Twisted hate

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34. Josh

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34

Josh

Alguien llamó al timbre justo después de que acabara de pelearme con la maleta para cerrarla. El inesperado sonido me sobresaltó y solté la carcasa del equipaje; este volvió a abrirse otra vez y cayó al suelo con un fuerte golpe.

—Mierda.

Me iba a Nueva Zelanda en cuatro días. Desde la vez en que una compañía aérea me perdió la maleta en la que llevaba mis tarjetas coleccionables de béisbol firmadas cuando tenía doce años, nunca más había facturado el equipaje, de modo que llevaba una hora metiendo con calzador, en una minúscula maleta de mano, todo lo que necesitaría para hacer senderismo durante una semana.

Todo mi esfuerzo, al garete.

—Más vale que sea importante. —El cabreo me recorrió las venas mientras salía de mi cuarto y me dirigía hacia la entrada.

Abrí la puerta de par en par, listo para abroncar a quienquiera que hubiera fuera. En cuanto vi quién era, sin embargo, el humor de perros que tenía se desvaneció.

—Hey. —Jules se abrazó la cintura; estaba pálida y le brillaban sospechosamente los ojos—. Perdona por haber aparecido sin avisar, pero no... no sabía dónde... —Se le desarmó la débil sonrisa que tenía en los labios—. No quería estar sola.

Se le entrecortó la voz en la última palabra y un alud de preocupación me invadió el cuerpo.

—¿Qué perdona ni qué leches? —Abrí todavía más la puerta y, mientras Jules entraba, la recorrí con la mirada para ver si estaba herida. No tenía sangre ni moratones; solo esa mirada perdida en los ojos. El dolor se me clavó en el estómago cual navaja—. ¿Qué ha pasado?

—Mi madre. —Jules tragó saliva con fuerza—. Me han llamado del hospital y me han dicho que ha tenido un accidente de tráfico. Y ha... ha... —Se le escapó un sollozo.

No hacía falta que terminara la frase para que dedujera lo que había ocurrido. Esperaba sentir compasión o incluso un poco de dolor empático hacia ella; sin embargo, nada me habría podido preparar para el estallido que sentí en el pecho.

Un minúsculo sollozo de Jules y todos los explosivos que había escondidos en mi interior detonaron, uno a uno, hasta que sentí un dolor apabullante en los pulmones que se fue extendiendo por todo el cuerpo. Esa sensación me aturdió la cabeza y me estrujó el corazón con tanta vehemencia que tuve que obligarme a respirar para amortiguar la aflicción.

—Ven aquí, Pelirroja. —La voz me sonó entrecortada y ni yo mismo la reconocí.

Extendí los brazos. Jules se acurrucó contra mí y hundió la cara en mi pecho para ahogar el llanto. Tuve que dedicar todos mis esfuerzos en reprimir una reacción más que visible; no quería exacerbar la salvaje sensación que agitaba el ambiente, pero, joder, qué doloroso era verla sufrir. Más de lo que me imaginaba.

—Sssh. —Apoyé la barbilla en su cabeza y le acaricié dulcemente la espalda en círculos mientras deseaba poder hacer que se sintiera mejor. Hubiera hecho cualquier cosa, hubiera hecho tratos con quien fuera con tal de aliviar su dolor; sin embargo, a pesar de todo lo que había aprendido con el paso de los años, resucitar a los muertos no formaba parte de la lista—. Tranquila. Todo irá bien.

—Lo siento —dijo entre sollozos—. Sé que esto... esto no fo-forma parte del acuerdo, pe-pero A-Ava está en u-una sesión de fotos, y Ste-Stella aún no ha llegado a ca-casa y...

—Deja de disculparte. —La abracé con más fuerza—. No tienes que pedir perdón por nada. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.

—Pero qué ha-hay del...

—Jules. —Dejé de acariciarla un momento—. Calla y deja que te abrace.

Rio un segundo con lágrimas en la voz y luego estas continuaron brotándole de los ojos. A la mierda: si en ese segundo se había sentido mejor, me servía. Me habría servido incluso medio segundo. Lo que fuera.

Sus sollozos acabaron transformándose en sorbos y la guie hacia el sofá.

—Ahora vuelvo.

Esta semana no había tenido tiempo de ir a comprar, así que pedí algo por el móvil y le preparé una taza de té en la cocina. Mi madre decía que no había problema que no pudiera arreglarse con una taza de té y, a pesar de que yo ya casi no tomaba, siempre tenía un poco por si acaso.

Té y un dispensador de agua caliente: dos elementos esenciales en un hogar chino.

Al pensar en mamá sentí un pinchazo en el corazón. Murió cuando yo era pequeño, pero la muerte de un progenitor nunca acaba de superarse.

Jules nunca hablaba de su familia, así que había dado por sentado que había algo de tirantez con su madre, pero eso no quitaba que siguiera siéndolo.

Volví al salón y le pasé la bebida.

—No lo habrás envenenado, ¿no? —Su áspera voz escondía un filo de su insolencia habitual.

Me sentí ligeramente aliviado y, al ver el guiño a una conversación que habíamos tenido en el pasado, sonreí.

—Bébete el maldito té, Pelirroja.

A Jules se le medio dibujó una sonrisa en los labios. Dio un pequeño sorbo a la bebida y yo me senté a su lado, en el sofá.

—Me han llamado mientras estaba en el Centro —me contó con la vista puesta en la taza—. El otro coche se saltó un semáforo y se la llevó por delante. Murieron todos en el acto. Los del hospital buscaron entre sus cosas y encontraron mi teléfono... Yo era la única familia que le quedaba. —Levantó la vista para mirarme, acongojada—. Yo era la única familia que le quedaba —repitió—. Y llevaba siete años sin hablarle. Tenía su teléfono. Podría haberla llamado, pero... —Tragó saliva con fuerza—. Me iba diciendo a mí misma que ya lo haría el año siguiente; que el año siguiente la llamaría y lo arreglaríamos. Nunca lo hice. Y ya no podré hacerlo nunca.

Una gruesa capa de lágrimas contenidas arropó la voz de Jules.

Y el dolor que yo sentía en el pecho se convirtió en una piedra.

—No sabías que ocurriría esto —respondí con dulzura—. Fue un accidente que podría no haber pasado.

—Pero si no lo hubiera ido posponiendo... —Jules negó con la cabeza—. Lo peor es que no creí que fuera a sentirme... así. —Se señaló a sí misma—. Cuando me fui, mi madre y yo no nos llevábamos bien, por decirlo finamente. Me pasé años... enfadadísima a más no poder por lo que hizo. Pensé que, cuando muriera, me sentiría aliviada, pero... —Cogió aire profundamente—. Yo qué sé. No sé ni lo que siento. Tristeza. Enfado. Vergüenza. Arrepentimiento. Y, sí, algo de alivio. —Agarró la taza con tanta fuerza que los nudillos de los dedos se le emblanquecieron—. ¿Me hace eso una persona horrible?

—Por lo que parece, tú y tu madre teníais una relación complicada, y es normal que sientas todo esto, incluido el alivio.

Yo lo veía a diario en el hospital. Algunos pacientes se quedaban en una especie de limbo entre la vida y la muerte; al final, cuando morían, sus familias pasaban el duelo, pero también sentían cierto consuelo al ver que sus seres queridos habían dejado de sufrir. No lo decían, pero se les veía en los ojos.

Pasar el duelo no era estar triste y punto; era un cúmulo de emociones envuelto en una oscura mortaja.

La situación de Jules no era exactamente la misma, pero la teoría podía extrapolarse.

—Créeme. Soy médico —añadí sonriendo de medio lado—. Lo sé todo.

A Jules se le escapó una risa débil y el peso que yo sentía en el corazón disminuyó sutilmente. Dos risas en menos de una hora. Me lo tomé como una victoria.

—¿Te llevabas bien con tu madre? —se interesó—. Antes de...

Se me desvaneció la sonrisa.

—Sí. Era la mejor madre del mundo, hasta que se divorciaron. La cosa se puso fea y ella se perdió. Se sumió en una depresión. Y cuando la incriminaron y la culparon por haber intentado asesinar a Ava..., bueno, ya sabes lo que pasó. —Se me formó un nudo en la garganta—. Al igual que tanta otra gente, yo también pensé que había tratado de ahogar a Ava. Los médicos y la policía dijeron que no había sido más que una crisis emocional, pero yo me pasé semanas sin dirigirle la palabra. Apenas nos habíamos reconciliado cuando murió por una sobredosis de antidepresivos.

El rostro de Jules adoptó una expresión empática.

—Se parece un poco a mi historia. Al menos, el principio. —Recorrió el borde de la taza con el dedo—. Cuando era pequeña, mamá y yo nos llevábamos bien. Mi padre nos abandonó antes de que naciera, así que solo nos teníamos la una a la otra. Le encantaba arreglarme y pasearme por la ciudad como si fuera una muñeca o un accesorio sin igual. A mí no me importaba: me encantaba jugar a eso y a ella le hacía feliz. Pero cuando me hice mayor la gente empezó a prestarme más atención a mí que a ella, los hombres, sobre todo, y a mamá todo eso no le gustó nada —prosiguió haciendo énfasis en la última palabra—. Nunca me lo dijo, pero se le veía en los ojos cada vez que alguien me hacía un cumplido. Dejó de tratarme como a su hija y me empezó a tratar como si fuera su competencia.

Joder.

—¿Estaba celosa de su propia hija?

Intenté que mi pregunta no sonara a reprimenda, sobre todo porque la mujer acababa de morir, pero se me retorcieron las tripas solo con pensar que una madre pudiera querer competir con su propia hija.

Jules rio sin gracia.

—Así era mi madre. Estaba acostumbrada a ser el centro de atención: la reina del baile de bienvenida, la reina del baile de graduación, la reina más guapa. Ganó un montón de concursos de belleza de joven y nunca superó el fin de sus días gloriosos. A pesar de hacerse mayor, mamá seguía siendo guapísima, pero no soportaba no ser la más guapa. —Respiró profundamente—. Mi madre no fue a la universidad; prefirió ser modelo, pero nunca se ganó la vida a lo grande con eso. Después de que naciera yo, empezaron a darle menos trabajos y acabó siendo camarera en un bar. No vivíamos en una ciudad demasiado cara. Podríamos haber vivido decentemente, pero tenía un problema enorme a la hora de ahorrar y contrajo un montón de deudas en ropa, maquillaje, tratamientos de belleza..., básicamente, cualquier cosa que la ayudara a salvar las apariencias. El dinero nunca nos llegaba. Había días en que lo único que ingería era la comida de la cafetería del colegio, y muchísimas veces llegaba a casa aterrorizada de pensar que ese mismo día nos desahuciarían.

Le acaricié la espalda cariñosamente a Jules, a pesar de lo tensa que se me había quedado la mandíbula mientras escuchaba cómo había sido su infancia.

¿Quién cojones antepondría la ropa y el maquillaje antes que comprar comida para alimentar a su hija?

Pero yo mismo había sido testigo de la fealdad del mundo en suficientes ocasiones como para saber que ese tipo de gente existía de verdad, y detestaba que Jules hubiera crecido con alguien así a su lado.

—Cuando yo tenía trece años, Alastair, el hombre más rico de la ciudad, fue al bar donde trabajaba mi madre y se fijó en ella —continuó—. Se casaron al año siguiente. Nos mudamos a una casa grande, a mí me daba una paga generosa y me dio la impresión de que todos nuestros problemas ya habían desaparecido. Pero Alastair siempre... —la breve pausa de Jules fue suficientemente larga como para que el terror que vagaba por mi cuerpo se solidificara— me miraba y me decía cosas que me hacían sentir extremadamente incómoda, como, por ejemplo, que tenía unas piernas muy bonitas o que debería ponerme faldas más a menudo —explicó—. Pero no me tocaba, y yo tampoco quería que la gente pensara que estaba exagerando solo porque me había halagado un poco, así que no dije nada. Luego, a los diecisiete, hubo una noche en la que mamá salió con sus amigas; Alastair entró en mi habitación y...

Me quedé petrificado.

—¿Y qué? —Mis palabras resonaron con una pasividad tan escalofriante que incluso me costó creer que hubieran salido de mi boca.

—Me dijo un montón de cosas como que tenía que ser más agradecida por todo lo que él había hecho por mí y por mi madre, y después me dijo que podía demostrarle lo agradecida que estaba... ya sabes cómo.

La ira me nubló la visión y tiñó el mundo con una capa de pintura al rojo vivo. Una oscuridad poderosa me recorrió el pecho y se fue abriendo paso hábil pero lentamente, como un monstruo que arrulla a su presa haciéndole creer que está a salvo antes de atacarla.

—¿Y qué pasó luego? —pregunté en un tono monocorde y con calma, a pesar de que mis palabras fueran acompañadas por una cortante tensión.

—Me negué, evidentemente. Le grité que se fuera de mi habitación y lo amenacé con contarle a mi madre lo que me había dicho. Él se rio, sin más, y me dijo que mamá jamás me creería. E intentó besarme. Traté de apartarlo de mí, pero Alastair tenía demasiada fuerza. Por suerte... —al decir esa palabra, se le dibujó una mueca en los labios— mamá llegó temprano y nos pilló antes de que Alastair pudiera... hacer algo más. El hombre se inventó un cuento y le dijo que había sido yo quien había intentado seducirlo, y mi madre le creyó. Me dijo que era una zorra por haber intentado seducir a su marido y me echó de casa esa misma noche.

La rabia que sentía era cada vez mayor, y se iba expandiendo por mi cuerpo e intensificando hasta cargarse cualquier valor moral que hubiera en mí.

Me había hecho médico para salvar vidas, pero quería arrancarle la piel a pedazos a Alastair y ver cómo su vida se iba acabando poco a poco.

—Pude sacar suficiente dinero como para subsistir unas cuantas semanas antes de que Alastair me congelara las cuentas —siguió Jules—. Y, eh..., fui haciendo un poco de esto y un poco de lo otro en la ciudad hasta que me gradué. Luego me marché para ir a la uni y no he vuelto desde entonces.

—¿Dónde está Alastair ahora?

Como lo pillara, ya podía rezar, porque no tendría ningún reparo en convertir mi fantasía homicida en realidad.

Cuando se trataba de monstruos que se aprovechaban de chicas jóvenes o de alguien que me importara, me pasaba la ley por ahí abajo. La ley no siempre ejercía justicia.

—Murió en mi penúltimo año de uni —me contó Jules—. Hubo un incendio en casa. Yo seguía informándome sobre lo que pasaba en la ciudad, llámalo mórbida curiosidad, y vi la noticia en los periódicos locales. Se rumoreaba que había sido provocado, pero la policía no encontró pruebas, así que el caso quedó abierto, pero sin resolver.

La muerte de Alastair debería haberme sosegado, pero lo único que hizo fue cabrearme todavía más. Me importaba una mierda que se hubiese quemado vivo; el muy cabrón murió tan tranquilo.

—Mi madre había salido con sus amigas, de modo que a ella no le pasó nada, pero resulta que Alastair le dejó una miseria —prosiguió Jules—. No sé dónde acabó el resto de su fortuna, pero, para variar, mi madre se pulió la herencia en menos de un año. Pasó de tenerlo todo a no tener nada otra vez. —Sonrió amargamente—. Eso también lo leí en la prensa local. Cuando vives en una ciudad tan pequeña como Whittlesburg y eres tan rico como Alastair, todo lo que te pasa a ti y a tu familia acaba siendo de dominio público.

Se me tensó un músculo en la mandíbula.

—¿Y nadie cuestionó el hecho de que echaran a una chica de diecisiete años de casa para que se las apañara sola?

—No. Los vecinos de la ciudad fueron contando rumores de que yo robaba a Alastair porque tenía un problema con las drogas —dijo en tono monocorde—. Fueron diciendo que habían intentado ayudarme, pero que no lo habían conseguido, que estaban desesperados, bla-bla-bla.

Me cago en la puta.

—Lo peor es que yo aún quería arreglar las cosas con mi madre, sobre todo después de que muriera Alastair. Era mi madre, al fin y al cabo. La única familia que me quedaba. Así que la llamé, saltó el buzón y le dejé mi número de teléfono. Le pedí que me llamara porque quería hablar con ella. Pero nunca lo hizo. —Jules agarró la taza con más fuerza—. Me hirió tanto el ego que no volví a ponerme en contacto con ella. Pero si no hubiera dejado que el orgullo se entrometiera...

—La comunicación es cosa de dos. —Parte del enfado que sentía se desvaneció y lo reemplazó un profundo dolor hacia la niña pequeña que lo único que deseaba era el amor de su madre—. También te podría haber llamado ella. No te fustigues tanto.

Ahora en serio: su madre parecía una mujer desequilibrada de cojones, pero eso me lo callé para mis adentros. No hay que hablar mal de los muertos y tal.

—Ya. —Jules suspiró. La aflicción que sentía se le marcó en la frente, pero por lo menos había dejado de llorar—. En fin, ya basta de hablar del pasado. Es deprimente. —Me dio un golpe en la rodilla con la suya—. Como psicólogo tampoco serías extremadamente penoso.

Casi me reí con solo pensarlo.

—Créeme, Pelirroja, sería un psicólogo malísimo. —Sería eso de «consejos vendo y para mí no tengo»—. Es solo que tengo experiencia con familias desestructuradas, ya está.

Llamaron a la puerta.

Me levanté del sofá a regañadientes, fui hacia la puerta y volví con un par de bolsas grandes de papel marrón.

Comfort food —señalé mientras sacaba las cajas de comida para llevar de la bolsa.

Macarrones con queso. Sopa de tomate. Cheesecake de caramelo salado. Sus platos favoritos.

—No tengo hambre.

—Come. —Le acerqué la sopa—. Necesitarás esa energía luego. Y bebé más agua o te vas a deshidratar.

Jules me pagó con una diminuta sonrisa.

—Hablas igual que un médico.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Tú siempre te lo tomas todo como un cumplido.

—Claro. No veo por qué querría insultarme la gente. —Quité la tapa a la caja de macarrones—. Soy adorable a más no poder.

—A la gente que es adorable a más no poder no les hace falta ir repitiéndolo. —Jules le dio un pequeño sorbo a la sopa antes de volver a dejarla.

—La mayoría de la gente no es como yo. —Cogí un trozo de cheesecake con el tenedor y se lo pasé. Dudó un segundo y luego aceptó.

Comimos en un agradable silencio durante un rato hasta que Jules dijo:

—Tengo que ir a Ohio pronto. Para el funeral. Pero mi graduación es el sábado y tengo que prepararlo todo, y ni siquiera sé cuánto cuestan los vuelos. No serán demasiado caros, ¿no? Pero como tengo que pillarlos ya... Y tengo que pensar dónde me quedaré y...

—Respira, Pelirroja. —Le puse las manos en los hombros para tranquilizarla. Ya volvía a respirar aceleradamente y se le veía en los ojos que estaba agobiada—. Vamos a hacer lo siguiente: primero acabamos de comer y luego, mientras tú te duchas, yo busco vuelos, hoteles y funerarias. Cuando tengamos todo eso solucionado, ya nos centramos en los detalles. Y no vas a ir a Ohio hasta que te hayas graduado. Has sobrevivido a tres años infernales estudiando Derecho, así que vas a recoger el diploma, ¿estamos?

Jules asintió. Parecía demasiado aturdida como para llevarme la contraria.

—Bien. —Le pasé el resto del cheesecake—. Toma. Demasiado dulce para mí.

Después de comer, Jules se duchó mientras yo gestionaba la logística del viaje. Por suerte, volar a Ohio no era caro y Whittlesburg tenía un máximo de dos hoteles, cinco bed and breakfast y un montón de moteles con pintas más bien sospechosas a las afueras de la ciudad, así que la elección tampoco resultaba difícil. Una búsqueda de Google rápida también me ayudó a dar con una funeraria con buenas reseñas y precios razonables.

Cuando Jules salió del baño, yo ya lo tenía todo preparado en el ordenador. Le echó una ojeada rápida y luego lo reservamos.

—Gracias. —Se hundió en mi cama y se pasó la mano por el pelo; aún seguía algo perdida, pero al menos parecía un poco más animada que antes—. No tenías por qué hacerlo. —Señaló el ordenador.

—Ya, pero es mejor que ver en la tele programas de mierda que ya han echado y he visto una decena de veces.

Jules rio por la nariz. Al ver mi maleta, abierta, abrió los ojos de par en par.

—Espera. Tu viaje a Nueva Zelanda. Había olvidado que era...

—No es hasta la semana que viene. Me voy el lunes. —Sentí una desagradable sensación en el estómago. Irme a Nueva Zelanda me hacía muchísima ilusión, pero, de repente, mi entusiasmo había amainado.

—Te divertirás mucho. —Jules bostezó. Llevaba una camiseta vieja de Thayer que le había prestado que le rozaba los muslos, y las largas ondas pelirrojas de su pelo mojado le acariciaban los hombros.

De mis vistas favoritas en el mundo —el Monumento a Washington al alba, el color de las hojas en otoño en Nueva Inglaterra, la extensión de océano y jungla que se abría ante mí al acabar una larga caminata en Brasil—, creo que ver a Jules con mi camiseta ocupaba el primer puesto.

—Descansa un poco —le dije con voz ronca, perturbado por la extraña sensación de calor que se había apoderado de mis venas—. Es tarde y has tenido un día largo.

—Son las nueve, abuelo. —Volvió a bostezar.

—¿Ah, sí? Pues no soy yo a quien parece que le estén a punto de entrar moscas en la boca. —Apagué el ordenador y las luces, y dejé solo la lámpara de mi mesita de noche encendida—. A la cama. Ya.

—Eres un mandón. Te juro que —otro bostezo— no sé cómo —otro bostezo más— la gente te sopor... —El refunfuño somnoliento de Jules fue sonando cada vez más apagado hasta que se le cerraron los ojos del todo.

La tapé con la colcha, con cuidado para no despertarla. Tenía la piel más pálida de lo habitual, y seguía con la punta de la nariz y la zona de alrededor de los ojos algo rojas, pero se había quedado dormida insultándome. Si eso no era prueba suficiente de que ya se encontraba mejor, no sabía qué podría serlo.

Apagué la luz de la mesita y me acosté a su lado.

Aún teníamos que terminar la conversación que habíamos empezado en la boda de Bridget. ¿Lo del acuerdo seguía en pie o las cosas se habían convertido en algo distinto? No tenía ni idea.

No sabía qué cojones éramos ni qué estábamos haciendo. No sabía qué le rondaba a Jules por la cabeza.

Pero ya nos ocuparíamos de eso otro día.

Le pasé un brazo por la cintura y acerqué a Jules a mi pecho. Y, por primera vez desde que empezamos con el acuerdo, dormimos juntos.

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