Twisted hate
31. Jules
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Jules
Me permitía autocompadecerme una vez al año así que, después de haberme desmoronado de aquella forma en la ducha, me recompuse y aparté los pensamientos de Max y de Josh de mi cabeza hasta que hubiera pasado la boda.
Por suerte, la Casa Real nos mantuvo ocupadas con los ensayos, los actos previos a la boda y las clases de protocolo. No me di ni cuenta y, de repente, ya solo quedaba media hora para la ceremonia.
Bridget, Ava, Stella, Sabrina —la cuñada de Bridget y su madrina de bodas según dictaba el protocolo— y yo estábamos reunidas en la suite nupcial para revisar que todo estaba en orden antes de entrar en la catedral donde se celebraría la boda.
Siete mil invitados. Emitido en directo para que lo vieran millones de espectadores alrededor del mundo.
Los nervios hicieron acto de presencia en mi estómago.
—Ya sé que os lo he repetido varias veces, pero muchísimas gracias por haber venido. —A Bridget le brillaron los ojos llenos de emoción mientras paseaba la vista entre nosotras—. Soy consciente de que las preparaciones han sido agotadoras y de que tener que aguantar el escrutinio de la gente no es nada fácil, así que gracias de verdad.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo. —Stella le apretó la mano y en sus ojos brilló una mezcla de felicidad y melancolía.
Yo sentí esas mismas emociones contradictorias mientras el reloj iba avanzando y cada vez quedaba menos para la ceremonia. Estaba inmensamente feliz por Bridget, sobre todo después de lo que habían tenido que superar con Rhys, pero su boda marcaba el fin de una era.
Mis amigas y yo estábamos creciendo. Ya no éramos las estudiantes jóvenes y sin preocupaciones de hacía unos años. Hacía tiempo que habíamos dejado de serlo, pero, por alguna razón, la boda de Bridget lo ponía todavía más en relieve que su coronación.
Ya no habría más viajes improvisados de fin de semana, ni sesiones de spa a altas horas de la madrugada en nuestro dormitorio, ni quedadas para tomar café y pastas en el Morning Roast para ponernos al día.
Ahora, Ava vivía con Alex y estaba todo el día viajando por trabajo. Bridget era reina, literalmente, y estaba a punto de casarse. Y Stella estaba tan ocupada con la revista y su blog que, aunque fuéramos compañeras de piso, casi ni la veía.
Sin embargo, cuando sí estábamos juntas, era igual que en los viejos tiempos, y jamás subestimaría esos momentos.
—Dile a Rhys que o te trata bien o tendrá que responder ante nosotras —añadió Stella.
A pesar de su amenaza, sabíamos que no teníamos de qué preocuparnos. Rhys ya trataba a Bridget como a una reina incluso antes de que ascendiera al trono.
La dulce risa de Bridget delató su emoción.
—Lo haré.
Alguien llamó a la puerta. Freja, la secretaria de Comunicaciones de la Casa Real, entró y agachó la cabeza para saludar a Bridget.
—Alteza. ¿Está lista?
Por primera vez en todo el día, a Bridget le cambió la expresión a una más bien inquieta, pero enderezó los hombros y asintió.
Volvimos a comprobar que tanto los peinados como el maquillaje siguieran impecables y fuimos desfilando hacia abajo, donde atravesamos el largo pasillo que conectaba la casa de huéspedes con la antigua catedral.
Las puertas se abrieron y me olvidé de absolutamente todo, excepto de que no podía tropezar mientras seguía el interminable recorrido hacia el altar.
Primeros ministros. Miembros de la realeza. Celebridades. Josh.
Estaban todos entre el público, mirándome. Sin embargo, de todos los pares de miles de ojos que había allí, hubo un par en particular que me quemó con la mirada cuando pasé por delante de los bancos reservados para la familia y los amigos cercanos del novio y la novia.
El corazón me empezó a latir con más fuerza.
Ocupé mi sitio en el altar y fijé la vista en la entrada, dispuesta a no mirar al hermano de cierta amiga, que estaba entre la multitud.
«No mires. No mires. No mires.»
Bridget entró del brazo de su abuelo, el antiguo rey Edvard, y los allí presentes guardaron silencio, asombrados.
Al otro lado del altar, Rhys permanecía singularmente quieto. Clavó la vista en los ojos de Bridget y se le iluminó la cara con tanto amor que incluso sentí que se me contraía el corazón. Aunque hubiese caído un meteorito en la catedral, Rhys no habría logrado apartar la vista de Bridget.
La sonrisa que le dedicó esta a Rhys fue visible incluso a través del velo de encaje. Ese momento tan natural e íntimo entre ellos dos hizo que me diera la sensación de estar estorbando, a pesar de que hubiera miles de invitados a nuestro alrededor.
Pestañeé para deshacerme de las lágrimas que me empañaban la vista. No estaba llorando. Estaba expulsando un exceso de humedad. Solo eso.
No obstante, en cuanto el arzobispo dio comienzo a la ceremonia, no pude evitar pasear la mirada por los bancos para apaciguar mis emociones. Lo último que necesitaba era ponerme a llorar mientras emitían la boda de Bridget por televisión.
Atisbé a unos cuantos miembros de la realeza europea a quienes reconocí, una cantante de pop internacionalmente conocida y la emergente estrella del fútbol europeo Asher Donovan antes de fijarme en Josh.
«Suerte que no querías mirarlo.»
Estaba sentado en la segunda fila, detrás de la familia real, y ese esmoquin negro lo hacía irresistible. Tal y como se había peinado el pelo, se le acentuaban las finas pero marcadas líneas de los pómulos, y sus oscuros ojos de color carbón se posaron en los míos con una mirada tan ardiente que incluso me atravesó la piel.
Pum. Pum. Pum.
Los latidos de mi corazón ahogaron la voz del arzobispo mientras la mirada de Josh me hacía prisionera.
Debía apartar la vista antes de que mi cara le profesara al mundo entero lo que yo todavía no estaba lista para aceptar.
Y el hecho de que no pudiera me atemorizaba más aún de lo que jamás lo harían cualquier chantaje o monstruo de mi pasado.