Twisted hate
36. Josh
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Josh
Lo de volar a Ohio no lo había planeado.
Fui al aeropuerto para irme a Nueva Zelanda, pero, mientras estábamos embarcando, yo solo podía pensar en Jules. En lo que estaría haciendo, en cómo estaría, en si habría llegado bien. Las excursiones y actividades que llevaba meses planeando, de repente, me parecían igual de interesantes que ver cómo se seca la pintura.
Así que, en lugar de volar al segundo destino en mi lista de cosas que hacer antes de morir (después de ir a la Antártida), fui directo al mostrador y compré un billete a Columbus.
Cambié Nueva Zelanda por Whittlesburg. Estaba mal de la puta cabeza y ni siquiera era capaz de cabrearme por esa decisión.
—Agárrate —dijo Jules mientras girábamos a la izquierda, hacia una calle rodeada de árboles—. Empieza la batalla y estás a punto de flipar como nunca.
Después de dejar la maleta, la había convencido para que me acompañara al museo. Quizás podría haber elegido una excusa un tanto más interesante que visitar el Museo de Ganchillo, pero me había enterado de su existencia en el bus de Columbus a Whittlesburg y aparecía como la mayor atracción de la ciudad. Y si era así por algo sería, ¿no?
Arqueé las cejas.
—¿Acabas de decir «empieza la batalla»? Pero ¿tú en qué mundo vives?
—Para tu información, el personaje de Stanley Tucci lo dice en El diablo viste de Prada, y es increíble, tanto Stanley como la película.
—Ya, pero ¿cuántos años tiene Stanley?
Jules me miró de reojo.
—Me parece una broma poco apropiada, sobre todo teniendo en cuenta el detallado tour gratuito que te acabo de dar.
Reprimí una sonrisa.
—Ha sido un paseo de quince minutos, Pelirroja.
—Durante los cuales te he enseñado el mejor restaurante de la ciudad, la bolera, la tienda que tuvo un cameo en una película de Bruce Willis y, por si fuera poco, la peluquería donde me corté el pelo cuando llevé flequillo en el instituto, que fue una breve aunque horrorosa época —señaló—. Esta información no tiene precio, Chen. No aparece en ninguna guía.
—Estoy bastante seguro de que las tres primeras sí aparecen en las guías. —Le tiré de un mechón de pelo—. ¿No te gusta el flequillo?
—Para nada. Ni el flequillo ni la sombra de ojos rosa. Ni de coña.
—Mmm, pues yo creo que el flequillo te quedaría bien. —A Jules le quedaría bien todo.
Incluso ahora, con esas bolsas lilas debajo de los ojos y la tensión que se le notaba alrededor de la boca, estaba jodidamente preciosa y no podía dejar de mirarla.
Con el paso de los años, físicamente seguía bastante igual, pero algo había cambiado.
Y no era capaz de decir qué.
Antes, Jules me parecía objetivamente guapa. Era algo que sabía todo el mundo, pero a mí no me llamaba particularmente la atención.
Ahora me parecía guapa hasta el punto en el que quería hundirme en ella y dejar que llenara cada rincón de mi alma hasta que me hubiera devorado. Me daba igual si moría en el intento porque, en un mundo en el que la muerte era mi pan de cada día, Jules era lo único que me hacía sentir vivo.
—No, créeme. Pero, bueno, dejemos de hablar de mi pelo. —Señaló el edificio que teníamos delante con el brazo—. He aquí el mundialmente conocido Museo de Ganchillo Betty Jones.
Me la quedé mirando mientras nos acercábamos a la entrada.
—Impresionante.
Sería incapaz de decir de qué color era el edificio aunque me amenazaran a punta de pistola.
Al cabo de media hora y unas cuantas aburridísimas exposiciones, por fin conseguí salir del trance en el que estaba y al cual me había inducido Jules, pero enseguida deseé no haber salido de ahí.
—¿Qué coño es esto? —Señalé un... ¿perro de ganchillo azul? ¿O era un lobo? Fuera lo que fuera, tenía la cara asimétrica y sus pequeños y brillantes ojos redondos nos miraban amenazantes a través de la tarima en la que descansaba, como si estuviera molesto porque hubiéramos invadido su espacio personal.
Eso me pasaba por andar distraído. Como acabara muerto a manos de un juguete encantado, sí que me cabrearía.
Jules miró con los ojos entrecerrados la plaquita dorada que había debajo del lobo-barra-perro.
—Fue uno de los juguetes favoritos de la hija de Betty —leyó—. Hecho a mano por una reconocida artesana local que se lo regaló por su quinto cumpleaños.
—Tiene toda la pinta de ser demoníaco.
—Qué va. —Se quedó mirando el juguete y este nos devolvió el gesto. Habría jurado que había gruñido con el hocico—. Pero, eh..., sigamos.
—¿Sabes qué? Creo que ya he visto suficiente ganchillo por hoy. —Ya había visto el Museo. Había llegado la hora de pirarnos de aquí antes de que los juguetes cobraran vida a lo Noche en el Museo—. A no ser que quieras seguir estudiando colchas y juguetes posesos.
Jules hizo una mueca.
—¿Estás seguro? Has abandonado tu viaje a Nueva Zelanda para venir a este museo, mundialmente conocido. Ya que te has gastado tanto dinero, deberías aprovecharlo.
—No, si ya lo he hecho. —Y, además, me había ganado más de una pesadilla. Le puse la mano en la lumbar a Jules y la guie hacia la salida—. Yo ya estoy, créeme. Prefiero ver el resto de la ciudad.
—Ya lo hemos visto casi todo mientras veníamos aquí. Lo que queda es la zona residencial.
Madre mía.
—Seguro que nos hemos dejado algo. ¿Cuál es tu lugar favorito?
Fuera nos recibió la tenue luz del atardecer. La golden hour ya estaba dando paso al crepúsculo y en las aceras, mientras caminábamos, se veían largas sombras.
—Ha cerrado hace una hora —dijo Jules.
—Bueno, pero yo quiero verlo igualmente.
Me miró extrañada, pero se encogió de hombros.
—Si insistes.
Al cabo de diez minutos llegamos a una tienda de libros que parecía un tanto antigua. Se encontraba entre una tienda de segunda mano y un antro de comida china para llevar, y en las oscuras ventanas de la librería se leía CRABTREE BOOKS en rojo.
—Es la única librería de la ciudad —me contó—. Nunca se lo dije a mis amigos porque leer no se consideraba algo guay, pero me encantaba pasar el rato aquí, sobre todo los días de lluvia. Venía tan a menudo que me aprendí de memoria todos los títulos que había en las estanterías, pero, aun así, me gustaba seguir pasándome los fines de semana. Era reconfortante. —Se le dibujó una sonrisa burlona en la cara—. Además, sabía que aquí no me encontraría a nadie que conociera.
—Era tu refugio.
La nostalgia hizo que le cambiara la expresión.
—Exacto.
Al imaginarme a una versión adolescente de Jules colándose en una librería para esconderse de sus amigos sonreí. Hacía solo unos meses, cuando únicamente conocía a la Jules mordaz y fiestera, no me lo habría creído. Pero ahora no me parecía descabellado.
En realidad, a excepción de la noche de la despedida de Bridget, hacía mucho tiempo que no veía a Jules salir de fiesta como lo hacía en la universidad. Joder, hacía mucho tiempo que yo tampoco salía como lo hacía en la universidad.
La primera impresión que tenemos de alguien es la que se queda grabada más tiempo en nuestra mente; sin embargo, al contrario de lo que muchos piensan, hay gente que sí cambia. La única pega es que la gente cambia más rápido que nuestros prejuicios.
—¿Cuál es tu libro favorito? —Quería saberlo todo de Jules. Qué le gustaba, qué detestaba, qué libros leía y qué música escuchaba. Cualquier tipo de información, por poca que fuera, que me ayudara a colmar la insaciable necesidad que sentía de ella.
—No puedo elegir solo uno. —Parecía consternada—. Es como pedirle a alguien que elija un único sabor de helado.
—Fácil: rocky road, en mi caso; en el tuyo, caramelo salado. —Al ver que fruncía el ceño, sonreí—. Tu sabor favorito es el de caramelo salado, para todo.
—Para todo tampoco —musitó—. Vale. Si tuviera que elegir un solo libro y basándome únicamente en la de veces que lo releí... —Se sonrojó—. No te rías, porque sé que es un cliché y un libro de niños, pero... La telaraña de Carlota. La familia que vivía en nuestra casa antes de que llegáramos mi madre y yo se dejó un ejemplar ahí y fue el único libro que tuve de pequeña. Estaba tan obsesionada con la historia que incluso me negaba a que mi madre matara las arañas por si alguna era Carlota.
Se me ensanchó la sonrisa.
—Es adorable, joder.
Jules se sonrojó aún más.
—Era pequeña.
—No estaba siendo sarcástico.
Jules sonrió sutilmente. Nos fuimos alejando de la tienda de libros, pero no volvió a decir nada más.
Ya casi era la hora de cenar, así que paramos a comer en la cafetería-restaurante que Jules describió como «el mejor restaurante de la ciudad» antes de volver al hotel.
—Las hamburguesas están riquísimas. —Miró la carta y se le iluminó la expresión—. Es una de las pocas cosas que he echado de menos de Whittlesburg.
—Te haré caso. —Miré los reservados de vinilo rojo, el suelo de cuadros blancos y negros, y la gramola vieja que había en una esquina—. Este lugar me recuerda a un plató de rodaje de los ochenta.
Jules rio.
—Seguramente sea porque al primer propietario del local le encantaban las películas de los ochenta. Cuando iba al insti, solíamos venir siempre aquí. Era nuestro punto de encuentro. Una vez...
—¿Jules? ¿Eres tú?
Jules empalideció.
Me giré hacia quien había hablado, con los músculos tensos y listo para pelearme. Sin embargo, al ver quién había al lado de nuestra mesa, se me destensó el cuerpo y me quedé confundido.
Era una mujer de unos veintipico, pero el maquillaje y el corte de pelo bob de color platino hacían que pareciera mayor. Llevaba un top arrapado de color rojo y miraba fijamente a Jules con una expresión expectante.
—¡Eres tú! —exclamó—. ¡Jules Miller! No me lo puedo creer. ¡No sabía que habías vuelto! ¿Cuánto hace que no nos vemos?, ¿siete años?
«¿Miller? ¿Qué coño?»
Miré a Jules, que le dedicó a la chica una sonrisa claramente falsa.
—Algo así, sí. ¿Qué tal, Rita?
—Uy, ya sabes... Casada, con dos criaturas y trabajando en la peluquería de mi madre. Igual que todas las demás, excepto por lo del curro. —A Rita se le iluminó la mirada con interés mientras desviaba la vista hacia mí—. ¿Y este quién es?
—Josh —dije al ver que Jules no decía nada. No añadí ninguna etiqueta. Tampoco sabría cuál utilizar.
—Encantada de conocerte, Josh —ronroneó Rita—. No solemos ver a muchos tipos como tú por aquí.
Me obligué a sonreír educadamente.
Rita parecía bastante inofensiva, pero la tensión que irradiaba Jules era tan densa que incluso podía saborearla.
—¿Qué has hecho durante todo este tiempo? —Rita volvió a centrar su atención en Jules al ver que yo no le seguía la conversación—. Desapareciste de la nada. Ni adiós ni leches.
—Estudiar.
Jules no entró en detalles, pero la otra chica insistió un poco más.
—¿Dónde?
—Es una uni pequeña. Dudo que te suene.
Arqueé las cejas. Thayer era una universidad pequeña, pero era una de las más reconocidas del país. Me apostaba mi carrera en Medicina a que, a la mayoría de la gente, sí que le sonaría.
—Bueno, pues menos mal que te fuiste en su día. —Rita suspiró—. Este sitio te quita las ganas de vivir, tía. Pero ¿qué le vamos a hacer? —Se encogió de hombros—. Por cierto, siento mucho lo de tu madre y Alastair. Yo no me lo podía ni creer. Parecía sacado de una telenovela.
—¿El incendio? Fue hace años —señaló Jules.
—No. A ver, también, pero no estoy hablando de eso. —Rita sacudió una mano al aire—. ¿No te has enterado? Pillaron a Alastair acostándose con la hija de uno de sus socios. La chica tenía dieciséis años, así que, técnicamente, en el estado, no estaban haciendo nada ilegal, pero... —Se estremeció con exageración—. Bueno, que su socio se puso hecho una fiera cuando se enteró. Se rumorea por ahí que se cargó la mitad del negocio de Alastair y que este tuvo que endeudarse hasta las cejas para mantenerlo a flote. Por eso tu madre heredó tan poco cuando murió; porque a Alastair no le quedaba nada más. Hay quien dice que también fue ese mismo socio el que prendió fuego a la casa, pero nunca sabremos si es cierto.
Manda narices. Todo esto sonaba a telenovela del mediodía, pero me bastó con desviar la vista hacia Jules para aplacar mi incredulidad.
Jules se quedó quieta, mirando a Rita con los ojos como platos. Tenía la tez del mismo color que las servilletas de papel blancas que había en la cajita de metal de la mesa.
—¿Qué...? ¿Mi madre lo sabía? ¿Cómo es que no salió en los periódicos?
—La familia de Alastair se ocupó de que la prensa no lo publicara —le contó Rita, que demostraba estar encantada de saber algo de lo que Jules no tenía ni idea—. Lo llevaron todo muy por lo bajo, pero alguien se fue de la lengua. ¿Te lo puedes creer? Pobrecita, tu madre. Aunque siguió con él después de enterarse de todo, así que... —Dejó la frase ahí y carraspeó—. Bueno, ¿y cómo es que has vuelto?
—Eh... —Jules pestañeó por fin—. Mi madre murió hace unos días.
Un silencio extraño y pesado retumbó en el aire.
—Oh. —Rita se aclaró la voz de nuevo y miró alrededor del local. Se sonrojó a más no poder—. Lo siento mucho. Oye, tengo que irme, pero me ha gustado verte otra vez y, esto..., cuídate.
Se marchó a toda prisa y casi tira a un camarero al suelo.
Adiós y hasta nunca.
—¿Una vieja amiga? —pregunté.
—Más bien digamos que me copiaba los exámenes de mates. —Jules estaba recobrando el color de la piel, pero en su rostro se veía que seguía en shock—. Como has podido comprobar, se entera de todos los cotilleos de la ciudad.
—Sí... —La miré preocupado—. ¿Cómo te sientes ahora que te has enterado de eso de Alastair?
En parte, me alegraba de que el hombre hubiese acabado en la ruina, pero Jules ya tenía suficiente con la muerte de su madre como para tener que preocuparse también por los fantasmas del asqueroso de su padrastro.
—Me ha pillado desprevenida, pero no me sorprende; no sé si tiene mucho sentido lo que digo. —Cogió una profunda bocanada de aire—. Me alegro de que Rita me lo haya contado. Sé que son solo rumores, pero, si lo pienso bien, la historia encaja: por qué mamá heredó tan poco dinero, las misteriosas circunstancias en las que se prendió fuego su casa... Al menos Alastair pagó, aunque fuera un poco, por todo lo que hizo.
—Y ahora está muerto.
—Y ahora está muerto —repitió Jules. Se le escapó una breve risa por la nariz—. No hace falta que volvamos a hablar de ese capullo.
—Estoy de acuerdo.
La camarera llegó con nuestra comida y esperé a que se hubiera ido para cambiar de tema.
—Conque Jules Miller, ¿eh?
Jules hizo una mueca.
—Me cambié el apellido. Miller era el de mi madre. Después de marcharme de Ohio, quería empezar de cero, así que solicité realizar un cambio de nombre legal.
Casi me ahogo con el agua.
—¿Y cómo coño no sabía yo eso? Ava nunca me ha dicho nada.
—Porque Ava no lo sabe. No es nada, solo un nombre. —Jules jugueteó con la servilleta—. Tampoco es importante.
Si no fuera importante, no se lo habría cambiado, pero me mordí la lengua.
—¿Cómo se te ocurrió «Ambrose»?
Se destensó un poco y en su rostro se dibujó una breve expresión de picardía.
—Suena bien.
Me entraron ganas de reír.
—Bueno, hay peores razones para elegir apellido —señalé seco—. ¿Se te hace raro haber vuelto?
Jules guardó silencio un minuto antes de responder.
—Es gracioso. Antes de venir, Whittlesburg se había convertido en un monstruo para mí, mentalmente hablando. Tenía tantos malos recuerdos... También los había buenos, pero la mayoría eran malos. Pensé que volver sería una pesadilla, pero, aparte de lo de Alastair, lo demás ha sido... normal. Ni siquiera ha estado tan mal haberme encontrado a Rita.
—Los monstruos que habitan en nuestra imaginación suelen ser peores que los de la vida real.
—Sí... —respondió Jules en voz baja antes de mirarme—. ¿Y qué hay de tus monstruos, Josh Chen? ¿Son peores en tu imaginación que en la vida real?
Silencio. Pasó un segundo durante el cual sopesé mi respuesta.
—Michael me manda cartas casi cada semana —confesé finalmente. Admitirlo me dejó un regusto amargo, como si hubiera estado guardando algo tanto tiempo que se había podrido antes de ver la luz del sol—. No las abro. Las tengo en el cajón de mi escritorio y van acumulando polvo. Cada vez que me llega una nueva, me digo que la tiraré. Pero nunca lo hago.
Me miró como compadeciéndose y le brillaron los ojos.
Si alguien entendía la trivialidad de desear un arco de redención que no llegaría nunca era Jules.
—Tú mismo lo has dicho. Los monstruos que habitan en nuestra imaginación suelen ser peores que los de la vida real. —Puso una mano encima de la mía—. Nunca sabremos si es verdad hasta que nos enfrentemos a ellos.
Sentí que se me encogía el corazón. Jules enterraría a su madre al día siguiente y ahora mismo me estaba reconfortando ella a mí.
No sabía cómo había podido pensar en algún momento que Jules era insoportable porque, por lo visto, era jodidamente extraordinaria.