Twisted hate

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41. Jules

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Jules

—¿Estás bien, cariño? —Barbs me miró preocupada—. Has estado muy callada durante todo el día, y eso en ti no es normal.

—Sí. Es que estoy estresada por el examen. —Me obligué a sonreír y me serví un poco más de café. No debería estar bebiendo cafeína a estas horas del día, pero, total, tampoco conseguiría dormir. La directriz de Max para que robara el cuadro de Josh me había dejado en vela cada noche desde la llegada de su mensaje hacía tres días.

—Te irá genial; no tengo ninguna duda. —Barbs abrió la nevera y me pasó un plato con tarta de manzana envuelto en film transparente—. Toma. La tarta siempre lo mejora todo.

Esta vez, mi sonrisa fue más genuina.

—Gracias, Barbs.

—Para eso estamos, cielo. —Me guiñó un ojo y se fue con su querida taza de té Earl Grey en la mano.

Le di un sorbo al café e hice una mueca al notar su amargura. Había un montón de cosas que me encantaban del Centro, pero el café no era una de ellas.

Mientras me tragaba la bebida, me quedé mirando la pantalla bloqueada de mi teléfono, esperando a que se iluminara y apareciera otro mensaje de Max. Pero no ocurrió.

Había sido muy claro. Tenía una semana para robar el cuadro de Josh o se me habría acabado el chollo.

Ya habían pasado tres días, con lo cual solo me quedaban cuatro de margen.

Di otro sorbo al café y el líquido se coló por el agujero equivocado. Estallé en un sinfín de tos con tanta fuerza que parte de la bebida cayó fuera de la taza y me quemó la mano.

—¡Joder! —resoplé. Dejé lo que me quedaba de café en la encimera y metí rápidamente la mano en agua fría mientras seguía tosiendo sin parar.

—¿Va todo bien?

Al oír la voz de Josh detrás de mí, me sobresalté. Al hacerlo, tiré la taza y derramé el resto de la bebida, que me manchó toda la parte delantera del vestido.

—¡Joder! —repetí con más vehemencia que antes.

Estiré el brazo para coger servilletas de papel, pero Josh se me adelantó. Cogió un puñado del dispensador y limpió el café que me resbalaba por la pierna mientras yo intentaba salvar mi ya arruinada vestimenta.

Era imposible. La mancha ya había calado la tela y había teñido gran parte de la falda azul de un marrón espantoso. Al final desistí y tiré la servilleta a la basura a la vez que soltaba un pequeño gruñido, frustrada.

—Yo diría que ya tengo la respuesta. —Josh me miró preocupado y con una diminuta expresión divertida—. ¿Mal día?

—¿Cómo lo has adivinado?

—Mis poderes de deducción son uno de mis muchos impresionantes talentos —bromeó—. Dejando lo del café de lado, llevas todo el día distraída.

—Estoy estresada por el examen. —Farfullé mi excusa para todo. Para ser sincera diré que sí que estaba estresada por el examen, lo cual no significaba que fuera mi principal fuente de estrés.

Sentí una punzada de culpabilidad en el estómago.

Me había pasado los últimos tres días pensando en cómo librarme del dilema de Max, pero no se me ocurría ninguna solución factible que no implicara revelar la verdad sobre mi pasado.

Quizás mis amigas no me juzgarían, pero me aterrorizaba pensar en la posible reacción de Josh. Se había pasado años pensando que yo era una persona horrible o, por lo menos, una pésima influencia. Lo último que quería, ahora que nuestra relación por fin estaba progresando, era demostrar que la primera impresión que había tenido de mí era cierta.

—Bueno, si necesitas un compañero de estudio, resulta que conozco a un chaval terriblemente atractivo e inteligente. —Josh hizo una pausa—. Estoy hablando de mí, por cierto.

A pesar de la tensión que sentía, se me escapó una risita.

—Cómo no. Te agradezco la oferta, pero me distraerías más que me ayudarías.

—Te entiendo. Mi físico ha distraído a muchas alumnas. Me temo que es uno de los inconvenientes de tener esto. —Se señaló su innegablemente espectacular cara.

—Es excepcionalmente espantosa. —Le di una palmadita en el hombro—. Pero, tranquilo, estoy segura de que no te juzgaban. Hoy en día, la gente es mucho más abierta de mente.

Su risa me envolvió la piel cual manta de terciopelo.

—Joder, me muero de ganas de follarte ahora mismo.

Yo no tenía nada de mojigata; sin embargo, al oírle pronunciar aquellas palabras de forma tan directa y en medio de la cocina del Centro, una ola de calor me recorrió el cuello en dirección descendiente.

—Jooosh.

—¿Sí? —Arqueó una ceja—. Total, tendrás que quitarte el vestido para cambiarte. Qué mejor...

—¿Interrumpo algo? —La voz de Ellie hizo que detuviéramos nuestra conversación.

Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que había entrado.

Di un paso atrás de inmediato e hice una mueca al clavarme la dura encimera en la parte inferior de la columna.

—Jules se ha echado el café encima y la estaba ayudando a limpiarse. —Me señaló el vestido enseguida. Su expresión era una máscara que fingía amabilidad profesional, pero en sus ojos aún podía apreciarse ese brillo diabólico.

—Ufff, qué putada. —Ellie arrugó la nariz—. Espero que el vestido no sea nuevo.

—No. ¿Tienes una cita? —cambié de tema ipso facto.

Faltaban diez minutos para que cerrara la oficina y Ellie ya se había cambiado. Se había quitado el blazer y los pantalones de trabajo y había sustituido el atuendo por un vestido y tacones.

Se sonrojó.

—Esto, eh... Voy al cine con Marshall.

Reprimí una sonrisa. Por fin había superado su crush por Josh y había centrado su atención en Marshall. No estaba segura de si el beso que le había dado yo a Marshall había tenido algo que ver —siempre encontrábamos a alguien más deseable cuando veíamos que otra persona lo encontraba atractivo—, pero me alegraba de ver que la cosa había avanzado.

Por razones para nada egoístas, por supuesto.

—Bueno, debería irme. Solo he venido a por el cargador; me lo he dejado aquí a la hora de comer. ¡Buenas noches! —Ellie desenchufó su cargador de la toma de corriente que había al lado del microondas y salió pitando.

—Nosotros también deberíamos irnos, pero por separado, para que nadie sospeche nada. —Josh me miró juguetón—. Te espero en nuestra esquina en veinte minutos.

—No tenemos una esquina —señalé.

—Ahora sí. —El hoyuelo de Josh hizo una gloriosa aparición—. Calle Veintitrés con Mayberry. En veinte minutos, Pelirroja. Te espero.

Se fue antes de que pudiera rebatirle nada.

Sacudí la cabeza, pero fui ordenando mi escritorio con una lentitud deliberada hasta que todo el mundo se hubo marchado de la oficina y solo quedamos Barbs y yo.

—Venga, cielo. A mí no se me va a parar el tiempo —señaló la puerta con una mano impaciente— y tú eres demasiado joven como para pasarte un minuto más de lo necesario en esta oficina.

—Siempre me dices justo lo que quiero oír.

—Es mi deber. —Se despidió con un gesto de la maño y añadió—: Buenas noches.

—Buenas noches.

No tardé más de cinco minutos en llegar a la calle Veintitrés con Mayberry. Tal y como me había prometido, Josh me estaba esperando en la esquina. Estaba apoyado en una farola con las manos en los bolsillos. En cuanto me vio, le dio un golpecito a su reloj.

—Diecinueve minutos. Casi llegas tarde, Pelirroja.

—Pues menos mal que no ha sido el caso —dije demasiado distraída como para poder pensar en una respuesta ingeniosa. Era incapaz de pensar en algo que no fuera cómo sacar a colación su cuadro sin levantar sospechas.

A lo mejor podía convencerlo de que se deshiciera de él. Aunque eso sería igualmente engañoso porque yo sabía que era un cuadro valioso y él no, pero seguía siendo mejor que robárselo.

—El otro día estaba comprando online y vi algunos artículos de arte muy bonitos —dije como quien no quiere la cosa—. Mejores que la monstruosidad que tienes en tu habitación.

—¿Monstruosidad? —Josh se llevó la mano al pecho—. Me ofendes, Pelirroja. Ese cuadro es una clara representación del buen gusto. Apuesto a que, si lo subastáramos, la gente pagaría un ojo de la cara.

Si supiera cuánta razón tenía...

—Tú bien que lo compraste por cuatro duros en una liquidación de patrimonio. —Me obligué a acompañar mi tono de un ligero sarcasmo—. Así que discúlpame si no te creo.

—No todo el mundo sabe valorar lo que tira. —Josh me rodeó la cintura con un brazo—. Algún día te encantará tanto como a mí.

Los latidos de mi corazón ahogaron el sonido de nuestros pasos al andar.

—Lo de que te encanta no va en serio, ¿no?

Me miró extrañado.

—A ver, no me colaría en un edificio en llamas para salvarlo de la destrucción, pero le tengo cariño. Me recuerda al campamento de arte.

Su respuesta me pilló muy por sorpresa.

—¿Fuiste a un campamento de arte?

—Sí, un verano, cuando tenía ocho años. —Hizo una mueca—. Me sirvió para darme cuenta de que el arte, eh..., no es mi fuerte. Así que me pasé al baloncesto.

—Guau. —De repente lo entendía todo—. Con razón tienes un gusto tan penoso para el arte. ¡Te recuerda a ti!

A modo de reprimenda, Josh me dio un cachetazo en el culo y yo me reí.

—No me puedo creer que acabes de admitir que no eres el mejor en algo —dije mientras llegábamos a su casa—. Recuérdame que apunte la fecha en el calendario. Esto es un momento histórico.

—Qué graciosa. —Abrió la puerta y esperó a que yo entrara antes de hacerlo él—. No vayas contándolo por ahí, porque no muestro mis debilidades con cualquiera. Mi falta de talento artístico es un tema muy sensible.

—¿Ah, sí? —Traté de contener la sonrisa, pero no lo logré—. Ahora me siento especial.

—Deberías. Aunque a veces puedes llegar a ser jodidamente enervante y una tocapelotas...

Se me desdibujó la sonrisa.

—¡Oye!

—Eres una de las pocas personas en quien confío. —Me envolvió con los brazos por la cintura y me acercó a él con una expresión más relajada—. Jamás pensé que fuera a decir esto, sobre todo teniendo en cuenta nuestro pasado, pero incluso cuando no nos aguantábamos, siempre pude confiar en ti porque sabía que serías sincera conmigo. Después de lo que pasó con Michael y Alex... —Tragó saliva y se le movió la nuez—. Eso significa más de lo que puedas llegarte a imaginar.

Sus conmovedoras palabras cargaron de peso la ligereza que había acompañado nuestra conversación hasta hacía un momento.

Ay, Señor.

—Eh... —La culpabilidad se meció en mi estómago como las olas del mar en pleno temporal. «Díselo»—. Josh, mi...

«Mi ex me está chantajeando. Tiene un vídeo en el cual aparezco teniendo relaciones sexuales con un tío random y dejando que me haga cosas obscenas para que así él pudiera robarle. Soy una ladrona y una mentirosa, y tus instintos sobre mí han sido ciertos desde el principio.»

Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero se negaban a salir. Escondía un secreto y no era pequeño. Había sido una delincuente, y había un vídeo mío teniendo relaciones sexuales con un hombre que, para mí, era casi un completo desconocido.

Entendería que, después de enterarse, Josh se alejara de mí.

Solo con pensarlo se me encogió el corazón.

—Ya me conoces —conseguí articular finalmente—. Si tengo un único defecto es que soy sincera como la que más. —Me esforcé para dibujar lo que esperaba que colase como una sonrisa.

—Énfasis en defecto —bromeó—. Pero no pasa nada. No todo el mundo puede ser tan perfecto como yo.

Me rozó la boca con sus labios, me agarró por detrás del cuello y me besó profundamente.

Le devolví el beso, intentando grabar cada detalle en mi memoria.

El cálido sabor a whisky de sus labios. La firmeza de su tacto. Su aroma limpio y embriagante, y cómo sus músculos encajaban con mi cuerpo.

Cuidé ese beso como si fuera el último que nos dábamos porque, dependiendo de cómo evolucionaran los siguientes días, quizás no habría otro.

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