Twisted hate

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32. Josh

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Josh

Si las bodas normales ya eran largas de por sí, las reales eran interminables.

La novedad de estar rodeado de las personalidades más ricas y famosas del mundo fue pasando a segundo plano cuanto más rato pasaba sentado en ese banco de madera que me estaba dejando el culo cuadrado. Me alegraba por Bridget y Rhys, pero no podía dejar de pensar en Jules.

La forma en la que dejamos la conversación la otra noche me carcomía por dentro y, si no lo aclarábamos pronto, perdería la puta cabeza.

Me la quedé mirando mientras ella seguía de pie en el altar. Llevaba el mismo vestido lila que las otras damas de honor y su ramo de flores también era igual que el del resto de las chicas; sin embargo, Jules brillaba de tal manera que resultaba imposible apartar la vista de ella.

Paseé la mirada por sus facciones y me fijé atentamente en la frondosa curva de sus labios y los ángulos de su rostro. Cuando sonrió al ver entrar a Bridget, me dio un vuelco el corazón.

Había quien sonreía con la boca, pero Jules lo hacía con toda la cara. El brillo en los ojos, la forma tan adorable en que arrugaba la nariz, ese sutil pliegue en la mejilla... Verla sonreír era como ver el cielo lleno de estrellas.

Cuando fue deslizando la vista por los bancos, entré en tensión. Como avanzara un centímetro más..., solo uno...

Nuestros ojos se encontraron. Y nos aguantamos la mirada.

Unas chispas abrasadoras me recorrieron la columna vertebral con tal fuerza que casi me caigo del asiento. Me agarré la rodilla con fuerza con la mano mientras veía cómo a Jules le iba desapareciendo la sonrisa y su expresión cambiaba, como si acabara de darse cuenta de algo, igual que yo.

La música que envolvía la catedral se disipó y a mí me azotó la repentina necesidad de salir disparado hacia el altar, sacarla de ahí y llevármela a algún sitio donde pudiéramos estar los dos solos.

No había suficiente con un poco de contacto visual. Necesitaba... Joder, no sabía ni lo que necesitaba. Disculparme, darle una explicación, hacer que volviera a sonreírme como lo había hecho antes de lo de la otra noche.

No había hablado con Jules desde la noche de la fiesta de despedida de Bridget. Cuarenta y ocho horas y su ausencia ya me estaba comiendo vivo.

Cuando no estoy con ella, desearía estarlo. Y, cuando sí estamos juntos, querría que ese momento durase para siempre.

Una pátina de sudor me cubrió las palmas de las manos.

Había rememorado esa noche una infinidad de ocasiones.

Las lágrimas que le humedecían los ojos. El dolor que se escondía en su voz al decirme que me había escuchado hablando con Ava. La forma en la que se había ido, sin más, después de habernos acostado.

Había sido la primera vez que habíamos acatado fehacientemente las normas del acuerdo. Incluso los polvos rápidos que habíamos echado al principio habían acabado con una breve conversación. Pensé que me alegraría de eso, pero lo único que quería era meterla en mi habitación y besarla hasta arrancarle todo el sufrimiento.

Me aseguraba de cumplir todas mis promesas, pero mi juramento de hacer que nuestra relación volviera a ser puramente sexual había muerto más rápido que una polilla acercándose a una lámpara.

Bridget avanzó hacia el altar y me obstaculizó la vista durante un segundo. Cuando la novia hubo pasado, Jules ya había apartado la mirada. Ahora tenía los ojos puestos en el arzobispo y lo observaba tan obstinada que me planteé que estuviera obligándose a no mirarme a mí.

Me agarré a los laterales del banco con ambas manos.

Estábamos en la misma sala, pero la echaba tantísimo de menos que haber perdido ese momento de contacto visual hizo que sintiera una punzada de dolor en el corazón.

¿Qué cojones decía eso de mí?

Cuando no estoy con ella, desearía estarlo. Y, cuando sí estamos juntos, querría que ese momento durase para siempre.

Las manos empezaron a sudarme con más ahínco.

No podía ser porque... No podía ser que yo...

Los últimos dos meses me pasaron por la mente a una velocidad vertiginosa. Imágenes de todo lo ocurrido entre Vermont y la otra noche se mezclaron en una confusa sarta de recuerdos hasta que lo entendí y sentí que me ardían los pulmones.

Me cago en la puta.

 

 

Cuando la ceremonia hubo terminado y se dio paso a la recepción, yo era un manojo de nervios y tenía las emociones a flor de piel. Al ver a Jules riendo con Asher Donovan cerca de la pista de baile, estallé.

Había intentado hablar con ella en distintas ocasiones desde que habíamos salido de la catedral, pero ella siempre tenía alguna obligación de dama de honor que cumplir.

Ahora que por fin estaba libre, ¿se dedicaba a ligar con el maldito Asher Donovan?

Ni de puta coña.

Fui hacia ellos decidido y, con las prisas, casi tiro al suelo al primer ministro de Dinamarca. El corazón me latía aún más desbocado y posesivo a cada paso que daba.

Mía. Mía. Mía.

Hasta ese momento, Asher había sido uno de mis ídolos del mundo deportivo; ahora, sin embargo, quería arrancarle los puñeteros ojos por mirar a Jules de esa forma. Como si pudiera ser suya cuando, clara e irrevocablemente, me pertenecía a mí.

Al ver que me acercaba, Asher arqueó las cejas.

—Disculpa. —Le dediqué una sonrisa forzada—. Me gustaría hablar con Jules.

Ella se tensó de inmediato. En lugar de mirarme, continuó con la vista puesta en el otro chico.

Me ardió la sangre.

Nunca me había puesto tan celoso por una mujer en la vida, y no me gustaba nada esa sensación. Era como si yo fuera un tren circulando a toda velocidad y descontrolado por la ladera de una montaña y estuviera a punto de colisionar.

—Claro. —Los ojos verdes de Asher destellaron llenos de diversión—. Encantado de haberte conocido, Jules.

—Lo mismo digo. —Ella le sonrió y el fuego que me recorría las venas se intensificó todavía más—. Ya quedaremos cuando vuelvas a estar por Washington. Ahora ya tienes mi número.

¿Quedar? ¿Número? ¿Qué coño?

—Será un placer. —Asher le dio un beso en la mejilla. Una sensación de posesividad, ardiente y bastante fea, me sacudió el pecho. Quería arrancarlo de su lado y propinarle una bofetada en su estúpida cara de niño bonito—. Nos vemos.

Jules esperó a que se hubiera alejado lo suficiente como para no oírnos antes de girarse hacia mí.

—Tú dirás.

—¿Qué coño ha sido eso? —Intenté, en vano, controlar el tono territorial de mi gruñido.

—¿Qué ha sido el qué?

Al oír su respuesta tan relajada e impersonal, se me tensó la mandíbula.

—Eso. —Señalé hacia donde se había marchado la estrella de fútbol—. Con Asher. ¿Por qué cojones tiene ese tu número de teléfono?

—Porque se lo he dado. —Jules levantó las cejas—. ¿Por eso nos has interrumpido de repente? Porque estábamos en medio de una conversación y, a no ser que tengas algo primordial que decir, me gustaría continuarla.

Estuve tentado de sentarla en mi regazo y azotarla a modo de castigo por el insolente tono con el que me estaba hablando. No obstante, dejando a Asher de lado, teníamos que hablar de algo más relevante.

Ya nos ocuparíamos luego de él.

—Tenemos que hablar. A solas. —Miré a mis amigos, pero estos estaban demasiado ocupados en la pista de baile como para prestarnos atención.

—Estoy ocupada, Josh. Tengo obligaciones de dama de honor que cumplir.

—Ya las has cumplido.

Bridget y Rhys ya habían bailado y habían cortado el pastel, y todos los invitados estaban bailando, emborrachándose o cotilleando por los laterales.

Líderes mundiales: eran exactamente iguales que nosotros.

—Oh, por supuesto. —Jules se llevó la mano al pecho—. Difiero de tu larga experiencia como dama de honor. Evidentemente, conoces a la perfección todo lo que implica.

Apreté los puños. Estábamos volviendo a nuestra antigua forma de ser. En otra ocasión, me lo habría tomado como una señal de normalidad y lo habría agradecido; ahora, en cambio, me cabreaba sobremanera.

—Sal fuera en cinco minutos, Pelirroja, o te acostaré encima de mi regazo y te azotaré el culo aquí en medio, delante de todos los malditos reyes, reinas y presidentes del mundo entero —refunfuñé.

Las mejillas de Jules se tiñeron de un color rosado.

—A mí no me digas lo que tengo que hacer.

—Pues no me tientes.

Me di la vuelta y salí de la sala de baile decidido.

Jules debió percatarse de la verdad que se escondía en mi amenaza porque, exactamente cinco minutos después, apareció fuera con la mandíbula apretada.

Fuimos bajando por el pasillo hasta llegar a una salita cuya puerta estaba abierta. Entramos, cerré tras de mí y luego... silencio.

Nos quedamos mirándonos el uno al otro. El aire que nos rodeaba estaba cargado de heridas del pasado y palabras por decir.

Nunca me has visto con buenos ojos.

Oí lo que le dijiste. A Ava.

¿Y qué ha cambiado ahora? Aparte de que nos estemos enrollando.

El enfado que había sentido al verla con Asher se fue disipando lentamente y fue reemplazado por una sensación de culpabilidad y vergüenza. No sabía que Jules nos había estado escuchando, pero, aun así, seguía sintiéndome un capullo por todo lo que dije.

—¿De qué quieres hablar? —se interesó Jules con la misma tensión en sus palabras que en sus hombros.

—Quiero... —Dudé y deseé contar con algo más adecuado que las palabras—. Disculparme.

En su día, pedirle disculpas a Jules Ambrose me habría resultado tan doloroso como cortarme la lengua a mí mismo. Ahora, en cambio, las palabras me salieron de la boca con bastante facilidad.

Entendía por qué Jules se sentía molesta. Tenía razón. Había sido un capullo.

Debería haberme disculpado la otra noche, pero su declaración me pilló tan por sorpresa que no fui capaz de dar con las palabras adecuadas. No solo en relación con lo ocurrido con Ava, sino también para dar respuesta a todas las preguntas de Jules.

¿Y qué ha cambiado ahora? Aparte de que nos estemos enrollando.

«Todo.»

Eso era lo que debería haberle contestado, pero fui demasiado ciego como para verlo y un gallina sin igual como para decirlo.

Teníamos un acuerdo basado en el sexo, pero la cosa nunca había ido solo de eso. Incluso cuando creía que la odiaba, ya me estaba ablandando por Jules. Cada sonrisa, cada risa y cada conversación socavaban la imagen que me había hecho de ella mentalmente hasta que lo único que me quedó fue alguien a quien no conocía, pero a quien no podía dejar marchar.

—Ya te disculpaste —apuntó.

—No, no lo hice. —Di otro paso más hacia ella—. Siento haberle pedido a Ava que dejara de ser tu amiga. Fue una gilipollez.

Jules apartó la mirada.

—No importa.

—No, sí que importa. Mi intención no fue que nos escucharas, pero lo hiciste. Te hice daño, y lo siento.

Negó con la cabeza. Una lágrima le resbaló por la mejilla y la luz de la luna la hizo resplandecer. Sentí que se me rompía un poco el corazón.

—Hace tiempo nunca me habrías pedido perdón.

—Hace tiempo era un imbécil.

—¿Y quién ha dicho que no lo sigas siendo?

Se me dibujó una sutil sonrisa en los labios, pero desapareció en cuanto Jules volvió a hablar:

—¿Qué estamos haciendo, Josh? Se suponía que esto iba a ser sexo y nada más.

Eso me repetía yo una y otra vez a mí mismo. No obstante, estaba harto de fingir que nuestro acuerdo no se había convertido en algo que las normas no podían controlar, y pensar que Jules creía que la estaba utilizando para follar, aunque ella misma hubiera accedido a ese trato, hacía que el corazón se me encogiera a más no poder.

Yo no tenía problema alguno en acostarme con alguien sin que hubiera ningún tipo de atadura sentimental. Joder, si era lo único que hacía desde que había empezado a tener relaciones sexuales. Pero con Jules no era igual; con ella me sentía como si me hubiera puesto un traje hecho a medida para mí y siguiera sin quedarme bien.

—Lo que se supone que tiene que ser algo y lo que realmente es son dos cosas distintas, Pelirroja.

Hala, ahí. Acababa de admitir algo disfrazándolo sutilmente de ambigüedad.

Mi frase se quedó colgando en el aire. Reinaba un silencio tan sepulcral que incluso oí cómo se le había acelerado la respiración a Jules y todos los ruiditos de las manecillas del reloj de pie que había en una esquina.

Tic. Tic. Tic.

No sabía en qué momento había dejado de odiar a Jules y había empezado a morirme de ganas de estar con ella. Lo único que sabía era que ahora me sentía así y no quería volver atrás por nada del mundo.

—Quizás no deberían serlo.

Me quedé helado.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté con un tono calmado para disimular la repentina avalancha que me corría en ese momento por las venas.

Jules levantó la barbilla, pero percibí cómo le temblaba ligeramente la voz.

—Quiero decir que deberíamos quedar con otra gente. El acuerdo que tenemos no es excluyente. Ya va siendo hora de que le saquemos provecho a esa cláusula.

Una bestia repugnante y oscura se asomó en mi interior y se enredó en mi corazón.

—Los cojones.

Además, ¿con quién coño querría quedar ella? ¿Con Asher Donovan? El hijo de puta tenía una mala reputación de donjuán increíble y ni siquiera vivía en Washington.

—Eran las normas —señaló Jules.

—Las normas cambian.

—No. —Dio un paso hacia atrás y en sus ojos apareció un atisbo de pánico—. Con nosotros no.

—Hasta ahora no te había supuesto ningún problema romper las reglas.

Me acerqué a ella; Jules retrocedió. Un baile simple e interminable que acabó cuando su espalda terminó chocando con la pared y su boca estaba a menos de dos centímetros de la mía.

—¿De qué tienes tanto miedo, Pelirroja? —Mi aliento le rozó la piel.

—No tengo miedo de nada.

—Y una mierda.

—Se suponía que tenía que ser algo simple.

—Pues no lo es.

Con ella nunca nada había sido simple.

Jules era la persona más complicada y fascinante que había conocido en la vida.

Cerró los ojos.

—¿Qué quieres de mí? —me preguntó con un tono de resignación en la voz.

Otra lágrima le acarició la mejilla y se la sequé con el pulgar. Una férrea sensación de proteccionismo se estaba apoderando de mí.

No sabía lo que quería de Jules, pero sabía que la quería a ella. Sabía que perseguía todos mis pensamientos e invadía mis sueños hasta convertirse en lo único que lograba ver. Y sabía que, cuando estaba con ella, era una de las pocas veces en las que me sentía vivo de verdad.

—Te quiero a ti. —No hacía falta que decorara mis palabras con florituras; ya eran suficientemente poderosas de por sí—. No vamos a quedar con más gente, Pelirroja. Me importa una mierda que las condiciones iniciales del acuerdo fueran otras. ¿Quieres saber por qué?

Tragó saliva con fuerza y ese movimiento alteró las delicadas líneas de su garganta.

—¿Por qué?

Agaché la cabeza y entrelacé la mano con su pelo para acercarla todavía más a mí.

—Porque eres mía —dije con la boca pegada a la suya—. Como dejes que otro hombre te toque, Jules, vas a descubrir que soy capaz de cargarme la vida de alguien con la misma facilidad con la que puedo salvársela.

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