Twisted hate
37. Josh
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Josh
Al día siguiente acompañé a Jules al entierro de su madre. Además del pastor y del personal de la funeraria, fueron pocos los vecinos que acudieron al funeral, y la ceremonia fue bastante discreta.
—¿Te gustaría decir algunas palabras antes de que demos descanso a Adeline? —le preguntó el pastor después del panegírico.
Jules negó con la cabeza.
—No —susurró—. No quiero decir nada.
Le cogí la mano y se la estreché para tranquilizarla, aunque me hubiese gustado haber podido hacer algo más para ayudarla. Jules no me miró, pero también me estrechó la mano suavemente.
El pastor asintió, el personal de la funeraria metió el féretro en el suelo y ahí terminó el funeral.
Fue, y cito a Jules, «decepcionante». Sin embargo, mientras miraba dónde daban sepultura a Adeline, sentí un nudo en el estómago.
Décadas de vida que acababan de esa forma, y las únicas personas que estaban ahí para decirle adiós eran su hija y un completo desconocido. Una vida entera de sueños, de miedos, de logros y de remordimientos a la que había puesto fin un accidente fortuito.
Era deprimente de cojones.
Me permití nadar en la melancolía un poco más antes de apartarla a un lado y ponerle la mano en el codo a Jules, cuidadosamente. El pastor y los de la funeraria ya se habían ido, pero ella no se había movido de su sitio desde que había terminado la ceremonia.
—Deberíamos ir tirando. El vuelo sale dentro de poco.
Hoy solo había un vuelo nocturno de Columbus a Washington, así que teníamos que volar juntos sí o sí.
—Cierto. —Jules cogió aire profundamente y lo soltó despacio—. Gracias por acompañarme —dijo mientras nos dirigíamos hacia la salida—. No tenías por qué hacerlo, de veras.
—Ya, pero quería. —Se me dibujó una media sonrisa—. A saber en qué lío te habrías metido si te hubiera dejado sola.
—Hay un sinfín de posibilidades —respondió ella solemnemente—. ¿Estás seguro de que no quieres que te enseñe la comisaría de Whittlesburg antes de irnos?
—No me cabe ninguna duda de que es fascinante, pero tampoco hace falta. —Estudié a Jules con la mirada e intenté descifrar en qué estaría pensando—. ¿Cómo estás?
—Sorprendentemente bien. —Se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y prosiguió—: Creo que ya no estoy tan en shock; ahora solo estoy... resignada, diría. Nunca podré despedirme de mi madre ni arreglar las cosas con ella. —Dudó un momento—. Oye, ya sé que el vuelo sale pronto, pero ¿podemos hacer una parada de camino al aeropuerto? No tardaré demasiado.
—Sí, claro. —Íbamos con el tiempo justo, pero no iba a decirle que no después del funeral de su madre.
Al cabo de quince minutos, llegamos a una casa pequeña y destartalada que había a las afueras de la ciudad. La pintura azul de la fachada se caía a pedazos y, cuando Jules giró el pomo de la puerta, esta se abrió.
—Es la casa que mi madre alquiló antes de morir —me contó al ver mi mirada confundida—. Cuando les conté a los propietarios que había muerto, me dijeron que podía venir a recoger sus objetos personales. No tenía intención de hacerlo, pero...
—Te entiendo. —Era la última oportunidad de Jules. Seguramente no volvería a Ohio nunca más.
Entramos en la casa. No había demasiados muebles a excepción de un sofá, un televisor y una mesa que servía tanto de mesa de salón para comer como de mesa de centro. En el fregadero encontramos una pila de platos por fregar y, en el alféizar de la ventana, una maceta con flores marchitas.
Tenía un aire misterioso, como si la casa estuviera esperando a una dueña que nunca regresaría.
Seguí a Jules hasta la habitación y, mientras ella se acercaba a un montón de fotos que había en la cómoda, yo me quedé en la puerta. En todas las fotos salía una preciosa mujer pelirroja que seguro que era su madre. En una se la veía en una lujosa fiesta, sonriente y con un vestido de noche; en otra, la estaban coronando Miss Teen Whittlesburg, a juzgar por lo que ponía en la banda que le habían puesto.
No había fotos de nadie más; ni siquiera de Jules.
—Pensaba que al menos tendría, aunque fuera, una mía —murmuró Jules mientras pasaba la mano por la foto de su madre en el concurso de belleza adolescente—. Todos estos años... —Sacudió la cabeza y se rio de sí misma—. Menuda chorrada. Yo seguía teniendo esperanza, pero a Adeline nunca le importó nadie más que no fuera ella misma.
Sentí una creciente punzada de dolor en el pecho. Ni los padres de Jules ni los míos habían sido un ejemplo a seguir, pero detestaba ver cómo perdía la esperanza.
—Lo siento, Pelirroja.
—Qué va. —Jules bajó la mano y me miró—. Ya podemos irnos. Tenemos un vuelo que coger y yo ya tengo lo que quería.
—¿Y qué querías?
—Pasar página.
Pasar página.
Aquellas palabras retumbaron por mi cabeza durante todo el trayecto al aeropuerto.
Quizás eso mismo tenía que hacer yo con Michael. Llevaba tres años evitando ponerme en contacto con él, pensando que sería la solución a mi problema. Pero solo había servido para que todos los pensamientos relacionados con él se volvieran cancerígenos y me consumieran lentamente, de forma invisible, y me fueran chupando el alma hasta dejar únicamente una cáscara de mi propio cuerpo.
Los monstruos que habitan en nuestra imaginación suelen ser peores que los de la vida real.
Y, entonces, un repentino y cegador rayo de claridad me atravesó cual espada.
—¿Estás bien? —me preguntó Jules tras pasar el control de seguridad. Whittlesburg estaba tan cerca de Columbus que tardamos menos de una hora en llegar al aeropuerto—. Parece que estés delirando.
—Ajá —respondí fascinado todavía por mi reciente descubrimiento. Era tan jodidamente evidente que me sentía como un completo idiota por no haberlo pensado antes; sin embargo, cuando se trataba de nuestra propia vida, uno siempre estaba cegado.
No me apetecía en absoluto volver a ver a Michael, pero sería como arrancar una tirita de golpe. Cuando lo hubiera hecho, podría avanzar. Estaba seguro.
Pasar página.
Todo este tiempo, había tenido la respuesta delante de mis narices.
—Hemos pasado dos días enteros juntos y no nos hemos matado. —Jules arqueó una ceja mientras pillábamos unos bocadillos y unas patatas de un mostrador y nos sentábamos en una de las mesas de la zona de restaurantes. El avión no salía hasta dentro de setenta y cinco minutos, así que todavía nos quedaba algo de tiempo—. Estamos progresando.
—Ha sido un día y medio como mucho. —Sonreí y agradecí que hubiéramos pasado a hablar de algo un poco más ligero, teniendo en cuenta la pesada conversación que habíamos tenido por la mañana. Jules estaba triste, se le veía en la mirada, pero estaba más que dispuesta a dejar el pasado atrás—. Todavía falta un rato hasta llegar a casa.
—Muy tranquilizador. —Le dio un mordisco al bocadillo, se lo tragó y, en un tono dubitativo, añadió—: He estado pensando en lo que dijiste en la boda de Bridget.
Se me aceleró el corazón.
—¿Ah, sí?
—Puede que tengas razón. —No me miró, pero las mejillas se le tiñeron de un tono rosado—. Con eso de que lo que se supone que tiene que ser algo y lo que realmente es son dos cosas distintas.
Mi pulso, acelerado, enseguida se convirtió en una especie de huracán. Sentí un calor que se me propagaba por el pecho y me llenaba las grietas que se habían ido formando a lo largo de los años.
—Siempre tengo razón. —Fue todo lo que pude decir para contener una sonrisa.
Yo nunca había querido tener una relación cerrada. Eso siempre venía acompañado de demasiadas expectativas y, para ser sincero, nunca me había gustado nadie lo suficiente como para tener más de tres citas con esa persona.
Ponerme, sí. ¿Gustarme? No.
Pero con Jules... Joder, ni siquiera sabía cómo había ocurrido. Me gustaba incluso cuando me sacaba de quicio, lo cual venía a ser la mitad de las veces. Nuestras discusiones me encendían más que cualquier conversación con otra persona y, cuando hablábamos, Jules era la única persona que sentía que me entendía. La única persona que me veía más allá de mi faceta de médico, de mujeriego, de adicto a la adrenalina y de cualquier otra máscara que me pudiera poner con tal de esconder las complicadas e imperfectas verdades que ocultaba debajo de todas esas capas.
Tragué saliva para deshacerme del extraño nudo que se me había aposentado en la garganta y Jules puso los ojos en blanco.
—Él siempre tan humilde.
—También.
Se le ensanchó la sonrisa y nos aguantamos la mirada un segundo antes de que Jules volviera a adoptar una expresión seria.
—Entonces, ¿qué se supone que tenemos que hacer?
Buena pregunta. No tenía experiencia alguna en todo esto de tener pareja, pero...
—Se supone que deberíamos tener una cita. —Cuando Jules abrió los ojos de par en par, estallé en una carcajada—. No te sorprendas tanto. Es una cita, Pelirroja, no una pedida de mano.
—Solo faltaría —escupió, a pesar de que en los ojos se le veía que continuaba estando nerviosa—. Tampoco sería mi primera cita.
Al oír esas palabras, se me desdibujó la sonrisa de los labios.
Jules había tenido otras citas, evidentemente. Pero que fuera verdad no significaba que me apeteciera pensar en ello.
Un filo de posesividad se fue desatando en mi estómago y tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no interrogarla y pedirle el nombre completo, el número de teléfono y la dirección de todos los malditos tíos que la hubieran tocado hasta la fecha.
—Conmigo sí. —Le limpié un poquito de salsa que tenía en la comisura de los labios. Le rocé el labio inferior con el pulgar y una enigmática satisfacción se apoderó de mí al notar que se le entrecortaba la respiración—. Cuando tengas esa cita conmigo, será la mejor que hayas tenido en tu vida.
—Tu ego no conoce fronteras, de verdad te lo digo. —La disnea de su voz aplacó el golpe de su insulto.
Me incliné y cambié el pulgar por mis labios.
—Hagamos una apuesta, Pelirroja. —Le rocé la boca con la mía; no fue un beso, sino una promesa—. Apuesto a que, después de nuestra cita, serás incapaz de volver a pensar en otro hombre que no sea yo.
La última parte sonó más bien como un gruñido.
Jules tragó saliva con tanta fuerza que incluso lo oí.
—Estás generando unas expectativas muy altas, Chen.
Recuperé la sonrisa de antes.
—Tranquila. Yo nunca genero expectativas que no pueda cumplir.