Twisted hate
29. Josh
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Josh
Jules se fue a hurtadillas hacia su habitación después de que nos hubiésemos asegurado de que no había nadie en el pasillo y yo me quedé solo.
Estaba inquieto, así que me duché, me fui al gimnasio, volví a ducharme y vi Fast & Furious 5 en la habitación mientras las chicas se preparaban y se iban al palacio. Solo los miembros de la realeza tenían permiso para alojarse allí, de modo que, a pesar de que las chicas fueran las damas de honor de Bridget, estábamos todos acampando en un hotel de cinco estrellas, cortesía de la Corona.
Normalmente no me costaba mantenerme entretenido mientras estaba de viaje, pero la infinidad de paparazzi que había en el exterior del hotel me disuadió de arriesgarme a salir.
Por desgracia, nuestro hotel, por más lujoso que fuera, carecía de actividades estimulantes. Lo de los restaurantes con estrellas Michelin y el spa de fama mundial estaba bien, pero yo necesitaba algo más emocionante.
Alex también se quedará.
Las palabras de Jules retumbaron en mi cabeza. ¿Qué estaría haciendo Alex? Seguramente estaría comiendo bebés y arruinándole la vida a alguien.
Cuando cayó la noche estaba tan aburrido que me planteé quedar con él.
La tentación se apoderó de mí, pero, en lugar de llamar a su puerta, fui al bar que había abajo. Antes estaba cerrado, pero cuando llegué, un delatador brillo de luz hizo que una oleada de alivio se colara en mis pulmones.
Entré y fui observando el techo de dos pisos, los lujosos sillones aterciopelados de color azul y la enorme pared de botellas resplandecientes que se exhibía detrás de la pulcra barra de madera de caoba. Le daba mil vueltas al bar más sofisticado de Washington; mil y más.
Me senté en un taburete de cuero azul y esperé a que el camarero acabara de montarlo todo. Debía de haber abierto hacía nada, porque solo había un par de clientes y el local estaba sumido en un extraño silencio que solo rompía la dulce melodía de jazz que sonaba a través de unos altavoces invisibles.
A una parte de mí le apetecía encontrarse en el meollo de una multitud; la otra, en cambio, agradecía la calma.
Igual que me ocurría en más de un aspecto de mi vida, ahora mismo, no sabía qué diablos quería.
Estaba tamborileando los dedos en la barra y mirando las botellas expuestas en busca de una buena bebida para empezar la noche cuando una voz familiar rompió el silencio:
—¿Está ocupado? —preguntó refiriéndose a un taburete.
Detuve mi movimiento. La tensión me petrificó todos los músculos.
Me giré para mirar de frente al recién aparecido mientras me arrepentía mentalmente de no haber optado por el servicio de habitaciones, en lugar de atreverme a bajar a un espacio común donde poder encontrarme con Alex cuando él también estaba deambulando por el mismo terreno que yo.
Mi ex mejor amigo estaba a unos centímetros de mí, vestido con el mismo jersey de cuello vuelto y pantalones negros que llevaba en el avión. Parecía agotado y una punzada de dolor me azotó el pecho.
Según Ava, el insomnio de Alex había ido mejorando con los años, pero aún había épocas en las que se pasaba días sin pegar ojo y luego se iba durmiendo por ahí.
Me acordé de cuando todavía íbamos a la uni y, en alguna que otra ocasión, Alex se había quedado frito en medio de una conversación o durante una sesión de estudio.
Aunque eso ya no era cosa mía.
—No, evidentemente. —Miré hacia el asiento vacío que tenía al lado.
—No me refería a eso —respondió Alex tranquilamente.
Se me tensó la mandíbula. El cabrón nunca ponía nada fácil.
«Pues, de ser así, sí: está ocupado.»
Las palabras se pasearon por la punta de mi lengua, pero entonces la voz de Jules volvió a sonar en mi cabeza:
Estar enfadado con alguien es agotador, y ya han pasado casi tres años. Quizás haya llegado el momento de perdonarlo, aunque no vayas a olvidar lo ocurrido.
Dos años.
Dos años que parecían una eternidad y que, a su vez, habían pasado volando a la velocidad de la luz.
En todo ese tiempo, Alex y yo solo habíamos compartido un momento en el que las cosas entre nosotros habían llegado a parecer medio normales: nuestra tarde de esquí en Vermont.
Culpé a mi ramalazo de nostalgia por lo que dije a continuación:
—Todo tuyo.
Un destello de sorpresa le iluminó la cara y luego volvió a recuperar su máscara de impasividad.
Alex se sentó justo cuando el camarero terminó de prepararlo todo y se nos acercó:
—Gracias por su paciencia —dijo con un ligero acento al hablar—. ¿Qué puedo servirles?
—Para mí, un Macallan. Solo. —Alex ni siquiera miró la carta antes de pedir. En un bar tan refinado como este, seguro que tendrían Macallan; no había lugar a dudas.
El camarero asintió y desvió su atención hacia mí.
—Una Stella mismo, gracias. —Yo solo bebía Macallan de la botella que guardaba en casa, aunque ahora ya estaba vacía porque había recurrido a ella para ahogar mis penas tras la muerte de Tanya.
Ese whisky era demasiado caro para un bolsillo como el mío, repleto de préstamos que saldar y gracias a los cuales me había podido permitir estudiar Medicina.
—Veo que todavía no te has pasado al alcohol de verdad, ¿eh? —articuló Alex lentamente después de que el camarero nos sirviera lo que habíamos pedido.
—Veo que todavía no has encontrado el buen gusto, ¿eh? —se la devolví—. Tranquilo, tío. Puedes admitir que te gusta la cerveza; seguirán dejándote entrar en tu club de multimillonarios.
—La cerveza sabe a orina con gas —contestó marcando cada palabra con esa precisión glacial tan característica en él, aunque un matiz de diversión se asomó a la superficie—. No voy a ponerme a hablar de buen gusto con alguien que una vez se vistió de rata por Halloween. —Guardó silencio un segundo y luego añadió—: De rata con un pañuelo rojo.
—Anda, no me toques los cojones, que fue una única vez. —Me había disfrazado de Gladiator, de Superman, de médico (no fue el disfraz más ingenioso, lo reconozco), de Wally de ¿Dónde está Wally?, y de otros mil personajes más por Halloween; sin embargo, todo el mundo acababa sacando a colación siempre el puto disfraz de rata—. Lo hice para demostrar que podía pillar cacho con cualquiera a pesar de ir disfrazado de rata. Y lo conseguí.
Las mellizas Morgenstern. Esa noche estuvo bien.
El recuerdo de uno de mis tríos favoritos solía ponerme a cien; hoy, en cambio, no me causó ni la más mínima reacción. Ni siquiera me provocó algo de agitación o deseo.
Qué raro.
—Eso dices siempre. —Alex sonaba poco impresionado.
—Porque es verdad. Pregúntaselo a las Morgenstern.
—Lo que tú digas.
Arrugué la frente.
—Eres un capullo de cojones. No entiendo cómo llegué a ser tu amigo —refunfuñé dándole las gracias al camarero, que me estaba pasando la bebida, con un golpe de cabeza.
A Alex se le encorvaron los labios. Sin embargo, el aire que nos rodeaba se volvió más pesado con la presencia de fantasmas del pasado: ratos echando un partido de baloncesto, largas noches estudiando, fiestas y viajes de tíos y memes random que nos enviábamos el uno al otro a lo largo del día.
Bueno, yo le enviaba memes y él me respondía con emojis con el ceño fruncido o los ojos en blanco. Aunque Alex tenía un sentido del humor pésimo, así que tampoco esperaba que fuera a apreciar mi exquisita selección de memes.
Puede que el consejo de Jules me hubiese llevado a brindarle una tentativa ofrenda de paz, pero la verdad era que echaba de menos tener un mejor amigo. Echaba de menos tener a Alex como mi mejor amigo. Era frío, seco y cascarrabias de cojones, pero siempre había estado allí por mí. Cada vez que me había metido en líos o había tenido un mal día, Alex había estado allí para echarme un cable y apoyarme.
Le di un sorbo a la cerveza para deshacerme de la repentina opresión que sentía en la garganta. Alex le pegó un trago a su bebida en silencio.
El bar se fue llenando y en la sala enseguida se oyó suficiente barullo como para ahogar el silencio ensordecedor que se había acomodado entre nosotros.
Me terminé la birra y fui a pedir otra, pero Alex se me adelantó:
—Dos Macallans más. —Deslizó su American Express por la barra y desvió la mirada hacia mí—. Invito yo.
Mi primer instinto fue rechazar su oferta, pero tampoco era idiota como para decir que no a una copa de primera calidad gratis.
—Gracias.
—No hay de qué.
Más silencio. Joder, era doloroso de narices.
—¿Qué tal te va con Ava? —me interesé finalmente.
Mi hermana siempre hablaba entusiásticamente sobre su relación, pero era la primera novia de verdad de Alex y sentía una enorme curiosidad por saber cuál era su punto de vista. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no habría creído que Alex fuera capaz de mantener una relación duradera.
Se le relajó la expresión.
—Muy bien.
—«Muy bien» es todo un elogio, viniendo de ti. —Y no lo decía en broma. El adverbio positivo más enfático que le había oído decir hasta entonces era solo «bien».
¿Un filete gourmet preparado por un chef de renombre internacional? Bien.
¿Volar en jet privado? Bien.
¿Graduarse el primero de su promoción en Thayer? Bien.
Para ser tan listo, su abanico de vocabulario era limitado.
—Amo a tu hermana —confesó simple y llanamente.
Yo, que estaba acercándome el vaso a los labios, me quedé helado. Sabía que amaba a Ava, por supuesto, pero jamás en la vida me habría imaginado a Alex admitiéndoselo a alguien que no fuera ella.
El Alex que yo conocía tenía tolerancia cero hacia el sentimentalismo. Y si hablábamos del sentimentalismo expresado verbalmente, la tolerancia adoptaba valores negativos.
—Mejor. —Retomé el control motor de mi cuerpo. El vaso me rozó la boca y el whisky se deslizó hasta mi estómago, aunque el asombro de la declaración de Alex no desapareció—. Porque como vuelvas a hacerle daño, te quitaré el palo que llevas clavado en el culo y te daré de hostias con él.
—Si vuelvo a hacerle daño, te daré yo permiso para que lo hagas.
Pasó un tenso segundo antes de que yo soltara una breve carcajada.
—Has cambiado.
Una parte de mí valoraba esa transformación, pero la otra lamentaba que hubiese pasado tanto tiempo desde el punto final de nuestra amistad. Tanto tiempo había pasado que nos habíamos convertido en versiones distorsionadas de nosotros mismos; en el fondo seguíamos siendo quienes habíamos sido siempre, pero el paso del tiempo y los cambios que habían venido con este nos habían transformado.
—Todo el mundo cambia. No cambiar es como estar muerto. —Habría sido una cita inspiradora si no fuera porque Alex lo soltó con la misma emoción que contiene un cubito de hielo—. Y hablando de Ava... —Jugueteó con el vaso vacío que tenía en la mano con una expresión y una postura más taciturnas de lo habitual—. Esperaba que pudiéramos hablar antes de que las chicas volvieran.
—¿A ti qué te parece que estamos haciendo ahora? ¿Ignorarnos?
—Me refería a hablar de verdad.
Dejé de sonreír.
Ahí iba. Ya había sacado el tema estrella a colación.
Alex y yo evitamos hablar de lo ocurrido desde que nos peleamos después de que rompiera con Ava.
De que se hubiera hecho amigo mío solo para acercarse a mi padre.
De que hubiera utilizado a Ava y le hubiera roto el corazón.
De que me hubiera mentido durante ocho putos años.
Cuando Ava y él volvieron, Alex intentó ponerse en contacto conmigo de nuevo, pero yo lo había ignorado y nunca habíamos tenido una conversación real y sincera al respecto.
Ya iba siendo hora de que habláramos del tema; sin embargo, me dio un vuelco el estómago. Estaba aterrorizado de tener que hurgar en el pasado para desterrar lo ocurrido hacía años.
—Entiendo que sigas cabreado conmigo. Lo que hice fue... traicionar tu confianza. Pero... —Alex paró un segundo; era evidente que quería dar con las palabras adecuadas. Un Alex Volkov sin palabras era algo que no se veía todos los días, y hubiera disfrutado aún más de la situación de no ser porque el ardor que me quemaba en el pecho me mantenía distraído—. Yo nunca he tenido demasiados amigos —reconoció finalmente—. La gente se juntaba conmigo porque era un chaval rico y listo y podía ayudarlos a conseguir lo que quisieran. —Fue enumerando sus cualidades de una forma tan distante y confiado de sí mismo que, más que arrogante, sonó analítico—. Eran relaciones por conveniencia. Pero tú fuiste mi primer amigo de verdad. A pesar de que mis intenciones no fueran sinceras al principio de nuestra amistad, todo lo que vino después sí lo fue.
El ardor que sentía fue in crescendo.
—La cagaste hasta el fondo.
—Lo sé.
Me froté la cara con la mano en un intento por silenciar el debate que estaba teniendo lugar en mi cabeza.
Habíamos llegado a una encrucijada. O me quedaba dando vueltas a lo mismo como había estado haciendo los últimos tres años, o cogía la única salida que había.
La primera opción era cómoda y me resultaba familiar; la segunda me resultaba desconocida y me asustaba a más no poder. No quería que volvieran a mentirme y a traicionarme otra vez.
Pero Jules llevaba razón. Aferrarme a ese enfado era agotador, y últimamente yo ya estaba bastante cansado, joder. Física, mental y emocionalmente.
En ciertas ocasiones, incluso respirar me suponía un esfuerzo enorme.
—Hace ya casi tres años. —Estuve a punto de tomar la opción de la salida, pero no me atreví a dar ese paso todavía—. ¿Por qué has sacado ahora el tema?
—Porque eres el tío más cabezota que conozco. Si alguien intenta presionarte para que hagas una cosa, tú irás y harás justamente lo contrario. —Sus palabras iban acompañadas de un tono irónico—. Pero la cagué y... lo siento. Por casi todo.
¿Qué cojones?
—Es la peor excusa que he oído en mi puta vida.
—No pretendo ser el tipo de persona que se disculpa tantas veces que al final se le da bien y todo.
He ahí la típica lógica de Alex.
—Sin embargo, si no hubiera hecho lo que hice —prosiguió—, nunca nos habríamos hecho amigos y mi vida... —Otra larga pausa—. Mi vida habría sido la mitad de bonita de lo que es hoy —dijo amablemente.
El escozor que me ardía en el pecho se extendió por otras partes del cuerpo y se me tensó la garganta.
—Te estás convirtiendo en un tío sentimental, Volkov. No dejes que tus adversarios en el sector laboral se enteren o te comerán vivo.
—Au contraire. Cuanto más sentimental sea mi vida a nivel personal, más acabo explotando en otros ámbitos. Ha sido muy lucrativo para el negocio. —Alex irradiaba satisfacción.
—No me cabe duda. —Volví a frotarme la mano mientras intentaba descifrar qué camino tomar. Al despertarme, no me había imaginado que mi día fuera a dar ese giro—. Sabes que no podemos volver a ser mejores amigos como antes y hacer como si no hubiera ocurrido nada, ¿verdad?
Vi cómo se le tensaba la mandíbula.
—Sí.
—Pero... Si quieres que vayamos a un partido de los Nationals cuando volvamos a Washington o algo así, tampoco me opondría a la idea —añadí bruscamente.
Alex se relajó y se le dibujó una sonrisa en los labios.
—Echas de menos estar sentado en el palco, ¿a que sí?
—Ni que lo jures. Estoy abierto a que me sobornes si lo que quieres es volver a caerme bien.
—Lo tendré en cuenta.
Me terminé la segunda bebida y pregunté:
—¿Cómo supiste que Ava era la definitiva?
Yo nunca me había enamorado. Tampoco es que tuviera demasiadas ganas de estarlo, pero quería saber qué había conseguido deshacer el corazón de hielo de Alex. Antes de que estuviera con Ava, creía que los robots tenían más capacidad sentimental que el tío que tenía ahora mismo sentado a mi lado.
—Me gusta estar con ella.
—No me vaciles. Sé más específico.
Suspiró.
—Es fácil estar con ella —dijo tras una larga pausa—. Aunque nuestros mundos sean esencialmente distintos, nadie me entiende mejor que Ava. Cuando no estoy con ella, desearía estarlo. Y cuando sí estamos juntos, querría que ese momento durase para siempre. Hace que quiera ser mejor persona, y cuando pienso en un mundo sin ella... —Se le tensó la mandíbula—. Me dan ganas de quemarlo todo.
Me lo quedé mirando.
—Jo-der. ¿Quién eres y qué coño le has hecho a Alex Volkov? —Le di una palmada en la espalda—. Seas quien seas, deberías escribir para la sección de asesinatos de Hallmark.
Alex me fulminó con la mirada.
—Como le cuentes a alguien lo que acabo de decir, te arrancaré la piel a pedazos con un cuchillo oxidado para alargar el dolor.
—Exacto. Así mismo. Románticamente homicida.
—Tus asientos en el palco están en la cuerda floja, Chen.
—Eh, recuerda que quien tiene que perdonarte soy yo a ti. Compórtate. —Hice un gesto al camarero para que me sirviera otra copa.
A pesar de haber hecho una coña, no podía dejar de pensar en las palabras de Alex.
Cuando no estoy con ella, desearía estarlo. Y cuando sí estamos juntos, querría que ese momento durase para siempre.
Nunca había sentido nada parecido por ninguna mujer... Excepto por una.
De repente me asaltaron imágenes de los últimos dos meses. Jules y yo bajo el árbol en el pícnic. Yo hablándole de la muerte de Tanya en la biblioteca. La forma tan adorable en la que arrugaba la frente cuando estaba concentrada y la sonrisa de satisfacción que le iluminó el rostro cuando le dije que por fin estaba lista para bajar la pista para principiantes en Vermont.
Cómo reía, cómo sabía y cómo me sentía yo cuando estaba con ella, como si nunca quisiera dejarla ir.
Había asumido que todo eso era una mezcla de lujuria y de una incipiente amistad, pero y si...
«No. No, joder.»
Me empezaron a sudar las manos. Me bebí el alcohol de un solo trago sin saborearlo siquiera.
No me gustaba Jules. La mitad de las veces que habíamos follado, lo habíamos hecho con odio hacia el otro. El sexo era espectacular, pero que me gustara tirármela no significaba que quisiera algo más con ella.
¿Qué más daba que no fuera tan mala como había pensado al principio? Seguía siendo ella.
Exasperante, sarcástica, una tocapelotas de narices... y leal. Apasionada. Tan guapa en algunas ocasiones que incluso me dolía mirarla.
¿Qué haría en un mundo sin Jules? No lo quemaría todo, pero...
Joder, ¿por qué hacía tanto calor aquí?
Me vibró el móvil. Cogí la llamada, aliviado por la distracción. Respondería a mil teleoperadores con tal de deshacerme de mis pensamientos incontrolablemente perturbadores.
—¿Sí? —No reconocía el número de teléfono, pero vi que tenía prefijo de Eldorra. Quizás llamaban de la Casa Real o algo.
—Hey, soy yo —dijo Ava. Sonaba hundida.
—¿Qué pasa? ¿No deberías estar de fiesta?
Mi breve alivio ante la distracción desapareció cuando mi hermana me contó lo ocurrido. La madre que me parió, joder. Antes había dicho que quería hacer algo más emocionante, pero debería haber entrado un poco más en detalles, hostia, porque lo que tenía en mente no era justamente esto.
—Vale. Enseguida voy... No. Ya lo hablaremos luego.
En la frente de Alex se dibujó una marcada V mientras escuchaba el final de la llamada.
—¿Qué pasa? —preguntó después de que yo colgara.
—Son Ava y las chicas. —Me levanté y me puse la chaqueta mientras salía por la puerta—. Las han detenido.