Twisted hate

Twisted hate


39. Josh

Página 43 de 68

39

Josh

—Tío, cómo lo echaba de menos. —Estiré las piernas delante de mí y pillé una birra—. No hay nada mejor que el área vip.

—Claro. Por algo se llama así. —Alex estaba sentado a mi lado, siguiendo el partido con la mirada. Los Nationals jugaban contra los Dodgers y, en la quinta entrada, iban perdiendo por dos puntos. Podría ser peor.

Yo era más de baloncesto, pero los partidos de los Nationals resultaban más entretenidos. Alex y yo lo habíamos convertido en una tradición en nuestros años de universidad. Cuando nos apetecía hablar de algo de lo que no queríamos que se enterara la gente del campus, íbamos al campo de los Nationals y dejábamos el partido en segundo plano mientras charlábamos de nuestras mierdas.

Bueno, yo hablaba de mis mierdas y Alex suspiraba y me recordaba lo estúpidos que eran los demás. Era como ir a terapia, solo que aquí había deporte, cerveza y un mejor amigo cascarrabias.

No me había dado cuenta de lo mucho que me ayudaban esas sesiones hasta que terminaron.

Claro que eso sería teniendo en cuenta que dicho mejor amigo no contara como el causante de mis problemas.

—Tío, sigues en periodo de prueba —señalé—. Nada de sarcasmo hasta que hayas aprobado.

—Eso no formaba parte del trato.

—No teníamos ningún trato.

—Precisamente.

Fulminé a Alex con la mirada.

—¿Tú quieres que te perdone o no?

—Te soborné con asientos vip para el partido y aceptaste, lo cual significa que ya me has perdonado. —Sonrió—. A eso se le llama «acuerdo en la sombra».

Permanecí con el ceño fruncido un poco más hasta que al final cedí y me reí.

Touché.

Le di un sorbo a la bebida. Pensé que se me haría raro volver a una de nuestras tradiciones después de tanto tiempo, pero fue como si no hubiéramos dejado de hacerlo nunca.

Me vibró el móvil y, al leer el mensaje entrante, sonreí.

Jules: ¿Qué tal va la cita con tu bro? ¿Debería preocuparme?

Yo: Ya veremos. Alex sabe cómo tratar bien a un tío, pero tú eres más guapa.

Jules: ¿Me estás diciendo que no sé cómo tratarte bien?

Yo: Te pasas la mitad del tiempo insultándome, Pelirroja.

Jules: No es mi culpa que seas masoca.

Jules: Perdóname por satisfacer tus fetiches 

Volví a reír.

Yo: Ese no es mi fetiche, cariño.

Yo: A lo mejor necesitas que te recuerde lo que SÍ lo es.

Mi mano en su cuello. Sus uñas clavándose en mi piel. Sus gemidos y súplicas mientras hago que se vuelva prácticamente loca antes de follármela sin piedad.

Mandé ese último mensaje para chincharla, pero una ola de calor me abrasó la sangre con solo pensarlo.

Jules y yo no nos habíamos enrollado desde que estuvimos en Ohio. Ahora que estábamos saliendo, quería hacerlo como era debido y, en un ataque de pura estupidez, yo mismo había estipulado la norma de nada-de-sexo-hasta-la-tercera-cita.

Era una gilipollez como una catedral, sobre todo porque ya nos habíamos acostado anteriormente, pero me pareció que era lo que tenía que hacer. O quizás sí que era masoca. Me estaba machacando a mí mismo porque en el fondo me moría de ganas de acostarme con ella, y Jules tampoco es que estuviera disfrutando en exceso de ese tiempo de privación sexual.

Lo de la norma de la tercera cita tampoco hubiera estado tan mal si dispusiéramos de tiempo para tener citas. Por desgracia, a mis horarios del hospital y al trabajo de Jules en el Centro se la sudaba completamente nuestra vida sexual, así que aún no habíamos tenido una segunda cita siquiera.

No me sorprendería que mi polla se rebelara antes de que llegara la fecha. Que cogiera y abandonara el barco por simple negligencia.

Aparecieron tres puntos que me indicaron que Jules estaba escribiendo; luego desaparecieron y volvieron a aparecer:

Jules: Pues sí ;)

Jules: Mejor recuérdamelo varias veces para que no se me olvide.

Reprimí un torturado gemido.

Yo: Me estás matando, joder.

Yo: Paremos antes de que tenga que pasarme el resto del partido con una maldita erección.

Yo: Aunque puede que ya sea demasiado tarde.

Jules: Gallina.

Yo: Búrlate de mí tanto como quieras, Pelirroja.

Yo: Me acordaré de cada una de tus palabras la próxima vez que te folle.

Me guardé el móvil en el bolsillo antes de hacer algo estúpido, como pirarme del partido, ir a su casa y cumplir mi amenaza.

Pero ahora que lo pensaba...

—¿Quién es la chica? —Las palabras de Alex se desplomaron encima de mis fantasías pornográficas cual cubo de agua fría.

Partido de béisbol. Área vip. Reconciliación con Alex.

Venga.

Carraspeé y me retorcí en el asiento para intentar disimular el persistente efecto que había tenido en mí ese intercambio de mensajes con Jules.

—¿Cómo narices has sabido que era una chica?

—Te delata la cara. —Un poco más abajo, se oyó un fuerte quejido cuando los Dodgers volvieron a anotarse otra carrera—. Mientras escribías tenías la cara de quien está asquerosamente colado por alguien.

—No tenía cara de estar colado por nadie. —Me terminé la cerveza y cogí otra. ¿Era la quinta o la sexta? No estaba seguro. Cada vez la toleraba más y, últimamente, tenía que beber mucho para estar medio contento—. Además, mira quién fue a hablar. La próxima vez que Ava te escriba te sacaré una foto de la cara para que veas cuál se te queda a ti.

En lugar de morder el anzuelo, Alex ladeó la cabeza. Su curiosidad se convirtió en astucia.

—No es solo sexo. Estáis saliendo.

La madre que lo parió.

—Yo nunca he dicho eso.

—Lo has insinuado.

—Qué va.

—Claro que sí.

Suspiré exasperado.

Joder, a la mierda lo de tener un mejor amigo. Eran unos sabelotodos sobrevalorados.

—Vale. Puede —dije haciendo énfasis en esa palabra— que esté saliendo con alguien. —Intentar llevarle la contraria a Alex era como intentar clavar gelatina en una pared: inútil y una pérdida de tiempo—. No la conoces.

—Yo no estaría tan seguro. Conozco a mucha gente.

—A ella no. —Si se lo decía a Alex, este se lo contaría a Ava, y prefería engullir litros de agua del río Potomac que tener esa conversación con mi hermana.

Ahora entendía cómo se había sentido mientras había estado saliendo con Alex a mis espaldas.

—Mmm. —Alex se recostó en el asiento y me atravesó con la mirada—. Josh Chen con novia seria. Pensé que nunca llegaría este día.

—Yo podría decir lo mismo de ti.

—A veces, la gente cambia. Y, a veces, conocen a gente que hace que quieran cambiar.

—Y, a veces, la gente suena como una galleta de la fortuna.

A excepción de alguna ocasión en la que soltaba alguna perla inigualable, los consejos de Alex solían ir de salvajemente perturbadores (como la vez en que sugirió que chantajeara a un profesor que la había tomado conmigo porque lo había corregido en clase) a irritantemente confusos.

—Hablando de cambiar... —Dudé un segundo antes de proseguir—: Michael me ha estado enviando cartas. Todavía no he abierto ninguna, pero a lo mejor voy a visitarlo algún día de estos. A la cárcel.

Aún no se lo había contado a Ava, y tampoco estaba seguro de hacerlo en ningún momento. Mi hermana por fin había superado lo de Michael y yo no quería volver a arrastrarla hacia ese embrollo.

Sin embargo, Alex era la única otra persona que quizás pudiera entender la importancia de estas palabras.

Permaneció inmóvil y se le tensó el rostro hasta llegar a parecerse a una roca. Puede que Michael no fuese quien hubiera asesinado a su familia, pero sí que había intentado asesinar a Ava. Y, a ojos de Alex, el delito era el mismo.

—Ya veo. —Cero inflexión—. ¿Y cuándo irás a visitarlo?

—No lo sé. —Me quedé con la vista puesta en el partido, aunque en el fondo no le estaba prestando atención—. El próximo día que tenga libre, supongo. Ni siquiera sé lo que le diré.

«¿Qué tal la comida en la cárcel?

»Oye, papá, ¿siempre quisiste crecer y convertirte en un asesino frustrado, o te inspiraste en las series de crímenes basadas en hechos reales que le gustaban a mamá?

»Eres un pedazo de mierda y ojalá te odiara tanto como debería.»

Me froté la cara con la mano. Me resultaba agotador solo pensarlo.

Tenía que hablar con él, pero eso no significaba que me apeteciera hacerlo.

Alex guardó silencio un largo minuto más y luego me sorprendió de cojones al decir:

—Quizás deberías abrir las cartas.

Me pilló por sorpresa y se me escapó la risa.

—¿Estás de coña? Pensé que intentarías disuadirme para que no fuera a verlo.

—Ese hombre es escoria y, si pudiera, me quedaría mirando cómo se desangra —dijo Alex fríamente—. Pero es tu padre y, mientras sigas evitando enfrentarte a él, siempre tendrá cierto poder sobre ti. Y el cabrón no se lo merece.

Sus palabras sonaron alarmantemente parecidas al consejo que me había dado Jules.

En mi fuero interno, ya sabía que necesitaba pasar página. No obstante, oír cómo lo decía Alex, de una forma tan escueta y poco sentimental, fue un golpe duro.

—Ya. —Eché la cabeza hacia atrás y me quedé mirando el techo mientras abandonaba la idea de fingir estar siguiendo el partido—. ¿Está mal que una parte de mí desee que tuviera una buena excusa para hacer lo que hizo? Sé que no hay excusa que valga, pero... Joder. Yo qué sé. —Me froté la cara con la mano otra vez, deseando poder expresar la confusión que me carcomía por dentro.

—Ava tenía sentimientos encontrados hacia él, y a quien intentó matar fue a ella. —A Alex se le ensombreció la mirada—. Es difícil soltar a quien te ha criado.

—¿A ti también te pasa?

El tío de Alex fue quien estuvo detrás del asesinato de su familia y había muerto en un misterioso incendio poco después de que la verdad saliera a la luz.

Nunca hice pregunta alguna respecto al incendio porque estaba convencido de que no quería saber la respuesta. Cuando Alex estaba involucrado en algo, era mejor permanecer desinformado. Generalmente.

—No.

Sacudí la cabeza, exasperado, aunque nada sorprendido, por su seca respuesta.

—¿Crees que debería visitar a Michael?

—Creo que deberías hacer lo que sientas que necesitas para dejarlo atrás. —Alex volvió a centrar su atención en el partido. Los Nationals habían vuelto a marcar mientras no estábamos mirando y ahora solo iban perdiendo por un punto—. No dejes que te arruine la vida más de lo que ya lo ha hecho.

Las palabras de Alex me retumbaron por la mente lo que quedaba de partido.

Cuando volví a casa y abrí el cajón de mi escritorio, todavía las oía. Un grueso fajo de cartas descansaba en ese cajón de madera oscura, esperando a que las cogiera.

Creo que deberías hacer lo que sientas que necesitas para dejarlo atrás.

Era paradójico lo rápido que había saltado, literalmente, de un acantilado, de un puente o de un avión. Sin embargo, cuando tenía que hacer frente a algo personal, a algo que realmente importaba, me sentía como un niño en el borde de una piscina por primera vez en su vida.

Asustado. Inseguro. Nervioso.

Tras otro minuto de pausa, me senté en la silla, abrí el primer sobre y empecé a leer.

 

 

La sala de visitas del centro penitenciario de Hazelburg se parecía más a una cafetería de instituto que a una prisión. Había una docena de mesas blancas repartidas por aquel inhóspito suelo gris y, a excepción de unos cuantos cuadros paisajísticos genéricos, las paredes carecían de decoración alguna. Se oía el zumbido de las cámaras de vigilancia que había en el techo, unos voyeurs silenciosos de las reuniones que tenían los prisioneros con sus familiares.

Fui moviendo la pierna nerviosamente, pero al final me agarré la rodilla con la mano para obligarme a parar.

Las mesas estaban suficientemente cerca como para que pudiera enterarme de las conversaciones que estaban teniendo lugar a nuestro alrededor; sin embargo, algunos fragmentos de las cartas de Michael que se iban reproduciendo en mi memoria ahogaban los demás sonidos. Las había leído tantas veces durante la semana después de abrirlas que tenía las palabras grabadas en el cerebro.

¿Qué tal va la residencia? ¿Se parece en algo a «Anatomía de Grey»? Solías hacer bromas y decir que, si algún día llegabas a ser residente, apuntarías todas las imprecisiones de la serie en un diario. Si tienes uno, me encantaría verlo...

 

Acabo de ver «Atrapado en el tiempo». A veces, la vida en la cárcel es así... Es como vivir el mismo día una y otra vez...

 

Feliz Navidad. ¿Harás algo especial para las fiestas este año? Sé que los médicos tenéis que trabajar en vacaciones, pero espero que puedas cogerte unos días. Quizás puedas ir a ver las auroras boreales en Finlandia como siempre has querido...

El contenido de las cartas era general e inocuo, pero incluía suficientes bromas que solo él y yo entenderíamos y recuerdos compartidos que hacían que pasara las noches en vela.

Al leerlas, casi habría creído que Michael era un padre normal que escribe a su hijo en lugar de ser el cabrón psicópata que era.

Se abrió la puerta y apareció un hombre vestido con un mono naranja.

Hablando del papa de Roma...

Me dio un vuelco el estómago.

Tenía el pelo algo más canoso y las arrugas un tanto más pronunciadas, pero, por lo demás, Michael Chen seguía igual que siempre.

Rígido. Calculador. Severo.

Se sentó delante de mí y un estruendoso silencio tensó el aire que nos separaba como si fuera una banda elástica a punto de petar.

Los guardias nos observaban desde un lado de la sala. El peso de su escrutinio era el tercer participante en la inexistente conversación que estábamos manteniendo.

Finalmente, Michael habló:

—Gracias por haber venido.

Era la primera vez que oía su voz en tres años.

Me estremecí. No estaba preparado para la nostalgia que me provocó.

Era la misma voz que me había calmado cuando estaba enfermo, la misma que me había animado después de perder un partido de baloncesto y la misma que me había gritado cuando me pilló después de que me escapara para salir de fiesta con un carné de identidad falso en el instituto.

Era mi infancia: lo bueno, lo malo y lo desagradable. Todo envuelto en un tono sordo y profundo.

—No he venido por ti. —Me apreté el muslo con más fuerza.

—Entonces, ¿por qué has venido? —A excepción del segundo en que se le ensombreció la cara, Michael no manifestó expresión alguna ante mi fría respuesta.

—He... —Las palabras se me atascaron en la garganta y Michael sonrió, astuto.

—Estás aquí, así que intuyo que has leído mis cartas. Sabes lo que he vivido estos tres años, lo cual no viene a ser gran cosa. —Se rio lastimosamente de sí mismo—. Háblame de ti. ¿Cómo va el trabajo?

Estar aquí sentado hablando con mi padre como si hubiéramos quedado para tomar un puto café era surrealista. Pero se me había quedado la mente en blanco y no pude pensar en qué hacer, más allá de seguirle el juego.

—Bien.

—Josh. —Michael volvió a reír—. Dime algo más aparte de eso. Llevas queriendo ser médico desde que ibas al instituto.

—Las residencias son como son. Trabajar mucho hasta tarde. Ver a muchas personas enfermas y ver cómo mueren otras tantas. —Sonreí forzadamente un segundo—. Todo eso lo conoces bien.

Michael hizo una mueca.

—¿Y tu vida amorosa? ¿Estás quedando con alguien? —Hizo caso omiso de mi último comentario—. Ya estás llegando a esa edad en la que va tocando sentar la cabeza y formar una familia pronto.

—Todavía no he cumplido ni los treinta. —A decir verdad, no sabía si quería tener hijos. Y, en caso de querer tenerlos, no sería hasta dentro de muuucho tiempo. Necesitaba conocer más mundo antes de sentar la cabeza e irme a vivir a una casa a las afueras de la ciudad con una cerca de madera blanca.

—Ya, pero primero tienes que salir con la chica unos cuantos años —argumentó Michael—. A no ser que ya estés saliendo con alguien. —Al ver que no respondía, Michael arqueó las cejas—. ¿Estás saliendo con alguien?

—No —mentí, en parte porque quería fastidiarlo y en parte porque no se merecía saber nada sobre Jules.

—Ah, bueno, no me mates la esperanza.

Seguimos con nuestra charla trivial, sacando temas mundanos, como el tiempo o la próxima temporada de fútbol para evitar el tema del que nadie se atrevía a hablar. Aparte de haberle propiciado un puñetazo en toda la cara, nunca lo había confrontado con el tema de Ava.

Y eso me pesaba en el estómago cual bloque de hormigón. Ignorarlo me parecía mal, pero tampoco me veía capaz de destrozar nuestra ligera, aunque en parte forzada, conversación.

«Lo siento, Ava.»

Después de ir flotando a la deriva durante tres años, podía fingir que volvía a tener padre. Por más egoísta y jodido que fuera, quería saborear esa sensación un rato más.

—¿Qué tal la cárcel? —Casi me reí de mi vana pregunta, pero tenía curiosidad, en serio. Las cartas de Michael detallaban minucias de su día a día, pero no entraban en detalles sobre cómo estaba sobrellevando su encarcelamiento.

¿Se sentiría triste? ¿Avergonzado? ¿Enfadado? ¿Se llevaría bien con el resto de los presos o adoptaba una posición más bien resguardada?

—La cárcel es la cárcel. —Michael sonó casi alegre—. Es aburrida e incómoda, y la comida está malísima, pero podría ser peor. Por suerte... —Se le iluminó la mirada con un brillo oscuro—. He hecho algunos amigos que han podido ayudarme.

Cómo no. No sabía cómo iban los líos en el mundo de los presos, pero Michael siempre había sido un superviviente.

No sabía si me sentía aliviado o cabreado de ver que no estaba pasándolo peor.

—Por cierto... —Michael bajó más la voz hasta convertirse casi en inaudible—. Me han pedido un favor a cambio de su, eh..., amistad.

Una sospecha glacial me heló el cuerpo.

—¿Qué clase de favor?

Supuse que con «amistad» se refería a «protección», pero a saber. En las prisiones pasaban cosas muy raras.

—La vida en la prisión es... complicada —anunció Michael—. La gente hace muchos trueques y hay líneas que uno no quiere cruzar. Pero algo en lo que todo el mundo estará de acuerdo es en lo muy valiosos que son algunos productos. Como los cigarrillos, el chocolate, el ramen instantáneo... —Hizo una breve pausa—. O los medicamentos.

Si los medicamentos ya eran valiosos en la vida real, en el mercado negro de la cárcel debían ser como el oro.

¿Y quién tenía fácil acceso a los medicamentos? Un médico.

Sentí que se me arremolinaban las entrañas y me daban un vuelco.

En su día, habría concedido el beneficio de la duda a mi padre, pero ahora ya había aprendido mi lección. Quizás fuera cierto que me echaba de menos y que quería arreglar las cosas entre nosotros. Al fin y al cabo, me había estado mandando cartas durante dos años.

Pero, a fin de cuentas, Michael Chen solo miraba por su propio bien.

—Ya veo... —Me obligué a mantener una expresión neutral—. No me sorprende.

—Siempre has sido listo. —Michael sonrió—. Tanto como para ser médico, claro está. Se lo he comentado a mis amigos y me han preguntado si te importaría echarnos un cable.

Tenía cojones que me pidiera que le pasara medicamentos en medio de la sala de visitas. Hablaba bajo y dudaba que los guardias lo oyeran, pero quizás ellos también estuvieran metidos en este enredo. En algunas cárceles, los presos eran quienes daban la cara, pero el sistema entero era corrupto de narices.

—No has cambiado en absoluto, ¿eh? —Ni siquiera me molesté en fingir que no sabía de lo que me estaba hablando.

—Claro que he cambiado —me contradijo Michael—. Reconozco que lo que le hice a Ava estuvo mal, pero solo podré arreglar las cosas si sigo con vida. Y la única forma de seguir con vida es siguiéndoles el juego. —Se le tensó la mandíbula—. No te haces a la idea de cómo es vivir aquí. De lo difícil que es sobrevivir. Dependo de ti.

—Pues quizás podrías haberlo pensado mejor antes de intentar asesinar a mi hermana —solté haciendo especial énfasis en las últimas cuatro palabras. El enfado que había ido acumulando no explotó, sino que me salió de dentro, lento pero con firmeza, igual que los gases tóxicos que contaminan el aire.

Por primera vez desde que había entrado en la sala, a Michael se le cayó la máscara de «padre arrepentido» y sus ojos me atravesaron como puñales.

—Te crie. Te alimenté. Te pagué un año en Centroamérica.

—Escupió cada palabra como si fueran balas—. A lo mejor la cagué, pero eso no quita que siga siendo tu padre —dijo remarcando las dos últimas palabras.

El principio de devoción filial que me habían inculcado desde pequeño. Quizás, en parte, por eso me costaba tanto cortar el vínculo con Michael, porque una parte de mí sí que sentía que le debía algo por todo lo que me había dado de pequeño. Tuvimos una casa bonita y disfrutamos de lujosas vacaciones familiares. Cada año, en Navidad, me compraba lo último que había salido al mercado y me pagó los estudios en Thayer, una de las universidades más caras del país.

Sin embargo, la ciega obediencia también tenía un límite, y mi padre lo había cruzado miles de veces.

—Te agradezco todo lo que hiciste por mí de pequeño. —Apreté los puños bajo la mesa hasta que me quedaron los nudillos blancos—. Pero ser padre va mucho más allá de cubrir las necesidades básicas de los hijos. Va de confianza y de amor. Oí cómo se lo confesabas todo a Ava, papá —recalqué esa última palabra—, pero lo que no oí fue una puta disculpa...

—No digas palabrotas —me cortó—. Es indecoroso.

—Ni tampoco una buena explicación de por qué lo hiciste —proseguí—. Y diré putos tacos si me puto apetece porque, te lo repito: ¡intentaste asesinar a mi hermana!

El pulso se me aceleró tanto que notaba cómo rugía y cómo me latía el corazón contra la caja torácica. Ahí estaba la explosión que había estado esperando. Tres años de emociones contenidas que salieron a borbotones todas a la vez y se llevaron por delante aquel efímero vínculo afectivo.

El resto de los presos permaneció en silencio. Uno de los guardias se me acercó a modo de advertencia, pero no llegó a interrumpirnos.

A Michael le tembló el ojo.

—Eres mi hijo. No puedes dejar que me pudra aquí.

Sonaba como un disco rayado.

Los genes que compartíamos eran la última excusa que le quedaba y lo sabíamos los dos.

—Has sobrevivido dos años. Estoy seguro de que podrás sobrevivir otros veinte más. —Me levanté tras haberme vaciado de cualquier sentimiento hacia él. Tenía el corazón hueco, la insensibilidad se había apoderado de mí y una capa de frío me cubría la piel.

Había deseado con todas mis fuerzas que, de alguna forma, mi padre pudiera redimir lo irredimible. Que pudiera darme una buena razón sobre por qué había hecho lo que había hecho o que, por lo menos, se hubiera mostrado genuinamente arrepentido. Pero ahora resultaba brusca y cegadoramente evidente que, si bien era capaz de fingir darnos amor, era incapaz de sentirlo.

A lo mejor me quería a su manera, pero también estaba dispuesto a utilizarme. Si no le servía de nada (si no tuviese acceso a los medicamentos que tanto necesitaba y si no fuera su único vínculo con el mundo exterior), me apartaría de una patada sin pensarlo dos veces.

—Josh. —Michael rio de forma forzada—. No irás en serio.

—Eres mi padre por consanguinidad, pero no eres mi familia. Nunca lo serás. Estoy seguro de que tus amigos lo entenderán —le dije marcando el énfasis en amigos y con un sabor amargo en la lengua—. No volveré a visitarte, pero te deseo lo mejor.

—Josh. —El pánico se apoderó de su mirada y, a este, le siguió un aturdido dolor. Quizás fuera la primera emoción real que le había visto mostrar en muchísimo tiempo, pero ya era demasiado tarde.

En algún momento teníamos que soltar a la persona que había sido en el pasado o que quizás podría ser y ver quién era en realidad. Y Michael Chen se había convertido en una persona a quien yo no quería llamar mi padre.

—Siéntate —me dijo—. No tenemos por qué hablar de los medicamentos. Háblame de tus viajes. Siempre te ha gustado viajar. ¿Cuál es tu próximo destino?

Me alejé con un escozor en los ojos.

—Josh. —El pánico se coló en su voz—. ¡Josh!

No respondí ni me despedí de él.

Firmé al salir y seguí andando hasta que el flameante calor que caía fuera de la prisión me abrasó.

Ya podía pasar página, pero nadie me había advertido de que pasar página fuera a ser así. Era una sensación muy puta, que se agarró con uñas y dientes a mis huesos y me despedazó el corazón hasta conseguir que el simple hecho de respirar me costara un mundo.

Sin embargo, en lugar de intentar mitigarla, la acogí con los brazos abiertos. Porque, a pesar de que el jodido dolor fuera desgarrador, demostraba que seguíamos vivos, y solo podíamos curarnos después de haberlo superado.

Ir a la siguiente página

Report Page