Twisted hate
42. Jules
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Jules
Cuatro días después, asalté la casa de Josh.
A ver, asaltar igual es una expresión un poco fuerte porque sabía dónde guardaba la llave de repuesto; lo que Josh desconocía es que yo había entrado en su casa mientras él seguía en el trabajo. Además, tenía que hacer que pareciera que alguien había entrado a la fuerza.
Después de una semana dando vueltas en la cama y atormentándome, por fin había trazado un plan. No era el mejor plan del mundo porque dependía de la suerte y de que me ayudara alguien a quien apenas conocía, pero de eso ya me ocuparía llegado el momento.
En primer lugar, tenía que robar el cuadro y quitarme a Max de encima antes de la fecha límite. Luego me encargaría de deshacerme del control que ejercía sobre mí; en otras palabras: tenía que destruir el vídeo en el que salía yo manteniendo relaciones sexuales.
Mientras escrudiñaba la maceta con plantas que tenía Josh en el porche, sentía mi propio pulso en los oídos. Josh tenía turno de noche y no volvería hasta la mañana; aun así, cada vez que se movía una ramita o pasaba un coche, yo me quedaba petrificada.
Al cabo de unos cuantos minutos buscando en la oscuridad —no quería encender la linterna del móvil y alarmar a los vecinos—, vi el pálido resplandor plateado de la llave. Volví a colocar bien la tierra antes de abrir la puerta y colarme en la silenciosa casa.
Sin el calor de Josh, todavía era más amenazante. Cada sombra era una guarida para los monstruos; cada crujido, un disparo que perforaba mis nervios ya hechos añicos.
Llevaba un gorro de punto y una capa de sudor me envolvió la frente mientras atravesaba el salón y me dirigía hacia su cuarto. Por suerte, la habitación de Josh no era el Louvre y la obra tampoco era la Mona Lisa. Solo tenía que descolgar el cuadro del gancho y meterlo en mi enorme carpeta.
Nada de alarmas estridentes ni de guardias de seguridad irrumpiendo por la puerta a punta de pistola.
Resultaba incluso espeluznante de lo fácil que era.
Cuando alguien confiaba en ti, no tenías que esforzarte demasiado para burlar su protección.
La culpabilidad se abrió camino en mi pecho mientras inspeccionaba el cuarto de Josh para ver qué más podía hurtar. Si le robaba solo el cuadro, sería demasiado sospechoso.
No tuve el coraje de mangarle el ordenador, pero pillé un reloj de muñeca, un pequeño fajo de dinero en efectivo para emergencias que tenía escondido en el fondo del cajón de los calcetines y el iPad. Lo guardaría todo bien guardado hasta que pudiera devolvérselo una vez mi plan hubiera funcionado, con un poco de suerte.
Me sonó el móvil mientras le desordenaba la habitación y abría todos los cajones.
Con el desconcierto, me di un golpe en la cadera con la punta de la cómoda.
—Mierda.
Debería haber silenciado el teléfono. Había sido un descuidado error de principiante y, mientras abría el mensaje, me maldije por haberlo cometido.
Stella: ¿Canguro o koala?
Era la pregunta encriptada que utilizábamos para asegurarnos de que la otra estaba bien. Solo nosotras conocíamos la respuesta sinsentido a esa interrogación, así que, en caso de que nos secuestraran o algo por el estilo, nadie podía fingir ser nosotras por mensaje.
Respondí rápidamente:
Yo: Sugus de fresa.
Si íbamos a volver más tarde de lo habitual, Stella y yo siempre nos avisábamos. A la mierda eso de esperar veinticuatro horas antes de hacer saltar las alarmas en caso de que tu compañera de piso hubiera desaparecido hacía un día; si alguien se metía con una, la otra se enteraría casi de inmediato.
Pensé que Stella llegaría a casa más tarde. Me había dicho que tenía que trabajar en un evento, y normalmente solían durar hasta medianoche.
Stella: :) ¿Cita?
Stella: Uno de estos días tendrás que decirme quién es el Chico Misterio.
Sabía que estaba saliendo con alguien; lo que no sabía era con quién.
Me quedé mirando sus mensajes un segundo más antes de volver a guardarme el teléfono en el bolsillo. No tenía tiempo para contarle los detalles de mi relación con Josh. Si no sacaba el plan adelante, no habría nada que contar porque se habría terminado.
Una náusea que me resultaba familiar se apoderó de mi estómago.
—Basta —susurré—. Mi plan funcionará.
«Mi plan funcionará. Mi plan funcionará.»
Fui repitiéndome ese mantra en silencio mientras acababa de desordenarlo todo para fingir un robo-medio-de-mentira-medio-de-verdad. Dejé la puerta de la entrada abierta, volví a plantar la llave en la maceta y recé por que no entraran ladrones de verdad antes de que Josh volviera a casa.
Como vivía cerca de Thayer, su vecindario estaba espeluznantemente tranquilo en verano. Nada de ruidosas fiestas en casa, nada de alumnos charlando mientras iban de casa al bar o viceversa, y nadie que pudiera pararme mientras me alejaba calle abajo con mi botín.
Mi yo racional sabía que no había nada manifiestamente sospechoso en una mujer andando por la noche con una carpeta en la mano. Mi yo paranoico, en cambio, estaba convencido de que la carpeta era como una señal de neón que le gritaba al mundo entero que era una persona terrible.
«¡Mentirosa! ¡Ladrona! ¡No confiéis en ella!», gritaba la carpeta.
Genial. Ahora oía voces de objetos inanimados.
Agarré la carpeta con más fuerza y aceleré el paso hasta que llegué a la estación del metro. Una vez allí, volví a coger el teléfono y escribí a Max:
Yo: Lo tengo.
Yo: Te lo dejo ahora.
No quería tener el cuadro más rato del necesario.
Max: Son casi las once de la noche. ¿Dónde están tus modales?
Max: A no ser, claro está, que quieras darme algo más...
Su sugerencia hizo que me entraran ganas de vomitar. Bastante asco me daba ya pensar que en su día me había acostado con él. Me prendería fuego antes que dejar que me volviera a poner una mano encima.
Yo: Mándame la dirección, Max.
Yo: O tiro el cuadro al Potomac.
No iba a hacerlo, evidentemente, pero si tenía cualquier posibilidad de tocarle los huevos, lo haría.
Max: Ya no eres divertida, J.
A pesar de su queja, me envió la dirección. Una búsqueda rápida en Google me dijo que se trataba de un hotel cerca de barrio NoMa.
Max me consideraba una amenaza tan insignificante que ni siquiera se molestó en esconderme su paradero. No sabía si sentirme aliviada u ofendida.
Cuando llegué al hotel, la recepcionista ni siquiera me miró. Crucé el vestíbulo y cogí el ascensor para subir al noveno piso.
La falta de seguridad no me sorprendió. Aquel lugar no era precisamente el Ritz-Carlton. Había trozos de papel de pared separados del yeso y enroscados en tiras amarillas, la moqueta era tan delgada que notaba el suelo de madera que se escondía debajo y el pasillo apestaba a humo de tabaco.
Me detuve dubitativa frente a la puerta de la habitación de Max. Quedar con él en medio de la noche en un hotel cuestionable no era la mejor idea del mundo. Max siempre había desestimado la violencia física y decía que era una técnica de manipulación «inferior», pero ese era el Max de hacía siete años. Y la gente podía cambiar mucho en siete años, sobre todo si había pasado gran parte de ese tiempo entre rejas.
Justo cuando estaba a punto de marcharme y mandarle un mensaje con una excusa sobre por qué al final no había podido ir, se abrió la puerta.
—Jules. —Max sonrió; parecía sospechosamente normal, con sus vaqueros y su camiseta blanca de algodón—. Me he imaginado que serías tú. —Repiqueteó la pared con los nudillos—. Las paredes son finas. He oído tus pasos a la legua.
—Felicidades. —Le tiré la carpeta. Había guardado el resto de las pertenencias de Josh en otro bolso que llevaba escondido dentro de la chaqueta—. Aquí tienes tu estúpido cuadro.
—¿Aquí? ¿En medio del pasillo? —Chasqueó la lengua—. Qué malas formas. ¿Y si nos ve alguien?
—Estoy bastante convencida de que podríamos traficar con drogas en el vestíbulo y no se percataría ni un alma.
—Quedarse en un hotel como este tiene sus ventajas. —Aun así, Max dio un paso hacia atrás para entrar en su habitación y quedar fuera del ángulo de visión de cualquiera que estuviese caminando por el pasillo; una vez dentro, sacó el cuadro. Lo examinó con una sutil mueca en la cara—. Es verdaderamente espantoso.
—Pues devuélvelo. —Había que intentarlo.
Max rio entre dientes.
—Me alegra ver que todavía tienes sentido del humor. No. —Volvió a meter la pintura en la carpeta—. Cuesta un pastón.
—Vale. Ahora que ya lo tienes —dije con brusquedad—, entiendo que te marcharás pronto.
Max me miró fijamente y yo aguanté la respiración con la esperanza de que mordiera el anzuelo y me dijera cuándo tenía pensado irse. Necesitaba saber de cuánto tiempo disponía para ejecutar la segunda parte de mi plan.
—Tranquila. El fin de semana ya estaré fuera —me contó arrastrando las palabras—. Pero eso no significa que no vuelva a ponerme en contacto contigo más adelante, si te echo de menos. Solíamos pasarlo muy bien juntos.
Me callé una réplica mordaz. Cuanto más tiempo me quedara aquí, más probabilidades había de que metiera la pata. Además, no quería darle a Max la satisfacción de ver cómo me sacaba de mis casillas.
Di media vuelta y me dirigí al ascensor sin contestarle. Llegué al metro sin que se produjera ningún incidente y, mientras el tren pasaba zumbando por el túnel en dirección a Logan Circle, me sentí más aliviada.
Fase uno, completada.
Era demasiado tarde para poner en marcha la fase dos, así que, al volver a casa, fui directa a mi habitación. Con un poco de suerte, Stella ya estaría durmiendo y no tendría que responder a ninguna de sus preguntas sobre dónde había estado.
Me desvestí, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me ayudara a deshacerme de la pegajosa pátina de culpabilidad que se me había pegado a la piel.
Era más de medianoche. Max tenía el cuadro y Josh llegaría a casa en menos de siete horas.
Ya no podía dar marcha atrás.
Un aire pesado y lleno de vapor me obstruía las fosas nasales a cada somera respiración cuando me imaginaba la reacción de Josh al ver el «allanamiento de morada».
«No. No pasa nada. Se lo devolveré todo, incluido el cuadro.»
Quizás. Con algo de suerte.
La cabeza me iba a mil por hora mientras yo repasaba qué diría al día siguiente. Tenía que pensar en qué le diría a Josh, que sabía que inevitablemente me contaría que le habían entrado a robar, y qué le diría a la persona que iba a ayudarme.
Mi plan era simple, pero se aguantaba por una parte de realidad y otra de esperanza.
Pero funcionaría. Tenía que funcionar.
No había otra opción.