Twisted hate
58. Josh
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Josh
A pesar de todo el lío con el cuadro, había una parte positiva: se lo había vendido a Dante por una cantidad ingente de dinero. Tampoco me daría como para dejar de trabajar, pero sí me serviría para pagar los préstamos universitarios, despilfarrar en citas como Dios manda con Jules y empezar a tener un colchón económico de cara al futuro.
Estaba bastante convencido de que Dante había infravalorado la pieza de arte al negociar conmigo, pero a tomar por saco. Me alegraba de haberme quitado el cuadro de encima.
Empujé la puerta del Centro con más alegría de lo que lo había hecho en los últimos meses. Acababa de terminar un turno de nueve horas, pero a Jules solo le quedaban unas cuantas semanas en el CAML y quería pasar tanto tiempo con ella como me fuera posible antes de que empezara a trabajar en Silver & Klein.
Lo primero que vi al llegar fueron unas cuantas personas amontonadas alrededor del escritorio de Jules y aleladas con no sé qué.
—Pero esto qué es, ¿un centro de trabajo o una fiesta? —solté mientras me acercaba a ellos—. ¿Qué pasa aquí?
—Es la hora de comer, Josh. —Ellie se apartó el pelo por encima del hombro—. Nos merecemos un descanso, ¿o no, Marsh?
Marshall se la quedó mirando con cara de enamorado perdido.
—Por supuesto.
Pobre chaval. Estaba tan colado por ella que, si Ellie se lo hubiera pedido, se habría tirado por un puente.
Aunque a mí me pasaba lo mismo con Jules, así que yo no era nadie para decir nada.
—Hey, Pelirroja. —Le puse la mano cuidadosamente en el hombro y resistí la tentación de darle un beso.
Ya se había enterado todo el personal del Centro de que estábamos saliendo; aun así, delante de nuestros compañeros de trabajo, seguíamos manteniendo la profesionalidad. Nada de demostraciones de afecto públicas, aunque cuando estábamos solos era incapaz de no robarle algún que otro beso.
—Hola. —Levantó la vista y me sonrió. Joder, debería ser ilegal que un gesto tan diminuto consiguiera que se me ensanchara tanto el corazón.
—Hola. —Le devolví la sonrisa.
Unas claras vibraciones eléctricas crepitaron en el aire y volví a desear, una vez más, que estuviéramos solos en lugar de estar rodeados por media docena de trabajadores del Centro.
La gente a nuestro alrededor suspiró, algunos con ensoñación y otros fingiendo sentirse irritados.
—Ya sabía yo que haríais una pareja muy bonita —dijo Barbs con una mirada ufana—, pero nadie me creía.
Cuando les contamos que estábamos juntos hacía un par de semanas, Barbs se puso tan contenta que incluso hizo una inmensa tarta de arándanos que trajo al Centro al día siguiente. Según decía, la había preparado para celebrar su primer éxito como alcahueta del CAML, por más que ella no hubiese tenido nada que ver con el hecho de que Jules y yo estuviéramos saliendo.
Aunque cierto es que fue Barbs quien me insistió para que fuera a ver a Jules a la cocina el día que esta empezó a trabajar aquí, de modo que quizás sí que se merecía cierto reconocimiento. Si me hubiese enterado cualquier otro día de que Jules trabajaba en el Centro, a lo mejor nunca le habría ofrecido una tregua y no estaríamos donde estábamos ahora.
Además, Barbs no había sido tan insoportable como Clara, que cuando se enteró me sonrió a más no poder como diciendo: «Te lo dije».
—En ese aspecto, todo el atractivo recae en mí —bromeé y Jules me pegó un codazo.
A Barbs se le ensanchó la sonrisa.
—Mira qué gracia, ella dijo lo mismo.
—No me sorprende. —Le acaricié el pelo a Jules—. La pobre a veces delira.
—Mírate en el espejo, Chen —espetó Jules—. Eso si no se ha roto ya por tener que verte cada día.
Tanto yo como el resto de los allí presentes reímos.
—Touché, Pelirroja. Touché. —Me incliné por encima de su hombro y le eché una ojeada al móvil—. Bueno, ¿qué estáis mirando?
—Jules nos está enseñando fotos de la pedida de mano de su mejor amiga. —Los canosos rizos de Barbs se agitaron con entusiasmo—. ¡Mira qué anillo! Me sorprende que la pobre chica no se haya caído, con lo que tiene que pesar ese pedrusco.
Sacudí la cabeza mientras Jules iba pasando fotos de la pedida de mano de Alex y Ava en el teléfono.
Alex se le había declarado oficialmente durante el fin de semana. Como el cabrón nunca hacía nada a medias, se había llevado a Ava a Londres con la excusa de ir a ver una exposición fotográfica especial y se lo pidió en la galería donde se reconciliaron en su día.
La boda estaba prevista para el próximo verano, pero ya habían empezado con las preparaciones, y Jules, Stella y Bridget serían las damas de honor. Ava no sabía a quién elegir de las tres, así que se quedó con todas.
—Esta deberían enmarcarla y colgarla. —Barbs se inclinó y le dio un golpecito a la pantalla en el momento en que Jules llegó a la última foto.
Salía Alex arrodillado y Ava tapándose la boca con una mano y con los ojos vidriosos. Habían vaciado y redecorado la galería entera para el evento con hiedras con lucecitas parpadeantes de donde colgaban unas cuantas polaroid que Ava había sacado de ellos dos, una mesa con velas y flores en medio de la sala, y pétalos de rosa azules esparcidos por el suelo. El destello de la caja del anillo abierta era cegador incluso en ese plano de dos dimensiones.
También era la única foto de Alex en la que lo había visto notoria e intensamente nervioso.
Me froté las manos. Dios, qué ganas de poder restregárselo por la cara la próxima vez que lo viera. Un Alex nervioso, inmortalizado para toda la eternidad.
El universo me adoraba.
Todos continuaron comentando un rato más la foto, embobados, hasta que se fueron a sus respectivos escritorios y Jules y yo fuimos hacia la cocina, donde no había nadie, «a por más café».
En cuanto se cerró la puerta, le agarré la nuca con ambas manos y la acerqué a mí para saludarla como es debido. Sabía a caramelo y a café, y saboreé aquella dulzura durante un minuto antes de apartar la boca de la suya.
—Hola. —Al pronunciar aquella palabra, mis labios rozaron los suyos.
—Hola. —La sonrisa de Jules me acarició el pecho cual cálido rayo de luz—. ¿Así saludas a todas tus compañeras de trabajo, doctor Chen? Porque es extremadamente inapropiado.
—Solo a las irritantes y tocapelotas. —Le mordí el labio inferior sutilmente a modo de castigo por haberme vacilado—. La única forma de conseguir que se callen es besándolas.
—Pues que no se enteren las enfermeras o se te echarán todas encima. Las tendrás tocándote las narices todo el tiempo.
—Menos mal que no me interesa ninguna enfermera. Además... —Le acaricié la nuca dibujando círculos con el pulgar—. Nadie me toca las narices tanto como tú.
Jules se acomodó para sentir mejor mi tacto.
—Eres encantador.
—Es una de mis muchas excelentes cualidades —anuncié arrastrando las palabras—. Bueno, y ¿cómo va la organización de la boda? ¿Ava ya se ha convertido en el monstruo de las novias o qué?
—Josh, se comprometió hace cuatro días, literalmente. Sigue en Europa.
Alex había alargado el viaje para que pudieran visitar Francia y España después de su paso por Londres.
—Oye, que yo no tengo experiencia en esto. No sé cómo funcionan estas cosas.
Jules suspiró.
—Aún tardaremos un poco en tenerlo todo en marcha, pero... —Vi que se le dibujaba una expresión dubitativa en la cara—. Hablando de bodas: estamos llegando a cierto punto en nuestras vidas que... Bridget está casada. Ava, comprometida...
—Ajá.
—¿Tú... quieres casarte en un futuro no muy lejano?
Detuve el recorrido de mi pulgar.
—¿Y tú? —Me la quedé mirando atentamente para atisbar cualquier tipo de reacción.
Solo llevábamos unos cuantos meses saliendo, pero cualquier momento era bueno para hablar de lo que esperábamos de cara al futuro.
Nos quedamos mirando el uno al otro un segundo antes de responder aturulladamente los dos.
—No, todavía no tengo estabilidad financiera...
—Aún tengo que acabar la residencia y hacer el examen final...
—Quiero hacer muchas cosas antes de...
—Viajar mucho...
Nuestras palabras se superpusieron las unas a las otras.
Jules rio y se tapó la cara con las manos.
—Oh, gracias a Dios. No es que no quiera casarme nunca ni tener hijos, pero ahora...
—No es el momento —terminé la frase por ella—. Estoy totalmente de acuerdo.
Tenía claro que quería pasar el resto de mi vida con Jules, pero casarse implicaba unas responsabilidades financieras que ninguno de los dos podía afrontar en ese momento.
Además, cuando nos casáramos, quería darle a Jules una boda de ensueño. Quería que nuestra luna de miel fuera jodidamente espectacular. Pero todo esto tendría que esperar mientras yo estuviera aquí atado con mi residencia, y mientras Jules fuera ganando experiencia como abogada primeriza.
—Antes nos queda mucho mundo por ver. —Le acaricié la mano con el pulgar—. Y quiero verlo todo contigo.
Jules se sonrojó.
—¿Me acabas de hacer una promesa, Chen? Porque a mí estas cosas no se me olvidan.
Sonreí y me pregunté cómo cojones no había atinado antes en el hecho de que Jules y yo encajábamos perfectamente.
—Es más que una promesa, Pelirroja. Te lo garantizo.