Twisted hate
40. Jules
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Jules
Alguien llamó al timbre menos de un minuto después de que yo terminara mi clase de repaso online para el examen de abogacía.
Faltaba menos de un mes para la prueba, lo cual significaba que esos días vivía por y para el estudio hasta pasada la fecha. Nada de salir, nada de ir a tomar el café con mis amigas para ponernos al día y nada de citas pomposas con Josh. Cuando nos veíamos, Josh y yo no hacíamos gran cosa; a veces quedábamos y yo estudiaba mientras él preparaba café o pedía comida para llevar.
Sin embargo, cuando abrí la puerta y lo vi ahí plantado y con aquella expresión de piedra, todos mis pensamientos sobre el examen de abogacía desaparecieron.
—He ido a ver a Michael. —El vacío de su voz me dijo todo cuanto necesitaba saber sobre cómo había ido su visita.
Hostia.
—¿Y cómo estás? —No pregunté por los pormenores porque no eran relevantes. Lo que sí era relevante era cómo estaba gestionando Josh todo eso.
Abrí más la puerta para que pudiera entrar. Stella estaba trabajando y yo tenía la casa sola durante unas cuantas horas.
—Como te imaginas. —Josh me dedicó una sonrisa asimétrica, pero tenía los músculos visiblemente tensos. Reparó en mi ordenador portátil, abierto, y en los libros—. Perdona, no quería interrumpir tus horas de estudio. Sé que estás ocupada...
—No te preocupes por eso. De todos modos, pretendía hacer una pausa. —Llevaba seis horas seguidas estudiando y tenía la vista cansada de tanto mirar la pantalla.
Me venía bien una distracción, aunque hubiese preferido que fuera una más alegre.
Me dejé caer en el sofá, al lado de Josh.
—¿Quieres hablar del tema? —le pregunté—. Suelo cobrar por mis servicios terapéuticos, pero como estás bueno te ofreceré una sesión de cortesía de quince minutos.
—Exacto, estoy bueno. —Asintió—. Igual que tú. Empezamos con buen pie.
—Bueno, yo tengo muchísima experiencia con narcisistas dementes. A fin de cuentas, vivo en Washington.
La áspera risa de Josh me acarició el corazón.
—Bien visto.
Seguí sonriendo un poco más hasta que volví en mí.
—Ahora en serio. ¿Cómo estás?
Apoyó la cabeza en el respaldo.
—Triste. Cabreado. Resignado a la idea de que mi padre y yo nunca vamos a reconciliarnos. Y —tragó saliva con fuerza y se le tensaron los músculos de la garganta— aliviado de que por fin pueda dejar todo esto atrás. Leí sus cartas. No eran más que patrañas para manipularme emocionalmente. Michael no cambiará nunca, y verlo y cortar cualquier vínculo con él ha sido doloroso. Pero ya tengo lo que necesitaba.
—Pasar página —señalé en voz baja.
—Eso es. —Se giró para mirarme con aquellos ojos oscuros llenos de autocrítica—. Me he dado cuenta de lo estúpido que he sido al ir posponiendo enfrentarme a él durante tanto tiempo. He vivido tres años estancado cuando podría habérmelo quitado de encima mucho antes y seguir adelante.
—No has sido estúpido. —Le envolví la mano con la mía y le di un apretón—. No estabas preparado. No se trata solo de enfrentarnos a algo. Se trata de darnos tiempo para estar listos. Para ver qué queremos.
—Ya. —Me dio un golpe en la rodilla con la suya—. No eres tan mala terapeuta como pensaba.
Me llevé la mano al pecho y fingí sentirme ofendida.
—¿Te ofrezco una sesión gratuita y me pagas con insultos?
—Te encanta que te insulte.
—Adivina qué, listillo: a nadie le gusta que lo insulten.
—¿Quieres que comprobemos si esta teoría es cierta? —me interrogó Josh bajando la voz.
Y así, sin más, la tensión en el aire cambió. La fuerte emoción que se respiraba en el ambiente dio paso a una chisporroteante electricidad que me recorrió la piel y me fluyó por las venas. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que había mantenido relaciones sexuales, y cada mirada y cada palabra prendían más chispas a mi excitación.
Pero eso no iba solo de sexo. A veces, la única forma de purgar nuestros sentimientos era a través de un acto físico. Una catarsis en su estado más puro.
Si esto era lo que Josh necesitaba después de haber ido a ver a Michael a la cárcel, se lo iba a dar.
—¿En qué estabas pensando? —Josh había estado ahí para mí cuando había necesitado distraerme de todo lo de Max. Ahora me tocaba a mí devolverle el favor... lo cual tampoco me suponía un problema.
En sus ojos todavía se vislumbraba una sombría tensión, pero la sonrisa sedosa de sus labios era pura maldad.
—Desvístete, Pelirroja.
Una pulsación pertinaz se apoderó de mi entrepierna al oír su dulce orden.
Me levanté y le aguanté la mirada mientras me liberaba el primer botón de mi camisa del ojal. Una calidez atesorada abrasó las sombras de sus ojos y me consumió con sus llamas.
—¿Qué clase de hombre obliga a una mujer a hacer todo el trabajo? —Repetí la acción anterior con el segundo botón—. No sabía que fueras tan haragán, Chen. —Tercer botón—. ¿O es que tienes ansiedad por trabajar y eso te está frenando?
Bajé la vista directamente hasta su ingle, pero al ver su erección se me secó la boca de golpe.
Se me había olvidado lo grande que la tenía. Lo duro que le gustaba.
Cuarto botón.
Una anticipación nerviosa me recorrió entera cual creciente marea.
—Es gracioso que me sigas insultando como si no fuera a dejarte luego sin palabras —señaló Josh la mar de tranquilo cuando me deshice de la camisa con una sacudida de hombros y dejé que cayera al suelo—. ¿O es que quieres que lo haga?
Una llamarada de fuego me abrasó las mejillas.
Me contoneé para quitarme los pantalones; me temblaban los dedos.
—Ya decía yo. —Sonrió astuto—. La ropa interior también. Y luego ve a tu cuarto.
Tenía el aire acondicionado a tope, pero el calor de su mirada mientras estudiaba mi desnudez me templó de arriba abajo.
Me siguió. Sus pasos eran prácticamente inaudibles y él era como un depredador acechando a su presa dispuesta.
Cuando llegamos a mi habitación, sentí los nervios a flor de piel. Sin embargo, al ver que Josh abría mi armario e iba pasando perchas antes de coger algo de una de ellas, los nervios se transformaron en confusión.
—¿Qué...? —murmuré al ver que tenía mis fulares de seda en las manos.
Me dio un vuelco el estómago. Ay, Dios.
Se envolvió los fulares en el puño para que no arrastraran por el suelo.
—A la cama, Jules.
En otra ocasión me habría resistido más, pero estaba demasiado húmeda y dolorida como para no acatar sus órdenes.
El colchón se hundió bajo mi propio peso. Josh no tardó ni dos segundos en unirse a mí y, cuando me empujó para tumbarme en la cama y me ató las manos a los postes del cabecero, me quedé sin aliento.
—¿Qué haces? —El rugido que sentía en los oídos apenas me permitía oír mi propia voz. Tenía los pezones tan duros que incluso me dolían y mis fluidos me resbalaron por los muslos a causa de la exposición de imágenes pornográficas que se colaron en mi mente.
—Como crees que soy tan vago... —Fue bajándome por el cuerpo y yo pegué un aullido cuando me separó las piernas y me ató los tobillos a los postes del final de la cama—. Igual debería demostrarte que tienes razón.
Josh saltó de la cama para admirar su obra. Me tenía abierta de brazos y piernas, atada a la cama y, cuando me di cuenta de que tenía una visión perfecta de lo cachonda que estaba —con el clítoris hinchado y palpitándome, y los muslos húmedos por mi excitación—, una racha de calor me azotó la cara.
Pero a la que se giró y abrió el cajón de la mesita de noche, el terror se coló en mis venas.
«No lo hará.»
—Josh, ni se te ocurra, joder.
—¿Que ni se me ocurra el qué? —Sonaba completamente inocente, pero, cuando encontró lo que andaba buscando, una sombra le brilló en los ojos.
Al ver el lubricante y uno de mis juguetes favoritos —un vibrador de doble punta con succionador de clítoris—, una capa de sudor me recorrió la frente. Ese juguete costaba un ojo de la cara, pero con razón. En menos de treinta segundos, conseguía que llegara a un orgasmo espectacular.
Aunque también podía tenerme a puntísimo durante horas; todo dependía de la velocidad y la intensidad a las que lo programara.
—No me hace gracia. —Tiré de la tela, pero Josh me había atado con tanta destreza que no se movió ni un poco.
—Si quieres que te desate, solo tienes que decírmelo. —Josh apoyó la cadera en la cómoda con un posado exasperantemente casual—. Te desataré y te dejaré en paz. ¿Quieres eso?
Apreté la mandíbula, pero permanecí callada.
—Ya me parecía... —Se me acercó y me paseó la punta del vibrador por el clítoris con la suavidad necesaria para hacer que una descarga llena de sensaciones me atravesara el cuerpo entero, pero sin concederme la fricción que tan desesperadamente necesitaba.
Apreté los puños. No pensaba darle la satisfacción de responder.
Su discreta risa se coló en mi cuerpo y me acabó de estimular todavía más las terminaciones nerviosas.
—Puedes resistirte tanto como quieras, pero tu coño te delata una y otra vez. Estás puto chorreando, Pelirroja. —Me metió un dedo dentro y yo me clavé las uñas en las palmas de las manos en un intento por contener un gemido.
—Mira que eres tozuda. Tsss. Veamos qué podemos hacer al respecto.
Apartó la mano. Al cabo de un segundo, sentí el suave frescor del lubricante goteándome y me estremecí.
No era virgen en cuanto a lo del sexo anal se refería, pero hacía bastante tiempo que no lo había practicado, así que, al ver que Josh utilizaba más gel del habitual para prepararme, lo agradecí.
—Estás tan guapa así, atada y esperando mi polla. —Su aliento me patinó por el cuello antes de dejar paso a su lengua. Me besó y me provocó justo en mi punto sensible de la nuca mientras me metía el vibrador con una lentitud agonizante—. Pero primero nos divertiremos un poco. Como soy tan vago y tal...
—Josh... —Un grito ahogado sustituyó mi quejido cuando acabó de meterme el juguete hasta el fondo, llenándome hasta causar cierta incomodidad en ambos lados—. Fóllame y punto, joder.
—Lo haría, pero soy un haragán, ¿recuerdas? Mejor dejo que hagan el trabajo por mí.
Encendió el virador y solté un grito ahogado. La incomodidad que sentía hacía un momento se fue desvaneciendo y dio paso a un ardiente e intenso placer.
Oh, Dios.
No podía pensar. No podía respirar. En lo único que podía concentrarme era en las sensaciones que me iban encendiendo a medida que las vibraciones resonaban por mi cuerpo. Me froté con la cama, desesperada por correrme, pero, tal y como me había atado Josh, casi no me podía ni mover.
Lo único que podía hacer era quedarme ahí tumbada, esclava de sus caprichos mientras me tocaba como si fuera la canción de tortura más exquisita del mundo.
Rápido. Lento. Rápido. Lento. Llevándome al límite una y otra vez hasta convertirme en un charco de pura e inexorable necesidad.
—Tienes razón. —Su tono estaba cargado de lujuria y, de no haber estado al borde de la locura, habría disfrutado más del hecho de que esto fuera un martirio tanto para mí como para él—. A veces merece la pena quedarse de brazos cruzados y observar.
Josh estaba sentado en la esquina y se tocaba la polla, observando mi cuerpo desnudo con una mirada ardiente mientras yo me retorcía e intentaba deshacerme del amarre.
—Por favor —sollocé—. No puedo... Josh... Necesito sentirte dentro de mí. Por favor.
Ya no podía más. Si no me corría pronto, me moriría. Estaba segurísima.
El vibrador se detuvo y yo me puse tensa, expectante al ver que se levantaba y caminaba hacia mí. El colchón se hundió bajo su peso cuando se sentó a horcajadas encima de mí; sin embargo, en lugar de quitarme el juguete y penetrarme, soltó el mando y me acarició los pechos con ambas manos.
—Creo que todavía no has aprendido la lección, Pelirroja. —Su voz aterciopelada chocaba con la severidad con la que me pellizcaba los pezones.
Me juntó los pechos y coló la polla entre ambos. Cogí aire profundamente. Sentí cómo le goteaba líquido preseminal, que acabó en mi piel y le permitió embestirme con más fuerza.
Jamás le habría dejado hacer esto a otro tío, pero... Joder.
Sentir la dureza de su erección entre la suavidad de mis pechos avivó las llamas que quemaban mi cuerpo con tanto ímpetu que pensé que iba a explotar.
En el momento en que Josh aceleró el ritmo, follándome las tetas cada vez más rápido hasta acabar rozándome la barbilla con el glande con cada empellón, empecé a jadear sutilmente en lugar de respirar.
—Joder, tus tetas son perfectas —gruñó. Embistió unas cuantas veces más antes de que unos gruesos hilos de semen me cubrieran la cara y el pecho.
Apenas me dio tiempo de recobrar el aliento antes de que Josh me limpiara algo del semen que tenía en la barbilla con la polla y me la metiera en la boca. Tragué con empeño, demasiado azorada por la lujuria como para hacer algo distinto aparte de lo que él quería.
Acababa de hundirla hasta el fondo cuando el vibrador se volvió a encender.
Me sacudí instintivamente. Tiré de los fulares; el desespero que había sentido anteriormente volvió a apoderarse de mí a la vez que una ola de placer me recorría entera.
Iba a morirme así: atada, cubierta de semen y con ansias de llegar al orgasmo. Mi cerebro ya se estaba cortocircuitando y, si no conseguía liberar el estallido que se estaba formando dentro de mí, me quemaría desde el interior.
—Has dicho que querías sentirme dentro de ti. —Josh me la quitó y me limpió algo más de semen de la cara antes de volver a embestirme la boca con la polla—. Deberías haber especificado más, cariño.
Solté una ahogada protesta antes de que Josh me volviera a limpiar una y otra vez hasta que me hube tragado todo su semen y él volvió a estar duro como una roca.
—Te gusta, ¿a que sí? —gruñó. Me miró con una expresión llena de deseo mientras me la metía y me la sacaba de la boca—. Te gusta que te folle la cara y te llene todos los agujeros como una buena putita.
—Mmphf. —Apenas oí mi respuesta, a modo de gemido, pues el zumbido del juguete y el rugido que oía en las orejas lo ahogó.
Estaba que ardía: tenía todas las terminaciones nerviosas en llamas y cada segundo era una eternidad de exquisita tortura.
Estaba en el cielo, el infierno y todo lo que cupiera entre medias.
Josh gruñó otra vez antes de volver a salir de mí. Me quitó el juguete despacio y yo gemí ante el proveniente vacío. Después de haber estado tan llena durante tanto rato, no notar nada dentro de mí era como sentir que me faltaba algo.
A todo esto le siguieron los fulares de seda, uno a uno, hasta que al final quedé completamente liberada.
—Qué buena chica. —Josh me secó una lágrima de frustración que me había resbalado por la mejilla—. Te has tragado hasta la última gota de semen. Eso se merece una recompensa, ¿no crees? Me metió el pulgar en la boca para que saboreara mi propia y salada necesidad.
—Por favor... —Solté un grito ahogado y no terminé la frase al sentir que me penetraba y se hundía en mí hasta el fondo con una fácil embestida.
—Joder. —Al penetrarme, su voz sonó gutural—. Qué bien te entra mi polla, Pelirroja. Es como si tu coño estuviera hecho a medida para mí.
A pesar de sus sucias palabras, su tacto al besarme era suave y nos acomodamos en un ritmo más lento y pausado. A diferencia de las otras veces en las que nos habíamos enrollado, ahora no tenía la impresión de estar follando; tenía la impresión de estar haciendo algo más dulce, más íntimo.
Tenía la impresión de estar haciendo el amor.
El hormigueo que sentí en la parte inferior de la columna fue subiéndome solo con pensar en eso.
Cerré los ojos y empecé a respirar en staccato. Era demasiado. El beso de Josh, cómo me dilataba, la sensibilidad de la masturbación de antes que me había hecho llegar al límite...
El orgasmo estalló en mi interior inevitable e inesperadamente. Me arqueé en la cama con un grito agudo y ni siquiera pude recomponerme antes de que Josh acelerara el ritmo y me embistiera con tanta fuerza que un segundo orgasmo se manifestó acto seguido, después del primero.
—Eso es. Grita para mí, Pelirroja. Suéltalo todo. —Josh coló la mano entre nosotros e hizo presión en mi hinchado y necesitado clítoris con el pulgar—. Me encanta cómo te corres alrededor de mi polla.
Y me corrí, una y otra vez hasta quedar agotada, extenuada y sin fuerzas para seguir gritando.
Ahí fue cuando caí rendida en la cama. Tenía el cuerpo dolorido a causa de aquellos cegadores orgasmos que incluso me hacían encoger los dedos de los pies. Josh volvió a ralentizar el ritmo y se corrió despacio, acompañando el acto con un gruñido.
—Buena chica. —Me apartó con dulzura el pelo de la frente y me dio un largo beso—. Lo has hecho muy bien.
Al oír sus palabras, el orgullo no me cupo en el pecho. Daba hasta vergüenza.
Rodó hacia mi lado y me pasó un brazo por los hombros para acercarme a él. Cuando me acarició lentamente el brazo con el dorso de la mano, se me puso la piel de gallina.
—¿Sabes qué? Eres el primer tío con el que me he acostado en mi habitación. —La soñolienta satisfacción que sentía fue la que me llevó a admitir eso mientras me acurrucaba aún más a su lado.
En realidad, nunca me había quedado haciendo mimos después de acostarme con alguien. Pensé que no me gustaría, pero claramente me había estado perdiendo algo.
Josh detuvo la mano antes de continuar acariciándome el brazo.
—El primero y el último, Pelirroja.
Al oír su sutil gruñido, me reí.
—¿Tan posesivo eres?
—Por supuesto que sí. —Levantó la mano para agarrarme del cuello. Su tacto, firme y posesivo, hizo que otra descarga eléctrica me recorriera la columna vertebral—. No me gusta compartir.
—Saber compartir es una virtud, Josh.
—Me la suda completamente. Yo no comparto. A ti no.
Se me entrecortó la respiración. Una dorada ola de calor se me esparció por el pecho y me encendió desde el interior.
Como no supe qué responder, le di un beso en el hombro y disfruté del momento.
Debería salir de la cama. Stella iba a llegar pronto y mi ropa seguía esparcida por el salón, pero es que todavía no podía separarme de Josh.
«Un minuto más y me levanto.»
Hundí la cara en su pecho, empapándome de su calor y de su olor. Entre Michael y Max, nuestras vidas estaban azotadas por el caos, pero al menos podíamos encontrar momentos temporales de paz como este.
—Gracias —dijo en voz baja, rompiendo el silencio—. Por estar aquí. Lo necesitaba.
—No hay de qué. —Levanté la cabeza y, al ver la pincelada de vulnerabilidad que tenía en la mirada, sentí una punzada en el corazón—. Pero como vuelvas otra vez con esa artimaña de masturbarme sin dejar que llegue al orgasmo, te cortaré la polla.
A Josh se le iluminó la cara con una resplandeciente sonrisa.
—Disfrutarías de más credibilidad si no te hubieras corrido alrededor de mi polla en múltiples ocasiones, Pelirroja.
Levanté la nariz y sentí que me sonrojaba.
—Estaba fingiendo.
—Mmm. —Josh agachó la cara y me acarició el cuello con la nariz—. Sé cuándo algo es real y cuándo no. Y tus orgasmos lo eran. —Me recorrió la línea de la mandíbula con la nariz antes de besarme dulcemente los labios—. Y esto también.
El dolor que sentía en el pecho se esparció hasta colárseme detrás de los ojos y de la nariz.
No me veía capaz de hablar, así que giré la cara hasta que logré controlar mis emociones.
No solía confiar en la gente. Podía contar con los dedos de la mano las personas en quien confiaba de verdad, y jamás pensé que Josh sería una de ellas. Pero la vida tiene la costumbre de sorprendernos cuando menos lo esperamos y, por una vez, me dio igual.
Josh y yo permanecimos envueltos por un cómodo silencio hasta que el reloj dio la hora y media y, a regañadientes, se separó de mí.
—Voy a la ducha —anunció—. Stella llegará pronto, ¿no?
—Sí. —Suspiré. Quería muchísimo a Stella, pero en aquel momento deseé haber vivido sola.
Josh me dio un último beso antes de levantarse de la cama y salir de mi habitación. Al cabo de un minuto, el lejano sonido de la ducha se coló por la puerta.
Incluso en su ausencia, aún podía sentir su olor y me hubiese encantado poder embotellarlo y llevarlo siempre conmigo.
Si mi yo del pasado viera a mi yo actual, me habría pegado una bofetada por ser tan pastelona. Pero me gustaba eso de poder confiar tanto en alguien como para apoyarme en él y aportarle la suficiente confianza como para que recurriera a mí cuando tuviera un mal día.
Me quedé mirando el techo, incapaz de contener mi torpe sonrisa.
Me hubiera quedado ahí tumbada toda la tarde, o al menos hasta que Josh hubiera salido de la ducha, de no haber sido por la llamada entrante que interrumpió mis cursis divagaciones mentales.
—Hola, Jules.
Me parecía increíble la facilidad con la que dos simples palabras te podían cambiar el humor.
Al oír la voz de Max, una espina se me clavó directa en el pecho e hizo explotar el globo de atolondramiento que sentía mientras una pátina de sudor frío me cubría las palmas de las manos.
—¿Qué quieres? —Aún oía el ruido del agua de la ducha, pero eché un vistazo rápido a la puerta entreabierta de mi habitación por si Josh aparecía por aquí otra vez, de repente.
—Me hace gracia que me lo preguntes —dijo Max—. Acabo de decidir ahora mismo cuál es el favor que necesito que me hagas. Qué maravilla, ¿verdad? Como has estado tan... ansiosa por saber qué era.
El terror me cayó como pesas de plomo en el estómago.
—Escupe, Max —refunfuñé—. No tengo tiempo para tus jueguecitos.
Max suspiró.
—¿Y eso de tener paciencia qué, J.? Bueno, da igual. Como tienes tantas ganas de saberlo, te lo voy a decir. Necesito que pilles algo por mí. Tengo a unos... amigos en Ohio que están muy pero que muy interesados en un artículo.
Que pilles; o sea, que robara.
El peso de plomo se volvió todavía más latoso.
—Ya te enviaré la foto y la dirección por mensaje. —Casi podía visualizar la engreída sonrisa de Max—. He tardado un poco en descubrir dónde estaba. De nada, por cierto, por haber hecho la parte ardua de la tarea. Lo único que tendrás que hacer tú es lo que mejor se te da: mentir y robar.
Max colgó antes de que yo pudiera responder.
El muy cabrón. Si alguna vez tenía la oportunidad de hacerlo, le cortaría la polla y le obligaría a comérsela.
Por desgracia, mientras él siguiera teniendo ese maldito vídeo mío, no había nada que yo pudiera hacer. De modo que me quedé mirando el móvil y esperando a que me llegara su mensaje.
En cuanto lo recibí, tuve que pestañear un par de veces para asegurarme de que lo estaba viendo bien.
No podía ser. Aun así, por más que mirara el teléfono, la imagen seguía siendo la misma.
Se me heló la sangre.
Era la foto de un cuadro. El lienzo estaba lleno de salpicaduras marrones y verdes que recordaban al vómito y, en los bordes, algunos detalles dibujados con unas minúsculas manchitas amarillas que no tenían sentido alguno.
Era una pieza horrorosa, pero eso no era lo que me molestaba, sino el lugar donde la había visto antes.
El objeto que Max quería que robara era el cuadro de la habitación de Josh.