Twisted hate

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33. Jules

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Jules

Porque eres mía. Como dejes que otro hombre te toque, Jules, vas a descubrir que soy capaz de cargarme la vida de alguien con la misma facilidad con la que puedo salvársela.

Las palabras de Josh iban sonando en mi cabeza cual increíble y aterrador disco rayado. Ya habían pasado cuatro días y yo seguía sin encontrar el botón de pausa.

Incluso ahora, mientras escribía en el ordenador del CAML, notaba el susurro de la declaración de Josh recorriéndome la piel.

Nuestra conversación terminó después de que él pronunciara esas palabras. Luego volvimos a la fiesta. El corazón me latía con fuerza y la sangre me corría ávida por las venas. Era como si Josh hubiese querido grabarme las palabras en la mente, y lo había conseguido.

¿De qué tienes tanto miedo, Pelirroja?

«De todo.»

Yo siempre había sido la chica que quedaba con gente para pasarlo bien, la que iba de flor en flor y alejaba a los tíos antes de que se me acercaran demasiado. Porque tenía miedo de que se alejaran si se acercaban y veían quién era realmente, como si mi verdadero yo no fuera suficiente.

Porque no había sido suficiente ni para mamá ni para Max. Y, a veces, no era suficiente ni para mí.

Sin embargo, Josh había visto lo peor de mí, había dado por sentado lo peor de mí, y aun así quería quedarse. Lo cual era suficiente como para desencadenar la más peligrosa de las emociones: la esperanza.

«Ha visto gran parte de lo peor de ti», me susurró mi conciencia, burlona.

No sabía nada de mi pasado ni de lo que había hecho por dinero. Y nunca lo sabría. No, si yo podía evitarlo.

—Jules.

Me sobresalté y el corazón me dio un vuelco antes de relajarme de nuevo.

—Hey, Barbs.

La recepcionista estaba apoyada en mi cubículo, dando golpecitos en la pantalla de mi ordenador.

—Es hora de irse, cielo. La oficina ya ha cerrado.

Miré a mi alrededor y me sorprendí al ver que, en efecto, ahí no quedaba nadie. Ni siquiera había visto salir al resto.

—Claro. —Me froté la cara con una mano. Joder, estaba superempanada—. Déjame que lo cierre todo y salgo.

—Por mí no tengas prisa. —Me miró especulativa—. Me ha sorprendido que Josh no haya venido para celebrar lo del caso de los Bower. Era su día libre.

Habíamos conseguido limpiar los antecedentes penales de Terence Bower y esa misma mañana nos habían informado de que había conseguido un trabajo gracias al cual su familia podría tirar adelante mientras su mujer se recuperaba. Para nosotros era un gran logro; sin embargo, a pesar de que yo había estado trabajando en ese caso desde el primer día en el que pisé el CAML, mi entusiasmo fue más bien poco.

Estaba demasiado ocupada preocupándome por mi vida como para celebrar la de otra persona, por más que me alegrara por esa familia.

Aun así, cuando oí el nombre de Josh, sentí mariposas en el estómago.

—No sé, tendrás que preguntárselo —dije mientras guardaba el documento en el que estaba trabajando y cerraba la sesión.

—Mmm. Pensaba que tú lo sabrías, como os lleváis bien y tal. —Un destello travieso iluminó la mirada de Barbs—. Formaríais una pareja muy bonita.

—¿Eso crees? —Sentí que me ruborizaba, pero mantuve un tono monocorde—. Creo que la mayor parte del atractivo recaería en mí.

Barbs se echó a reír.

—¿Ves? Eres justo lo que ese chico necesita. Está rodeado de demasiada gente que se lo consiente todo. Todas las mujeres lo adulan y no cuestionan nada de lo que dice o hace. —Negó con la cabeza—. Necesita a alguien que lo ayude a poner los pies en el suelo. Qué pena que no te interese... ¿o me equivoco?

Se inclinó hacia mí y, en ese momento, comprendí por qué el personal del Centro la llamaba «la alcahueta de la oficina».

—Buenas noches, Barbs —dije por toda respuesta, categóricamente.

Barbs se rio.

—Buenas noches, cielo. Ya hablaremos. —Me guiñó un ojo y regresó a su escritorio.

Recogí mis cosas. En efecto, era extraño que Josh no hubiera venido, pero quizás estuviera recuperando horas de sueño. Había estado haciendo horas extras en el hospital para compensar los días que había faltado al trabajo para poder viajar a Eldorra. No lo había visto desde que volvimos a Washington, y había estado indecisa sobre si mandarle un mensaje o no.

Después de cómo dejamos las cosas, me parecía feo que la primera interacción que tuviéramos después de la boda no fuera cara a cara.

Y, por otro lado, todavía no sabía cómo responder a su implícita sugerencia de que cambiáramos el acuerdo que teníamos.

Me sonó el móvil y abandoné mis caóticos pensamientos.

Estaba tan distraída que respondí sin ni siquiera mirar quién me llamaba.

—¿Sí?

—¿Puedo hablar con Jules Miller, por favor? —preguntó una voz femenina que no me resultaba para nada familiar.

Me quedé petrificada al oír mi antiguo nombre. Estuve tentada de decir que se habían equivocado, pero la curiosidad ganó al instinto de supervivencia.

—Soy yo. —Me acerqué el teléfono aún más al oído.

—Señorita Miller, la llamo del Hospital de Whittlesburg. Se trata de Adeline Miller. —La mujer adoptó un tono más delicado—. Lo siento pero tengo malas noticias.

El estómago me dio un vuelco enorme. «No.»

Sabía lo que me iba a decir incluso antes de que volviera a hablar.

—Siento comunicarle que la señora Miller ha fallecido esta tarde...

Apenas oí el resto de la frase que se fue colando por mi oído.

Adeline Miller.

Mi madre.

Mi madre había muerto.

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