Twisted hate

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35. Jules

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Jules

Los días que siguieron a la muerte de mi madre estuve algo aturdida. Cuando me desperté a la mañana siguiente, Josh ya se había ido a trabajar, pero encontré el desayuno esperándome en la cocina con una nota e instrucciones donde me contaba, paso a paso, lo que tenía que hacer a continuación: a qué funeraria tenía que llamar, qué tenía que preguntar y qué tenía que preparar para el viaje.

Me ayudó más que cualquiera de las típicas frases que se decían en momentos como esos.

Fui tachando tareas de la lista a medida que avanzaba, pero parecía un robot actuando por inercia. No sentía nada. Era como si me hubiera plantado en casa de Josh, me hubiera deshecho de todos mis sentimientos y ahora no me quedara nada dentro.

No sabía por qué había recurrido a Josh cuando nuestra relación ya era lo bastante complicada, pero fue la primera persona que me vino a la mente mientras intentaba pensar qué hacer.

Fuerte. Reconfortante. Lógico. Era todo cuanto necesitaba justo cuando lo necesitaba.

Ahora, mientras escuchaba la retahíla de detalles de última hora en boca del propietario de la funeraria de Whittlesburg, deseaba que Josh siguiera aquí conmigo. No tenía ni pies ni cabeza, claro. Josh tenía que trabajar, no podía simplemente venirse a Ohio conmigo. Además, se había ido a Nueva Zelanda esta mañana y no volvería hasta la próxima semana.

Al pensar en eso sentí una punzada en el corazón.

—Esto es todo lo que necesitamos. Creo que ya lo tenemos todo listo para mañana. —El director de la funeraria se levantó y me tendió la mano—. De nuevo, la acompaño en el sentimiento, señorita Ambrose.

—Gracias. —Sonreí forzadamente. Había utilizado «Ambrose» porque, legalmente, «Miller» ya no formaba parte de mi nombre, pero al oírselo decir a ese hombre me sonó extraño. «Ambrose» era mi vida en Washington; «Miller», la de aquí.

Dos vidas, dos personas distintas.

Pero aquí estaba yo, Jules Ambrose, en Ohio, e incluso me parecía más surrealista de lo que me había imaginado.

Le estreché la mano rápidamente y me fui. Anduve a paso ligero hacia la salida hasta que el calor dorado del sol me envolvió la piel. Sin embargo, en cuanto salí de los límites oscuros y deprimentes de la funeraria, no supe adónde ir.

Hacía solo dos días había subido al escenario del Nationals Park en Washington, le había estrechado la mano al decano y había recogido mi diploma de Derecho.

Tres años de esfuerzo —siete, si contábamos los años previos destinados a estudiar para poder entrar en Derecho— condensados en una hoja de papel.

Era maravilloso y decepcionante a la vez.

En realidad, casi ni me acordaba de la graduación. Había sido visto y no visto, y tuve que disculparme con mis compañeros por no unirme a ellos en la cena porque tenía que preparar mi maleta para venir a Ohio. Me fui a la mañana siguiente —es decir, ayer— y hasta ahora no había hecho más que preparar el entierro. Sería una ceremonia pequeña y simple, pero tener que decidirlo todo era agotador.

Volvería a Washington mañana, después del funeral, que tendría lugar por la mañana. Ahora tenía que pensar qué haría hasta entonces, ya que me quedaban la tarde y la noche aún por delante. Y en esta ciudad no había mucho que hacer.

Me quedé mirando el folleto caído en la acera, el montón de coches oxidados que había al otro lado de la calle y los edificios de ladrillos marrones que se erguían uno al lado del otro como si fueran un grupo de viajeros haciendo parada para descansar. Al final de la calle, un grupo de niños jugaba a la rayuela y el amortiguado son de su risa era la única señal de vida en el estancado aire de la ciudad.

Whittlesburg, Ohio. Una ciudad diminuta al lado de la gigantesca Columbus, extraordinaria únicamente por su absoluta ordinariez.

Volver a estar aquí era como pasearme por un sueño. Me daba la impresión de que me iba a despertar en cualquier momento, y que me iba a poner a buscar el botón para posponer la alarma mientras el ruidoso secador de pelo de Stella se colaba en mi cuarto a través de la puerta.

En lugar de la alarma, un bus pasó a toda velocidad, me ensució con el tubo de escape y me sacó de mi trance.

«Qué asco.»

Reanudé el paso. La funeraria estaba por el centro, así que no tardé demasiado en llegar al distrito social y financiero de Whittlesburg, que venía a ser media docena de edificios de negocios pegados uno al lado del otro.

No estaba soñando.

Estaba aquí de verdad. Ahí estaba la cafetería-restaurante donde mis amigos y yo íbamos a tomar algo después de los bailes del colegio. Y la bolera donde nos llevaban de excursión en primaria, y la tiendecita de antigüedades con muñecas que daban más miedo que otra cosa expuestas en el escaparate. Todo el mundo estaba convencido de que la tienda estaba encantada y, cuando pasábamos por delante, echábamos a correr como si los espíritus que merodeaban dentro fueran a perseguirnos y a secuestrarnos si nos quedábamos demasiado tiempo ahí delante.

Volver a Whittlesburg era como viajar con una máquina del tiempo. Aparte de que una cadena de restaurantes había abierto una nueva y resplandeciente sucursal aquí y de la cafetería que había ahora donde antes se encontraba la lavandería de Sal, no había cambiado en absoluto en comparación con hacía siete años.

Agaché la cabeza e hice caso omiso del grupo de chicas adolescentes que me miraban, curiosas, desde la esquina. De milagro, todavía no me había cruzado con nadie que conociera, pero era cuestión de tiempo. Me daban miedo las preguntas que pudieran hacerme cuando ocurriera.

Lo que pasaba con las ciudades pequeñas era que la gente se acordaba siempre de todo. Para bien o para mal.

Al llegar al hotel, suspiré aliviada. Pasaba de hacer algo para entretenerme en esta ciudad. Lo único que me apetecía era encerrarme en mi habitación, pedir servicio de habitaciones y pasarme la noche viendo tele de pago a la carta.

Metí la mano en el bolso para buscar mis...

—Hola, Pelirroja.

Me quedé helada con la mano metida dentro de la tote bag. La incredulidad hizo que me diera un vuelco el corazón y se me aceleraran los latidos hasta que fueron tan fuertes que sentí que me iba a estallar la cabeza.

Pum. Pum. Pum.

No podía ser él. A lo mejor el batido que me había bebido de un tirón a la hora de comer me había helado el cerebro y ahora estaba experimentando una alucinación por culpa del azúcar.

Porque no podía ser él ni-de-coña.

Sin embargo, cuando levanté la cabeza, vi su sudadera gris favorita. Llevaba esa bolsa de deporte gastada colgada del hombro. Y, cuando sonrió con tanta delicadeza que echó abajo mi coraza, su peculiar hoyuelo hizo acto de presencia.

—Sorpresa. —La voz de Josh me envolvió cálidamente—. ¿Me echabas de menos?

—Eh... Tú... —Abrí y cerré la boca en lo que supuse que pareció una imitación profundamente lamentable de un pez globo—. Pero ¿tú no tenías que estar en Nueva Zelanda?

—Cambio de planes. —Se encogió de hombros como quien no quiere la cosa, como quien cambia de opinión a la hora de pedir algo para cenar, no para cambiar un vuelo internacional—. Prefiero estar aquí.

—¿Por?

Pum-pum-pum. ¿Era normal que a alguien le latiera el corazón tan rápido?

—Quiero visitar el Museo de Ganchillo.

A lo mejor me había quedado dormida en la funeraria y había entrado en una dimensión desconocida, porque esto era demasiado paradójico como para ser real.

—¿Qué?

—El Museo de Ganchillo —repitió—. Es mundialmente conocido.

El Museo de Ganchillo era la atracción por excelencia de Whittlesburg, pero no era mundialmente conocido ni de broma.

La Torre Eiffel, el Machu Picchu, la Gran Muralla China... ¿y el Museo de Ganchillo Betty Jones? Eh..., no.

—Conque es mundialmente conocido, ¿eh? —Una cosa rara y con alas se movía por mi estómago. Y no quería que parase nunca.

—Ajá. —A Josh se le marcó aún más el hoyuelo—. Hablaban de él en una revista que estaba ojeando en el aeropuerto y me ha parecido tan inspirador que he decidido cambiar el vuelo en el último minuto. El ganchillo es muchísimo mejor que navegar por Milford Sound.

Me emocioné y sentí un nudo en la garganta.

—Bueno, Dios me libre de cuestionar tu pasión por el ganchillo. —«No llores en medio de la recepción»—. ¿Y te alojas en este hotel?

—Depende. —Josh se metió la mano en el bolsillo sin apartarme la vista—. ¿Quieres que me quede aquí?

Una pequeña y asustadiza parte de mí quería decir que no. Sería facilísimo subir corriendo a mi habitación, encerrarme ahí hasta que el funeral de mamá terminase y luego marcharme y hacer como si este viaje no hubiese ocurrido nunca.

Pero estaba harta de salir corriendo. Estaba harta de luchar contra el mundo y contra mí misma a la vez; harta de fingir que todo iba bien cuando en realidad me costaba un mundo mantenerme a flote.

No pasaba nada por agarrarme a un bote salvavidas, fuera cual fuera.

El mío, aparentemente, era Josh Chen.

Asentí muy sutilmente con la cabeza porque no me atrevía a hablar.

A Josh se le relajó la expresión.

—Ven aquí, Pelirroja.

Eso era todo cuanto necesitaba.

Fui volando hacia él y hundí la cara en su pecho mientras Josh me envolvía en un abrazo. Olía a jabón y a cítrico, y el tacto de su sudadera con mi piel era muy suave.

Las miradas curiosas del recepcionista y otros huéspedes del hotel eran abrasadoras. Mañana seríamos la comidilla de la ciudad, de eso estaba segura, pero me daba igual.

Por primera vez desde que había aterrizado a Ohio, pude respirar.

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