Twisted hate
30. Jules
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Jules
En mi defensa diré que tenía una buena razón para romperle la nariz al tío e iniciar una pelea en el club involuntariamente. El muy imbécil había agarrado a Ava por el culo y había empezado a frotarse contra ella incluso después de que mi amiga le dijera que parara e intentara apartarlo. Stella y yo habíamos intentado intervenir, pero con la misma suerte, así que al final hice lo que tenía que hacer. Le di un golpecito en el hombro, esperé a que se diera la vuelta y le pegué un golpe sorpresa en toda la cara.
Sus amigos saltaron al rescate y, bueno, ya podéis imaginaros cómo había acabado la cosa.
En Estados Unidos nos habrían echado del club por un incidente como ese. Sin embargo, en Eldorra, las estrictas leyes sobre la perturbación del orden público habían acabado encerrándonos a todos, Imbécil y compañía incluidos, en la encantadora prisión local.
—Al menos Br..., nuestra otra amiga, no estaba con nosotras —dije intentando ver el vaso medio lleno—. Eso sí habría sido una liada.
Ava y Stella murmuraron en señal de aprobación.
«Bridget» era un nombre común en Eldorra, pero prefería andarme con cuidado por si el oficial que nos estaba llevando hacia la salida ataba cabos. Aunque cierto era que habíamos tenido que dar nuestros nombres reales cuando nos habían fichado. Si algún trabajador había estado al tanto de la prensa rosa, enseguida verían que éramos las damas de honor de Bridget por muy buen trabajo que hubiera hecho la maquilladora.
Me coloqué bien mi peluca castaña. Entre la peluca, las lentes de contacto de colores y las espectaculares habilidades de la maquilladora, casi no me reconocía ni a mí misma ni a mis amigas. Y eso nos había permitido disfrutar de la fiesta en paz hasta que Bridget se había tenido que ir antes porque tenía una reunión por la mañana con Vogue Eldorra. No obstante, había insistido en que nos quedáramos y siguiéramos divirtiéndonos, ya que esa sería nuestra última noche de «libertad» antes del ajetreo de la boda.
En ese momento nos pareció una buena idea. Ahora, después de habernos pasado tres horas detenidas y ante la perspectiva de tener que enfrentarme a un Josh furioso, me parecía un error garrafal.
El miedo se me arremolinó en el estómago mientras llegábamos a la recepción.
Habíamos amortizado nuestra única llamada para contactar con Josh y pedirle que nos sacara de la cárcel. Bueno, lo había hecho Ava. Podría haber llamado a Alex, pero le daba miedo que fuera a perder los papeles, así que decidió llamar a su hermano mientras pensaba en cómo le contaría lo ocurrido a su novio. Josh también se pondría furioso, pero no tanto como Alex.
Por lo visto, no deberíamos habernos molestado.
Alex y Josh —los dos— estaban esperándonos fuera con el rostro tenso.
—¿Estás bien? —Alex cruzó la sala en dos largas zancadas y cogió a Ava por los brazos. La preocupación le brillaba en los ojos mientras se aseguraba de que su novia no estuviera herida.
Por suerte, más allá de mis nudillos hinchados, la nariz rota del Imbécil y un par de orgullos heridos, habíamos salido indemnes.
—Sí —lo tranquilizó Ava—. En serio.
Alex apretó los labios, pero no dijo nada más. Salimos del edificio y subimos a la limusina que nos estaba esperando.
En ese lujoso interior se respiraba un aire pesado mientras Ava, Stella y yo nos íbamos quitando los disfraces y nos desmaquillábamos con toallitas para bebés que yo había metido en el bolso de mano. La maquilladora me había arreglado la nariz de modo que parecía que tuviera otra forma; me había añadido un lunar alarmantemente realista en el labio superior, y me había dibujado unas cejas más oscuras y gruesas que combinaban con el color de la peluca. Ver cómo se iba cayendo esa máscara por el reflejo de la ventana del coche mientras me iba pasando la toallita por la cara me resultó un tanto surrealista.
Josh y Alex no habían dicho nada al respecto de nuestros disfraces al vernos y ahora, mientras nos los quitábamos, seguían sin hacer ningún comentario.
Me alarmé y me dio un vuelco el estómago. Normalmente, Josh sería el primero en soltar alguna pullita arrogante; su silencio no auguraba nada bueno.
Cuando ya estábamos a medio camino del hotel, Alex volvió a hablar:
—¿Qué narices —comenzó a decir con un tono tan distante que hizo que se me erizara la piel— ha pasado?
Mis amigas y yo intercambiamos una mirada. Ava le había resumido la situación muy brevemente a Josh por teléfono antes, pero no había entrado en detalles y tampoco podíamos contarle a Alex la verdad.
—Un tío me ha metido mano y le he pegado un puñetazo —respondí tomándome cierta licencia literaria para narrar los hechos—. Y a partir de ahí se ha liado. ¿Quién iba a saber que en Eldorra había unas leyes tan estrictas en lo referente a pelearse en una discoteca?
Ava me miró sorprendida. Abrió la boca, pero yo fruncí el ceño y desvié rápidamente la vista hacia Alex antes de volver a mirar a mi amiga.
Esta volvió a cerrar la boca, aunque no parecía satisfecha con mi decisión. Sabía tan bien como yo que, como Alex se enterase de que realmente alguien le había metido mano a Ava, lo mataría, y lo último que nos faltaba era ese escándalo dos días antes de la boda de Bridget.
A Josh se le ensombreció la mirada cuando oyó mi respuesta, pero permaneció en silencio.
—Ya veo. —Alex se mostró inexpresivo, pero le apartó un mechón de pelo del ojo a Ava con más suavidad de la que lo creía capaz—. ¿Y cómo está el tío en cuestión?
Sonreí.
—Le he roto la nariz.
A Alex se le medio dibujó una sonrisa de suficiencia en los labios, pero enseguida volvió a ponerse serio.
—Mejor. He pagado una significativa suma de dinero para que no quede rastro de los cargos policiales de esta noche en vuestros historiales; como mínimo, que haya valido la pena.
Acercó a Ava todavía más a él y le dio un beso en el pelo mientras ella se acurrucaba contra su novio. Le susurró algo al oído y ella le contestó en voz baja; su respuesta hizo que a Alex se le relajaran los hombros.
Fue algo normal e informal. Nada extraordinario. Sin embargo, despertó un anhelo en mí tan virulento e inesperado que tuve que apartar la mirada.
Estaba firmemente convencida de que nadie necesitaba a otra persona para ser feliz. Si alguien quería tener una relación, genial. Si no, también genial. Lo mismo ocurría con el hecho de tener hijos, casarse, etcétera. No había ningún barómetro universal para calcular la felicidad de la gente. La vida de cualquier persona podía ser plenamente satisfactoria con o sin pareja.
Sin embargo, en algunas ocasiones, como ahora, deseaba poder experimentar esa especie de amor incondicional. Tener a alguien que se preocupara de mí en las buenas, en las malas y con todos los inevitables errores que cometía yo solita.
¿Cómo sería tener a alguien que me quisiera tantísimo que me permitiera vivir sin calcular cada paso que daba por miedo a alejar a esa persona de mí?
—¡No, no, no! —Mamá me quitó el rizador de pelo de la mano—. Mira qué estropicio. —Señaló los rizos que me había pasado una hora perfeccionando—. Alastair llegará enseguida y parece que lleve un nido de pájaros en la cabeza. ¿Cuántas veces tengo que enseñártelo? ¿De qué me sirve tener una hija si no sabe hacer bien una cosa tan sencilla?
Me mordí el labio inferior con fuerza.
—Pero yo he hecho exactamente lo que me has...
—No me contestes. —Adeline dejó la plancha, aún caliente, encima de la mesa y se pasó el peine bruscamente por el pelo, deshaciendo todo mi trabajo—. Lo has hecho a propósito, ¿verdad? Quieres que esté fea. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Ahora tendré que arreglar el desastre que has hecho.
Me mordí el labio con más fuerza todavía hasta que el metálico sabor de la sangre me inundó la boca. No estaba para nada fea. Estaba preciosa, como siempre. Mi madre ya no era tan joven como en las fotos de los concursos de belleza que tenía expuestas por toda la casa, pero seguía teniendo una piel suave y ninguna arruga. Tenía el pelo de un color caoba muy bonito y todas las mujeres de la ciudad envidiaban su figura.
Todo el mundo decía que me parecía a ella, sobre todo ahora que tenía la piel impecable y que por fin me podía poner sujetadores de los de verdad. Los chicos estaban empezando a fijarse en mí, incluido Billy Welch, el chico más mono que había en mi clase de último curso de primaria.
Pensé que mamá se alegraría de que me pareciera a ella, pero, cada vez que alguien lo mencionaba, se le ensombrecía la mirada, se excusaba y se marchaba.
—Vete. No quiero verte más. —Me miró de arriba abajo. Su enfado se multiplicó hasta convertirse en un monstruo gruñón y tangible en medio del cuarto—. ¡Márchate!
Finalmente, las lágrimas me resbalaron por las mejillas.
Salí de su habitación y entré en la mía. Cerré de un portazo y me tumbé en la cama, donde intenté ahogar mi llanto con las almohadas. Las paredes de nuestra casa eran tan finas que seguramente pudiera oírme, y mamá odiaba que llorara. Decía que era rastrero.
Mis sollozos, semejantes al hipo, resonaron por toda la habitación.
Mamá tenía derecho a estar enfadada. Tenía una cita importante con el hombre más rico de la ciudad, alguien que podría solucionarnos todos los problemas económicos si se casaban, como quería mamá.
¿Y si me había cargado la posibilidad al no peinarla bien? ¿Y si rompía con ella y mamá me odiaba para siempre?
Antes, mamá y yo éramos mejores amigas, pero ahora, a sus ojos, yo nunca hacía nada bien. Y no paraba de enfadarse conmigo.
Cuando ya hube llorado todas mis lágrimas, me sequé los ojos con el dorso de la mano y cogí aire profunda y temblorosamente.
«No pasa nada. No pasará nada.»
La próxima vez, lo haría bien. Y entonces mamá volvería a quererme. Estaba segura.
Pestañeé para deshacerme del escozor que sentí detrás de los ojos al recordar todo eso.
Cuando ya llegábamos al hotel, me vibró el móvil, que tenía en el muslo. Me dio un vuelco el estómago cuando vi que en la pantalla aparecía una foto hecha a escondidas en la que se me veía llegando a Athenberg. Debió de sacarla algún idiota en el aeropuerto.
Max: La he visto en un blog de chismorreos. Sales favorecida, J.
Max: Aunque tanto tú como yo sabemos que, delante de una cámara, siempre sales favorecida.
Detestaba esos mensajes «inocentes» más que las manifiestas amenazas de Max. Eran un recordatorio constante de que volvía a estar presente en mi vida. Cada vez que me relajaba tan solo un poco, me llegaba otro mensaje que hacía que casi perdiera los papeles de nuevo.
Esa era su intención, evidentemente. Max quería torturarme a base de incertidumbre y, joder, lo estaba consiguiendo.
Al bajar del coche y entrar al hotel, me pasé las manos por los lados de los muslos para secarme el sudor de las palmas. Alex, Josh, Ava, Stella y yo subimos al ascensor para llegar a nuestro piso en silencio. Mis amigas desaparecieron en sus respectivas habitaciones y la voz de Josh hizo que me detuviera en seco:
—Quiero hablar contigo un minuto.
Me quedé helada. Se me revolvió el estómago otra vez, pero ahora era por un motivo completamente distinto. Lo último que necesitaba era que me echaran la bronca, y menos Josh.
Aun así, me metí en su suite sin rechistar. La puerta se cerró detrás de nosotros con un suave clic.
Estábamos arriesgándonos muchísimo, sobre todo teniendo en cuenta que Ava casi nos había pillado antes, pero ahora mismo eso era lo que menos me preocupaba.
Josh no dijo nada, pero tampoco hizo falta. Su silencioso juicio se clavó en mí, consabido e hiriente.
Podía imaginarme lo que estaría pensado.
Que era mi culpa. Que yo era una mala influencia. Que había vuelto a meter a Ava en problemas.
Siempre era mi culpa.
—Dilo y ya. —Me quedé mirando al televisor negro de pantalla plana que colgaba en la pared y vi lo despeinada que iba y la cara de cansada que tenía. La noche había acabado convirtiéndose en una pesadilla terrible. El único consuelo que me quedaba era pensar que Bridget se había ido antes de que todo se fuera a la mierda, así que al menos no la habíamos puesto aún más nerviosa antes de la boda.
Josh se acercó a mí lo suficiente como para que el calor que desprendía su cuerpo me envolviera y me tembló la barbilla.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja. Me pasó la mano por detrás del cuello y me acarició formando circulitos con el pulgar.
Al notar su tacto, una especie de presión se fue abriendo camino en mi pecho.
—Sip.
—Jules, mírame.
Apreté los labios y negué con la cabeza. Tenía miedo de que, si le hacía caso, el frágil dique que estaba conteniéndome las lágrimas fuera a romperse.
—Jules. —Josh se colocó delante de mí y me agarró la barbilla entre el índice y el pulgar; la levantó y me obligó a mirarlo a los ojos. Su férrea expresión estaba llena de una preocupación evidente—. ¿Qué pasa?
—Nada. Estoy cansada y quiero irme a dormir, así que grítame como haces siempre y acabemos ya con esto.
Se sorprendió; se lo vi en la mirada.
—¿De qué hablas?
Me froté los brazos con las manos deseando haberme puesto algo que abrigara un poco más que mi vestido supercorto de seda verde.
—De esta noche. De que han detenido a Ava por mi culpa, de que soy una mala influencia, bla-bla-bla. Ahora ya me conozco el discursito. Nunca me has visto con buenos ojos.
Se le tensó un músculo en su fuerte mandíbula.
—Yo nunca he dicho eso.
—Pero lo estabas pensando.
Josh apartó la mano y se frotó la cara.
—Admito que, cuando Ava me ha llamado, me ha cabreado que os hubierais vuelto a meter en líos, pero, por encima de todo, estaba preocupado. Y no solo por ella. —Bajó la voz—; por ti también.
—¿Por qué?
—¿«Por qué» qué?
—Que por qué te has preocupado.
El silencio inundó el espacio que nos separaba con una tensión que amenazaba con explotar en cualquier momento.
La nuez de Josh se movió con fuerza cuando tragó saliva, pero no respondió.
Me dio un vuelco el corazón. Exacto. Justo lo que yo pensaba.
—No hace falta que finjas que te preocupas por mí solo porque estemos follando.
Las falsas preocupaciones eran mil veces peores que el hecho de no preocuparse en absoluto, porque las falsas preocupaciones daban lugar a falsas esperanzas y las falsas esperanzas rompían el alma a la gente. Esa era una de las lecciones más valiosas que había aprendido de pequeña. En muchas ocasiones había pensado que algunas personas se preocupaban por mí cuando en realidad solo querían aprovecharse y, cuando ya lo habían conseguido, me abandonaban sin pensarlo dos veces. Hasta que volvían a necesitarme para algo, claro está.
—Oí lo que le dijiste —añadí con un nudo en la garganta—. A Ava.
Josh arrugó la frente.
—¿De qué estás hablando?
—Del primer año de universidad. En nuestra habitación. —Una parte de mí se avergonzaba de sacar ese tema a colación después de tanto tiempo, pero esa experiencia se había enraizado en mí cual hiedra y su veneno me iba carcomiendo lentamente, cada año un poquito más—. Oí cómo le dijiste que dejara de ser mi amiga.
Me subí un poco más la tira de la mochila en el hombro mientras caminaba por el pasillo para llegar a mi habitación. El profesor había tenido una emergencia y no había podido llegar al campus, así que ahora podía matar el tiempo una hora más. Quizás podría ir a una de esas librerías independientes que había cerca del campus después de dejar el libro de texto.
Fuera, unas nubes grises amenazaban con empezar a llover y no había nada más acogedor que pasearse por una librería en un día de tormenta. Ya podía oír el silencioso sonido que hacían las páginas de un libro al pasarlas y sentir el dulce y único olor a libro viejo.
Me detuve fuera de mi habitación para coger la llave de la mochila. No obstante, antes de que pudiera abrir la puerta, una voz grave atravesó la fina madera.
—¿Por qué no puedes cambiar de compañera de habitación? Estoy seguro de que los responsables del alojamiento encontrarán con quién ponerte cuando les cuentes lo que pasa con Jules.
Me quedé helada y el corazón me empezó a latir peligrosamente rápido.
—Es que no quiero cambiar de compañera de habitación, Josh. —La firme negativa de Ava me tranquilizó ligeramente—. Es mi amiga.
—Hace solo dos meses que os conocéis y ya te ha metido en líos —argumentó Josh—. Mira lo que pasó con el campanario.
Sentí que me subía el calor a las mejillas. Puede que colarnos en el campanario de Thayer para beber en una zona cuyo acceso estaba prohibido para los estudiantes no hubiese sido la mejor idea del mundo, pero nos habíamos divertido y Ava había querido hacer algo insólito. Además, cuando nos pillaron los de seguridad del campus, nos regañaron un poco y luego nos dejaron ir, de modo que tampoco era que nos hubiéramos metido en un lío muy gordo ni nada por el estilo.
—No me obligó a ir a punta de pistola —lo reprendió Ava—. ¿Qué problema tienes con Jules? Llevas metiéndote con ella desde el día en que la conociste.
—Porque me basta con mirarla para saber que los líos la siguen a donde quiera que vaya. Joder, pero si ya lo has visto. —Josh suspiró—. Vale, es tu compañera de habitación, pero apenas la conoces. Puedes hacer más amigas, Ava. Esa chica es problemática. No necesitas a alguien así en tu vida.
Ya había oído suficiente.
Di media vuelta y eché a correr hacia la salida. El dolor se arremolinó en mi pecho y luego dio paso al enfado.
A la mierda Josh. Habíamos interactuado unas cuatro veces y ya estaba juzgándome por un solo incidente.
No me conocía tan bien como creía. Pero yo ya sabía una cosa: lo odiaba.
El moreno de Josh perdió color.
—Eso fue hace siete años —se defendió con un hilo de voz—. La gente cambia, y sus opiniones también.
—¿Y la tuya? Porque hasta que empezamos a acostarnos, seguías tratándome igual que en la uni.
Se estremeció.
—Mira, no debería haber dicho todo eso, pero... soy muy protector con Ava, sobre todo después de lo que pasó cuando éramos pequeños. Sabes tan bien como yo que confía ciegamente en los demás y, a veces, confía en la gente equivocada. Ahora sé que tú no formas parte de ese grupo, pero en esa época casi ni te conocía. Estaba preocupado y mi reacción fue desproporcionada.
—¿Y los cinco años que siguieron a esa discusión? —No lograba deshacerme del dolor que me causaban esos recuerdos—. No te caí nunca bien.
—¡Porque yo no te caía bien a ti! —Josh se pasó la mano por el pelo. Lo tenía tan cerca que podía sentir la frustración que emanaba de su cuerpo—. Entramos en ese ciclo de insultos y odio mutuo y no supe cómo salir de él.
—¿Y qué ha cambiado ahora? Aparte de que nos estemos enrollando.
—No es... —Josh titubeó y el nudo que yo sentía en la garganta se ensanchó.
—Ahí está. —«No llores. No llores»—. Deja de fingir que estás preocupado por mí, Josh. Es de hipócritas.
Le temblaron las fosas nasales y, por primera vez en lo que iba de noche, vi que le brillaban los ojos con enojo.
—Para estar tan enfadada conmigo por haberte juzgado, ahora eres tú quien está juzgándome a mí que te cagas.
—Eso no significa que no esté en lo cierto.
No pude acabar de decir lo que tenía en mente porque Josh acortó la distancia que nos separaba y hundió su boca en la mía. Lo agarré por los brazos, librándome del dolor que sentía en el pecho mientras mi cuerpo respondía al suyo.
—¿Eso quieres, entonces? —refunfuñó con los labios pegados a los míos—. ¿Solo sexo y nada de sentimientos?
—Ese ha sido el plan desde el primer momento. —Me obligué a sonar despreocupada—. A no ser que no seas capaz de hacerlo.
—Es como si vivieras por y para tocarme los huevos, Pelirroja. —Me agarró las muñecas con una fuerza exagerada y luego me soltó—. Arrodíllate.
Antes de que mis rodillas tocaran el suelo, Josh ya se había desabrochado el cinturón y los pantalones, y una ola de calor se fue abriendo paso en mi vientre.
Esto. Esto era lo que yo dominaba.
Nada de conversaciones profundas o amistades o esperanza en cuanto a un futuro en concreto. Solo sexo. Era lo que siempre había dado y lo único que quería la gente de mí.
Cuando Josh me penetró, cerré los ojos y me perdí en las sensaciones que me provocaba su cuerpo encima del mío. Me tocaba como si fuera la canción más erótica del mundo y, a pesar de todas las emociones de la noche, conseguí correrme con tanto brío que incluso pude dejar la mente en blanco momentáneamente.
Pero esa agradable sensación postorgásmica se desvaneció y la presión que antes había sentido en la caja torácica volvió a mí con más fuerza que nunca.
Las ásperas inhalaciones de Josh eran ensordecedoras en medio del silencio, y una horripilante y absurda parte de mí quería quedarse aquí y escuchar cómo respiraba para siempre.
—Apártate.
Seguíamos en el suelo. Estaba atrapada bajo su cuerpo y notaba su aliento en la espalda cada vez que cogía y soltaba el aire.
—Jules... —Su voz rasposa me friccionó los nervios, hechos añicos.
Esto era un error. Todo era un error.
—He dicho que te apartes. —Lo empujé, me levanté y me alisé la ropa con las manos temblorosas.
Josh me miró con una expresión llena de arrepentimiento y de algo más que no supe identificar, pero me fui y él no articuló palabra.
Esperé a llegar a mi habitación y meterme en la ducha antes de derrumbarme bajo el pesado manto de la noche.
La detención, Max, Josh, TODO. Me azotó absolutamente todo hasta que terminé sentada en el suelo, abrazada a mí misma y permitiéndome llorar de verdad por primera vez en años.
Mis lágrimas se fueron mezclando con el agua y permanecí ahí hasta que la temperatura se enfrió y a mi alrededor no hubo sonido alguno, solo silencio.