Twisted hate
38. Jules
Página 42 de 68
38
Jules
Fue raro. Me había ido a Ohio pensando que sería una pesadilla y, al volver, me di cuenta de que había sido una catarsis.
Ese viaje juntó las piezas complicadas y confusas de mi vida y las convirtió en un nítido alivio.
Alastair estaba muerto y ya no podría volver a hacerme daño.
Mi madre estaba muerta y, por más que me martirizara con los «y si...», ya no iba a volver.
Max seguía suponiendo una amenaza, pero llevaba un tiempo en silencio, por más extraño que pareciera. Hasta que no volviera a dar señales de vida, yo tampoco podría hacer mucho.
Y Josh... Josh era uno de los pocos puntos positivos en el desastre que era mi vida. Pasar de ser enemigos con derecho a roce a estar saliendo fue como saltar de un acantilado: podía acabar siendo lo más estimulante de toda mi vida o un desastre sin igual.
Pero ya tenía suficientes remordimientos. No quería que Josh también formara parte de la lista.
A veces, o vas a por todas o te arriesgas a quedarte estancada toda la vida.
—¿Qué te parece? —me di la vuelta lentamente para que Stella examinara mi outfit.
Hoy, Josh y yo teníamos nuestra primera cita oficial. Por más que hubiese intentado engatusarlo, amenazarlo y sobornarlo, no había soltado prenda sobre dónde íbamos, así que no tenía ni idea de cómo tenía que vestirme. Lo único que me había dicho había sido que me pusiera mona, pero no demasiado, lo cual no ayudaba en absoluto, jolín.
Después de pasarme un buen rato pensando en qué ponerme, me había decantado por un vestido veraniego azul con sandalias, y me había recogido el pelo en una cola de caballo para no morir con el sofocante calor del mes de junio. Era un atuendo mono, coqueto y suficientemente informal como para ir a pasear por el parque, pero también iba arreglada como para ir a un restaurante bonito.
O eso esperaba.
Stella me miró de arriba abajo y me dio el visto bueno con el dedo pulgar.
—Perfecto.
Gracias a Dios. No tenía tiempo de cambiarme. Ya llegaba tarde.
Como Josh no podía venir a recogerme a casa, habíamos quedado en Georgetown, tal y como me había pedido.
Al verlo esperándome en el lugar indicado, sentí mariposas en el estómago.
Camisa blanca abotonada. Vaqueros oscuros. Despeinado. Tan increíblemente guapo que incluso me dolió el corazón.
En parte deseaba que siguiéramos odiándonos, porque nuestra relación no era ideal para mi salud cardiovascular.
—Hey, Pelirroja. —Al reparar en mí, a Josh se le encendió la mirada—. Me alegro de verte vestida de forma presentable por una vez en la vida.
—Me alegro de verte vestido como un ser humano por una vez en la vida. —Lo estudié con la mirada igual que había hecho él—. ¿Cuánto te ha costado el traje de piel de persona para cubrir tus cuernos demoníacos y piel de serpiente habituales?
—Soy tan encantador que me ha salido gratis —respondió arrastrando las palabras.
—Me da a mí que quien te lo haya vendido sencillamente tenía miedo de que fueras a sofocarlo con tu enorme ego si no te ibas rápidamente.
Su risa me envolvió las entrañas como si fuera caramelo fundido: con dulzura y densidad.
—Joder, cómo te he echado de menos.
Eché a andar a su lado mientras avanzábamos por la calle en dirección a nuestro misterioso destino.
—Nos vimos hace tres días.
—Ya.
Las mariposas empezaron a aletear con más fuerza. Joder. Cuando no era un capullo, Josh podía llegar a ser muy... cariñoso.
—¿Piensas decirme adónde vamos ahora? —La curiosidad me podía. ¿Por qué no me había pedido que quedáramos directamente donde íbamos a tener la cita en lugar de encontrarnos en una esquina cualquiera?
Suspiró pesadamente.
—Pacieeencia.
—No sé lo que es, pero suena aburrido. —Me miró de reojo y reprimí mis ganas de reír.
—Eres insoportable.
—No paras de repetírmelo, pero bien que me has echado de menos y me has organizado una cita. ¿Qué dice eso de ti?
—Que me flipan los castigos preciosos.
Me mordí el labio para evitar que se me acabara de formar una sonrisa en los labios.
—Deberías hacértelo mirar. No parece muy saludable.
—Ya lo he hecho. Me temo que no existe ningún remedio para eso.
Tropecé con un adoquín que se movía y, de no haber sido por Josh, que me agarró de la muñeca, habría acabado con la cara estampada en el suelo.
—Cuidado —me dijo con la mirada divertida. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, el muy cabrón—. No quiero que te caigas.
—No me caeré —solté altiva mientras, roja como un tomate, me alisaba el vestido.
Al cabo de unos cinco minutos, por fin nos detuvimos delante de una minúscula tienda con una marquesina a rayas y las palabras «APOLLO HILL BOOKS» inscritas en las ventanas, en color dorado. El escaparate estaba tan lleno de libros que impedía ver el interior de la tienda y, en la acera, dos carretas de color azul Klein se quejaban del peso de los tomos en descuento.
Ahora entendía por qué Josh no había querido que nos viéramos aquí directamente: la calle era estrecha y solo había espacio para peatones y bicicletas. No había espacio para los coches. Y lo mismo ocurría con las calles de alrededor.
—Bienvenida a la mejor librería de la ciudad. —Josh hizo un exagerado gesto con el brazo para señalar el edificio y sonrió al ver mi cara de estupefacción.
—¿Cómo puede ser que nunca hubiera oído hablar de este sitio? —Se me aceleró el corazón solo con pensar en lo que habría detrás de esa puerta blanca de madera. Descubrir una nueva librería era como descubrir un nuevo tipo de joyas preciosas: emocionante, asombroso y un tanto surrealista—. Llevo años viviendo aquí.
—Abrió hace unos meses y todavía no la conoce demasiada gente. Me he enterado de su existencia porque resulta que la dueña es la amiga del primo de otro residente. —Josh abrió la puerta.
Fue entrar y enamorarme. Pero no enamorarme sin más. Fue enamorarme perdidamente, de golpe y porrazo, seducida por las estanterías repletas de libros que llegaban literalmente al techo, por las pilas de libros magníficamente desordenadas en la mesa ovalada que residía en medio de la tienda, y por el dulce y almizcleño aroma a libros viejos. La moqueta, de un intenso color esmeralda, contrastaba con las paredes, pintadas de un sutil color crema, y el acogedor brillo que iluminaba el espacio provenía de unas cuantas lámparas de araña de hierro forjado.
Era la librería de mis sueños hecha realidad.
—¿Qué te he dicho? —La voz aterciopelada de Josh me acarició la columna vertebral de arriba abajo—. La mejor librería de la ciudad.
Aparte de la propietaria de la tienda, Josh y yo éramos las únicas personas que había ahí dentro. Me costaba creer que, al otro lado de la puerta, siguiera existiendo el frenético ritmo de la ciudad. Aquí había tanta calma que parecía que hubiéramos entrado en un mundo secreto creado solo para nosotros.
—Es la única vez que admitiré que tienes razón. —Paseé la mano, cuidadosamente, por encima de un montón de libros que había cerca. En la tienda había una mezcla de obras recién publicadas y libros de segunda mano, y yo quería estudiarlos todos—. ¿Vamos a pasarnos la cita entera viendo libros? Porque me parece un planazo.
—Algo así. —Josh se apoyó en el lateral de una estantería y se metió la mano en el bolsillo; una bellísima representación de la indiferencia—. Yo empezaría con tu libro favorito de la infancia.
—¿Por?
—Confía en mí. —Señaló hacia la sección de niños con la barbilla.
El calor de la mirada de Josh me acarició la piel mientras yo iba explorando por las estanterías hasta encontrar lo que andaba buscando. Solo había tres ejemplares de La telaraña de Carlota y supuse que, en alguno de ellos, habría una nota o algo así.
Que se hubiera acordado de un detalle tan insignificante de la conversación que tuvimos en Ohio hizo que sintiera un cosquilleo por todo el cuerpo.
«Céntrate, Jules.»
Cogí uno de los ejemplares de la estantería y fui hojeándolo. Nada fuera de lo normal.
Repetí la acción con el segundo ejemplar. Nada.
Pero entonces abrí el tercero y una hoja de papel cayó al suelo. La recogí y, al leer las palabras que Josh había garabateado meticulosamente, se me dibujó una sonrisa en los labios.
Tu comida favorita, pero tienes que prepararla tú.
E3, R4, n.º 10.
—¿Me has preparado una yincana por una librería? —pegué un salto, incapaz de contener la emoción.
—Una yincana y una adivinanza. —Josh sonrió y le apareció el hoyuelo—. Tengo que asegurarme de que tu inteligencia cumple con mis estándares, Pelirroja. Yo no salgo con tontitas.
—Tiene sentido. Alguien tiene que ser el cerebrito de la pareja.
La dulce sonrisa de Josh se coló en mi interior.
—Sigue la pista para resolverlo antes de ir de chulita, monada. Si lo consigues, hay premio.
Me afané. Me encantaban los premios. Tenía una caja entera de certificados, trofeos y medallas que había ganado en el instituto y en la uni.
—¿Qué es?
—Ya lo descubrirás. O quizás no. —Se encogió de hombros—. Ya veremos.
Entre nuestra conversación y la emoción de la yincana, se me puso la piel de gallina. Sin embargo, resistí el deseo de continuar nuestra sesión de intercambio verbal y volví a centrarme en la pista.
Tu comida favorita, pero tienes que prepararla tú se refería, sin duda alguna, a algún libro de cocina italiana.
Y en cuanto a lo de E3 R4 n.º 10... Me estrujé el cerebro para intentar descifrar lo que significaba. Era una yincana, así que la pista tenía que llevarme a un recetario en concreto. Los libros estaban organizados por orden alfabético según el apellido del autor, así que ¿qué me indicarían los números?
Miré las estanterías intentando...
Devolví la atención a una señal impresa con el número uno. Estaba en el lateral de la estantería que me quedaba más cerca.
Los libros no estaban numerados, pero las estanterías sí, y cada una tenía distintas repisas. Estantería, repisa. E3 R4.
Sección de libros de cocinas, estantería tres, repisa cuatro... n.º 10. ¿El décimo libro de la repisa?
Habría que intentarlo.
Se me aceleró el corazón mientras me dirigía con determinación a la repisa en cuestión y contaba los libros de izquierda a derecha. «Uno, dos, tres, cuatro...»
El número diez era un libro de recetas italianas.
La adrenalina me corría por las venas. Miré triunfante a Josh, que trató de reprimir una sonrisa en vano, y entonces fui hojeando el libro hasta encontrar una segunda nota.
Ahora que ya había descifrado el código, esta pista era más fácil de seguir. Me llevó a una gruesa guía de Italia que encontré en la sección de viajes. De ahí fui a la sección de arte, donde una biografía de Miguel Ángel me guio hasta un romance sobre un pintor que se enamoraba de su vecina, quien se convirtió en su musa.
La nota que hallé en la novela no tenía ninguna pista. En lugar de eso, había una frase escrita:
Jules, ¿quieres salir conmigo?
¿Era posible que un ser humano se derritiera literalmente? Porque esa era la única explicación que le encontré al hecho de que me fallaran las rodillas y se me licuaran las entrañas. Me convertí en una bola de pura (y únicamente) emoción unida a unos intensos latidos y una sarta de mariposas.
—Ya estamos teniendo una cita, tonto. —Me dolían las mejillas de tanto sonreír.
La traviesa expresión de Josh se distorsionó hasta convertirse en algo más tierno.
—Pensé que sería mejor que te lo preguntara formalmente antes de dirigirnos hacia la próxima parada.
—¿Y eso dónde es?
—Ya lo verás. Gracias, Luna. —Josh se despidió de la sonriente propietaria de la librería con un gesto de la cabeza y ella le ofreció una bolsa llena de libros.
Me había concentrado tanto en la yincana que ni siquiera me había dado cuenta de que la propietaria me había estado siguiendo y había ido cogiendo todos los libros que contenían una pista mientras yo avanzaba hacia la siguiente sección.
—Los libros son tuyos —señaló Josh—. Así diversificas tus lecturas. De nada.
Me dejó tan estupefacta que fui incapaz de dar con una buena réplica.
—¿Cómo has organizado todo esto?
—Como te he dicho, Luna es la amiga del primo de un chaval que trabaja conmigo. Me ha ayudado ella. Además, le he traído un huevo de libros a cambio de eso, así que los dos hemos salido ganando.
—Es... —«No llores.» Sería humillante, pero que Josh se hubiera molestado tanto para organizarme una cita...
Sentí un nudo en la garganta. Le dijimos adiós a Luna y salimos de la librería.
—Jules Ambrose sin palabras. Debería haberlo hecho hace tiempo —bromeó Josh—. Me habría ahorrado muchísimos quebraderos de cabeza.
—Qué gracioso. —Ya había vuelto a encontrar mi voz—. Bueno, ¿dónde está el premio que me has prometido?
—Te lo daré después.
Entrecerré los ojos.
—¿Me estás timando, Josh Chen?
Se le dibujó una sonrisa traviesa en los labios.
—Puede. —Nos detuvimos delante de Giorgio’s, un pequeño restaurante italiano que estaba escondido en una calle secundaria. La luz de las velas iluminaba las ventanas y, cuando Josh abrió la puerta, una dulce melodía de jazz se me coló en los oídos—. Supongo que tendrás que confiar en mí.
Hacía tres meses no habría confiado en Josh Chen ni aunque me estuviera ahogando y él fuera mi única cuerda salvavidas. Ahora, ni siquiera lo pensé dos veces antes de seguirlo a él y a la recepcionista hacia una mesa que había en una esquina al final del restaurante.
—No iba a hacerte cocinar —dijo Josh refiriéndose a la primera pista de la yincana—. No quiero morir por intoxicación alimentaria.
—Rápido, deja tu trabajo en el hospital. Deberías ser humorista. —Hojeé la carta—. Hemos llegado hasta aquí, así que entiendo que he cumplido con tus estándares de intelectualidad y soy oficialmente el cerebrito de la relación.
—Entre otras cosas —respondió Josh en voz baja.
Empecé a pasar las páginas de la carta más despacio. Levanté la cabeza y, al ver la intensa mirada de sus ojos, me dio un vuelco el estómago.
—¿Otras cosas?
Se le fueron encorvando lentamente los labios hasta delinear una sonrisa.
—No intentes pescar cumplidos, Pelirroja.
—No pesco. Odio pescar. —«Pero ¿qué estás diciendo?» Aun así, estaba tan nerviosa que fui incapaz de quedarme quieta o permanecer con el pico cerrado y seguí divagando—: Ya que hemos sacado el tema, ¿por qué los tíos siempre ponéis fotos pescando en las apps para ligar? Corta un montón el rollo, sinceramente.
—Yo no lo hago, y tampoco tienes que preocuparte por eso.
—¿Por qué no?
—Porque ni tú ni yo vamos a salir con nadie más, Pelirroja —respondió Josh tan directo y con tal sosiego que sus palabras se me grabaron en la piel como si solo pudieran ser verdad.
Nuestra camarera llegó y me salvó de tener que dar con una respuesta elocuente. Total, mis esfuerzos habrían sido en vano. Si ni siquiera podía centrarme en la comida, imaginaos conseguir juntar las miles de palabras que formaban parte de mi vocabulario para construir una frase coherente.
En lo único que sí podía centrarme era en el hombre que tenía sentado delante. En el grosor de su labio inferior, la sombra de su hoyuelo, la áspera caricia de su voz y el dorado brillo de su piel bajo esa tenue luz.
No entendía cómo había llegado a pensar, en su día, que Josh era insufrible, porque ahora podría quedarme aquí y escucharlo hablar para siempre.
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en Eldorra? ¿Eso de perdonar aunque no olvide? —Josh se frotó la barbilla—. Pues Alex y yo vamos a ir a ver un partido la semana que viene.
Una agradable sorpresa se apoderó de mí.
—Qué bien.
—Ya veremos. Es un capullo integral; el intento quizás me haga más mal que bien.
Reí.
—Cierto. Pero capullo lo ha sido siempre, y bien que fuisteis amigos durante años.
—Eso también es verdad. Es raro porque, al principio, cuando nos conocimos, conseguir que se abriera fue complicado de cojones. Y esa era su forma de intentar ser amable. En otras ocasiones habría dado por perdida la amistad con alguien así, pero... —Josh arrugó la frente—. Yo qué sé. Supongo que pensé que Alex necesitaba un amigo. Por más rico que seas, siempre necesitas contar con el apoyo de alguien. Alguien que no esté a tu lado por la pasta.
Sus palabras me ablandaron.
—Eres una buena persona, Josh Chen.
—Solo a veces. —Rio avergonzado—. Tenías razón, ¿sabes? Esa vez que, después de haber ido al Black Fox, dijiste que me aferraba al rencor porque era lo único que me quedaba.
El Black Fox. Me daba la sensación de que había pasado un siglo desde esa noche. En ese momento estábamos coléricos y nos dijimos cosas verdaderamente hirientes; sin embargo, si pudiera volver atrás en el tiempo y cambiar algo, no lo haría. Esa noche nos había llevado a donde estábamos ahora. E incluso con la reciente muerte de mi madre y el espectro de Max acechándome, estaba feliz donde estaba porque, por una vez en mi vida, no me sentía sola.
—Yo no diría que sea lo úúúnico que te queda para aferrarte —me corregí.
El resto del restaurante pasó a segundo plano y el silencio se sentó entre nosotros, tirante y saciado con un millón de palabras por decir.
El estadillo de emociones que vi en la mirada de Josh se me clavó en el pecho y atravesó un escudo cuya existencia yo misma desconocía.
El resultado fue caótico: mi corazón se volvió vulnerable, se me descontroló el pulso y, en el estómago, una bandada de mariposas fugitivas alzó el vuelo.
—Cuidado, Pelirroja. —La dulce advertencia de Josh hizo que se me pusiera agradablemente el vello de punta de una forma—. Como sigas diciendo cosas así, puede que no te suelte nunca.
De repente me entró mucho calor. Me estaba empezando a marear por la falta de oxígeno, pero, por más que intentara respirar, sentía que no era suficiente. Cada bocanada de aire que tomaba me recorría cual descarga eléctrica y me encendía desde el interior.
De no haber sido porque sonaron las campanillas de la puerta de entrada y me hicieron volver al presente, me habría desmayado ahí mismo, en aquella esquina del Giorgio’s. Al sonido de la puerta le siguió una voz clara y fría.
—Alex Volkov. Mesa para dos.
Josh y yo apartamos la mirada y nos giramos hacia la entrada del restaurante. Ambos horrorizados.
Alex y Ava se encontraban cerca del atril de la recepcionista. Todavía no nos habían visto. Alex estaba ocupado mirando a Ava y ella estaba ocupada hablando con la camarera, pero era solo cuestión de tiempo. El restaurante era minúsculo.
—Madre mía. —Aparté la vista y me cubrí el lateral de la cara con una mano—. ¿Qué hacemos?
Alex y Ava creían que Josh y yo seguíamos odiándonos mutuamente. Si hubiéramos estado en algún lugar más informal, hubiéramos podido decir que nos habíamos cruzado accidentalmente; sin embargo, estar sentados en la misma mesa, a la luz de las velas, en un romántico restaurante un viernes por la noche no tenía nada de accidental.
—Tenemos dos opciones —anunció Josh en voz tan baja que resultaba casi inaudible—. Una: nos quedamos, tenemos un par de agallas y asumimos las consecuencias. O dos: nos escabullimos por la puerta trasera como cobardes antes de que nos vean.
Nos quedamos mirando el uno al otro.
—La segunda —gesticulamos con la boca al unísono.
Por suerte, ya habíamos pagado. El reto sería llegar a la cocina sin que nos vieran Alex y Ava.
Nos mantuvimos de espaldas al resto de los comensales mientras nos dirigíamos hacia las puertas batientes. No queríamos echar a correr y llamar la atención de la gente, pero, a cada segundo que pasaba, más me daba la impresión de que se me iba a salir el corazón del sitio.
Nos colamos en la cocina de milagro antes de que nuestros amigos pudieran vernos. Una vez dentro, echamos a correr y el personal nos miró sobresaltado.
—¡Eh! —gritó uno de los jefes de partida—. ¡No pueden estar aquí!
—¡Perdón! —grité girando la cabeza para mirarlo—. ¡Queríamos felicitar al chef!
—Los pappardelle al ragù estaban exquisitos —añadió Josh—. ¡Un diez!
—Voy a llamar al encargado. —El jefe de partida alzó la voz—. ¡Sergio!
Mierda.
—¡Vamos, vamos, vamos! —Josh me agarró de la mano y tiró de mí hacia la salida. Acabamos en el callejón que había detrás del restaurante justo cuando un hombre que supuse que sería Sergio nos gritó algo ininteligible. No dejamos de correr hasta que estuvimos unas cuantas manzanas más abajo y yo me incliné para coger aire.
—Joder —resoplé. El cardio no era lo mío y se notaba—. No me puedo creer lo que acabamos de hacer.
—Al menos hemos sido generosos con la propina. —Al capullo de Josh ni siquiera le faltaba el aire—. Ya les pondremos una buena reseña en Yelp: «Buena comida y una cocina limpia. Lo vimos con nuestros propios ojos».
Por alguna razón, el comentario de Josh me pareció divertido. Volví a encogerme, pero esta vez muerta de la risa.
Al cabo de un segundo, Josh se unió a mí.
Quizás fuera la comida, la adrenalina del casi encontronazo con nuestros amigos o el fresco aire de la noche, pero la euforia se apoderó de mí.
Nunca me había sentido tan increíble e indescriptiblemente viva.
Se nos fue apagando la risa, pero el globo de placer que sentía en el pecho no se desinfló.
—Bueno, dime, Pelirroja. —La comisura de los labios de Josh seguía encorvada en una sonrisa—. En una escala del uno al diez, ¿qué tal la cita?
—Mmm... —Me di golpecitos en la barbilla—. Siete con cinco, y lo redondeo al ocho por la yincana.
—Conque ocho, ¿eh? —Dio un paso hacia mí.
El corazón se me aceleró un poco.
—Ajá.
—¿Qué tengo que hacer para que suba al diez? —Bajó la mirada hacia mi boca.
—Hombre..., aún me debes un premio. —¿Esa voz exaltada y jadeante era la mía?—. Cumple tus promesas, Chen.
—Tienes razón. —Josh me envolvió la mano con una cara y me acarició el labio con el pulgar. Unas chispas eléctricas me recorrieron la piel—. Qué maleducado por mi parte dejarte en espera.
Se inclinó y me besó. Su tacto era suave como una pluma, pero me recorrió entera, de pies a cabeza.
—¿Qué tal ahora? ¿Ya hemos conseguido el diez? —me susurró con la boca pegada a la mía.
—Eh... —Tenía la cabeza inundada de placer—. El nueve, quizás.
—Mmm. Eso no me sirve. —Volvió a besarme, esta vez con más ahínco. Su lengua se abrió paso entre mis labios y, cuando los abrí, se coló en mi boca. Una neblina de lujuria me fue anegando el cerebro mientras la lengua de Josh exploraba por mi boca y su mano me agarraba, posesiva, de la cintura. Cuando se separó, casi no me acordaba ni de mi nombre—. ¿Y ahora qué tal?
—Nueve con cinco —carraspeé después de una larga y vertiginosa pausa.
—Nueve con cinco. —Me agarró de la coleta con la otra mano, tiró de ella sutilmente y sentí ese gesto directamente en mi sexo—. ¿Estás jugando conmigo, Pelirroja? —me preguntó con voz sedosa.
—¿Eso ha sido una queja?
Se le encendió la mirada, divertido, aunque en ella también vi algo más que hizo que unas cálidas sortijas se retorcieran en mi interior.
—En absoluto.
Esta vez me besó con más rudeza, con más urgencia.
Me hundí en ese beso y dejé que el tacto y el sabor de Josh me llevaran a un lugar donde solo existíamos él y yo.
Una vez leí en alguna parte que lo contrario del amor no era el odio, sino la indiferencia. Las llamas de odio y pasión ardían con la misma fogosidad.
Era incapaz de señalar el momento justo en que mis sentimientos por Josh cambiaron. Ni siquiera sabía lo que sentía por él en ese momento exactamente.
Lo único que sabía era que ardía por Josh, y no quería que las llamas de ese fuego se apagaran nunca.