilante cabeza a la luz y me devolvía a esa época.

¿Cómo podía soltar algo que se negaba a soltarme a mí?

—Sería...

Alguien llamó a la puerta y Jules se calló automáticamente.

—¿Josh? —La voz de Ava se coló en mi habitación.

Jules se irguió automáticamente y giró la cabeza hacia mí. Nos miramos el uno al otro con los ojos abiertos como platos.

—¿Puedo entrar? Me parece que tienes mi mochila —dijo Ava—. Necesito el ordenador y está ahí dentro.

Mierda. Desvíe la vista hacia mi mochila negra. Nos compramos los dos la misma hacía ya unos cuantos años, de vacaciones.

Me separé de Jules cuidadosamente, salté de la cama y abrí la mochila. Efectivamente: ahí estaba el ordenador de Ava, metido entre su libreta y una carpeta azul. Mierda, joder.

Debí de haber cogido la suya sin querer en el aeropuerto.

Le hice una señal a Jules para que se metiera en el baño, pero seguía petrificada en mi cama; parecía un maniquí de cera de sí misma.

—¡¿Te lo puedo dar luego?! —grité con el corazón latiéndome con fuerza—. Estoy, eh..., ocupado.

Abriría la puerta y le pasaría la mochila a Ava, pero si lo hacía vería la cama.

—Necesito el ordenador. Tengo que trabajar un poco antes de la despedida de esta noche.

Joder, joder.

Fui hacia la cama y Jules por fin se movió. Se cubrió con la sábana y se escabulló tan rápidamente al baño que casi ni la vi pasar. Esperé a que hubiese cerrado la puerta antes de coger la mochila y abrir la puerta de la habitación de par en par.

—Hey. —Le pasé la mochila a mi hermana—. Ahí tienes. Hasta luego. —Traté de cerrar la puerta, pero Ava volvió a abrirla con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué estás siendo tan evasivo?

—No estoy siendo evasivo. —Una capa de sudor me acarició la frente—. Estoy mosqueado porque me has interrumpido.

—¿Y qué hacías?

—Eh..., ejercicio. —Técnicamente, era cierto. El sexo era el mejor cardio que existía—. Pensaba que tú estabas echándote una siesta.

Me miró extrañada.

—Me he despertado. —Paseó la mirada por mi pelo, enmarañado después de haberme acostado con Jules, y luego la descansó en lo tensos que tenía los hombros. Le cambió el color de la cara en el acto—. Espera... ¿Hay una chica ahí dentro? ¡¿Tú eras el de los golpes en la pared?! ¡Me has despertado!

Me entró calor de repente.

—¿Cómo puede ser? —prosiguió—. Pero si hemos llegado hace li-te-ral-men-te una hora. —Ava se llevó una mano a la boca—. Creo que voy a vomitar. No puedes acostarte con gente en lugares en los que pueda oírte yo. Ahora estaré traumada de por vida.

—Mira que llegas a ser exagerada... ¿Y qué quieres que diga? Soy el puto amo. —Sonreí engreído—. Y ahora, por favor, vete antes de que salga del baño. No hay nada que corte más el rollo que ver a una hermana pequeña husmeando donde no le corresponde.

—Créeme, no quiero... —Ava reparó en algo que quedaba detrás de mí—. Anda, qué raro. Jules tiene exactamente los mismos zapatos.

¡Mierda! Había dejado la puerta abierta por error mientras seguíamos hablando.

No podía ver la ropa de Jules, pero sus zapatos estaban a plena vista, a los pies de la cama, en medio del cuarto.

—Pues estarán muy de moda. —Me obligué a reír y contuve la imperiosa necesidad de secarme el sudor de la frente—. Ahora preferiría que no me lo hubieras contado. Lo segundo que más rápido corta el rollo es mencionar a esa diabla. En fin. —Empujé a Ava hacia el pasillo—. Me alegro de verte. No vuelvas. A no ser que quieras ver de primera mano al pibonazo en cuestión.

Fingimos arcadas los dos.

Por si no me había cortado ya suficientemente el rollo, imaginarme a mi hermana en el mismo cuarto que yo mientras me acostaba con alguien hizo que el rollo estuviera ahora ya enterrado y pudriéndose bajo tierra.

—Voy a lavarme los ojos y las orejas con lejía. —Mi hermana se estremeció.

Esperé a que hubiera vuelto a su habitación y luego cerré la puerta y apoyé la cabeza en ella. El alivio que sentía en ese momento enfrió el sudor que me cubría la piel, pero el corazón seguía latiéndome a mil por hora, como si estuviera compitiendo en las 500 Millas de Indianápolis.

—Ha estado a puntísimo de pillarnos.

Levanté la cabeza y vi a Jules asomándose por el baño con los ojos abiertos como platos.

—Esos malditos zapatos casi nos la lían. —Los señalé con el pie.

—Son mis zapatos favoritos, Josh. No tienen la culpa. —Salió del baño y cogió la ropa que tenía esparcida por el suelo—. No deberíamos haberlo hecho en el hotel. Ha sido una tontería. Si nos llega a pillar...

Hice una mueca. Jules llevaba razón. Efectivamente, había sido una tontería enrollarnos en el hotel con nuestros amigos al otro lado del pasillo, literalmente. Podrían habernos pillado en cualquier momento.

De costumbre no habría sido así de imprudente, pero...

Me quedé mirando cómo se vestía Jules, y mi ritmo cardíaco no aminoró lo más mínimo, a pesar de que ya no estuviera cabreado.

Por algún motivo, la lógica siempre salía volando por la ventana cuando algo tenía que ver con Jules.

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